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Año 1 01 de Noviembre del 2003 N° 7

 

 

APOYA AMNISTIA INTERNACIONAL

TEATRO

 

Sacrificio por Jacques Lipchitz (detalle)Divinidad Pájara
Obra de humor en un acto para un actor, dos actrices y una gallina.

 

Argentina

Alejandro Formanchuk

 

 

 

 

Pieza Teatral en un Acto

 

Personajes

 

CECILIA

FRANCO

GLADIS

 

Escena

 

Cocina de una casa humilde. Adornos y muebles de mal gusto. Cecilia corta sobre una mesada las puntas de los tallos de una docena de rosas. Las introduce constantemente dentro de un florero para comprobar si el largo es el adecuado. Nunca lo es. Se impacienta. Sobre una mesa de madera –que está ubicada en el centro del escenario- Franco intenta cortarle el cogote a una gallina muerta. Pero es en vano: el cuchillo tiene poco filo y él es demasiado torpe. Por lo tanto, durante los primeros minutos de la obra sólo se oyen resoplidos de fastidio y de esfuerzo, tijeretazos nerviosos y golpes de cuchillo.

 

 

CECILIA:       (Molesta por la torpeza del marido) ¿No la podrías haber comprado directamente sin cabeza?

 

FRANCO:      (Haciéndole notar su lucha con las rosas) ¿No las podrías haber comprado directamente sin tallo?

 

CECILIA:       Yo no las quiero sin tallo, nada más quiero que me entren bien en el florero.

 

FRANCO:      (Sin despegar la vista de la gallina) Y yo nada más quiero que esta desgraciada me entre bien en la fuente.

 

CECILIA:       Decí que en la fuente no entra con la cabeza, que si no…

 

FRANCO:      ¿Que si no qué?

 

CECILIA:       ¡Que si no vos sos capaz de cocinarla con cabeza y todo!

 

FRANCO:      Para que sepas, la puedo cocinar con cabeza y todo… (Levanta la gallina y con el cuchillo le hace un corte imaginario por la mitad) Si la parto al medio, así, la puedo meter con cabeza y pechuga por un lado, y después con las patas y todo el resto.

 

CECILIA:       (Simula estar pensando en voz alta) De vos no me extrañaría.

 

FRANCO:      (Simula que no la escuchó bien) ¿Qué dijiste?

 

CECILIA:       Que de vos puedo esperar cualquier cosa, eso dije.    

 

FRANCO:      Mirá, hacéme el favor… que ya bastante tengo con esta gallina como para encima tener que escucharte cacarear a vos.

 

CECILIA:       ¡Cocinála como quieras!

 

FRANCO:      Sabés qué… la voy a cocinar con la cabeza, entonces.

 

CECILIA:       ¡Y a mí no me volvés a dar un beso en tu vida!

 

FRANCO:      ¿Y se puede saber por qué?

 

CECILIA:       (Deja de cortar los tallos de las rosas, se acerca a la mesa y toma a la gallina por el pescuezo) Porque andá a saber qué porquerías puede llegar a… ¡Pero qué te tengo que andar explicando a vos!

 

FRANCO:      (Intenta decir una frase con tono erudito pero se pierde) “Uno mira los pecados del pecador pero siempre ha de olvidar los… los…”

 

CECILIA:       ¿Que qué?

 

FRANCO:      Que vos te la pasás dándole besos al perro y yo no te digo nada.

 

CECLIA:        ¿A Kevin?

 

FRANCO:      (Para sí) “Kevin”, “Kevin”, ni que fuera norteamericano ese perro mugriento… (A Cecilia) Sí, sí, al “Señor Mister Kevin”. ¿O acaso no te pasa la lengua por toda la cara?

 

CECILIA:       (Tocándose las mejillas) Son besitos, eso es cariño… ¡y bastante más del que me das vos!

 

FRANCO:      “Cariño”, “cariño”… pero no me vas a decir que el perro no se pasa la lengua por el culo.

 

CECILIA:       (Muy ofendida regresa a la mesada para seguir cortando los tallos de las rosas) ¡Sos un guarango!

 

FRANCO:      Ah, ¿no tengo razón? ¿El perro no se pasa la lengua por el culo, acaso? Ah, no, me olvidé que el “Señor Mister Kevin” cada vez que termina de hacer su “popó” se limpia la colita con papel higiénico. (Como si hablara un perro yanqui) “Guau, guau, plis, dadme el peiper higienicou que ya he hechou mis souretes…” Y te voy a decir más, el otro día que lo llevé al parque se la pasó toda la tarde oliéndole el cu…

 

CECILIA:       (Furiosa por saberse derrotada) ¡Bueno, basta!

 

FRANCO:      (Levanta a la gallina y la mira a los ojos) ¿Ves? Así de injusto es este mundo… Y después se quejan porque te quiero morfar el marote. (Le besa el pico) Criaturita de Dios… Si con ese pico a lo sumo habrás comido el maíz que te daba Don Pascuali.

 

CECILIA:       ¿Cómo que “Don Pascuali”?

 

FRANCO:      (Silencio tenso. Cae en la cuenta de su error y para ganar tiempo se hace el payaso y canta) Don Pascuali, Don Pascuali, tenía una granja bonita… Don Pascuali, Don Pascuali, criaba a sus gallinitas…

 

CECILIA:       ¡No te hagas el marmota y vení para acá! ¿“Don Pascuali”, dijiste vos? (Se toma la cabeza, sobreactuado) ¡No me digas que le robaste esta gallina a Don Pascuali!

 

FRANCO:      (Nervioso) Shhht, pero calláte la boca… ¿Qué querés… que se entere todo el barrio?

 

CECILIA:       (Enojada) Contestáme por favor, ¿esta gallina es de nuestro vecino?  

 

FRANCO:      La gallina no es de nadie… O, en todo caso, (Abre los brazos y mira hacia el cielo) es de nuestro Señor.

 

CECILIA:       Sí, dale, ahora hacélo cómplice a Dios de tus barbaridades, es lo único que te faltaba.

 

FRANCO:      (Dulce) Pero Chiqui, no es para ponerse así… Lo que pasa es que, te juro, yo tenía la intención de ir hasta el mercado y comprar una gallina… pero después me dije: ¿Para qué voy a gastar tanta plata si puedo pedirle prestada una gallinita a mi vecino?

 

CECILIA:       Sí, lindo préstamo… ¡ni se enteró!

 

FRANCO:      (Simula ofenderse) ¡Bueno! ¡Qué tanto ni tanto! Don Pascuali es mi amigo y entre los amigos manejamos códigos que vos…

 

CECILIA:       (Lo interrumpe) ¿“Amigo”? ¿“Amigo”, dijiste vos? No, si vos sos el colmo de la caradurez, eso sos.

 

FRANCO:      Bueno Chiqui, tampoco es para ponerse…

 

CECILIA:       “Bueno Chiqui”, ¡un cuerno! Vos sabés perfectamente cómo quiere Don Pascuali a sus gallinas y cómo las cuida y cómo…

 

FRANCO:      (Se acerca mimoso y le acaricia el cabello) Y yo también te quiero y te cuido…

 

CECILIA:       (Lo aparta de un empujón) Y también sabés que las gallinas son la única compañía que tiene.

 

FRANCO:      ¡Bueno, che! Tiene un montón de gallinas. No se va a morir porque se le pierda una.

 

CECILIA:       ¿“Pierda”? ¿“Pierda”, dijiste vos? Esta gallina no se “perdió”, esta gallina se la “afanaste”.

 

FRANCO:      Está bien, está bien… es una forma de decir… quien dice “pierda” dice…

 

CECILIA:       No, si ya te veo las intenciones…

 

FRANCO:      ¿Qué… las gallinas no se escapan, acaso? Tienen patas, corren, vuelan… No es algo (Subraya la palabra) “inverosímil”.

 

CECILIA:       Sí, pero da la casualidad de que esta gallina no corrió, ni voló, ni cacareó.

 

FRANCO:      ¿Que no cacareó? ¡Vos porque no estabas ahí!

 

CECILIA:       (Enfurecida levanta el florero para partírselo por la cabeza, pero súbitamente se queda inmóvil con la vista fija en la gallina) ¡Ay…! ¡Ay, por Dios…! ¡No puede ser…!

 

FRANCO:      (Todavía protegiéndose del golpe que se veía venir) ¿Qué pasa?

 

CECILIA:       ¡Romina!

 

FRANCO:      ¿Romina?

 

CECILIA:       ¡Sí, Romina!

 

FRANCO:      ¿Quién es Romina?

 

CECILIA:       (Tomándole una pata a la gallina) ¿No le ves la cintita roja? (Franco sigue sin comprender y ella se enoja aún más) ¡Esta gallina es Romina! ¡La gallina favorita de Don Pascuali!

 

FRANCO:      Era Romina, dirás vos.

 

CECILIA:       (Se desploma en una silla. Con el rostro entre las manos) ¿Vos te das cuenta?

 

FRANCO:      (Examinando la cintita roja) ¿De qué?

 

CECILIA:       (Recobra milagrosamente la energía y se levanta de un salto) ¿Cómo de qué? ¡Miráme a los ojos! ¡De lo que hiciste!

 

FRANCO:      Sí, Chiqui, me doy cuenta… pero (Intenta nuevamente decir una frase con tono erudito) “de nada vale el reproche cuando los actos han sido… han sido…”

 

CECILIA:       (Lo empuja a Franco para abrirse paso) ¡Salí de acá! (Coloca a la gallina en el centro de la mesa y la ausculta con mucho cuidado)

 

FRANCO:      ¿Qué hacés?

 

CECILIA:       (Muy concentrada) Quiero ver si todavía le late el corazón.

 

FRANCO:      ¡Vos sos chiste, mujer! Cómo se te ocurre que…

 

CECILIA:       (Con la oreja aún pegada en la pechuga) ¡Calláte por favor que no me dejás oír!

 

FRANCO:      (Se acerca sigiloso por detrás de Cecilia y le susurra al oído) Auxiliooooooo… (Cecilia se asusta y en un acto reflejo toma a la gallina por las patas y le pega a Franco con ésta. Franco aprovecha el descuido para hacerse el gracioso) ¡Cuidado! ¡La vas a matar!

 

CECILIA:       (Se espanta de lo que acaba de hacer y con extrema delicadeza vuelve a recostar a la gallina sobre la mesa) ¡Mirá lo que me hacés hacer! (Comienza a caminar muy nerviosa por toda la cocina tratando de encontrar una solución. Se le ocurre una idea. Le da a la gallina respiración boca a boca –o, mejor dicho, “boca a pico”– y algo que parece ser un masaje cardíaco)

 

FRANCO:      (Festeja) ¡Sí! ¡Lo logré! ¡Le diste un beso a la gallina!

 

CECILIA:       ¡Dejáte de pavadas! (Vuelve a auscultarla)

 

FRANCO:      ¿Y?

 

CECILIA:       No, no…

 

FRANCO:      Abrí paso que yo te arreglo el berenjenal. (Toma de la mesada uno de esos aparatos que se utilizan para encender las hornallas de la cocina mediante una chispa eléctrica y lo acciona repetidamente sobre el cuerpo de la gallina)

 

CECILIA:       ¿Qué hacés con eso?

 

FRANCO:      (Cada vez que lo acciona hace una pausa en su respuesta) Una vez vi…  en una película… que a un tipo que moría… los doctores lo revivían… enchufándole corrientes de electricidad… 

 

CECILIA:       (Le quita el aparato de la mano) ¡Payaso! (Pausa) ¿Me querés decir qué vamos a hacer ahora?

 

FRANCO:      (Acaricia a la gallina y le da un beso con mucha ternura. Luego abraza a Cecilia) Chiqui… resignación, resignación…

 

CECILIA:       (Se suelta bruscamente) “Resignación” ¡un cuerno! (Se limpia la cara y las manos con un repasador) Escucháme una cosa, vos quedáte acá con Romina que yo la voy a ir a buscar a la tía… ¡No te muevas de acá!

 

 

Cecilia sale tan rápido que Franco ni siquiera puede intentar detenerla. Se queda solo. Desconcertado por la situación, inicia una caminata alrededor de la mesa. Pero la presencia de la gallina lo incomoda… y luego lo irrita.

 

 

FRANCO:      (A Romina) Bueno, supongo que ya estarás contenta… Ésta debe ser tu venganza de ultratumba, ¿no? Sí, ya te imagino, riéndote desde el infierno de las gallinas… sí, porque vos debés estar ahora en el infierno, por rencorosa… Sí, ya te imagino, riéndote con todas tus viejas amigas del gallinero… Pero sabés qué, ellas deben estar en el cielo porque al menos murieron en buena ley, flotando en un rico caldo o acompañando unas papitas (Lo dice textual) “noisette”. En cambio vos, vos ni siquiera cumpliste con tu función de gallina, ni siquiera serviste para quitarle el hambre a la humanidad… Claro, como la “señorita Romina” era la favorita de Don Pascuali se pensaba que se iba a salvar de terminar sepultada en un estómago… ¡Pero no! Usted va a terminar en el lugar que corresponde: ¡en mi panza! (Pausa) Pero yo también me río, ¿sabés por qué? Porque ahora, en el infierno, te debés estar asando a fuego lento, como en un gran espiedo. (Se ríe a carcajadas) No podés escapar de tu destino: si no te cocinan acá, te cocinan (Señala hacia el suelo) allá. Y lo que es peor: te cocinan por toda la eternidad… Así que elegí… Yo te puedo meter al horno, ahora, y vos te vas derechito al cielo como una linda gallinita que cumplió con su deber… O te podés hacer la cocorita y te garantizo que te terminan haciendo “vuelta y vuelta” en el…

 

 

Antes de que entren en escena se las escucha discutir. Por fin se abre la puerta de un golpe e irrumpe la tía Gladis secundada por Cecilia. Gladis tiene unos 50 o 60 años, y un cuerpo enérgico y fibroso. Se podría decir que ostenta una extraña mezcla entre aristócrata y conventillera.

 

 

GLADIS:        (Prepotente, buscando por toda la cocina) ¿Dónde está el Ser? (Franco se queda inmóvil porque no sabe qué responderle) ¿Dónde está el Ser… el Ser?

 

FRANCO:      Eh… el ser… este…

 

GLADIS:        El Ser, ¿dónde está el Ser?

 

FRANCO:      (Levanta a la gallina del cogote y se la muestra) Acá está, doña Gladis…

 

GLADIS:        (Aparta a la gallina de una bofetada) Esto es el Ente, yo busco el Ser, el-Ser-de-la-gallina.

 

FRANCO:      No sé, tal vez… tal vez se quedó en el gallinero…

 

GLADIS:        ¡Cállese la boca! (Lo mira por primera vez a los ojos) Así que usted la mató.

 

CECILIA:       Sí, sí, fue él, tía, fue él…

 

GLADIS:        (A Franco) ¡Déme la gallina! (La inspecciona y se tapa la boca para sofocar un grito) ¡Romina! ¡Es Romina!

 

FRANCO:      (Para sí) Pero qué, ¿la conoce todo el mundo a esta gallina piojosa?

 

GLADIS:        (Le reprocha a Cecilia) Nena, vos no me dijiste que se trataba de Romina.

 

CECILIA:       No tía, lo que pasa es que…

 

GLADIS:        ¡Lo que pasa es que nada! Si el pobre Don Pascuali descubre que desapareció su Romina se nos muere ahí nomás de un infarto. Yo le tengo que ir a avisar de inmediato.

 

CECILIA:       (La retiene de un brazo para que no se vaya) ¡Por eso, tía! Pensá si además se entera de que se murió.

 

GLADIS:        (Clavándole la mirada a Franco) ¡De que la mataron, dirás vos! (Franco abre los brazos y mira hacia el cielo, sin entender por qué le reprochan tanto que haya matado a una simple gallina)

 

CECILIA:       Por favor tía, nos tenés que ayudar… por lo que más quieras te lo pido…

 

GLADIS:        (Cierra los ojos y lo medita profundamente. A Franco) Diga que me lo pide ella, que si fuera por mí ahora mismo le avisaba a Don Pascuali y usted marchaba preso.

 

CECILIA:       (Se persigna al escuchar “preso”) ¡Ay, no, otra vez no! (La abraza a Gladis) No sabés cómo te lo agradezco… esto fue una desgracia para todos nosotros.

 

GLADIS:        (Apartándola suavemente, con la seguridad que brinda el saberse necesitado) Está bien nena, todo se va a arreglar… Al fin y al cabo vos no te merecés andar sufriendo por las cosas que hace la bestia de tu marido.

 

FRANCO:      (Molesto) ¡Oiga!

 

GLADIS:        ¡”Oiga”, nada! A ver, sirva para algo y dígame hace cuánto mató a Romina.

 

CECILIA:       (Viendo que Franco no entiende la pregunta) ¡Respondé! La tía necesita saber hace cuánto murió la gallina.

 

FRANCO:      (Mira su reloj) Y… habrá sido hace una hora… (Le toca el pico a la gallina) hace una hora y “pico”.

 

GLADIS:        (Se acerca a Cecilia y le acaricia maternalmente la mejilla) Estamos a tiempo, no te preocupes nena.

 

CECILIA:       ¡Ay, Dios te bendiga tía!

 

GLAIDIS:       Nada, nada… pero ahora voy a necesitar mi “instrumental”… porque vos con el apuro no me diste ni tiempo de agarrar… (A Franco) A ver, usted, inservible, no se quede ahí parado, vaya acá al lado y dígale a mi marido que le dé mi bolso de trabajo.

 

FRANCO:      (Apurado, sale de la cocina tropezándose) Sí, sí…

 

GLADIS:        (A solas con Cecilia) ¡Pero otra vez, nena! ¡Siempre lo mismo!

 

CECILIA:       Pero… es una gallina nada más…

 

GLADIS:        Una “gallina”, una “gallina”… ¡Cuando no es una cosa es la otra! Al final te darás cuenta de que no sirvió para nada todo lo que hicimos: sigue siendo el mismo atorrante de siempre. No, pero si era como yo decía… mejor hubiese sido dejarlo…

 

CECILIA:       (Horrorizada. Se persigna) ¡Ay, no digas eso ni en broma!

 

GLADIS:        Sí, te lo digo y te lo repito.

 

CECILIA:       No, no… vos estás equivocada… Franco cambió mucho desde que vos lo…

 

GLADIS:        (Burlona) ¡Ay, sí! ¿Podés creer que cuando entré casi no lo reconocí? ¡Pensé que era el Príncipe de Asturias!

 

CECILIA:       ¡Tía, no seas mala!

 

GLADIS:        No soy mala, yo te quiero y por eso te digo las cosas como son. (Pausa) Nena, nena, yo todavía no entiendo cómo te pudiste casar con semejante mequetrefe.

 

CECILIA:       (Casi disculpándose) Y… la juventud…

 

GLADIS:        (Sonríe con la expresión de quien ya ha comprendido muchas cosas) Sí, la juventud, la juventud… “Divino tesoro”, dicen algunos… Sería una edad maravillosa si una no tomara decisiones que después la condenan para toda la vida.

 

CECILIA:       Bueno, yo con Franco no es que…

 

GLADIS:        Pero una es joven y se casa ilusionada, creyendo en todas las mentiras que le dicen… una por una, en todas…  ¿Y después? Te voy a decir lo que pasa después… (Toma a la gallina y se la refriega a Cecilia por la cara)

 

CECILIA:       (Le quita la gallina y la vuelve a recostar sobre la mesa) ¡Pero él ni sabía que se trataba de Romina!

 

GLADIS:        ¿Y eso qué? La ignorancia no lo absuelve. Nena, nena, sos igual a tu madre, siempre defendiendo lo indefendible.

 

CECILIA:       No digas eso.

 

GLADIS:        Sí, te lo digo y te lo repito.

 

CECILIA:       (Silencio tenso) Yo lo reprendí mucho a Franco cuando me enteré de que…

 

GLADIS:        ¡Pero siguió haciendo de las suyas!