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Divinidad
Pájara
Obra de humor en un acto para un
actor, dos actrices y una gallina.

Alejandro Formanchuk
Pieza Teatral
en un Acto
Personajes
CECILIA
FRANCO
GLADIS
Escena
Cocina de una casa humilde. Adornos y muebles de mal gusto. Cecilia
corta sobre una mesada las puntas de los tallos de una docena de
rosas. Las introduce constantemente dentro de un florero para
comprobar si el largo es el adecuado. Nunca lo es. Se impacienta.
Sobre una mesa de madera –que está ubicada en el centro del
escenario- Franco intenta cortarle el cogote a una gallina muerta.
Pero es en vano: el cuchillo tiene poco filo y él es demasiado torpe.
Por lo tanto, durante los primeros minutos de la obra sólo se oyen
resoplidos de fastidio y de esfuerzo, tijeretazos nerviosos y golpes
de cuchillo.
CECILIA:
(Molesta por la torpeza del
marido) ¿No la podrías haber comprado directamente sin
cabeza?
FRANCO:
(Haciéndole notar su lucha con
las rosas) ¿No las podrías haber comprado directamente
sin tallo?
CECILIA:
Yo no las quiero sin tallo, nada más quiero que me entren bien en el
florero.
FRANCO:
(Sin despegar la vista de la
gallina) Y yo nada más quiero que esta desgraciada me
entre bien en la fuente.
CECILIA:
Decí que en la fuente no entra con la cabeza, que si no…
FRANCO:
¿Que si no qué?
CECILIA:
¡Que si no vos sos capaz de cocinarla con cabeza y todo!
FRANCO:
Para que sepas, la puedo cocinar con cabeza y todo…
(Levanta la gallina y con el
cuchillo le hace un corte imaginario por la mitad) Si la
parto al medio, así, la puedo meter con cabeza y pechuga por un
lado, y después con las patas y todo el resto.
CECILIA:
(Simula estar pensando en voz
alta) De vos no me extrañaría.
FRANCO:
(Simula que no la escuchó bien)
¿Qué dijiste?
CECILIA:
Que de vos puedo esperar cualquier cosa, eso dije.
FRANCO:
Mirá, hacéme el favor… que ya bastante tengo con esta gallina como
para encima tener que escucharte cacarear a vos.
CECILIA:
¡Cocinála como quieras!
FRANCO:
Sabés qué… la voy a cocinar con la cabeza, entonces.
CECILIA:
¡Y a mí no me volvés a dar un beso en tu vida!
FRANCO:
¿Y se puede saber por qué?
CECILIA:
(Deja de cortar los tallos de
las rosas, se acerca a la mesa y toma a la gallina por el pescuezo)
Porque andá a saber qué porquerías puede llegar a… ¡Pero qué te
tengo que andar explicando a vos!
FRANCO:
(Intenta decir una frase con
tono erudito pero se pierde) “Uno mira los pecados del
pecador pero siempre ha de olvidar los… los…”
CECILIA:
¿Que qué?
FRANCO:
Que vos te la pasás dándole besos al perro y yo no te digo nada.
CECLIA:
¿A Kevin?
FRANCO:
(Para sí) “Kevin”,
“Kevin”, ni que fuera norteamericano ese perro mugriento…
(A Cecilia) Sí, sí, al
“Señor Mister Kevin”. ¿O acaso no te pasa la lengua por toda la
cara?
CECILIA:
(Tocándose las mejillas)
Son besitos, eso es cariño… ¡y bastante más del que me das vos!
FRANCO:
“Cariño”, “cariño”… pero no me vas a decir que el perro no se pasa
la lengua por el culo.
CECILIA:
(Muy ofendida regresa a la
mesada para seguir cortando los tallos de las rosas) ¡Sos
un guarango!
FRANCO:
Ah, ¿no tengo razón? ¿El perro no se pasa la lengua por el culo,
acaso? Ah, no, me olvidé que el “Señor Mister Kevin” cada vez que
termina de hacer su “popó” se limpia la colita con papel higiénico.
(Como si hablara un perro
yanqui) “Guau, guau, plis, dadme el peiper higienicou que
ya he hechou mis souretes…” Y te voy a decir más, el otro día que lo
llevé al parque se la pasó toda la tarde oliéndole el cu…
CECILIA:
(Furiosa por saberse derrotada)
¡Bueno, basta!
FRANCO:
(Levanta a la gallina y la mira
a los ojos) ¿Ves? Así de injusto es este mundo… Y después
se quejan porque te quiero morfar el marote.
(Le besa el pico)
Criaturita de Dios… Si con ese pico a lo sumo habrás comido el maíz
que te daba Don Pascuali.
CECILIA:
¿Cómo que “Don Pascuali”?
FRANCO:
(Silencio tenso. Cae en la
cuenta de su error y para ganar tiempo se hace el payaso y canta)
Don Pascuali, Don Pascuali, tenía una granja bonita… Don Pascuali,
Don Pascuali, criaba a sus gallinitas…
CECILIA:
¡No te hagas el marmota y vení para acá! ¿“Don Pascuali”, dijiste
vos? (Se toma la cabeza,
sobreactuado) ¡No me digas que le robaste esta gallina a
Don Pascuali!
FRANCO:
(Nervioso) Shhht,
pero calláte la boca… ¿Qué querés… que se entere todo el barrio?
CECILIA:
(Enojada) Contestáme
por favor, ¿esta gallina es de nuestro vecino?
FRANCO:
La gallina no es de nadie… O, en todo caso,
(Abre los brazos y mira hacia el
cielo) es de nuestro Señor.
CECILIA:
Sí, dale, ahora hacélo cómplice a Dios de tus barbaridades, es lo
único que te faltaba.
FRANCO:
(Dulce) Pero
Chiqui, no es para ponerse así… Lo que pasa es que, te juro, yo
tenía la intención de ir hasta el mercado y comprar una gallina…
pero después me dije: ¿Para qué voy a gastar tanta plata si puedo
pedirle prestada una gallinita a mi vecino?
CECILIA:
Sí, lindo préstamo… ¡ni se enteró!
FRANCO:
(Simula ofenderse)
¡Bueno! ¡Qué tanto ni tanto! Don Pascuali es mi amigo y entre los
amigos manejamos códigos que vos…
CECILIA:
(Lo interrumpe)
¿“Amigo”? ¿“Amigo”, dijiste vos? No, si vos sos el colmo de la
caradurez, eso sos.
FRANCO:
Bueno Chiqui, tampoco es para ponerse…
CECILIA:
“Bueno Chiqui”, ¡un cuerno! Vos sabés perfectamente cómo quiere Don
Pascuali a sus gallinas y cómo las cuida y cómo…
FRANCO:
(Se acerca mimoso y le acaricia
el cabello) Y yo también te quiero y te cuido…
CECILIA:
(Lo aparta de un empujón)
Y también sabés que las gallinas son la única compañía que tiene.
FRANCO:
¡Bueno, che! Tiene un montón de gallinas. No se va a morir porque se
le pierda una.
CECILIA:
¿“Pierda”? ¿“Pierda”, dijiste vos? Esta gallina no se “perdió”, esta
gallina se la “afanaste”.
FRANCO:
Está bien, está bien… es una forma de decir… quien dice “pierda”
dice…
CECILIA:
No, si ya te veo las intenciones…
FRANCO:
¿Qué… las gallinas no se escapan, acaso? Tienen patas, corren,
vuelan… No es algo (Subraya la
palabra) “inverosímil”.
CECILIA:
Sí, pero da la casualidad de que esta gallina no corrió, ni voló, ni
cacareó.
FRANCO:
¿Que no cacareó? ¡Vos porque no estabas ahí!
CECILIA:
(Enfurecida levanta el florero
para partírselo por la cabeza, pero súbitamente se queda inmóvil con
la vista fija en la gallina) ¡Ay…! ¡Ay, por Dios…! ¡No
puede ser…!
FRANCO:
(Todavía protegiéndose del golpe
que se veía venir) ¿Qué pasa?
CECILIA:
¡Romina!
FRANCO:
¿Romina?
CECILIA:
¡Sí, Romina!
FRANCO:
¿Quién es Romina?
CECILIA:
(Tomándole una pata a la
gallina) ¿No le ves la cintita roja?
(Franco sigue sin comprender y ella
se enoja aún más) ¡Esta gallina es Romina! ¡La gallina
favorita de Don Pascuali!
FRANCO:
Era Romina, dirás vos.
CECILIA:
(Se desploma en una silla. Con
el rostro entre las manos) ¿Vos te das cuenta?
FRANCO:
(Examinando la cintita roja)
¿De qué?
CECILIA:
(Recobra milagrosamente la
energía y se levanta de un salto) ¿Cómo de qué? ¡Miráme a
los ojos! ¡De lo que hiciste!
FRANCO:
Sí, Chiqui, me doy cuenta… pero
(Intenta nuevamente decir una frase con tono erudito) “de
nada vale el reproche cuando los actos han sido… han sido…”
CECILIA:
(Lo empuja a Franco para abrirse
paso) ¡Salí de acá!
(Coloca a la gallina en el centro de la mesa y la ausculta con mucho
cuidado)
FRANCO:
¿Qué hacés?
CECILIA:
(Muy concentrada)
Quiero ver si todavía le late el corazón.
FRANCO:
¡Vos sos chiste, mujer! Cómo se te ocurre que…
CECILIA:
(Con la oreja aún pegada en la
pechuga) ¡Calláte por favor que no me dejás oír!
FRANCO:
(Se acerca sigiloso por detrás
de Cecilia y le susurra al oído) Auxiliooooooo…
(Cecilia se asusta y en un acto
reflejo toma a la gallina por las patas y le pega a Franco con ésta.
Franco aprovecha el descuido para hacerse el gracioso)
¡Cuidado! ¡La vas a matar!
CECILIA:
(Se espanta de lo que acaba de
hacer y con extrema delicadeza vuelve a recostar a la gallina sobre
la mesa) ¡Mirá lo que me hacés hacer!
(Comienza a caminar muy nerviosa
por toda la cocina tratando de encontrar una solución. Se le ocurre
una idea. Le da a la gallina respiración boca a boca –o, mejor
dicho, “boca a pico”– y algo que parece ser un masaje cardíaco)
FRANCO:
(Festeja) ¡Sí! ¡Lo
logré! ¡Le diste un beso a la gallina!
CECILIA:
¡Dejáte de pavadas! (Vuelve a
auscultarla)
FRANCO:
¿Y?
CECILIA:
No, no…
FRANCO:
Abrí paso que yo te arreglo el berenjenal.
(Toma de la mesada uno de esos
aparatos que se utilizan para encender las hornallas de la cocina
mediante una chispa eléctrica y lo acciona repetidamente sobre el
cuerpo de la gallina)
CECILIA:
¿Qué hacés con eso?
FRANCO:
(Cada vez que lo acciona hace
una pausa en su respuesta) Una vez vi… en una película…
que a un tipo que moría… los doctores lo revivían… enchufándole
corrientes de electricidad…
CECILIA:
(Le quita el aparato de la mano)
¡Payaso! (Pausa) ¿Me
querés decir qué vamos a hacer ahora?
FRANCO:
(Acaricia a la gallina y le da
un beso con mucha ternura. Luego abraza a Cecilia) Chiqui…
resignación, resignación…
CECILIA:
(Se suelta bruscamente)
“Resignación” ¡un cuerno! (Se
limpia la cara y las manos con un repasador) Escucháme
una cosa, vos quedáte acá con Romina que yo la voy a ir a buscar a
la tía… ¡No te muevas de acá!
Cecilia sale tan rápido que Franco ni siquiera puede intentar
detenerla. Se queda solo. Desconcertado por la situación, inicia una
caminata alrededor de la mesa. Pero la presencia de la gallina lo
incomoda… y luego lo irrita.
FRANCO:
(A Romina)
Bueno, supongo que ya estarás contenta… Ésta debe ser tu venganza de
ultratumba, ¿no? Sí, ya te imagino, riéndote desde el infierno de
las gallinas… sí, porque vos debés estar ahora en el infierno, por
rencorosa… Sí, ya te imagino, riéndote con todas tus viejas amigas
del gallinero… Pero sabés qué, ellas deben estar en el cielo porque
al menos murieron en buena ley, flotando en un rico caldo o
acompañando unas papitas (Lo
dice textual) “noisette”. En cambio vos, vos ni siquiera
cumpliste con tu función de gallina, ni siquiera serviste para
quitarle el hambre a la humanidad… Claro, como la “señorita Romina”
era la favorita de Don Pascuali se pensaba que se iba a salvar de
terminar sepultada en un estómago… ¡Pero no! Usted va a terminar en
el lugar que corresponde: ¡en mi panza!
(Pausa) Pero yo también
me río, ¿sabés por qué? Porque ahora, en el infierno, te debés estar
asando a fuego lento, como en un gran espiedo.
(Se ríe a carcajadas) No
podés escapar de tu destino: si no te cocinan acá, te cocinan
(Señala hacia el suelo)
allá. Y lo que es peor: te cocinan por toda la eternidad… Así que
elegí… Yo te puedo meter al horno, ahora, y vos te vas derechito al
cielo como una linda gallinita que cumplió con su deber… O te podés
hacer la cocorita y te garantizo que te terminan haciendo “vuelta y
vuelta” en el…
Antes de que entren en escena se las escucha discutir. Por fin se
abre la puerta de un golpe e irrumpe la tía Gladis secundada por
Cecilia. Gladis tiene unos 50 o 60 años, y un cuerpo enérgico y
fibroso. Se podría decir que ostenta una extraña mezcla entre
aristócrata y conventillera.
GLADIS:
(Prepotente, buscando por toda
la cocina) ¿Dónde está el Ser?
(Franco se queda inmóvil porque no
sabe qué responderle) ¿Dónde está el Ser… el Ser?
FRANCO:
Eh… el ser… este…
GLADIS:
El Ser, ¿dónde está el Ser?
FRANCO:
(Levanta a la gallina del cogote
y se la muestra) Acá está, doña Gladis…
GLADIS:
(Aparta a la gallina de una
bofetada) Esto es el Ente, yo busco el Ser,
el-Ser-de-la-gallina.
FRANCO:
No sé, tal vez… tal vez se quedó en el gallinero…
GLADIS:
¡Cállese la boca! (Lo mira por
primera vez a los ojos) Así que usted la mató.
CECILIA:
Sí, sí, fue él, tía, fue él…
GLADIS:
(A Franco) ¡Déme la
gallina! (La inspecciona y se
tapa la boca para sofocar un grito) ¡Romina! ¡Es Romina!
FRANCO:
(Para sí) Pero qué,
¿la conoce todo el mundo a esta gallina piojosa?
GLADIS:
(Le reprocha a Cecilia)
Nena, vos no me dijiste que se trataba de Romina.
CECILIA:
No tía, lo que pasa es que…
GLADIS:
¡Lo que pasa es que nada! Si el pobre Don Pascuali descubre que
desapareció su Romina se nos muere ahí nomás de un infarto. Yo le
tengo que ir a avisar de inmediato.
CECILIA:
(La retiene de un brazo para que
no se vaya) ¡Por eso, tía! Pensá si además se entera de
que se murió.
GLADIS:
(Clavándole la mirada a Franco)
¡De que la mataron, dirás vos! (Franco
abre los brazos y mira hacia el cielo, sin entender por qué le
reprochan tanto que haya matado a una simple gallina)
CECILIA:
Por favor tía, nos tenés que ayudar… por lo que más quieras te lo
pido…
GLADIS:
(Cierra los ojos y lo medita
profundamente. A Franco) Diga que me lo pide ella, que si
fuera por mí ahora mismo le avisaba a Don Pascuali y usted marchaba
preso.
CECILIA:
(Se persigna al escuchar
“preso”) ¡Ay, no, otra vez no!
(La abraza a Gladis) No
sabés cómo te lo agradezco… esto fue una desgracia para
todos nosotros.
GLADIS:
(Apartándola suavemente, con la
seguridad que brinda el saberse necesitado) Está bien
nena, todo se va a arreglar… Al fin y al cabo vos no te merecés
andar sufriendo por las cosas que hace la bestia de tu marido.
FRANCO:
(Molesto) ¡Oiga!
GLADIS:
¡”Oiga”, nada! A ver, sirva para algo y dígame hace cuánto mató a
Romina.
CECILIA:
(Viendo que Franco no entiende
la pregunta) ¡Respondé! La tía necesita saber hace cuánto
murió la gallina.
FRANCO:
(Mira su reloj) Y…
habrá sido hace una hora… (Le
toca el pico a la gallina) hace una hora y “pico”.
GLADIS:
(Se acerca a Cecilia y le
acaricia maternalmente la mejilla) Estamos a tiempo, no
te preocupes nena.
CECILIA:
¡Ay, Dios te bendiga tía!
GLAIDIS:
Nada, nada… pero ahora voy a necesitar mi “instrumental”… porque vos
con el apuro no me diste ni tiempo de agarrar…
(A Franco) A ver, usted,
inservible, no se quede ahí parado, vaya acá al lado y dígale a mi
marido que le dé mi bolso de trabajo.
FRANCO:
(Apurado, sale de la cocina
tropezándose) Sí, sí…
GLADIS:
(A solas con Cecilia)
¡Pero otra vez, nena! ¡Siempre lo mismo!
CECILIA:
Pero… es una gallina nada más…
GLADIS:
Una “gallina”, una “gallina”… ¡Cuando no es una cosa es la otra! Al
final te darás cuenta de que no sirvió para nada todo lo que
hicimos: sigue siendo el mismo atorrante de siempre. No, pero si era
como yo decía… mejor hubiese sido dejarlo…
CECILIA:
(Horrorizada. Se persigna)
¡Ay, no digas eso ni en broma!
GLADIS:
Sí, te lo digo y te lo repito.
CECILIA:
No, no… vos estás equivocada… Franco cambió mucho desde que vos lo…
GLADIS:
(Burlona) ¡Ay, sí! ¿Podés
creer que cuando entré casi no lo reconocí? ¡Pensé que era el
Príncipe de Asturias!
CECILIA:
¡Tía, no seas mala!
GLADIS:
No soy mala, yo te quiero y por eso te digo las cosas como son.
(Pausa) Nena, nena, yo
todavía no entiendo cómo te pudiste casar con semejante mequetrefe.
CECILIA:
(Casi disculpándose)
Y… la juventud…
GLADIS:
(Sonríe con la expresión de
quien ya ha comprendido muchas cosas) Sí, la juventud, la
juventud… “Divino tesoro”, dicen algunos… Sería una edad maravillosa
si una no tomara decisiones que después la condenan para toda la
vida.
CECILIA:
Bueno, yo con Franco no es que…
GLADIS:
Pero una es joven y se casa ilusionada, creyendo en todas las
mentiras que le dicen… una por una, en todas… ¿Y después? Te voy a
decir lo que pasa después… (Toma
a la gallina y se la refriega a Cecilia por la cara)
CECILIA:
(Le quita la gallina y la vuelve
a recostar sobre la mesa) ¡Pero él ni sabía que se
trataba de Romina!
GLADIS:
¿Y eso qué? La ignorancia no lo absuelve. Nena, nena, sos igual a tu
madre, siempre defendiendo lo indefendible.
CECILIA:
No digas eso.
GLADIS:
Sí, te lo digo y te lo repito.
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