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Las Armas Azules de
Elmer Szabó
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Poesia
Pulp
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Yelimar Becerra

Elmer Szabó, húngaro heredero del Reino de Transilvania, vivió en
Caracas desde su infancia y entonces fundó y alimentó sangre, familia,
hijos y amigos a quienes nos logró sacar de apuros gracias a la invocación
de sus emisarios eternos del patíbulo. Siempre nos dijo que estaba muerto.
Por eso es mi deseo no aceptar en estas líneas el rumor de su muerte. Su
literatura fue tatuada por su oficio de detective; Elmer Szabó puede ser
considerado como el precursor de la poesía del crimen en Venezuela.
Sus textos publicados son: Antología poética del
Grupo Diez (Lírica Hispana, 1959), Deflagración (Lisboa, 1963),
Anticosta (Asociación de Escritores, 1984), Una asíntota:
sombras (Fundarte, 1995) y Melancópolis (Pen Club, 1997). Elmer
dejó cuatro libros inéditos, de hecho en
www.panfletonegro.com citan la
reseña poética del último recital, así como la publicación de algunos de
sus textos inéditos.
De las leyendas escritas y vividas por Elmer Szabó, el azar me ha
dejado con sólo uno de sus poemarios, ante el cual confieso que: Había una
vez un hombre de pupilas de puntería azul que descargó su pistola y
cumplió su misión: la de liberar sombras, como las de la melancolía y las
de nuestro andar por las calles, el tú o yo caminando con todos nuestros
sinsabores y sabores de recuerdos. Así fundó para él y nosotros, más que
un texto, una ciudad, Melancópolis.
SUICIDA Y SOMBRERO
Nadie se muere. Cambia
de rostro, de fatiga,
de propicios lugares para estar solo.
el amor se extingue:
El amor no se extingue:
te sustituyen
como ficha vieja, inútil, falsificada.
No eres tú quien cambia. Sí el espejo
que reflejar tus carnes imagina.
Y uno, como sombrero,
con vacilantes sonrisas
Se quita el sueño y muere.
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O en este otro poema donde el despecho condena al protagonista y al poeta
al encierro en un escaparate.
A Elmer le gustaba jugar a hablar de sí mismo en tercera persona o a
asumir en público, distraído, ciertas de sus verdades. Aún recuerdo frases
rápidas en nuestras conversaciones como "nosotros los vampiros", luego se
reía, pero sus armas azules lo delataban; la sátira siempre terminaba con
los fantasmas de la nostalgia en su mirada. Él se entendió transeúnte,
andante, pues desconfiaba en esfuerzos de mesías, elegidos, héroes, o
seres de infinita luz, Elmer sabía que eso que algunos llaman destino
termina obrando por el yo, diluyendo la fantasía de la voluntad, así vio
siempre la naturaleza del héroe:
gota a gota
el héroe
madura
putrefacción
final
Si una vez Ícaro quiso volar al sol, Elmer ya había descubierto la
debilidad del astro, no quiso volar hacia el sol, pues el sol recuerda
cómo derretir las alas; pero, ¿puede el sol compadecerse? ¿Qué ser es
capaz de contemplar eternamente tantas ciudades sin sentir el paso, la
ida? Si tomamos al sol como símbolo de nuestra conciencia y a los vientos
como los obreros del nuestro inconsciente, podemos situarnos nítidamente
en el andante que aún con memorias en su sol, tiene que seguir recorriendo
y renunciando. Si un ser heroico como Ícaro decide ir al sol, el andante
se sabe sujeto de los vientos, se sabe dolido, finito, probablemente,
engañado:
III
Nunca contradigo vientos. Pero
aun así será derrotada
por tamaña tristeza
la memoria del sol

Extiendo
mis desgarramientos como
alfombras,
paso a paso los pisoteo,
impulsado por el aire los dejo
rebasados.
Creo dejarlos y así me engaño:
esa alfombra es eternidad.
Quizá sea difícil imaginarse eterno y entero en ciudades donde
pareciera que la voluntad de las rutas es un requisito; hacemos nuestras
rutinas, agendas, paradas de autobuses o metro, rutas y atajos en nuestros
carros, no queremos ver que hacemos cosas inconscientes para aferrarnos o
alejarnos de lo amado y lo repudiado, la pregunta que cabe es, ¿cuánto
creemos en la voluntad? Hasta que aparece el descuartizador, el
degollador, el solo, el transeúnte y tantos otros personajes:
EL DEGOLLADOR
en esta falsa inmortalidad
sobre diez y ocho años
tristeza fue la primera
cabeza que corté
mi experiencia de degollador
había quedado
aniquilosada
renació
Una de las aparentes contradicciones de la nostalgia consiste en
adiestrarnos en que estamos vivos y que somos capaces de recordar momentos
irrepetibles, al tiempo que nos enseña que somos finitos; a veces la
memoria duele tanto como un fémur expuesto en la ciudad:
POEMA CON HUESOS
desolado como fémur
vaga por la ciudad:
traga propios alientos
vuelo rígido,
casi humo:
hasta el cero de la muerte
fingiendo, imitando
inmortalidad.
Entonces es cuando el olvido y la oscuridad emergen como refugio
deseable, pero no hay voluntad que doblegue al olvido ni al recuerdo,
entramos en Melancópolis, ciudad de sombras donde nos reconocemos aun
escapando:
VI
tú que la desconoces
enséñame la ternura
así malflote a tu diestra
sombra de mediodía
perramente
el caserón gime
entre mágicos esplendores
y abandonos
enséñame el olvido
el más simple de las artes.
La pregunta es, ¿qué reconocemos? Un yo derretido, o la vasta
melancolía compartida a causa de la caída del héroe que hemos querido ser.
Elmer se reconoce en la ciudad con muchos otros personajes, los que
queremos negar, los que no avergüenzan, los que nos fastidian: todos hemos
caminado alguna vez con el fémur expuesto.
IX
Soñar
desde nunquedades y nacimientos
hasta postreras muertes
un batallón de otros
incapaces de reconocernos
de reconocerse
Elmer se apunta sus azules pupilas y cierra Meláncopolis con El POETA
EL ANGEL, veamos éstas primeras estrofas:
Todo poeta su propio suicidio
canta.
Porta brazos y patas
y aunque carezca de visibles
colas fácilmente podría asimiarse
de no ser por una leve
chispa de melancolía en la
mirada.
El tiempo es el nadador, es el
río.
De una ciudad de muros de
piedra
apenas quedan cenizas,
estiércol
y el corazón del poeta,
jogozo y mezquino en para lela
engastulado, pura malvadería;
en sus huesos
lívidas noches encendidas
Quien se convierta en sal
que tire la primera piedra:
con ojos mayamescos juzgan
al hijo del hombre,
al chozno de la noche
y abuelo de los dragones,
al vidente, al poeta;
ocho esmaltados dientes
valen mil veces un alma;
se da la otra mejilla
y otra y otra
y también la tercera
hasta agotar mejillas
negándose al suicida
el penúltimo beso a su hija.
Dice: "te quedo
yo mismo en pequeño,
con más eternidad"
Corazón
sobre corazón tendido
como arena y agua (...)
Melancópolis nos acepta, a veces, pero la elección no es voluntaria,
hay almas que se recuperan de la caída, se visten, y Melancópolis logra
ser tan sólo una ciudad más dentro del mapamundi interno; para otros,
Melancópolis se hace único lugar, tan único como para sentenciar la
memoria, y si no, cómo ver el desenlace del poema antes citado:
... Desta manera
con una bolsa anaranjada
a su imagen y semejanza,
retorna
hacia el puente de la tristura:
océano sin revólver, vagas
lluvias
viernes 13 para cada instante
de la semana;
ni por gustar abandonos;
por imperativo desamor de
melancópolis y sombra.
Todo poeta su propio suicidio
canta
pero un ángel caído carece de
memoria
En todo caso Elmer Szabó esculpió a la melancolía. Solo espero que
desde donde siempre habita, él y sus emisarios me hayan brindado
suficiente cuerda para entrar y salir de Melancópolis ilesa, y poder decir
con tranquilidad que hubo una vez un heredero del Reino de Transilvania
que anduvo muchos años por Caracas...
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