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Probablemente, que Lmrabet sea el representante en Marruecos de la
ONG Periodistas Sin Fronteras y mantuviera estrechos contactos con
los ambientes periodísticos de París (donde cursó sus estudios
universitarios) y Barcelona (donde vive y trabaja su novia,
funcionaria de la Universidad Autónoma) haya ayudado a dar
proyección internacional a su caso. Los motivos de la condena
fueron, en primer lugar, la publicación de una escueta noticia en el
semanario satírico en francés "Demain Magazine" y en su hermano en
árabe "Doumane", ambos dirigidos por Lmrabet, donde se informaba
sobre la posibilidad de que el palacio real de Sjirat, situado a 20
Km. al Sur de Rabat, estuviera en venta. Era una broma que ironizaba
sobre los problemas económicos de la Corona, que le valió a la
revista y a su director una condena por "publicar informaciones
susceptibles de alterar el orden público". Pero el fiscal pedía
condena por blasfemia, y lo justificó exhibiendo ante el tribunal un
gran pedrusco, supuestamente procedente del palacio en cuestión. Su
argumento: una piedra con la que se construye una mezquita o un
palacio real se convierte automáticamente en un objeto sagrado. Así
que Demain Magazine/Doumane bautizó el juicio como "el juicio de la
piedra sagrada".
En principio, a Lmrabet le cayeron cuatro meses de prisión y
30.000 dirhams (unos 3.000 euros, alrededor de 3.500 US$) de multa,
pero el ministerio fiscal recurrió la sentencia, por considerar la
condena insuficiente. Como quiera que Demain/Doumane había publicado
también unas caricaturas del rey Mohamed VI hechas por Lmrabet, éste
se vio condenado por "ultraje al rey y ofensa a la Monarquía y a la
integridad territorial de Marruecos", con la condena de cuatro años
de prisión, posteriormente reducidos a tres en el juicio de
apelación, y el cierre de las dos revistas.
Los semanarios también habían publicado un artículo sobre el
presupuesto de la Casa Real y la entrevista a un antiguo disidente
republicano marroquí que antes había publicado un diario español, y
en algo ayudaron a la condena, como también ayudaron posteriores y
bastante más peregrinas acusaciones a Lmrabet de ser el asesino de
su propia madre, violador, traficante, antisemita y agente del
Mossad (ser estas dos cosas simultáneamente tiene su mérito) o
agente del servicio secreto de España (¿será por tener una novia
española?).
Pero todo el mundo tiene muy claro, desde el ministerio fiscal
marroquí hasta el propio Lmrabet, que las caricaturas han sido la
piedra de toque del caso: es cosa sabida que un escueto dibujo
humorístico publicado en prensa tiene efectos mucho más demoledores
que cualquier sesudo y documentado reportaje a dos páginas. Que se
lo digan, si no, a Michael Ramírez, caricaturista del Los Angeles
Times, que, tal como cuenta en un artículo publicado en El Nuevo
Cojo Ilustrado Óscar Benavides
(Es Oficial: Bush
ha Perdido la Cabeza), se vio sometido a una investigación por
parte del servicio secreto estadounidense por publicar una
caricatura de George Bush.
Alí Lmrabet, ese cabezota que nada más salir de prisión ya se ha
puesto a buscar financiación para lanzar una nueva revista desde la
cual criticar el sistema político de su país, es un tipo de héroe de
la libertad de expresión que ya sólo florece en los países del
llamado Tercer Mundo. Y no porque en los países del llamado Primer
Mundo nuestros niveles de libertad de expresión hagan imposible el
hecho: sirva de muestra para demostrar lo contrario el ya mencionado
caso del caricaturista del Los Angeles Times; sino porque este tipo
de censura directa aquí ha dejado de ser necesaria: los días de la
prensa combativa ya pasaron.
Hoy en día los periodistas son simples asalariados, no siempre
bien pagados, al servicio de medios que pertenecen a grandes
conglomerados empresariales con intereses económicos en muy diversos
sectores, y que los utilizan sobre todo como canal publicitario de
sus otros productos y herramientas en sus estrategias globales de
mercado. Importa más informar del estreno de la película que ha
producido la productora del trust que sacar los trapos sucios de un
gobierno que, total, ya nos debe obediencia, porque los destinos de
las naciones no se moldean en los consejos de ministros, sino en los
consejos de administración. Y, ¿para qué censurar a la prensa, si
también nos pertenece? Basta con marcarles los criterios
empresariales a cumplir.
Dentro de este nuevo panorama la prensa ya no es el cuarto poder,
sino el cuarto brazo del poder. Porque ya sólo existe un poder, el
económico; el de Bush, por ejemplo, no emana de la presidencia de
los Estados Unidos, sino del cártel texano del petróleo que lo puso
en ella. Por eso resulta refrescante -a mí me lo resulta- ver cómo
aún en algunos sitios, como en Marruecos, aún existe un tipo de
prensa aún sin vasallajes macroeconómicos y por tanto, aún, poder
independiente en sí misma, dedicada a sacar a la luz pública las
vergüenzas y los trapos sucios de los otros poderes. Y asimismo
resulta refrescante -asimismo a mí me lo resulta- la tozudez de Alí
Lmrabet por seguir cavando en esa trinchera. Buena suerte, cabezota.
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