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El Camino Hacia el Granma
Entrevista al Padre del Che,
Revela Orígenes de la Revolución
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Teté
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I. Lavretsky

Es una noche de febrero de
1969. Estamos en la casa de Alberto Granados, en el suburbio
habanero de Miramar. Alrededor de la mesa, don Ernesto Guevara
Lynch, Alberto y yo. De vez en cuando se nos acerca Julia, la
venezolana, esposa de Alberto. Rememoramos los años de la infancia y
la juventud del Che. Fuera se ha desatado una lluvia torrencial.
Ríos de agua se descargan sobre la ciudad. A través de las persianas
relampaguea. Truena. Da la impresión de que muy cerquita retumban
cañonazos.
Los científicos dicen que el trópico es triste, pero también es
amenazador. Es difícil vivir en el trópico, y con frecuencia,
peligroso. Aquí, para procurarse el sustento también hace falta
valentía, tenacidad, una voluntad férrea, ingenio y, por supuesto,
suerte.
El padre del Che tiene cerca de setenta años: mediana estatura,
bien parecido. Tras los cristales de la armazón de carey brillan sus
ojos pícaros. Habla con el acento típico en la gente del Plata, por
el que se reconoce en seguida al argentino. Como buen argentino o
uruguayo, repite con frecuencia la interjección “che”. Los
entendidos afirman que los argentinos tomaron su “che” de tos indios
guaraníes, en cuya lengua significa “mío”. Pero entre la gente del
Plata, según sea la entonación o el contexto, el “che” expresa toda
una gama de “pasiones humanas”; asombro, entusiasmo, pena, ternura,
aprobación y protesta.
Por su marcada afición a este vocablo, los rebeldes cubanos le
pusieron el nombre de Che a Ernesto Guevara, hijo de don Ernesto.
Con el tiempo éste se convirtió en su seudónimo de batalla,
fundiéndose con su nombre y apellido originales. Tanto en Cuba como
en todo el mundo se hizo famoso como Ernesto Che Guevara.
Una vez derrocado Batista, y siendo Guevara Director del Banco
Nacional de Cuba, firmó “Che” en los billetes de nueva emisión,
provocando la indignación de los contrarrevolucionarios.
Cierta vez, ya después del triunfo de la revolución cubana, le
preguntaron qué opinaba de su nuevo nombre, y contestó: “Para mí
“Che” significa lo más importante, lo más querido de mi propia vida.
¿Cómo podría no gustarme? Todo lo anterior, el nombre y el apellido,
son cosas pequeñas, personales, insignificantes”.
— Para comprender cómo mi hijo llegó a ser el comandante Che, uno
de los líderes de la revolución cubana, y qué es lo que le llevó a
las montañas de Bolivia —me dice don Ernesto— tengo que descorrer el
telón del pasado y contarle la historia de nuestra familia. Por las
venas de mi hijo corría sangre de los insurrectos irlandeses, de los
conquistadores españoles y de los patriotas argentinos. Por lo visto
el Che heredo algunos rasgos de nuestros inquietos antepasados.
Había algo en su carácter que lo impulsaba a emprender largos
viajes, aventuras peligrosas, a hacer suyas las nuevas ideas.
Yo también fui muy inquieto en mi juventud. Primero tuve una
plantación de yerba mate en la lejana provincia argentina de
Misiones, en la frontera con Paraguay. Después construí casas en
Buenos Aires, en Córdoba y en otras ciudades de mi país. Fundé
compañías de construcción y con frecuencia quebré. Y no
acumulé fortuna. No sabía enriquecerme a expensas de los demás,
por eso los demás se enriquecían a expensas mías. Pero no lo
lamento. Porque en la vida lo principal no es el dinero, sino tener
la conciencia limpia. Aunque mis asuntos financieros nunca fueron
brillantes, mis cinco hijos cursaron estudios superiores y, como se
dice, se abrieron camino en la vida. Del que más orgullo siento es,
por supuesto, de Ernesto. Fue un verdadero hombre, un auténtico
luchador.
Bebemos café caliente, un “tinto” puro preparado por Julia según
receta venezolana.
— Lamento no poder convidarlo con un mate —dice Alberto—; por
este maldito bloqueo no es tan fácil recibir yerba de la Argentina.
El “tinto” tampoco es mala bebida en una noche de mal tiempo,
sobre todo si en la mesa, junto al “extra-seco” hay una botella de
vodka.
Leo un reproche en la mirada de Julia: su marido padece del
hígado, y los médicos le prohibieron las bebidas alcohólicas.
— Confieso que a mí me gusta tomar una copita —se justifica
Alberto—, en cambio al Che no le gustaban las bebidas fuertes. Desde
joven se aficionó a los cigarrillos antiasmáticos, pero en Cuba se
pasó a los cigarros, al “tabaco”. En realidad, era un entendido en
buenos “tabacos” y fumaba casi constantemente.
— Pues bien, amigo —retomó el hilo don Ernesto—, como le decía,
debemos ahondar en la historia. A usted, como historiador, esto le
resultará muy útil. Cuando se derrocó a Batista y el Che se
convirtió en una celebridad, los diarios empezaron a escribir muchas
invenciones sobre él. Algunos periodistas inclusive ponían en tela
de juicio que fuera argentino. Otros afirmaban que era un ruso que
se hacía pasar por argentino. Pero nosotros somos argentinos, y de
pura cepa, de los que no hay muchos en nuestro país. Por línea
paterna, el Che era argentino en duodécima generación, y por línea
materna, en octava. Sería difícil encontrar en mi país una familia
argentina más antigua que la nuestra. Empezaré por nuestros
antepasados. Siguiendo la costumbre española, usamos dos apellidos.
Yo soy Guevara por mi padre, y Lynch por mi madre. Los antepasados
de mi padre, españoles, se radicaron en la Argentina ya en la época
colonial(1), en la provincia de Mendoza,
limítrofe con Chile, y se dedicaron a la agricultura. Como usted
sabe, naturalmente, a comienzos del siglo pasado Mendoza fue base
para el ejército de nuestro libertador, el general José de San
Martín. Bajo su mando fue derrocada la dominación española en la
Argentina. El ejército de San Martín cruzó de Mendoza a Chile,
expulsando también de allí a los españoles, luego liberó Lima,
capital del virreinato del Perú. Entretanto, en la Argentina se
desató la guerra civil. San Martín se vio obligado a retirarse. Las
tropas gran colombianas, mandadas por Simón Bolívar y por el
mariscal Sucre, dieron cima a la liberación del Perú.
La guerra civil en la Argentina terminó en 1829, apoderándose del
poder en Buenos Aires el general Juan Manuel de Rosas, criatura de
los ricos ganaderos bonaerenses. Eliminó despiadadamente a sus
adversarios, acabó con familias enteras y se apoderó de sus bienes.
Permaneció en el poder 23 años.
Huyendo de las persecuciones de Rosas, en 1840 partieron de
Mendoza a Valparaíso mi abuelo paterno, Juan Antonio, y su hermano
José Gabriel Guevara. Rosas confiscó sus tierras. Junto con ellos
huyó a Chile su vecino el teniente Francisco Lynch. El coronel Lynch
y Arandia, padre del teniente, fue muerto por orden del tirano. Las
tierras de los Lynch también pasaron a manos de Rosas.
El fundador de la rama argentina de los Lynch fue el irlandés
Patrick, o Patricio, como lo llámanos nosotros, quien participó en
la lucha liberadora contra el dominio inglés. Patricio les jugó más
de una mala pasada a los ingleses. Lo perseguían, huyó a España, y,
desde allí, a la Argentina o, como entonces la llamaban, a la
Gobernación del Río de la Plata. Allí se casó con una criolla rica,
heredera de una gran hacienda ganadera en Mendoza. Lo que le cuento
ocurrió en la segunda mitad del siglo dieciocho, en el período de la
dominación española.
Acuérdese de esto, amigo: Francisco Lynch fue mi abuelo materno.
Y escuche ahora lo que sucedió después. En busca de trabajo,
Francisco Lynch recorrió todo Chile, llegó hasta el Estrecho de
Magallanes, confín de nuestro continente. Luego se le ocurrió ir al
vecino Perú, donde enfermó de cólera. Del Perú se dirigió al
Ecuador, y allí contrajo la viruela. De Ecuador retornó a
Valparaíso, donde se encontró otra vez con los hermanos Guevara.
Por aquellos tiempos residían en Valparaíso muchos argentinos
refugiados, enemigos de Rosas. Entre ellos, los escritores Domingo
Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, más tarde presidentes de la
Argentina, Juan Bautista Alberdi, notable demócrata de nuestro país,
partidario y propagandista de los utopistas franceses. Denunciaban
los crímenes de Rosas en la prensa local, proyectaban conspiraciones
contra él. Pero en aquel entonces Rosas estaba bien firme en su
sillón presidencial, y las tentativas de derrocarlo terminaban con
la muerte de los audaces.
Una vez —esto fue a principios de 1848—, estaban Lynch y los
hermanos Guevara, junto con Sarmiento, en un café de Valparaíso
discutiendo las últimas noticias argentinas, cuando llegó corriendo
el compatriota José Carreas y les comunicó algo sensacional: ¡en
California se habían descubierto unas minas de oro fabulosas!
Carreas les propone emprender inmediatamente viaje hacia California.
El “vil metal” permitiría armar a los patriotas y derrocar a Rosas.
Los contertulios interpretaron de distinto modo la proposición de
Carreas. Sarmiento dijo: “Antes de que lleguen a California el filón
de oro se agotará, y tendrán que volver a Valparaíso con las manos
vacías”.
Pero la juventud es confiada y despreocupada. ¡Qué es para ella
el consejo de los mayores, cargados de experiencia! Francisco Lynch
y los hermanos Guevara se contagian de la “fiebre del oro” y están
dispuestos a partir para California inmediatamente.
Semanas más tarde, los futuros millonarios ya navegaban en un
bergantín de dos mástiles rumbo a San Francisco, a donde arribaron
en el invierno de 1848. Por cierto, muchos chilenos siguieron
entonces la misma ruta. Lo que hubieron de pasar en tierras extrañas
nos lo cuenta Pablo Neruda en su dramática cantata “Fulgor y Muerte
de Joaquín Murieta”.
En San Francisco reinaba un desorden indescriptible. La ciudad
estaba atestada de buscadores de oro de todos los países, razas y
pueblos. Pasó cierto tiempo hasta que nuestros navegantes pudieron
vender su bergantín y marchar a Sacramento, valle de promisión,
donde —ellos estaban seguros— les esperaban tesoros incalculables.
Sin embargo, no todos fueron a Sacramento. Lynch ancló en San
Francisco. Allí conoció a la joven chilena Eloísa Ortiz, viuda del
marino inglés Andrige, se enamoró y se casó con ella. La alternativa
era dejar a la joven esposa en San Francisco e irse él con los
buscadores de oro o, quizá, llevársela consigo. Pero ambas cosas le
parecieron igualmente arriesgadas. Lynch era un auténtico caballero
y decidió quedarse en San Francisco para probar suerte allí. La
fortuna le acompañó. Abrió en San Francisco el Salón “Placeres de
California”, que se convirtió para él en un verdadero filón de oro.
Del matrimonio de Lynch con Eloísa Ortiz nació en California una
hija: Ana. Acuérdese, amigo, que Ana Lynch Ortiz es mi madre, la
abuela del Che.
— ¿Y qué pasó con los hermanos Guevara?
— ¡Oh, eso fue una verdadera odisea! Juan Antonio y José Gabriel
Guevara no tuvieron suerte. Está visto que jamás seremos
millonarios. El terreno que les tocó en el valle de Sacramento
estaba “vacío”. En un año lo cavaron a lo largo y a lo ancho,
lavaron toneladas de arena, y todo en vano: allí había tanto oro
como en el fondo de esta copa. Pero, como se dice, no hay mal que
por bien no venga. Nuestros buscadores de oro regresaron a San
Francisco furiosos y agotados. Lynch los amparó, les dio trabajo en
el Salón “Placeres de California”. Allí conocieron a don Guillermo
de Castro, aristócrata del lugar, casado con la nieta de Peralta,
grande de España, ex virrey de la Nueva España, hoy México, al que
los yanquis le arrebataron California. Guillermo de Castro poseía
numerosas haciendas, e incluso le pertenecía el Gran Cañón del
Colorado.
No crea, amigo, que le estoy contando fantasías ni que todo esto
no tiene relación con la cuestión que le interesa. Por el contrario.
Se convencerá ahora que Guillermo de Castro y su señora, nieta del
virrey Peralta, tienen mucho que ver con su seguro servidor y, por
lo tanto, con el Che. Los hermanos Guevara agradaron a don
Guillermo, quien los designó administradores de su rancho ganadero
“San Lorenzo”, cerca de la actual ciudad de San Diego. Y no se
equivocó, porque mis abuelos conocían a la perfección la ganadería.
Tampoco erraron el tiro los hermanos Guevara al aceptar la
proposición de don Guillermo, pero salió ganando especialmente mi
abuelo Juan Antonio, ya que en el rancho “San Lorenzo” le esperaba
la verdadera felicidad. Conoció a Concepción, hija única de don
Guillermo. Los jóvenes se enamoraron y, donde hay amor hay boda. Por
lo menos, así era en aquellos viejos y buenos tiempos. Don Guillermo
estaba satisfecho de haber casado a la hija con un argentino de
sangre española. Y el casamiento hizo a mi abuelo heredero de todos
los bienes de Guillermo de Castro, incluido el Gran Cañón. Me
apresuraré a decirle que todas esas tierras, junto con el Gran
Cañón, fueron después apropiadas, de un modo fraudulento, por las
autoridades norteamericanas. Nuestra familia sostuvo pleito contra
ellas durante largo tiempo. La causa llegó hasta el Tribunal Federal
Supremo, pero éste apoyó a las autoridades y tuvimos que pagar los
gastos de juicio, que en aquel entonces ascendían a una suma
fabulosa. Pero, no hay que lamentarlo. Si nos hubieran devuelto las
tierras, quizá el destino de nuestra familia hubiera tomado un cauce
distinto, y en lugar del heroico comandante Che, que entregó su vida
por la libertad de América, viviría en algún lugar del mundo,
bañándose en el lujo y la abundancia, un ocioso más...
Usted ya habrá adivinado que mi abuelo Juan Antonio y mi abuela
Concepción tuvieron un hijo. Así fue. Nació en Estados Unidos y lo
llamaron Roberto. Fue mi padre. Por lo tanto, igual que mi madre,
nació ciudadano de Estados Unidos de América. ¡Vea qué sorpresas nos
depara a veces la historia! Pero para que yo apareciera en el mundo
fue necesario que mi padre Roberto Guevara, hijo de Juan Antonio y
Concepción de Castro, se hubiera casado con Ana Lynch, mi madre,
hija de Francisco Lynch y de Eloísa Ortiz. Eso ocurrió 26 años más
tarde, en las siguientes circunstancias.
En la Argentina se dice: “A cada chancho le llega su San Martín.”
Le llegó uno a Rosas. En 1852 contra él se alzó el general Justo
José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos. Se le
sumaron todos los adversarios del tirano, todo el pueblo. Rosas fue
derrocado, y sobre la Argentina volvió a soplar el viento de la
libertad. Cuando esas buenas noticias llegaron a San Francisco, a
California, ya nada pudo detener a mi abuelo y a su hermano del
regreso inmediato a casa.
Contados días duraron los preparativos. Un barco los llevó
rápidamente de San Francisco a Valparaíso, de allí cruzaron la
cordillera y llegaron a su Mendoza natal. El nuevo gobierno, por
supuesto, les devolvió las tierras expropiadas por el tirano Rosas.
Al fin su vida retomaba su curso normal.
Usted querrá saber qué ocurrió con Francisco Lynch, dueño del
Salón “Placeres de California”. Ahora verá. Lynch permaneció lejos
de su patria aún un cuarto de siglo. ¿Por qué? Vaya uno a saberlo.
Quizás le retuvieron los negocios ó lo atajó su numerosa familia.
Doña Eloísa, su esposa, le dio, ni más ni menos, que diecisiete
hijos. Pero California es California, y la patria es la patria. Y
aunque los diecisiete hijos de Francisco Lynch habían nacido en
Estados Unidos, al ex teniente del ejército argentino, al fin y al
cabo, le tiraban irresistiblemente sus pampas. Por los años del 70
vendió el Salón y regresó con todo su clan a la tierra de sus
antepasados, a Mendoza, donde se instaló nuevamente en su hacienda,
vecina a la de sus amigos, los hermanos Guevara.
Fácil es imaginarse la alegría con que acogieron mis abuelos el
retomo de los Lynch. Roberto, mi padre, había cumplido veintiséis
años, y Ana, la hija mayor de los Lynch, le llevaba un año, pero
todavía no estaba casada. Parecía que los dos habían vivido
esperando ese encuentro. Se casaron y tuvieron once hijos. El sexto
resultó su seguro servidor, Ernesto Guevara Lynch.
Mi padre era agrimensor diplomado. Tenía un cargo oficial
bastante importante: presidía la Comisión Gubernamental de
Demarcación de Límites con Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay.
Siempre estaba viajando, negociando con nuestros vecinos. Puede
decirse que las actuales fronteras de la Argentina fueron fijadas
con su participación directa.
Ahora, amigo, permítame decirle unas palabras sobre mí mismo.
Estudié en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de
Buenos Aires, pero con intervalos, porque debía trabajar. De las
antiguas haciendas de mi abuelo sólo me había quedado el recuerdo.
Mi padre era uno de sus muchos hijos, y nosotros, como ya le dije,
éramos once hermanos. Esto puede explicarle por qué no vivíamos de
renta. Y muy bien, porque ninguno de nosotros se convirtió en
parásito.
— Dígame, don Ernesto, ¿no es pariente suyo el célebre escritor
argentino Benito Lynch, autor de Los caranchos de “La Florida”?(2)
¿Sabe que está traducido al ruso?
— Benito, nieto de don Francisco Lynch, era primo mío. En
general, tengo infinidad de parientes, y de toda clase: ricos, de la
clase media, inteligentes, tontos, famosos y desconocidos,
revolucionarios y reaccionarios. El almirante Lynch, primo mío, fue
embajador de la Argentina en Cuba poco antes de que mi hijo llegara
a ese país. Entre los Lynch hay incluso una rama alemana. Una de mis
tías, hija de don Francisco, se casó con su profesor de música, que
era alemán, y nos “estropeó” la genealogía. Los vástagos de este
matrimonio fueron adeptos del paranoico Hitler. Y yo toda la vida
fui un enemigo declarado del nazismo y el fascismo, posición que
compartieron mi esposa y todos mis hijos. Por los años del 30
nuestra familia participó en el movimiento argentino contra el
fascismo y el antisemitismo, en el movimiento de ayuda a la España
republicana, y durante la segunda guerra mundial, en el movimiento
de solidaridad con los aliados, en particular con la “Francia Libre”
degaullista, por la que sentíamos entonces especial simpatía.
Mi señora, Celia de la Serna y de la Llosa, con la que me casé en
1927, también pertenecía a una antigua familia argentina. Hasta
éramos parientes lejanos.
Juan de la Serna, tío de Celia, estaba casado con una tía mía,
hija de don Francisco Lynch. Juan Martín de la Serna, padre de
Celia, era abogado, y pasó a la historia argentina como fundador de
la ciudad de Avellaneda, contigua a Buenos Aires. Hoy Avellaneda es
un gran centro industrial, donde están nuestros famosos
frigoríficos. “Nuestros” relativamente, porque son propiedad de
Swift, Armour y otras compañías inglesas y norteamericanas. Sin
embargo, no dudo que tarde o temprano estos frigoríficos pasarán a
ser propiedad del pueblo argentino, al que ya hace mucho que
pertenecen por derecho.
Debo mencionar que en la familia de mi esposa Celia también hay
un grande de España. No crea que ella o yo estuviésemos muy
orgullosos de eso. Pero los hechos no deben ignorarse.
— En ruso, don Ernesto, se dice: “De la canción la letra no
arrojes”.
— A eso me refiero. Se trata del general José de la Serna e
Hinojosa, último virrey del Perú. Sus tropas, precisamente, fueron
las derrotadas por el mariscal gran colombiano Sucre en la memorable
batalla de Ayacucho.
— ¡Don Ernesto! El nombre del general José de la Serna lo
recuerdan Marx y Engels en el artículo Ayacucho(3),
en el que describen los pormenores de esta batalla histórica, que
puso fin a la guerra de quince años por la liberación de América
Latina.
— Lo oigo por primera vez aunque no me asombra, porque Marx y
Engels fueron sabios universales, que se interesaban por los
acontecimientos más importantes de su siglo, y la batalla de
Ayacucho, que afianzó definitivamente la lucha de nuestros patriotas
por la independencia, no podía por menos de atraer su atención.
Pero volvamos a Celia, mi esposa. Era una mujer independiente,
que no daba importancia a los convencionalismos de nuestra casta
aristocrática. Le interesaba la política; ante cada problema tenía
su juicio personal, audaz y original. Y eso, pese a que se educó en
un colegio católico. O quizá precisamente por eso, ya que Voltaire y
Fidel Castro también estudiaron en colegios de jesuitas, con las
consecuencias conocidas. En cuanto a la religión. Celia y yo
estábamos completamente de acuerdo. No íbamos a la iglesia nosotros
ni nuestros hijos. Celia en su juventud había participado en el
movimiento feminista, luchó por el derecho de voto para las mujeres.
Fue una de las primeras mujeres de la Argentina que se sentó al
volante de un automóvil, y hasta se atrevió a conducir,
contraviniendo todas las reglas, por la calle Florida, por la que
sólo se permite pasar a los peatones;
fue una de las primeras mujeres en mi país que se cortó las
trenzas y comenzó a firmar con su nombre los cheques bancarios. En
aquellos años su conducta indignaba a los aristócratas, la
consideraban extravagante, excéntrica. Pero lo que chocaba a los
demás en ella, me gustaba a mí: su inteligencia, su carácter
independiente y amor a la libertad.
Nuestra vida de casados comenzó así: Celia heredó una plantación
de yerba mate en la provincia de Misiones. Allí nos fuimos con el
propósito de convertirla en una hacienda modelo. Por entonces el
precio de la yerba era alto, y no es casual que la llamaran el “oro
verde”. Compré la maquinaria más moderna y traté de aliviar el
trabajo de los yerbateros.
Los argentinos son grandes consumidores de yerba mate, la beben
en la misma cantidad que otros pueblos el té o el café. A mi hijo le
gustaba mucho el mate, bebida agradable y sana, de la que nuestro
poeta Fernán Silva Valdés dice:
Hay en ti una rústica viveza
y el vigor de la palma masculina,
amargo mate.
Tú estás conmigo en todas partes
cuando estoy contento y triste...
Yo te bebo y se aleja del corazón la melancolía,
desaparecen las penas y llega la alegría,
en mi casa las desdichas se reparan.
El mate proporciona a la gente alegría y satisfacción, pero causa
incontables sufrimientos a quienes lo cultivan.
Los obreros de las plantaciones de yerba mate arrastraban una
vida miserable, de presidiarios; el dueño de la plantación era señor
de horca y cuchillo, podía apalearlos impunemente e inclusive
matarlos. Ni siquiera les pagaban en dinero, sino en vales, por los
cuales en el almacén del dueño les daban productos de segunda
calidad y cualquier minucia, además, el dueño les vendía cualquier
porquería tres veces más caro. Para colmo, los envenenaba con
alcohol, del que en el almacén había reservas ilimitadas. Cualquier
resistencia organizada de los obreros era aplastada bárbaramente por
el dueño de la plantación y por la policía.
Empecé por abolir los vales y pagar a los obreros un salario en
dinero. Hasta prohibí vender alcohol en la plantación. En seguida me
gané enemigos entre los dueños de las plantaciones vecinas. Primero
me tomaron por loco, pero cuando se convencieron de que estaba en mi
sano juicio, dijeron que era comunista. En aquel tiempo yo era
partidario de la Unión Cívica Radical. Se trata de un partido
democrático, cuyo líder Hipólito Yrigoyen, por entonces presidente
de la nación, hizo muchas cosas útiles para el país:
estaba por una política exterior independiente y respetaba la
Constitución. Los dueños de las plantaciones me amenazaron con tomar
represalias. Entonces en Misiones reinaba la más absoluta
arbitrariedad. Los plantadores manejaban a las autoridades locales y
la policía. Yo, por mi parte, no soy tímido, pero no tenía derecho a
arriesgar a Celia. Decidí mudarme a Rosario, segunda ciudad de la
Argentina por su importancia, y abrí un molino yerbatero. Allí nació
el Che el 14 de junio de 1928, un mes antes de lo previsto, y Celia,
en mi honor, le dio el nombre de Ernesto. En casa lo llamábamos
Teté.
Mis planes comerciales en Rosario tampoco tuvieron éxito. Justo
en ese momento se desató la crisis económica mundial, que también
sacudió con fuerza la economía argentina, dependiente de Nueva York
y de Londres. Se redujo el comercio exterior, cayeron
catastróficamente los precios de nuestras materias primas en el
mercado mundial, quebraron muchísimos negocios y comenzó a haber
desocupación. No pude conseguir los créditos que confiaba obtener.
Tuve que renunciar a los planes de convertirme en fabricante, y
volví a Misiones.
Me acuerdo muy bien de esa fecha: 2 de mayo de 1930. Fuimos con
Celia y Teté a la piscina. Celia era buena nadadora y le encantaba
nadar. Era un día fresco, soplaba un viento frío y violento. Teté de
pronto se puso a toser y sintió ahogarse. Lo llevamos en seguida al
médico, que diagnosticó asma. Quizá el chico se había resfriado,
quizá tenía propensión congénita a esa enfermedad, de la que Celia
había padecido en la infancia.
Los médicos no podían hacer nada entonces con el asma. Ahora
dicen que es de origen alérgico. Pero por aquellos tiempos ni
siquiera sabían eso. Lo único que pudieron aconsejarnos fue un
cambio de clima. Elegimos Córdoba, nuestra provincia más
“saludable”, situada en un lugar montañoso. Se considera que su aire
puro y transparente, saturado del aroma de los bosques de coniferas,
es curativo. Sin lamentarlo, vendimos nuestra plantación y compramos
la casa “Villa Nidia”, en Alta Gracia, pueblito próximo a la ciudad
de Córdoba, a dos mil metros sobre el nivel del mar. Comencé a
trabajar de constructor civil, y Celia atendía a la familia.
Desde ese desdichado 2 de mayo de 1930 los ataques de asma en
Teté se repetían casi a diario, mejor dicho, casi todas las noches.
Yo dormía junto a su cama, y cuando Teté comenzaba a sofocarse lo
tomaba en brazos, lo acunaba y calmaba hasta que pasaba el ataque, y
el chico se dormía agotado. Con frecuencia eso ocurría cerca del
amanecer.
Después de Teté tuvimos cuatro hijos: los llamamos Celia (en
honor de mi esposa), Roberto (en memoria de mi padre). Ana María (en
el de mi madre), Juan Martín (en honor de mi suegro). Todos, al
igual que Teté, cursaron estudios superiores. Las hijas se hicieron
arquitectas; Roberto, abogado, y Juan Martín proyectista. Crecieron
normalmente, sin causarnos grandes preocupaciones.
Con Teté era otra cosa. Al principio ni siquiera pudo ir a la
escuela. Dos años la madre le dio clases en casa. Por cierto,
comenzó a leer a los cuatro años, y, desde entonces, toda su vida
leyó tragándose los libros. Me contaron que incluso en Bolivia,
cuando combatía, perseguido por el enemigo y atormentado por el
asma, se las ingeniaba para leer.
¿Qué leía? ¿Qué quiere que le diga? De todo. Tanto yo como Celia
sentíamos pasión por los libros, teníamos una biblioteca de varios
miles de volúmenes, el adorno principal de nuestra casa y nuestro
principal tesoro. Habían libros clásicos, desde españoles hasta
rusos, y de historia, filosofía, psicología, arte. Habían obras de
Marx, Engels, Lenín. También de Kropotkin y de Bakunin. De los
escritores argentinos, José Hernández, Sarmiento y otros. Algunos
libros eran en francés, lengua que Celia conocía y que enseñaba a
Teté.
Claro que el Che, como cada uno de nosotros, tenía sus autores
predilectos. En la infancia fueron Emilio Salgari, Julio Verne,
Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Jack London. Después se apasionó por
Cervantes, Anatole France. Leía a Tolstói, Dostoievski, Gorki. No
dudé que leyó todas las novelas sociales latinoamericanas en boga
por aquellos años. Eran las del peruano Ciro Alegría, del
ecuatoriano Jorge Icaza y del colombiano José Eustasio Rivera, en
las que se describía la dura vida de los indios y el trabajo de
esclavos que hacían los obreros en las haciendas y en las
plantaciones.
Che sintió afición por la poesía desde la infancia. Se enfrascaba
en la lectura de Baudelaire, Verlaine, García Lorca, Antonio
Machado, le gustaban los versos de Pablo Neruda. Sabía de memoria
muchísimas poesías, y él mismo las escribía... Pero claro que mi
hijo no se consideraba poeta. En cierta ocasión, dijo de sí que era
un revolucionario que no había llegado nunca a ser poeta. Y en una
carta al poeta republicano español León Felipe, autor de El Ciervo,
libro de cabecera de Ernesto, él se llama a sí mismo “poeta
fracasado”. El poeta cubano Roberto Fernández Retamar relata que
poco antes de que Ernesto abandonara Cuba para siempre, le pidió una
antología de poesía española y copió los versos de Neruda Farewell.
Mi hijo no se separó de la poesía hasta la misma muerte. Como se
sabe, junto con el célebre Diario de Bolivia, se encontró un
cuaderno con sus poesías predilectas. Por eso, de Ernesto se puede
decir, repitiendo las palabras de nuestro Martín Fierro:
Cantando me he de morir, cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar al pie del Eterno Padre...
Ernesto también tenía afición por la pintura, conocía bien su
historia y pintaba acuarelas.
— Me dijeron —interrumpí a don Ernesto— que al Che no le gustaba
la pintura moderna. Dicen que una vez, visitando una exposición
modernista, declaró a los periodistas: “Ustedes sabrán perdonarme,
pero sobre pintura moderna yo no expreso opinión alguna, porque
simplemente no la entiendo; el mensaje que presumiblemente tiene no
está al alcance de mi percepción”.
— Mi hijo prefería a los impresionistas. Era aficionado al
ajedrez. Ya después de triunfar la revolución cubana participó en
torneos y competiciones. Cuando llamaba por teléfono a su casa y le
decía a la esposa: “Voy a una cita”, ella sabía que iba a jugar al
ajedrez con los amigos.
Eso sí, no entendía absolutamente la música. No tenía oído
musical. Era incapaz de percibir la diferencia entre un tango y un
vals. No sabía bailar, cosa nada común en un argentino. Sabrá que
cada uno de nosotros se considera gran bailarín, aunque no lo sea.
— Don Ernesto, me dijeron que cuando el Che era Ministro de
Industrias y le pidieron que opinara sobre la calidad de los discos
nuevos, respondió: “De música no me está permitido dar ni siquiera
una tímida opinión, porque mi ignorancia alcanza a —273 grados”.
— Eso es propio de él. Nunca temía reconocer sus defectos. Solía
burlarse de los defectos ajenos, pero tampoco se apiadaba de sí
mismo. Se hacía autocrítica, yo diría que era despiadado para
consigo mismo. Algunos creían ver en ello originalidad,
excentricismo, pose. Pero la causa era más seria y profunda, y
consistía en su extrema sinceridad, en su repulsión a la falsedad,
los convencionalismos, la moral pequeño burguesa. Y la sinceridad
siempre sorprende y deja pasmado a los pequeño burgueses. El
pequeñoburgués sostiene que quien no se parece a él está loco o es
astuto, un simulador o un mistificador. Algunos biógrafos del Che,
para explicar su conducta, singular para ellos, le inventan
diferentes complejos freudianos, le atribuyen al asma casi el papel
decisivo en la formación de su carácter y la concepción
revolucionaria del mundo. Todo eso carece de seriedad.
Los revolucionarios no son producto de una enfermedad, de un
defecto físico o de uno u otro estado espiritual, sino del régimen
social explotador y del anhelo de justicia, natural en el hombre.
A Teté no sólo le entusiasmaban las materias “sutiles”, como la
poesía y el arte. De ninguna manera. Era fuerte en matemáticas y en
otras ciencias exactas. Inclusive creíamos que, con el tiempo, se
haría ingeniero, pero, como usted sabe, eligió la medicina. Quizá se
debiera a su propio estado o a una enfermedad incurable de la
abuela, la madre de Celia, a la que quería muchísimo, y quien le
correspondía con el mismo cariño. Murió de cáncer, como también
Celia. Bueno, creo que me estoy adelantando demasiado.
Desde edad temprana comenzamos a habituar a Teté y a los otros
hijos a diferentes tipos de deporte. Teté era muy aficionado al
deporte, y se entregaba a él con toda abnegación, como a todo lo que
se dedicaba, sin poner reparos en la enfermedad. Parecía querer
demostrar que, a pesar del maldito asma, podía hacer todo lo que
hacían los muchachos de su edad, pero incluso en mayor medida y
mejor. Iba a la escuela cuando se inscribió en el club Atlético
Atalaya y jugó en la reserva del equipo de fútbol. Era un jugador
excelente, pero no podía jugar como principal del equipo del club,
porque le solían dar ataques de asma y debía abandonar la cancha
para aplicarse el vaporizador. Practicaba el rugby, juego de
valientes y fuertes, hacía equitación, jugaba al golf y hasta se
dedicó al planerismo; pero su pasión fue la bicicleta. En una
fotografía que regaló una vez a su novia Chinchina (María del Carmen
Ferreira), escribió: “A los admiradores de Chinchina, del Rey del
Pedal”.
— Si no me equivoco, don Ernesto, la primera mención de su hijo
en la prensa se la debe a la bicicleta.
Reviso mis apuntes, y encuentro un anuncio de la revista
argentina El Gráfico, del 5 de mayo de 1950, y se lo leo al padre
del Che:
“23 de febrero de 1950. Señores Representantes de la firma de
bicicletas a motor Micron
Les remito para chequeo la bicicleta a motor Micron. En ella he
realizado un viaje de cuatro mil kilómetros a través de doce
provincias de la República Argentina. La bicicleta motorizada en el
transcurso de todo el viaje ha funcionado irreprochablemente y no he
hallado en ella la más mínima falla. Espero poder recibirla
nuevamente en las mismas condiciones”. Firma “Ernesto Guevara
Serna”.
— Ese viaje lo hizo cuando era estudiante. La casa Micron le dio
una moto con fines publicitarios y le cubrió, en parte, los gastos
del viaje.
En modo alguno puede decirse que estuviera pegado a la casa.
Siendo estudiante universitario, se contrató de marinero en un barco
de carga, en el que navegó un tiempo, llegando hasta Trinidad y la
Guayana Británica. Después, junto con Granados, recorrió a pie la
mitad de Sudamérica.
— ¿Ustedes no se inquietaban por su salud cuando Teté emprendía
viajes tan arriesgados?
— Claro, Celia y yo siempre nos quedábamos preocupados y
angustiados. Pero cuidábamos de no exteriorizarlo. Enseñé a mis
hijos a ser independientes, firmemente persuadido de que eso les
ayudaría en el futuro. Además, sería inútil impedirles cometer lo
que suele llamarse imprudencias de la juventud. En una ocasión, Teté
y Roberto desaparecieron de casa. Teté tenía once años, y Roberto
ocho. Parecía que se los había tragado la tierra. Creímos que se
habían extraviado en los bosques cercanos, los buscamos allí, y
después avisamos la desaparición a las autoridades. Los encontraron,
días más tarde, a ochocientos kilómentos de Córdoba, a donde habían
llegado ocultándose en un camión. Pero todas las congojas que
pasamos por las aventuras de Teté en la adolescencia no fueron nada,
en comparación con lo que nos esperaba. Se nos encogía el corazón
cuando recibíamos sus cartas con la descripción de los leprosorios
que “visitaban” Granados y él durante sus viajes por América del
Sur. Una vez nos comunicó desde el Perú que se iba con Alberto en
una balsa, regalada por los leprosos, Amazonas abajo, es decir, a lo
más intrincado, donde el diablo perdió el poncho. Nos advertía que
si al mes no llegaban noticias de él, se lo habrían tragado los
cocodrilos o devorado los indios jíbaros, desecando la cabeza,
vendiéndola a los turistas norteamericanos. Terminaba diciendo que
entonces buscáramos su cabeza en las tiendas de regalos de Nueva
York. Claro que conocíamos bien a nuestro hijo y sabíamos que ese
era el “humor negro” que le caracterizaba, porque estaba seguro de
sí y seguro de que todo saldría perfectamente. Sin embargo... ¡La
carta siguiente llegó dos meses más tarde, y no al mes como
prometiera!
Después... Cuando nos escribió desde México que se había
incorporado al destacamento de Fidel Castro y marchaba a Cuba para
combatir contra Batista, le juro que me faltó valor para leer la
carta. Celia, compadeciéndose de mis nervios, me la contó
brevemente. En otra oportunidad, estuvimos dos años sin tener
noticias, salvo los relatos del periodista argentino Jorge Ricardo
Masetti, quien estuvo en Sierra Maestra en abril y mayo de 1958 y
trajo una charla grabada con el Che y con Fidel. Masetti publicó un
libro sobre Cuba: Los que luchan y los que lloran. Sin embargo, los
diarios comunicaban con insistencia que las tropas de Batista habían
derrotado a los rebeldes, y cada noticia de ésas nos causaba alarma
por la suerte del hijo.
El 31 de diciembre de 1958, en vísperas de la caída del régimen
de Batista, se reunió toda nuestra familia para festejar el Año
Nuevo. No estábamos de muy buen humor, porque la radio daba las
noticias más contradictorias sobre los acontecimientos cubanos, y
del Che sólo sabíamos que lo habían herido en los combates por la
ciudad de Santa Clara. En Buenos Aires funcionaba el Comité de
Solidaridad con el pueblo cubano, que inclusive tenía comunicación
directa por radio con el Estado Mayor de Fidel. Pero ese conducto no
era muy seguro, y con frecuencia fallaba. No sabíamos qué ocurría en
realidad en Cuba.
Aquella noche de Año Nuevo, cuando ya estábamos todos reunidos y
no esperábamos a nadie más, cerca de las once de la noche llamaron a
la puerta. Abrimos, y en el umbral encontramos un sobre. Hasta la
fecha no sé quién lo dejó. En el sobre había esta notita: “Queridos
viejos: Me siento perfectamente. He gastado dos, me quedan cinco.
Continúo trabajando. Les escribo poco y así será en lo sucesivo. Sin
embargo, confíen en que Dios es Argentino. Les abraza fuertemente a
todos, Teté”.
Siempre decía que tenía siete vidas, como los gatos. Las palabras
“he gastado dos, me quedan cinco” significaban que había sido herido
dos veces y le quedaban todavía cinco vidas de reserva.
Nos quedamos pasmados y muy contentos del mensaje tan inesperado.
No fue la única sorpresa en esa noche memorable. Habrían pasado unos
diez minutos, y nos dejaron otro sobre, con una tarjeta que tenía
dibujada una rosa roja y decía: “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.
El estado de Teté es excelente”.
Al día siguiente, el 1° de enero de 1959, vinieron a vernos
Masetti y Alberto Granados, y nos comunicaron que Batista había
huido de Cuba. Una semana más tarde, el 7 de enero, ya liberada La
Habana por el Ejército Rebelde, Camilo Cienfuegos quiso darle una
agradable sorpresa al Che y envió por nosotros un avión de La
Habana. Tanta agitación me hizo guardar cama, y Celia partió sola a
La Habana. Al abrazar a su hijo en el aeropuerto no pudo contener
las lágrimas. Era la primera vez que eso le ocurría.
Yo llegué a La Habana un mes más tarde. El Che me recibió junto
al avión. Le pregunté si no pensaba ahora dedicarse a la medicina, a
lo que contestó:
— Te puedo regalar de recuerdo el título de médico. En cuanto a
mis planes futuros, quizá me quede aquí o continúe luchando en otros
lugares...
Ese lugar fue para él, como se sabe, Bolivia. Nuestra familia no
sabía que estaba combatiendo allí, aunque los diarios informaran al
respecto. A comienzos de enero de 1967 nos llegó una carta de Teté
en un sobre con estampilla argentina. La carta iba dirigida a mí y
debía coincidir con el cumpleaños de mi hermana Beatriz, la tía que
más quería Teté. Vea lo que decía:
“Don Ernesto:
Entre el polvo que levantan los cascos del Rocinante, con la
lanza en ristre para atravesar los brazos de los gigantescos
enemigos que me enfrentan, dejo este papelito con su mensaje casi
telepático, conteniendo un abrazo para todos y el deseo ritual de un
feliz año nuevo. Que la señorita, su hermana, cumpla los quince
rodeada del calor familiar y se acuerde un poco de este galán
ausente y sentimental y que pueda verlos pronto (en un plazo menor
que el transcurrido) son mis deseos concretos y se los confié a una
estrella fugaz que debe haber puesto un Rey Mago en mi camino.
Arrivederchi
Si non te vedo piu
D. Tuijo”.
Las últimas dos líneas estaban en italiano. La carta estaba
escrita al estilo “conspirativo” dramático-jocoso del Che: Beatriz
no cumplía 15 años, sino 80. A juzgar por todo, había sido enviada a
través de Tania, que hacía de enlace del destacamento del Che con el
mundo exterior.
Fue la última carta de mi hijo...
— ¿Cómo estudiaba el Che? ¿Era buen alumno?
— Era muy capaz y tenía talento, sin embargo, no era alumno
sobresaliente. Ya le dije que los dos primeros años estudió en casa.
Después frecuentó la escuela en Alta Gracia, pero su estado de salud
le obligaba a hacer intervalos. En 1941, cuando cumplió 13 años,
ingresó en Córdoba al Colegio Nacional Deán Funes (sacerdote de
nuestro país que participó en el movimiento de liberación), adonde
Celia lo llevaba a diario en un viejo automóvil de nuestra
propiedad. Cuatro años más tarde, en 1945, Teté terminó los estudios
en el Colegio. Y ese mismo año nos trasladamos a Buenos Aires, donde
ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad.
— Ya lo habré fatigado con mis preguntas, don Ernesto, pero me
quedan unas may importantes para mí. ¿Cómo y bajo la influencia de
qué acontecimientos, factores o fenómenos se formaron las
concepciones políticas del joven Che? ¿Participó en la vida política
en sus años estudiantiles? ¿Qué pensaba al respecto?
— Estas preguntas me las hicieron reiteradas veces los
periodistas y los escritorzuelos sin escrúpulos escribieron sobre
este tema las cosas más absurdas, como se ha hecho con todo lo
relacionado con el Che. En cuanto a sus concepciones políticas, sus
simpatías y antipatías de aquel período en que vivía bajo techo
paterno, puedo decirle lo siguiente. En las cuestiones de la
política interna, Celia y yo estábamos en decidida oposición a los
gobiernos oligárquicos y militares que se fueron sustituyendo uno a
otro desde 1930, año en que fue derrocado el presidente Hipólito
Yrigoyen y subió al poder el general Uriburu, primer “gorila”
argentino, que prometió salvar el país del comunismo. A Uriburu le
siguió el general Justo, y después de él gobernaron el país por
breve plazo dos oligarcas: Ortiz, pro-inglés, y Castillo,
pro-germano. El último fue derrocado en 1941 por un triunvirato,
integrado por tres generales: Rawson, Farrel y Ramírez, a quienes
vino a suplantar el coronel Perón. En 1956, una junta de generales y
almirantes, encabezada por Lonardi y Aramburu, despojaron a Perón de
su cargo. No le cuento los sucesos posteriores, porque ya en 1953
Teté partió de la Argentina y, como resultó después, para siempre.
Además de los sucesos de la política puramente interna, en la
vida argentina tienen influencia los grandes sucesos políticos
internacionales y esto debido a varias razones. Primero, nuestra
economía está estrechamente ligada con los capitales ingleses y el
Wall-Street neoyorquino, de ahí que nos interese y preocupe todo lo
que pasa en esos países. Segundo, gran parte de la población de la
Argentina son emigrantes o hijos de emigrantes, fundamentalmente de
procedencia italiana y española. Tenemos una gran colonia alemana,
muchos judíos, polacos, sirios e ingleses. Por supuesto, todos estos
grupos nacionales reaccionan con pasión a los sucesos que tienen
lugar en sus países de origen o en los de sus padres. Tercero,
nuestros intelectuales, especialmente los escritores, artistas y
pintores, siempre se sintieron atraídos por Francia. Su Meca era
París. De ahí que los destinos de Francia nunca nos fueran
indiferentes.
Por otra parte, los acontecimientos en la Unión Soviética
igualmente nos interesaban a todos. Tenemos un Partido Comunista
despiadadamente perseguido por las autoridades, y que pese a todo
despliega gran actividad. En general, las ideas del socialismo están
bastante extendidas en la Argentina. El Partido Socialista Obrero se
formó en nuestro país a fines del siglo pasado, y su fundador Juan
B. Justo fue el primero que tradujo al castellano El Capital de
Carlos Marx. En la Argentina se editaron y se editan muchos libros
sobre el socialismo y el comunismo. En mi biblioteca habían muchos
de ellos. Del comunismo y la Unión Soviética no sólo escribían y
hablaban los amigos, sino también los enemigos, desde posiciones
diametralmente opuestas a los primeros, es decir, sumando una
calumnia con otra y poniendo en juego toda clase de invenciones. Por
aquel entonces les ayudaban Hitler, Franco y Mussolini, y ahora,
como usted sabe, ese trabajo inmundo lo hacen los imperialistas
yanquis. Debido a todo lo que le cuento, los diarios argentinos
daban un amplio panorama internacional, yo diría que más extenso que
el de los acontecimientos de la vida interna. Todo eso permitió a
Teté estar al día con los sucesos más importantes de la política
mundial.
Procuré educar a mis hijos de modo que adquirieran noción de
todo. Nuestra casa estaba siempre abierta para sus amigos, entre los
que habían hijos de familias pudientes de Córdoba, muchachos
obreros, y también hijos de comunistas. Teté, por ejemplo, tenía
amistad con la Negrita, hija del poeta Cayetano Córdoba Iturburu,
que por entonces simpatizaba con los comunistas. Córdoba Iturburu
estaba casado con la hermana de Celia.
—¡Mire como son las cosas, don Ernesto! Yo combatí en España en
las Brigadas Internacionales. El poeta Rafael Alberti, amigo mío, me
presentó en Madrid a principios de 1937 a Córdoba Iturburu, quien
había ido a ayudar a la España republicana.
— El mundo es realmente chico. Muy oportunamente recordó a
España. La guerra civil española tuvo gran repercusión en la
Argentina. Organizamos un Comité de Ayuda a la España Republicana,
al que Celia y yo prestamos toda clase de cooperación. Todos mis
hijos estaban de cuerpo y alma con los republicanos. Éramos vecinos
y muy amigos del doctor Juan González Aguilar, vice-primer ministro
de Negrín en el gobierno de la República Española. Cuando cayó la
República, emigró a la Argentina y se radicó en Alta Gracia. Mis
hijos tenían amistad con los de González, estudiaban en la misma
escuela, y después en el mismo Colegio de Córdoba. Celia los llevaba
en el coche junto con Teté. Teté era amigo de Fernando Barral, un
muchacho español de su edad, cuyo padre, republicano, había muerto
luchando contra los fascistas. Recuerdo también al general Jurado,
destacado republicano, que fue huésped de González durante algún
tiempo. Jurado solía venir con frecuencia a nuestra casa y nos
contaba las peripecias de la guerra civil, las atrocidades que
cometían los franquistas y sus aliados italianos y alemanes. Todo
eso ejerció naturalmente marcada influencia sobre Teté y sobre la
formación de sus futuras concepciones políticas.
Después vino la segunda guerra mundial, y toda nuestra familia y
nuestros amigos simpatizábamos calurosamente, por supuesto, con los
aliados y con Rusia, deseábamos de todo corazón que fueran
derrotados los países del “eje” y nos alegrábamos de las victorias
del Ejército Rojo. Nos causó enorme impresión la batalla de
Stalingrado, en la que la wehrmacht alemana sufrió una derrota
demoledora. Entonces el gobierno argentino no ocultaba sus simpatías
por Hitler y Mussolini y, a pesar de la presión de los aliados,
mantenía relaciones diplomáticas con los países del “eje”. Argentina
estaba plagada de agentes y de espías del “eje”, que disponían de
estaciones de radio secretas. Las autoridades, lejos de impedir la
actividad subversiva que desplegaban, la encubrían por todos los
medios y les daban facilidades. En cambio nosotros, los amigos de
los aliados, ayudábamos a descubrir y a denunciar a los agentes
fascistas. Yo también participé en esas operaciones. Teté lo sabía y
siempre pedía que le dejara ayudarme.
Celia y yo pertenecíamos a los enemigos activos de Perón. A Celia
incluso la detuvieron en Córdoba, cuando durante una manifestación
gritó consignas anti-peronistas. En 1962, la policía la detuvo otra
vez por participar en una manifestación contra el gobierno. Un año
más tarde fue encarcelada por varias semanas al regresar de Cuba.
Durante el gobierno de Perón en la Argentina existían muchas
organizaciones combativas clandestinas que se pronunciaban contra el
régimen imperante. Yo estaba incorporado a una que actuaba en el
territorio de Córdoba. En nuestra casa se fabricaban bombas, que se
usaban como defensa contra la policía en las manifestaciones
anti-peronistas. Nada de eso pasaba por alto para Teté, y un día me
dijo: “Papá, si no me dejas que te ayude, empezaré a actuar por mi
cuenta e ingresaré a otro grupo de combate”. Tuve que permitírselo,
para controlar sus actos y, de ese modo, cuidarlo de las represalias
policiales.
En aquellos años Teté, que era demócrata y antifascista, no es
que estuviera al margen de las batallas políticas de la época, sino,
yo diría, se mantenía aparte. Parecía que se estaba preparando para
combates futuros más importantes y más decisivos.
Claro que yo, tomando en cuenta su enfermedad, no lo empujaba a
una participación más activa en la política, pero tampoco tomaba
medidas para impedírselo. Todo lo que hacía Teté en aquellos tiempos
lo hacía él solo, decidía por su cuenta cómo debía proceder en uno u
otro caso.
Vuelvo a rebuscar en mis apuntes y encuentro la copia de una
carta del Che a Femando Barral, fechada en 1959, poco después del
derrocamiento de Batista. Leo la carta a don Ernesto:
— “Querido Fernando, sé que tenías dudas sobre mi identidad pero
creías que yo era yo, efectivamente aunque no, porque ha pasado
mucha agua bajo mis puentes y del ser asmático e individualista que
conociste queda el asma. Me enteré que te habías casado, yo también.
Tengo dos hijos pero sigo siendo un aventurero, sólo que ahora mis
aventuras tienen un fin justo. Saludos a tu familia de este
sobreviviente de una época pasada y recibe el abrazo fraterno del
Che, que tal es mi nuevo hombre”.
Quedó ya lejos la media noche. Se apaciguó el aguacero. Nos
despedimos de don Ernesto, hombre tan sincero, franco y resuelto
como lo fuera su propio hijo, el Che.
(1) El Che, por su padre, no concedía la menor importancia a su
genealogía, y si la recordaba, sólo era en tono de broma. En 1964,
en una carta enviada a cierta señora María Rosario de Guevara, de
Casablanca, quien le preguntaba de dónde eran sus antepasados, Che
le contestó: “Compañera: De verdad que no sé bien de qué parte de
España es mi familia. Naturalmente, hace mucho que salieron de allí
mis antepasados con una mano atrás y otra adelante; y si yo no las
conservo así, es por lo incómodo de la posición. No creo que seamos
parientes muy cercanos, pero si Ud. es capaz de temblar de
indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos
compañeros, que es mucho más importante”.
(2) Benito Lynch (1885-1951), escritor argentino; sus libros
fueron traducidos al ruso y editados en la URSS.
(3) Marx y F. Engels. Obras, 2a ed., t. 14, págs. 176-177 (en
ruso)
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