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Divinidad
Pájara
Obra de humor en un acto para un
actor, dos actrices y una gallina.

Alejandro Formanchuk
Pieza Teatral
en un Acto
Personajes
CECILIA
FRANCO
GLADIS
Escena
Cocina de una casa humilde. Adornos y muebles de mal gusto. Cecilia
corta sobre una mesada las puntas de los tallos de una docena de
rosas. Las introduce constantemente dentro de un florero para
comprobar si el largo es el adecuado. Nunca lo es. Se impacienta.
Sobre una mesa de madera –que está ubicada en el centro del
escenario- Franco intenta cortarle el cogote a una gallina muerta.
Pero es en vano: el cuchillo tiene poco filo y él es demasiado torpe.
Por lo tanto, durante los primeros minutos de la obra sólo se oyen
resoplidos de fastidio y de esfuerzo, tijeretazos nerviosos y golpes
de cuchillo.
CECILIA:
(Molesta por la torpeza del
marido) ¿No la podrías haber comprado directamente sin
cabeza?
FRANCO:
(Haciéndole notar su lucha con
las rosas) ¿No las podrías haber comprado directamente
sin tallo?
CECILIA:
Yo no las quiero sin tallo, nada más quiero que me entren bien en el
florero.
FRANCO:
(Sin despegar la vista de la
gallina) Y yo nada más quiero que esta desgraciada me
entre bien en la fuente.
CECILIA:
Decí que en la fuente no entra con la cabeza, que si no…
FRANCO:
¿Que si no qué?
CECILIA:
¡Que si no vos sos capaz de cocinarla con cabeza y todo!
FRANCO:
Para que sepas, la puedo cocinar con cabeza y todo…
(Levanta la gallina y con el
cuchillo le hace un corte imaginario por la mitad) Si la
parto al medio, así, la puedo meter con cabeza y pechuga por un
lado, y después con las patas y todo el resto.
CECILIA:
(Simula estar pensando en voz
alta) De vos no me extrañaría.
FRANCO:
(Simula que no la escuchó bien)
¿Qué dijiste?
CECILIA:
Que de vos puedo esperar cualquier cosa, eso dije.
FRANCO:
Mirá, hacéme el favor… que ya bastante tengo con esta gallina como
para encima tener que escucharte cacarear a vos.
CECILIA:
¡Cocinála como quieras!
FRANCO:
Sabés qué… la voy a cocinar con la cabeza, entonces.
CECILIA:
¡Y a mí no me volvés a dar un beso en tu vida!
FRANCO:
¿Y se puede saber por qué?
CECILIA:
(Deja de cortar los tallos de
las rosas, se acerca a la mesa y toma a la gallina por el pescuezo)
Porque andá a saber qué porquerías puede llegar a… ¡Pero qué te
tengo que andar explicando a vos!
FRANCO:
(Intenta decir una frase con
tono erudito pero se pierde) “Uno mira los pecados del
pecador pero siempre ha de olvidar los… los…”
CECILIA:
¿Que qué?
FRANCO:
Que vos te la pasás dándole besos al perro y yo no te digo nada.
CECLIA:
¿A Kevin?
FRANCO:
(Para sí) “Kevin”,
“Kevin”, ni que fuera norteamericano ese perro mugriento…
(A Cecilia) Sí, sí, al
“Señor Mister Kevin”. ¿O acaso no te pasa la lengua por toda la
cara?
CECILIA:
(Tocándose las mejillas)
Son besitos, eso es cariño… ¡y bastante más del que me das vos!
FRANCO:
“Cariño”, “cariño”… pero no me vas a decir que el perro no se pasa
la lengua por el culo.
CECILIA:
(Muy ofendida regresa a la
mesada para seguir cortando los tallos de las rosas) ¡Sos
un guarango!
FRANCO:
Ah, ¿no tengo razón? ¿El perro no se pasa la lengua por el culo,
acaso? Ah, no, me olvidé que el “Señor Mister Kevin” cada vez que
termina de hacer su “popó” se limpia la colita con papel higiénico.
(Como si hablara un perro
yanqui) “Guau, guau, plis, dadme el peiper higienicou que
ya he hechou mis souretes…” Y te voy a decir más, el otro día que lo
llevé al parque se la pasó toda la tarde oliéndole el cu…
CECILIA:
(Furiosa por saberse derrotada)
¡Bueno, basta!
FRANCO:
(Levanta a la gallina y la mira
a los ojos) ¿Ves? Así de injusto es este mundo… Y después
se quejan porque te quiero morfar el marote.
(Le besa el pico)
Criaturita de Dios… Si con ese pico a lo sumo habrás comido el maíz
que te daba Don Pascuali.
CECILIA:
¿Cómo que “Don Pascuali”?
FRANCO:
(Silencio tenso. Cae en la
cuenta de su error y para ganar tiempo se hace el payaso y canta)
Don Pascuali, Don Pascuali, tenía una granja bonita… Don Pascuali,
Don Pascuali, criaba a sus gallinitas…
CECILIA:
¡No te hagas el marmota y vení para acá! ¿“Don Pascuali”, dijiste
vos? (Se toma la cabeza,
sobreactuado) ¡No me digas que le robaste esta gallina a
Don Pascuali!
FRANCO:
(Nervioso) Shhht,
pero calláte la boca… ¿Qué querés… que se entere todo el barrio?
CECILIA:
(Enojada) Contestáme
por favor, ¿esta gallina es de nuestro vecino?
FRANCO:
La gallina no es de nadie… O, en todo caso,
(Abre los brazos y mira hacia el
cielo) es de nuestro Señor.
CECILIA:
Sí, dale, ahora hacélo cómplice a Dios de tus barbaridades, es lo
único que te faltaba.
FRANCO:
(Dulce) Pero
Chiqui, no es para ponerse así… Lo que pasa es que, te juro, yo
tenía la intención de ir hasta el mercado y comprar una gallina…
pero después me dije: ¿Para qué voy a gastar tanta plata si puedo
pedirle prestada una gallinita a mi vecino?
CECILIA:
Sí, lindo préstamo… ¡ni se enteró!
FRANCO:
(Simula ofenderse)
¡Bueno! ¡Qué tanto ni tanto! Don Pascuali es mi amigo y entre los
amigos manejamos códigos que vos…
CECILIA:
(Lo interrumpe)
¿“Amigo”? ¿“Amigo”, dijiste vos? No, si vos sos el colmo de la
caradurez, eso sos.
FRANCO:
Bueno Chiqui, tampoco es para ponerse…
CECILIA:
“Bueno Chiqui”, ¡un cuerno! Vos sabés perfectamente cómo quiere Don
Pascuali a sus gallinas y cómo las cuida y cómo…
FRANCO:
(Se acerca mimoso y le acaricia
el cabello) Y yo también te quiero y te cuido…
CECILIA:
(Lo aparta de un empujón)
Y también sabés que las gallinas son la única compañía que tiene.
FRANCO:
¡Bueno, che! Tiene un montón de gallinas. No se va a morir porque se
le pierda una.
CECILIA:
¿“Pierda”? ¿“Pierda”, dijiste vos? Esta gallina no se “perdió”, esta
gallina se la “afanaste”.
FRANCO:
Está bien, está bien… es una forma de decir… quien dice “pierda”
dice…
CECILIA:
No, si ya te veo las intenciones…
FRANCO:
¿Qué… las gallinas no se escapan, acaso? Tienen patas, corren,
vuelan… No es algo (Subraya la
palabra) “inverosímil”.
CECILIA:
Sí, pero da la casualidad de que esta gallina no corrió, ni voló, ni
cacareó.
FRANCO:
¿Que no cacareó? ¡Vos porque no estabas ahí!
CECILIA:
(Enfurecida levanta el florero
para partírselo por la cabeza, pero súbitamente se queda inmóvil con
la vista fija en la gallina) ¡Ay…! ¡Ay, por Dios…! ¡No
puede ser…!
FRANCO:
(Todavía protegiéndose del golpe
que se veía venir) ¿Qué pasa?
CECILIA:
¡Romina!
FRANCO:
¿Romina?
CECILIA:
¡Sí, Romina!
FRANCO:
¿Quién es Romina?
CECILIA:
(Tomándole una pata a la
gallina) ¿No le ves la cintita roja?
(Franco sigue sin comprender y ella
se enoja aún más) ¡Esta gallina es Romina! ¡La gallina
favorita de Don Pascuali!
FRANCO:
Era Romina, dirás vos.
CECILIA:
(Se desploma en una silla. Con
el rostro entre las manos) ¿Vos te das cuenta?
FRANCO:
(Examinando la cintita roja)
¿De qué?
CECILIA:
(Recobra milagrosamente la
energía y se levanta de un salto) ¿Cómo de qué? ¡Miráme a
los ojos! ¡De lo que hiciste!
FRANCO:
Sí, Chiqui, me doy cuenta… pero
(Intenta nuevamente decir una frase con tono erudito) “de
nada vale el reproche cuando los actos han sido… han sido…”
CECILIA:
(Lo empuja a Franco para abrirse
paso) ¡Salí de acá!
(Coloca a la gallina en el centro de la mesa y la ausculta con mucho
cuidado)
FRANCO:
¿Qué hacés?
CECILIA:
(Muy concentrada)
Quiero ver si todavía le late el corazón.
FRANCO:
¡Vos sos chiste, mujer! Cómo se te ocurre que…
CECILIA:
(Con la oreja aún pegada en la
pechuga) ¡Calláte por favor que no me dejás oír!
FRANCO:
(Se acerca sigiloso por detrás
de Cecilia y le susurra al oído) Auxiliooooooo…
(Cecilia se asusta y en un acto
reflejo toma a la gallina por las patas y le pega a Franco con ésta.
Franco aprovecha el descuido para hacerse el gracioso)
¡Cuidado! ¡La vas a matar!
CECILIA:
(Se espanta de lo que acaba de
hacer y con extrema delicadeza vuelve a recostar a la gallina sobre
la mesa) ¡Mirá lo que me hacés hacer!
(Comienza a caminar muy nerviosa
por toda la cocina tratando de encontrar una solución. Se le ocurre
una idea. Le da a la gallina respiración boca a boca –o, mejor
dicho, “boca a pico”– y algo que parece ser un masaje cardíaco)
FRANCO:
(Festeja) ¡Sí! ¡Lo
logré! ¡Le diste un beso a la gallina!
CECILIA:
¡Dejáte de pavadas! (Vuelve a
auscultarla)
FRANCO:
¿Y?
CECILIA:
No, no…
FRANCO:
Abrí paso que yo te arreglo el berenjenal.
(Toma de la mesada uno de esos
aparatos que se utilizan para encender las hornallas de la cocina
mediante una chispa eléctrica y lo acciona repetidamente sobre el
cuerpo de la gallina)
CECILIA:
¿Qué hacés con eso?
FRANCO:
(Cada vez que lo acciona hace
una pausa en su respuesta) Una vez vi… en una película…
que a un tipo que moría… los doctores lo revivían… enchufándole
corrientes de electricidad…
CECILIA:
(Le quita el aparato de la mano)
¡Payaso! (Pausa) ¿Me
querés decir qué vamos a hacer ahora?
FRANCO:
(Acaricia a la gallina y le da
un beso con mucha ternura. Luego abraza a Cecilia) Chiqui…
resignación, resignación…
CECILIA:
(Se suelta bruscamente)
“Resignación” ¡un cuerno! (Se
limpia la cara y las manos con un repasador) Escucháme
una cosa, vos quedáte acá con Romina que yo la voy a ir a buscar a
la tía… ¡No te muevas de acá!
Cecilia sale tan rápido que Franco ni siquiera puede intentar
detenerla. Se queda solo. Desconcertado por la situación, inicia una
caminata alrededor de la mesa. Pero la presencia de la gallina lo
incomoda… y luego lo irrita.
FRANCO:
(A Romina)
Bueno, supongo que ya estarás contenta… Ésta debe ser tu venganza de
ultratumba, ¿no? Sí, ya te imagino, riéndote desde el infierno de
las gallinas… sí, porque vos debés estar ahora en el infierno, por
rencorosa… Sí, ya te imagino, riéndote con todas tus viejas amigas
del gallinero… Pero sabés qué, ellas deben estar en el cielo porque
al menos murieron en buena ley, flotando en un rico caldo o
acompañando unas papitas (Lo
dice textual) “noisette”. En cambio vos, vos ni siquiera
cumpliste con tu función de gallina, ni siquiera serviste para
quitarle el hambre a la humanidad… Claro, como la “señorita Romina”
era la favorita de Don Pascuali se pensaba que se iba a salvar de
terminar sepultada en un estómago… ¡Pero no! Usted va a terminar en
el lugar que corresponde: ¡en mi panza!
(Pausa) Pero yo también
me río, ¿sabés por qué? Porque ahora, en el infierno, te debés estar
asando a fuego lento, como en un gran espiedo.
(Se ríe a carcajadas) No
podés escapar de tu destino: si no te cocinan acá, te cocinan
(Señala hacia el suelo)
allá. Y lo que es peor: te cocinan por toda la eternidad… Así que
elegí… Yo te puedo meter al horno, ahora, y vos te vas derechito al
cielo como una linda gallinita que cumplió con su deber… O te podés
hacer la cocorita y te garantizo que te terminan haciendo “vuelta y
vuelta” en el…
Antes de que entren en escena se las escucha discutir. Por fin se
abre la puerta de un golpe e irrumpe la tía Gladis secundada por
Cecilia. Gladis tiene unos 50 o 60 años, y un cuerpo enérgico y
fibroso. Se podría decir que ostenta una extraña mezcla entre
aristócrata y conventillera.
GLADIS:
(Prepotente, buscando por toda
la cocina) ¿Dónde está el Ser?
(Franco se queda inmóvil porque no
sabe qué responderle) ¿Dónde está el Ser… el Ser?
FRANCO:
Eh… el ser… este…
GLADIS:
El Ser, ¿dónde está el Ser?
FRANCO:
(Levanta a la gallina del cogote
y se la muestra) Acá está, doña Gladis…
GLADIS:
(Aparta a la gallina de una
bofetada) Esto es el Ente, yo busco el Ser,
el-Ser-de-la-gallina.
FRANCO:
No sé, tal vez… tal vez se quedó en el gallinero…
GLADIS:
¡Cállese la boca! (Lo mira por
primera vez a los ojos) Así que usted la mató.
CECILIA:
Sí, sí, fue él, tía, fue él…
GLADIS:
(A Franco) ¡Déme la
gallina! (La inspecciona y se
tapa la boca para sofocar un grito) ¡Romina! ¡Es Romina!
FRANCO:
(Para sí) Pero qué,
¿la conoce todo el mundo a esta gallina piojosa?
GLADIS:
(Le reprocha a Cecilia)
Nena, vos no me dijiste que se trataba de Romina.
CECILIA:
No tía, lo que pasa es que…
GLADIS:
¡Lo que pasa es que nada! Si el pobre Don Pascuali descubre que
desapareció su Romina se nos muere ahí nomás de un infarto. Yo le
tengo que ir a avisar de inmediato.
CECILIA:
(La retiene de un brazo para que
no se vaya) ¡Por eso, tía! Pensá si además se entera de
que se murió.
GLADIS:
(Clavándole la mirada a Franco)
¡De que la mataron, dirás vos! (Franco
abre los brazos y mira hacia el cielo, sin entender por qué le
reprochan tanto que haya matado a una simple gallina)
CECILIA:
Por favor tía, nos tenés que ayudar… por lo que más quieras te lo
pido…
GLADIS:
(Cierra los ojos y lo medita
profundamente. A Franco) Diga que me lo pide ella, que si
fuera por mí ahora mismo le avisaba a Don Pascuali y usted marchaba
preso.
CECILIA:
(Se persigna al escuchar
“preso”) ¡Ay, no, otra vez no!
(La abraza a Gladis) No
sabés cómo te lo agradezco… esto fue una desgracia para
todos nosotros.
GLADIS:
(Apartándola suavemente, con la
seguridad que brinda el saberse necesitado) Está bien
nena, todo se va a arreglar… Al fin y al cabo vos no te merecés
andar sufriendo por las cosas que hace la bestia de tu marido.
FRANCO:
(Molesto) ¡Oiga!
GLADIS:
¡”Oiga”, nada! A ver, sirva para algo y dígame hace cuánto mató a
Romina.
CECILIA:
(Viendo que Franco no entiende
la pregunta) ¡Respondé! La tía necesita saber hace cuánto
murió la gallina.
FRANCO:
(Mira su reloj) Y…
habrá sido hace una hora… (Le
toca el pico a la gallina) hace una hora y “pico”.
GLADIS:
(Se acerca a Cecilia y le
acaricia maternalmente la mejilla) Estamos a tiempo, no
te preocupes nena.
CECILIA:
¡Ay, Dios te bendiga tía!
GLAIDIS:
Nada, nada… pero ahora voy a necesitar mi “instrumental”… porque vos
con el apuro no me diste ni tiempo de agarrar…
(A Franco) A ver, usted,
inservible, no se quede ahí parado, vaya acá al lado y dígale a mi
marido que le dé mi bolso de trabajo.
FRANCO:
(Apurado, sale de la cocina
tropezándose) Sí, sí…
GLADIS:
(A solas con Cecilia)
¡Pero otra vez, nena! ¡Siempre lo mismo!
CECILIA:
Pero… es una gallina nada más…
GLADIS:
Una “gallina”, una “gallina”… ¡Cuando no es una cosa es la otra! Al
final te darás cuenta de que no sirvió para nada todo lo que
hicimos: sigue siendo el mismo atorrante de siempre. No, pero si era
como yo decía… mejor hubiese sido dejarlo…
CECILIA:
(Horrorizada. Se persigna)
¡Ay, no digas eso ni en broma!
GLADIS:
Sí, te lo digo y te lo repito.
CECILIA:
No, no… vos estás equivocada… Franco cambió mucho desde que vos lo…
GLADIS:
(Burlona) ¡Ay, sí! ¿Podés
creer que cuando entré casi no lo reconocí? ¡Pensé que era el
Príncipe de Asturias!
CECILIA:
¡Tía, no seas mala!
GLADIS:
No soy mala, yo te quiero y por eso te digo las cosas como son.
(Pausa) Nena, nena, yo
todavía no entiendo cómo te pudiste casar con semejante mequetrefe.
CECILIA:
(Casi disculpándose)
Y… la juventud…
GLADIS:
(Sonríe con la expresión de
quien ya ha comprendido muchas cosas) Sí, la juventud, la
juventud… “Divino tesoro”, dicen algunos… Sería una edad maravillosa
si una no tomara decisiones que después la condenan para toda la
vida.
CECILIA:
Bueno, yo con Franco no es que…
GLADIS:
Pero una es joven y se casa ilusionada, creyendo en todas las
mentiras que le dicen… una por una, en todas… ¿Y después? Te voy a
decir lo que pasa después… (Toma
a la gallina y se la refriega a Cecilia por la cara)
CECILIA:
(Le quita la gallina y la vuelve
a recostar sobre la mesa) ¡Pero él ni sabía que se
trataba de Romina!
GLADIS:
¿Y eso qué? La ignorancia no lo absuelve. Nena, nena, sos igual a tu
madre, siempre defendiendo lo indefendible.
CECILIA:
No digas eso.
GLADIS:
Sí, te lo digo y te lo repito.
CECILIA:
(Silencio tenso) Yo
lo reprendí mucho a Franco cuando me enteré de que…
GLADIS:
¡Pero siguió haciendo de las suyas!
CECILIA:
No te hablo de esa vez, te estoy hablando de ahora.
GLADIS:
¿Ahora qué?
CECILIA:
Que ahora yo lo reprendí mucho cuando me enteré que se había robado
a Romina.
GLADIS:
Ay, sí, pobrecito, ya me di cuenta la cara de sufrimiento que tenía.
(Pausa) Además, matar
a un pobre animalito… No sé, al menos podría ser un poco más
agradecido… ¡Justamente él!
CECILIA:
Todos nos merecemos una segunda oportunidad.
GLADIS:
Por eso mismo te lo digo… que no la desaproveche.
(Pausa) En fin, es cosa
tuya… Pero te juro que no entiendo cómo podés seguir estando al lado
de un inútil que no sirve ni para cuidar al perro.
CECILIA:
¿A Kevin? ¡No sabés cómo lo quiere! Se la pasan dándose besos… Y
además lo saca a pasear todos los días, llueve o truene.
GLADIS:
Igual a tu madre… ¡Claro que lo saca a pasear, tonta! ¡Porque
aprovecha la escapada para irse a chupar al bar!
CECILIA:
No te creo.
GLADIS:
Mientras tu marido (Hace el
gesto de tomar de una botella por el pico) “empina el
codo” en esa cueva de mala muerte, el pobre perro se queda atado al
poste de luz… ¡Así es como lo saca a pasear!
CECILIA:
Pero si Kevin siempre vuelve con las patitas embarradas.
GLADIS:
Si seguís defendiéndolo vas a terminar haciéndote digna de él.
CECILIA:
(Tratando de cambiar de tema)
¿Y Rodolfito? ¿Cómo anda?
GLADIS:
¡Ja! ¡Otro inútil! Ahí, mirando la tele y tomando cerveza. Ahora
debe estar con tu marido hablando de fútbol y de autos y de todas
esas pavadas que a los hombres…
(Le toma la muñeca a Cecilia para ver la hora en su reloj)
¡Pero cómo puede ser que tarde tanto en ir hasta acá al lado! Si no
se apura me parece que no vamos a poder hacer nada…
CECILIA:
¡Ay, no, por Dios! (Corre hacia
la puerta, la abre y grita) ¡Fraaancooo! ¡Apuraaateee!
(A Gladis) Ahí viene,
quedáte tranquila.
GLADIS:
¡Ja!, yo estoy tranquila… Es más, si fuera por mí…
FRANCO:
(Entra agitado)
Disculpen, lo que pasa es que Rodolfo justo estaba con…
GLADIS:
Sí, sí, entre inútiles siempre se lavan las manos…
(Empuja la mesa contra una
pared y pone a la gallina sobre el piso) Traiga el bolso para
acá y no estorbe. (Abre el bolso
y comienza a ponerse collares, anillos, pañuelos, aros, etc.
Lentamente se va transformando en una bruja del tipo
“parapsicóloga”. Una vez lista, saca del bolso una especie de
campana de vidrio, de esas que se usan en los bares para tapar los
sándwich de miga)
FRANCO:
(A Gladis) Ah, me
dijo Rodolfo que no se demore mucho con eso porque se le llena de
moscas el dulce de batata.
GLADIS:
(Cubriendo a la gallina
con la campana. A Cecilia) Decíle que cierre la boca.
FRANCO:
Oiga, dígamelo usted que la puedo oír perfectamente.
CECILIA:
(Nerviosa) ¡Pero no
te das cuenta de que no te puede hablar a vos!
FRANCO:
¿Qué pasó… qué tengo ahora?
CECILIA:
¡Ay, vos no entendés nada!
GLADIS:
¡Silencio! (Ahora saca
del bolso una botellita llena de arena, vierte un poco sobre su mano
y va dejándola caer en forma de lluvia, formando un círculo
alrededor de la gallina)
CECILIA:
(A Franco, en voz baja)
Lo que pasa es que ya empezó la ceremonia...
FRANCO:
¿Y?
CECILIA:
Y que mientras dure no puede hablar con el asesino del muerto.
GLADIS:
(En éxtasis místico,
mientras va formando el círculo de arena) Divinidad Pájara,
símbolo de la fuerza y emblema de la fecundidad, heroica guardiana
de plumas nobles, yo te invoco para que retornes a una de tus hijas
al valle soberano de la vida. Divinidad Pájara, rodeada de ilusiones
aladas, perdona el celo ignorante y ciego del inútil marido de mi
sobrina…
FRANCO:
(Enojado) ¡Oiga!
CECILIA:
(A Franco) ¡Cerrá la boca!
GLADIS:
… y acepta la palabra arrepentida, vertida como licor sutil sobre el
cuerpo servil de Romina. Por favor, condúcela por el sendero que
traspasa la frontera de la noche eterna. Divinidad Pájara, ser
luminoso, esplendente e infinito de grandeza, bondad y plumaje,
adorna el altar del milagro con la seda milenaria que envuelve la
vida… ¡Escuchad nuestro pedido!
(Finaliza el círculo de arena)
FRANCO:
(A Gladis, señalado a la
gallina) Si no la destapa me parece que no la va a escuchar
nada.
CECILIA:
¡Ay, calláte por favor!
GLADIS:
(Comienza a cacarear con fuerza.
Franco y Cecilia se sobresaltan) Divinidad Pájara,
¡escuchad nuestro pedido!
(Vuelve a cacarear. Luego, con absoluta naturalidad, se dirige a
Cecilia) Decíle a tu marido que venga.
CECILIA:
(A Franco) Dice la
tía que vayas.
FRANCO:
(A Cecilia) Sí, ya la
escuché, ya la escuché… (A
Gladis, haciéndose el gracioso) ¿En qué puedo servirle, tía
bonita?
GLADIS:
(Saca del bolso una capucha y se
la entrega a Cecilia) Decíle que se arrodille y se ponga
la “capucha del arrepentimiento”.
CECILIA:
(Entregándole la capucha)
Franco, arrodillate y…
FRANCO:
(Tomando la capucha)
¡Que tengo oídos, mujer! (A
Gladis) Oiga, usted no me irá a cortar la cabeza a mí,
¿no?
CECILIA:
¡Franco!
GLADIS:
(A Cecilia) Decíle
que ganas no me faltan.
CECILIA:
(Desesperada) Franco,
vas a echar todo a perder.
FRANCO:
¿Qué? ¿Tan quisquillosa es esa Divinidad Pajera?
GLADIS:
¡Pájara!
FRANCO:
Bueno, bueno... (Se
arrodilla y se pone la capucha)
GLADIS:
(Nuevamente en éxtasis místico)
Divinidad Pájara, el asesino de tu hija, el idiota y espantoso
asesino de tu hija…
FRANCO:
(Con la capucha puesta)
¡Oiga!
GLADIS:
… está arrodillado con la “capucha del arrepentimiento” y ha
reconocido su crimen inmoral. Ahora te pedimos que acontezcas y
tomes posesión de Romina para devolverle el fluido espiritual que
rige el sistema de la vida. Imploramos tu facultad generatriz y
celebramos la naturaleza plástica del universo…
(A Cecilia) Ahora decíle
que cacaree.
FRANCO:
(A Cecilia, sacándose la capucha
y poniéndose de pie) No me digas nada, ya escuché.
CECILIA:
¡Franco!
FRANCO:
Pero decíle a tu tía que ya estoy grandecito para andar jugando al
“Mago de la Hoz”.
CECILIA:
¡Franco!
GLADIS:
(A Cecilia) Decíle
que la hoz se la voy a pasar por el cogote si no hace lo que le
digo.
CECILIA:
¡Franco!
FRANCO:
(A Gladis) Oiga, yo
no me voy a poner a cacarear como un salame.
CECILIA:
¡Franco!
FRANCO:
Además, yo no hice nada malo.
CECILIA:
¡Cómo que no! ¡Mataste a Romina!
FRANCO:
No, maté a una gallina.
CECILIA:
Pero no es cualquier gallina, ¡es Romina!
FRANCO:
¿Y yo qué culpa tengo de que Don Pascuali la haya bautizado?
GLADIS:
¿Y qué culpa tiene él de que usted sea un asesino?
FRANCO:
¡Tanto lío por un pajarraco!
CECILIA:
Pero te dije que no es cualquier gallina, ¡es Romina!
GLADIS:
(A Cecilia) Tranquila
nena… (A Franco. Enojada)
A usted le importa un comino que un pobre hombre se quede sin el
único ser que le da cariño, ¿no?
FRANCO:
Las gallinas son para comer, no para encariñarse.
GLADIS:
Eso no es asunto suyo.
FRANCO:
¡Pero cómo alguien se va a encariñar con un bicharraco, señora!
GLADIS:
¡Ja! Pregúntele a su mujer.
FRANCO:
(Se acerca a Cecilia y le
pregunta en voz baja) ¿Que te pregunte qué cosa?
GLADIS:
Además, estamos pasando por alto un pequeño detalle… porque usted no
sólo mató a Romina, también se la robó… ¡Es un doble pecador!
FRANCO:
Espere, señora, que yo no cometí ningún pecado… Bien dice la Biblia
que (No logra completar la
frase) “Perdonados sean aquellos que por su hambre
levantaran la… la…”
CECILIA:
Franco, por favor, si no la revivimos se te va a armar lío con Don
Pascuali… ¿Qué querés? ¿Volver a la comisaría?
GLADIS:
(A Franco) Usted es
tan increíblemente sinvergüenza que se sirve de la Biblia, de la
Biblia precisamente, para justificar sus pecados.
CECILIA:
Franco, dale, ponéte la capucha y cacareá.
FRANCO:
(A Gladis, desafiante)
¿Sabe qué? Yo al menos no ando contradiciendo la Voluntad Divina.
CECILIA:
Franco, dale, ponéte la capucha y cacareá.
GLADIS:
(La interrumpe) No,
pará, dejálo hablar…
CECILIA:
(Implorando) Tía, se
va a pasar el tiempo y no vamos a poder hacer nada.
GLADIS:
(Sin escucharla) …
porque parece ser que tu marido ahora es un experto en teología. A
ver, “licenciado”, ¿cómo es eso de que yo ando contradiciendo la
“Voluntad Divina”?
FRANCO:
Y sí, muy sencillo… Mire señora, el mundo se divide en vivos y
muertos. Por ejemplo, (Toca cada
una de las cosas que nombra) Cecilia está viva, usted
está viva, yo estoy vivo… y, en cambio, la mesa está muerta, estas
flores están muertas, la gallina está muerta… Entonces, así, todo
tiene un orden y nadie se pelea, ¿me entiende? Es como una suerte de
equilibrio: los vivos por un lado, viviendo, y los muertos por el
otro, muriendo… Ahora, claro, usted me puede decir que a veces a uno
le agarran ganas de que algún muerto se salga de la tumba y vuelva
con nosotros…
CECILIA:
Sí, sí…
FRANCO:
(Continúa hablándole a Gladis)
Y sí, es verdad… ¿Pero usted se imagina el despiole que sería eso?
Además, ¿dónde los metemos? Y no sólo eso, ¿cómo les damos de morfar?
Si a mí, sin ir más lejos, se me armó todo este lío porque tomé
prestada una gallina para comer con la Chiqui… Imagínese si ahora
resucitaran mis abuelos, mis bisabuelos, mis bisabisabuelos y a
todos se les diera por quedarse a cenar… ¡Tendría que pedir prestado
el gallinero entero! Y no le digo si además les pinta el sueño y se
quieren quedar a apoliyar… Ahora, claro, usted me puede decir que a
veces alguno sí resucita, como por ejemplo ese Lázaro… ¡Ah, pero qué
viva! ¡A ése lo resucitó Jesús! ¡Pero Jesús ya no existe!
CECILIA:
¡Franco! ¡Qué decís!
FRANCO:
No, no, digo que ahora Jesús ya se volvió para arriba y no anda
haciendo más favores personales. No sé, ¿después de Lázaro revivió a
alguno más?
CECILIA:
(Silencio tenso. La mira a
Gladis y responde rápidamente) ¡No! ¡A nadie!
GLADIS:
(Burlona) ¿Cómo que
no, nena? Hacé un poquito de memoria…
(Cecilia se paraliza)
¿No te acordás de ese muchacho de la tele? Ése, tan simpático, de
anteojitos, que después escribió un montón de libros… ¿cómo era que
se llamaba?
FRANCO:
Bueno, póngale que revivió a ése que usted dice… pero no deja de ser
uno, uno entre cientos de miles de millones que se mueren todos los
días… Entonces, está bien clarito: si Dios no volvió a despertar a
un finado es porque quiere que las cosas se queden como están, es
decir, que se respete Su Voluntad… Pero ahora viene usted y de
golpe…
GLADIS:
(Lo interrumpe)
¡Desagradecido!
FRANCO:
¿Por qué?
GLADIS:
(A punto de estallar)
Porque yo…
CECILIA:
(La abraza a Gladis y la obliga
a callarse) Franco, la tía vino a ayudarnos…
FRANCO:
Sí, pero en contra de la voluntad de…
CECILIA:
¡En contra de la voluntad de nadie!
GLADIS:
(Pausa. Nuevamente calmada)
Me
permito recordarle que el primero que no respetó una Ley Divina fue
usted, porque usted le quitó la vida a un ser vivo.
FRANCO:
¡La primera Ley Divina es el hambre, señora! Y cuando a uno le pica
el bagre no le queda otra que matar a un bicho para morfarlo.
CECILIA:
(Haciéndose la inteligente)
No, podés comer verduras.
FRANCO:
Ah, claro, ¿la lechuga no vive, acaso? No se enamora, no tiene
lechuguitas, no respira, nada, ¿no?
CECILIA:
Pero no vas a comparar…
FRANCO:
¿Y por qué no?
CECILIA:
Y, porque una lechuga, una lechuga… no hace nada, es un… vegetal…
FRANCO:
Vive, y eso es suficiente. (A
Gladis) Mire señora,
(Señala hacia el cielo) y esto con todo respeto al
“barbeta”, pero si Él hubiese querido que nosotros no matáramos
animales nos hubiese creado sin estómago.
GLADIS:
(A Cecilia) ¿Qué
dice?
FRANCO:
Que el hombre fue creado con un estómago y que no le queda otra que
llenarlo, ¿me entiende? Porque si no, una de dos: o nos creaba sin
estómago o nos creaba con un estómago que no hiciera ruido.
CECILIA:
(Entusiasmada) ¡O con
un estómago que fuera como la fuente de la plaza!
GLADIS:
¿Qué?
CECILIA:
Sí, como la fuente de la plaza, que tira agua para arriba y vuelve a
tomar agua y la vuelve a tirar y siempre es la misma agua.
FRANCO:
Ahí está, o como bien dice la Chiqui, Dios nos hubiese creado con un
estómago “auto alimentable”.
GLADIS:
(Con asco) ¡No sea
cochino!
FRANCO:
Está bien, está bien… pero que quede clarito que yo no soy ningún
asesino… Tan sólo soy un hombre con un estómago.
GLADIS:
¡Ja!, usted tendría que haber sido abogado.
(A Cecilia) Nena, ¿te
das cuenta de lo que está haciendo? Lo único que quiere es que le
bajemos los cargos y que ya no lo juzguemos por el “asesinato” sino
tan sólo por el “robo”.
CECILIA:
(Impaciente) ¡Ay! Yo
voy a poner a la gallina en la heladera antes de que se empiece a
descomponer.
GLADIS:
(A Cecilia) ¡No
toqués nada!
FRANCO:
Ni siquiera por el robo, porque yo robé para comer.
GLADIS:
A mí no me venga con ese discurso barato que yo no soy su mujer.
Usted se podría haber comprado perfectamente una gallina en el
mercado, pero prefirió guardarse esa plata para gastársela en el bar
mientras “saca a pasear” al perro.
FRANCO:
(Haciéndose el tonto)
¿Bar? ¿Qué es un bar?
GLADIS:
(A Cecilia, clavándole un dedo
en el pecho) Ahí lo tenés, dale, defendélo ahora… No
sabés cómo me arrepiento de haberlo…
CECILIA:
(A Franco) Entonces…
¿es cierto? ¿Robaste para irte a tomar a ese bar?
FRANCO:
No, Chiqui… bueno, en cierta medida… La verdad es que yo robé porque
no quería pecar.
GLADIS:
(A Cecilia) Nena, no
lo escuchés que te va a volver loca. Será posible que en esta
familia todas las mujeres estemos condenadas a casarnos con lo peor
de la especie humana… “Hasta que la muerte nos separe”. ¡Ja! ¡Ni eso
nos salva!
CECILIA:
¡Tía!
FRANCO:
(Se explica a sí mismo)
Si alguien roba para comer, por ejemplo, como hice yo con esta
gallina, eso no es pecado… Pero si en cambio yo voy al bar y me
robo, digamos, una damajuana de vino, es decir, que robo para tomar,
para quitarme la sed, entonces eso sí es pecado…
GLADIS:
¿Qué anda murmurando?
FRANCO:
(Vuelve en sí) Que yo
robé la comida para poder pagar como un buen cristiano la bebida.
GLADIS:
Usted tiene una capacidad asombrosa para transformar el agua en
vino.
FRANCO:
Justamente, en un buen vino.
(Pausa) Lo que pasa es que…
(Mira hacia el cielo) y
nuevamente con todo respeto… pero las leyes divinas a veces son
medio (Subraya la palabra)
“incoherentes”. A uno le dicen: “Te ganarás el pan con el sudor de
la frente”. Pero después…
CECILIA:
(Comprendiendo tímidamente)
Después no te queda más sudor para poder ganarte el vino… ¿no es
eso?
FRANCO:
(La abraza) ¡Claro,
Chiqui! (A Gladis)
¿Ve?, ella ya va comprendiendo.
GLADIS:
(La desprende de los brazos de
Franco) Nena, ¿vos estás loca?
El mandamiento dice que hay que ganarse el pan con el
sudor de la frente, pero tu marido se lo ganó con el sudor del de
enfrente.
FRANCO:
Usted dice que yo no…
(Poniéndole la axila en la cara de Gladis) ¡Huela, huela!
¡No sabe cómo me hizo correr esta desgraciada!
(Gladis se aleja asqueada)
Ahora, digo yo, después de tanto esfuerzo… ¿no me merezco cenar como
Dios manda?
CECILIA:
(Convenciéndose) Y…
sí… ¡Digo no! Ponéte la capucha y cacareá de una buena vez.
GLADIS:
(A Franco) ¿Vio? No
le sirvió de nada todo el parloteo.
FRANCO:
(A Cecilia, resignado)
Está bien… voy a cacarear…
GLADIS:
A esta gallina la vamos a revivir, le guste o no.
FRANCO:
¿Y a la gallina?
GLADIS:
¿Y a la gallina qué?
FRANCO:
¿Usted qué sabe si le va a gustar a la gallina?
CECILIA:
¡Dejen de pelear que se nos va a pudrir!
GLADIS:
¿Si le va a gustar qué?
FRANCO:
¿Usted qué sabe si la gallina quiere resucitar?
GLADIS:
¡Ja! ¡El muerto se preocupa por el degollado!
CECILIA:
(Horrorizada) ¡Tía!
GLADIS:
(La mira a Cecilia y libran un
duelo silencioso. Luego le responde a Franco) En
principio, Romina no se quería morir, así que yo creo que la
pobrecita no va a tener ningún inconveniente en que nosotros la
retornemos a su estado anterior. Además, ¿a qué viene esto de andar
preocupándose por la voluntad de la gallina? ¿O acaso usted le
preguntó qué opinaba mientras le retorcía el cogote?
FRANCO:
No, no era necesario.
GLADIS:
Bueno, entonces ahora tampoco es necesario.
FRANCO:
Sí que es necesario, porque una cosa es que uno… Mire, la gallina
ya sabía que tarde o temprano se iba a tener que morir, ya lo tenía,
cómo le digo, asumido. En cambio, esto de que ahora usted la levante
de la tumba… no sé, me parece que no estaba en los planes de nadie.
GLADIS:
No estaba en “sus” planes, que es muy distinto.
FRANCO:
No, no estaba en los planes de la naturaleza tampoco.
GLADIS:
¡Porque ahora no le conviene! Pero bien que cuando a usted…
(A Cecilia) Ahí lo tenés,
escuchálo, escuchálo…
CECILIA:
(Desesperada) ¡Por
favor, hagamos algo que la gallina se va a pudrir!
GLADIS:
¡Yo estoy podrida!
FRANCO:
(A Cecilia. Sobreactuando su
heroísmo) Chiqui, vos sabés que te quiero y que por vos
soy capaz de hacer cualquier cosa… Si querés que yo cacaree, yo
cacareo y revivo a la gallina… Pero por favor, acordáte de esa
película de zombis que vimos.
(Aguarda un instante para que sus palabras surtan efecto)
Lo único que te pido es que no me responsabilices si se despierta
una gallina diabólica.
CECILIA:
No, no pasa nada… Dale, ahora ponéte la capucha y cacareá.
GLADIS:
(A Cecilia) ¿De dónde
saca tantas pavadas?
FRANCO:
Está bien, lo voy a hacer…
(Amenaza) pero bajo la exclusiva responsabilidad de
ustedes dos. (Se pone la capucha
y se arrodilla. Luego se aclara la garganta… pero en vez de
cacarear, muge)
CECILIA:
(Tomando el florero para
partírselo por la cabeza) ¡Te voy a matar!
FRANCO:
(Se quita la capucha y comienza
a correr) Pará, pará, lo estoy haciendo por Don Pascuali…
¡Es que en esa película todos los que resucitaban se volvían
malísimos!
GLADIS:
¡Idiotas se vuelven!
FRANCO:
(Se frena e intenta calmarla)
Chiqui, mi amor, mi vida… dejá el florerito en la mesita que se te
puede caer… (Cecilia respira
profundamente y obedece) Ahí está… hablemos como gente
civilizada… Te decía: ¿A mí quién me garantiza que esta
gallina-zombi no resucite encabronada? ¿Y si después lo quiere
liquidar a mi amigo Don Pascuali?
GLADIS:
(Tomándole el pelo)
Usted quédese tranquilo que Romina va a estar muy contenta de volver
con su amigo Don Pascuali. Se lo prometo.
FRANCO:
No sé, no sé… un difunto no puede volver muy feliz que digamos.
CECILIA:
(Seria) ¿Por qué
decís eso tan feo?
FRANCO:
¡Y cómo no va a volver con bronca! Pensá: el difunto, pudriéndose en
el cajón lo más tranquilo y de golpe… ¡zaz!, lo llaman para que se
levante. Claro, para los vivos es todo muy lindo… “Ay, volvió el
abuelito, volvió el abuelito…” Pero el pobre abuelito tiene que
andar luchando para que no se le caiga un cacho de brazo y para que
los perros no le mordisqueen los huesos.
GLADIS:
No sea macabro, acá nadie está hablando de revivir a un muerto
viejo. La gallina todavía está blandita.
FRANCO:
Por eso, vamos a comerla antes de que le agarre el “riguroso mortis”.
GLADIS:
(Lo empuja para que se
arrodille) ¡Antes de que nada! ¡Póngase la capucha!
(A Cecilia) Tranquila
nena, todo va a salir bien.
CECILIA:
(Le acaricia la cabeza
encapuchada) Ahora hacé lo que la tía te pide y que sea
lo que Dios quiera.
FRANCO:
(Arrodillado y encapuchado)
Ya te dije que lo que Dios quiere es que la gallina…
GLADIS:
(Dando vueltas sobre sí, en
éxtasis místico) Cacaree, cacaree, cacaree…
Franco comienza a cacarear. Las luces suben y bajan. Se oyen
tambores, gritos de animales y voces gruturales. El ritmo es
frenético. Luego se reanuda la escena: Gladis está desmayada, Franco
continúa arrodillado en el mismo lugar y Cecilia está escondida
debajo de la mesa.
CECILIA:
(Descubre que la tía está tirada
en el piso y se acerca corriendo) Tía, tía, ¿estás bien?
¡Por favor!
GLADIS:
(Mareada) Sí, sólo un
poco… siempre me pasa… vos no te… fijáte si pudimos…
CECILIA:
(Corre a destapar la gallina, la
levanta y la ausculta con cuidado. Abre los ojos como una nena
sorprendida) ¡Sí, sí, le escucho el corazoncito! ¡No lo
puedo creer! ¡Lo hiciste otra vez!
GLADIS:
(Recobrándose lentamente del
desmayo) Bueno, nena… mejor así, mejor así… Ahora andá y
llevála rápido a lo de Don Pascuali… antes de que se dé cuenta de
todo lo que pasó.
CECILIA:
¡Te quiero, tía! (Se va
corriendo con la gallina en los brazos, envuelta en el repasador
como si fuera un bebé)
FRANCO:
(Se levanta y se saca la capucha. A Gladis)
Se salió con la suya, nomás.
GLADIS:
¡Desagradecido!
FRANCO:
Sí,
gracias por no dejarme comer.
GLADIS:
“Comer”, “comer”… es en lo único que piensa usted.
FRANCO:
Fui creado con un estómago, tengo que comer.
GLADIS:
Pero también fue creado con un cerebro y con un corazón…
(Se acerca y le toca la panza)
Aunque es evidente que usted desarrolló mucho más una
cosa que la otra.
FRANCO:
(Se abraza la panza)
¡Y bien que me costó llenarla!
GLADIS:
(Le da un golpecito en la
cabeza) ¿Y nunca se le ocurrió llenar otra cosa?
FRANCO:
Primero lo primero: “Panza llena, corazón contento”.
(Pausa) ¿En serio
revivió al pajarraco?
GLADIS:
Ya la oyó a su esposa.
FRANCO:
No será una joda que me están haciendo con la Chiqui, ¿no?
GLADIS:
¡No diga idioteces, quiere!
FRANCO:
Está bien, no se enoje… Lo que pasa es que me, no sé, como que me
asombra… (Pausa) ¿Ya
levantó a muchos muertos?
GLADIS:
(Comienza a quitarse y a guardar
en el bolso los anillos, el collar, el pañuelo, etc.) Más
o menos a veintisiete.
FRANCO:
¡A la marosca! (Pausa)
¿Y… muchas gallinas?
GLADIS:
(Inexpresiva) No,
gallinas es la primera vez.
FRANCO:
(Pausa. Con mucha curiosidad)
Y, dígame… ¿siempre animales?
GLADIS:
¿Qué?
FRANCO:
Digo, ¿siempre revivió animales o alguna vez otra cosa?
GLADIS:
(Ya terminó de guardar todo en
su bolso, excepto la campana de vidrio) ¿Otra cosa de
qué?
FRANCO:
No sé, a un tipo, un difunto…
GLADIS:
(Pausa) Sí, una vez…
(Lo mira fijo) Y fue
el error más grande de mi vida.
(Se le acerca, le pone la campana en la cabeza y se va de la cocina)
FRANCO:
(Se saca la campana de la
cabeza. Solo en el escenario) ¡Vio que tenía razón! No,
si con estas cosas no hay que andar jugando… Y, dígame… ¿quién fue?
¡Oiga! ¡Oiga!
Se baja el telón.
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