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El
Reto de la Competitividad
La competencia
está más lejos de lo que creemos
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Como se nota que no sabe
leer
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Antonio Paz Aponte

Venezuela, junto a todos los
demás países de Latinoamérica, está en problemas. Y no es
precisamente gracias a ustedes ya saben quien. Los obstáculos (y
soluciones) que se presentan en el camino hacia nuestra recuperación
económica tienen tan poco que ver con la política, que el hecho de
que esta sea la única razón aducida por la oposición en Venezuela
como causa de lo que sufre el país, es un ejemplo de que vamos por
mal camino.
No hay que ser un genio para darse
cuenta que en Latinoamérica no hay un plan. Nadie ha trazado un mapa
que guíe hacia la salida de la crisis que vivimos desde, bueno,
desde siempre.
En Latinoamérica actualmente los
problemas más graves son el crimen, la guerrilla y la infelicidad
generalizada de población. Todo causado por una razón muy sencilla:
hambre.
Un pueblo con hambre, es un pueblo
que es infeliz, que se dedica al crimen y se une a cualquier
organización que le ofrezca los tres golpes, así tenga que quemarse
a unos cuantos en el camino. Y esto no se resuelve cambiando
presidentes. Esto se resuelve a punta de dólares cuyo único origen
esta bien lejos de las capitales de los países de Latinoamérica.
En Venezuela hay un muy buen
ejemplo de esto. Usualmente utilizado como propaganda al
desfigurarlo como logro político de la primera administración del
ex-presidente Rafael Caldera, la desaparición de la guerrilla en este
país no se
debió a otra cosa que a la mejora de las condiciones económicas.
Al igual que las guerrillas
urbanas en los Estados Unidos y Alemania de los años sesenta y
setenta (con todas las diferencias que puedan aludirse), no hay
organización anti-gubernamental que pueda ofrecer más que una
sociedad pudiente. En el caso de Venezuela, donde la guerrilla para
los años ochentas no era más que un asterisco en la historia, la
riqueza que trajo la nacionalización del petróleo y la crisis
energética de los años setenta creó condiciones sociales que hacían
irrelevante cualquier reclamo, inclusive
cuando la administración publica sufría de un desangramiento severo,
público y notorio a manos de unos cuantos. Pero quien iba a reclamar
qué. Había trabajo, vivienda y suficientes libertades
personales que hacían ver al presidente como un genio.
Este ejemplo, aunque válido, no
fue el producto de un lineamiento, o un mapa como dijimos antes. Fue
pura suerte y estrellas. Pero las consecuencias y el ejemplo que nos
lega es real. ¿Queremos acabar con la guerrilla en Colombia, el
crimen en Brasil y México y los golpes de estado en Venezuela? Lo
que tenemos que hacer es darle de comer y beber a la gente. Al final
eso es lo que todos queremos.
No es fácil, pero es posible, y la
clave está en la competitividad de nuestro continente
con los países que actualmente le están viendo el queso a la tostada
del desarrollo.
El primer paso que Venezuela y
todas las naciones hermanas tienen que dar es ponerse un objetivo,
que es sólo uno y común. La industrialización. Y con esto no me
refiero a tener las cuatro fabricas de Camay que tenemos hoy en día
en América del Sur.
Los rivales de América Latina a
nivel global no son las naciones industrializadas, sino las otras
naciones subdesarrolladas que buscan lo mismo que nosotros. India,
Pakistán, Filipinas, etc., esas donde actualmente los países
desarrollados manufacturan sus productos y están promoviendo el
desarrollo y la educación.
La causa de la crisis que
Latinoamérica tiene en este momento está en su falta de
competitividad. Nuestros países no pueden competir de ninguna manera
con los precios que tienen desde la mano de obra hasta la vivienda,
haciendo que un jabón sea más caro producirlo en Colombia que en
Suiza.
Las políticas económicas
neo-liberales del tipo Cavallo en Argentina o Rodríguez en Venezuela
aplicadas en los años ochentas y noventas están basadas en modelos
competitivos que no son viables en nuestras naciones y que suponen
una infraestructura industrial y productiva, y ni hablar de social,
que simplemente no existen en nuestros países. Y que en los mejores
casos, como el de Brasil y México, simplemente han creado una brecha
entre las clases pudientes y las clases muertas de hambre como no se
han visto jamás en la historia de la humanidad.
Y la única forma de romper con
este sistema es establecer una economía local basada en un estándar
regional, que evite la competitividad con nuestros vecinos, pero que
ataque directamente a los países que actualmente se benefician de la
industria mundial.
Hacer esto resolvería muchos
problemas locales e inmediatos y la forma de hacerlo la encontramos
en la historia inglesa. Por siglos, el precio de los sueldos, y por
consiguiente de todos los precios, en Inglaterra estuvo basado en el
precio del trigo. Y esto tiene su lógica. El balance entre lo que el
pueblo puede pagar y los precios a los que se pretende vender
necesitan estar relacionados, es decir, la inflación debe tener un
patrón bajo el cual debe planearse la economía nacional.
En Venezuela, por ejemplo, puede
pensarse que este patrón es el precio del petróleo. Pero en realidad
es el dólar el que determina el precio de todo. Si el dólar sube,
suben todos los precios. Pero por ser el dólar un producto foráneo,
no hay manera de lograr una estabilización inflacionaria,
produciéndose el inevitable empobrecimiento de la población.
Solución: Todo, absolutamente
todo, debe estar regulado por el estado. Al menos hasta que la
sociedad se desarrolle hasta el punto en que sea capaz de aplicar
las leyes del mercado sin abusar de ellas.
El patrón puede plagiarse de otro
país, como por ejemplo India. Actualmente cientos de compañías
norteamericanas están enviando sus servicios de atención al cliente
a este país por que es más barato pagarle a un hindú, pagar la larga
distancia y mantener la gerencia en ese país que en los Estados
Unidos. El sueldo mínimo diario actual en India es de 66 rupias,
(unos 45 dólares al mes). En Venezuela es de 237.600 bolívares
mensuales (unos 150 dólares mensuales).
Añadiendo a esto que en Venezuela
todo cuesta una fortuna, no hay duda que lo que alguna vez conocimos
como inversión extranjera no nos mande ni postales. Este problema es
similar en toda América latina, y la única forma de resolverlo es
haciendo que seamos más baratos que nadie más en el planeta, abriendo nuestras
fronteras a la entrada de lo que sea que se quiera producir,
con todas las ventajas posibles, sin permitir que por esto se
dolarice la economía, como sucedió en México en los noventas y que
ha hecho que la producción en ese país, alguna vez barata, hoy en
día no lo sea.
Para esto por supuesto, se
necesita que ciertas cosas sean producidas localmente y aquí es
cuando viene lo de que esto no es cuestión de política, y de que no
es cuestión de hacerlo solo.
América Latina no tiene que estar
llena de súper países. Cada uno puede dedicarse a lo suyo y lograr
el objetivo común de la industrialización. Hay petróleo en
Venezuela. Brasil es una potencia en armamento, al igual que
Argentina. Centro América es una excelente fuente de alimentos como
Colombia y Chile. En la unión esta la fuerza, todo es cuestión de
sumar dos y dos y apretar las nalgas con la paciencia que requiere
que toda esta elucubración funcione.
Una conversadita con Washington
estoy seguro que no haría ningún daño, especialmente ahora que
Asia esta sufriendo lo que pasó en México, con los costos de todo en
subida, los sueldo han empezado a hacerse menos competitivos y
eventualmente serán simplemente desechables. ¿Dónde está la próxima
India? Si trabajamos en pos de ello, debería estar a orillas del
Orinoco, el Amazonas y el Plata.
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