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Tetris
José Miguel López

Qué las palabras caigan,
torres, cruces, dados y eles,
como en un juego de tetris
de la ventana al papel.
Fluye el estivo y los lentes oscuros
resbalan por el puente de mi nariz.
Bajan las sandalias, resbala el strap,
el chico de cabello azul rocía agua helada
en la cabeza del San Bernardo, caen
las piernas, bajan mis lentes,
mi iris resplandece e imagino
palabras cayendo como en un juego
de tetris.
Busco refugio en un café,
demoro la llegada al futón,
a Amelia y el pelo
desprendido volando en
las espirales del ventilador,
entrando en mi nariz,
declarando el juego perdido,
el fatal game over en la pantalla,
la columna larga que alcanza
el tope y un hueco inimaginable
más arriba del estómago.
Me seduce la idea de un texto tetris
sin rubios budistas,
sin heridas de pezón, sin vuelcos
de corazón, sin trenes de juguete,
sin Pessoa y sin literatura occidental.
Qué las palabras desciendan
de donde acaba la pantalla,
de donde acaba el mundo,
de donde acaba mi alma plana
y policromática.
Desaparecen las oraciones y el estivo
fluye,
sacude los catéteres, revienta
las venas, desborda represas
y abre labios de níspero en el centro del sol.
Qué todo sea una cascada eterna de torres,
cruces, dados y eles:
un espejo en la cabeza de un pájaro
un texto pianola en un desierto de Arizona,
un río negro abrazándome el cuello,
un tetris que escupe monedas
y desafía las flechas del teclado,
cientos de pixels enterrados
bajo el árbol de Merlín,
una constelación,
una gota de semen dibujando
una telaraña en un pubis sepia,
un lector al que lo alcanza
la muerte antes de terminar el texto,
un referente que brota de mi ombligo.
Pero inevitablemente la columna
se acerca al tope.
La belleza me agrede, inasible.
Chocan cruces, torres, dados
y eles,
dientes, labios, mucosas
y venas.
Un final que no quiero
game fucking over,
y la pantalla que se muere
con un resplandor azul.

Boston, agosto de 1999
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