Año 1

19 de Junio del 2003

Nº 3

NUEVA YORK

 
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Sheelah Kolhatkar

El año pasado, a medida que se acercaba el aniversario del 11 de septiembre, revivió la campaña que existe en mi familia para convencerme de que abandone Nueva York para siempre. La batalla es con mi madre y mi padre. Mi padre en particular, desde que tenía 15 años. Es decir, desde la vez en que toda la familia vino a Manhattan para pasar un fin de semana largo, 14 años atrás.

Mamá, papá, mi hermana menor Mandy y yo nos quedamos en un hotel en Midtown, visitamos el Museo Metropolitano y pasamos por donde una tía medio loca, que vive en el Upper West Side. En Nueva York, yo sentía como si hubiera abierto los ojos por primera vez tras crecer en el demasiado aburrido Toronto. Sin embargo, mis papás y yo estábamos viendo dos películas completamente distintas. En Times Square, que era mucho más intenso de lo que es ahora, mi padre vio sus peores pesadillas hacerse realidad: prostitutas, sex show, travestis, carteristas, mendigos, estafadores, lunáticos, tráfico, basura y en cada sombra acechando un asesino con un arma. Tal vez le recordaba a la India, de donde había huido hacía 25 años. Durante todo el viaje nos hizo caminar en fila india del lado de la acera contrario a la pared.

Yo hallé a los artistas callejeros fascinantes. Nunca en mi vida había visto a tanta gente con tal falta de inhibiciones. Viniendo como vine, de un país donde no cruzar la calle por la esquina es considerado un delito en contra de la humanidad, aquí todo me parecía posible. Mi papá, mientras tanto, no dejó de imaginarse a su hija dentro de una bolsa de plástico en la morgue.

La lucha surgió de nuevo cuando llegó el momento de escoger una universidad. Yo dije Columbia, él dijo Smith. Yo sugerí la Universidad de Nueva York, él contraatacó con Wellesley. Él no sólo me quería lejos de la ciudad, me quería lo más lejos posible de cualquier hombre. Peleamos durante meses; él insistiendo que yo terminaría siendo una marginal viviendo en el Lower East Side. Al final llegamos a un acuerdo con McGill, en Montreal, años luz de Nueva York, pero mucho menos cara y al menos un cambio de escena de mi aburrido terruño anglosajón.

Ahí empecé a planear mi escape. Un día vine a la Universidad de Nueva York para hacer un curso de verano y jamás volví al Canadá. A principio de los años noventa, había más crimen en la calle de lo que hay ahora y me costaba mucho esconder esto de mis histéricos padres. En mis primeros días en la ciudad fui la desafortunada testigo de un grupo de malandros que medio mataban a un mendigo a patadas en la parte baja de la 5ta Avenida. Tipos pasaban en bicicletas y le arrebataban la cartera a las mujeres. Hubo un tiroteo durante el robo de un deli a pasos de los dormitorios de NYU en la calle 10 del West Side. En medio del robo el coreano dueño del deli sacó una escopeta y le voló la cabeza al ladrón.

Pero como, ojos que no ven corazón que no siente, jamás le dije una palabra al viejo. Incluyendo a las gigantescas cucarachas que tenía como roommates en el estudio que más tarde tendría en la Calle 12 del East Side, cuyas escaleras los vendedores de drogas del vecindario utilizaban como oficina.

En visitas posteriores, Papá y yo caminábamos la Novena Avenida desde mi apartamento en Hell’s Kitchen, mientras poco a poco él iba enloqueciendo de tan sólo ver las manchas de chicle en la acera, creciendo con cada paso su rabia e indignación. "Estas personas son animales," me aseguraba casi en un susurro.

Yo trataba de animarlo y le preguntaba "¿Dónde más puedes conseguir comida etiope, peruana y afgana y todo en la misma cuadra?". Tan sólo el olor lo volvía un energúmeno; Toronto es tan limpio. Yo terminaba explicándole "Con el tiempo te acostumbras."

Para él, todo en la ciudad gritaba Tercer Mundo. Yo sé que tenía razón, pero quería vivir aquí de todas formas. Cada vez que interactuábamos siempre terminaba en sermón; y al final este se convirtió en la única base de nuestra relación, la única manera en que podíamos identificarnos uno al otro. Su compromiso al repetir siempre las mismas frases una y otra vez era impresionante, era como un perro que no quiere soltar un palo. Mientras uno jala más duro, más firme esos dientes se clavan en la madera.

Tratando de cambiar las cosas experimenté con diversas estrategias; molestarme con él (inútil), cambiar de tema (imposible) o tratando de ser razonable (una pérdida de tiempo). A medida que me acercaba a mí cumpleaños número 30, la rutina empezó a volverse costumbre. Parte del problema era que a mí me importaba lo que él pensaba. Ya que posiblemente es el único aspecto de mi vida en el que él siente que tiene algo que decir. Si me mudara ahora, no estoy segura de si tendríamos algo de qué hablar.

La cruzada continúa. Ahora yo me preocupo también, sólo que ahora acerca de problemas mayores que las pequeñas molestias que constituyen la vida en Nueva York. Cada vez que a algún burócrata se le ocurre cambiar el nivel de alerta por el terrorismo, el teléfono repica. La ansiedad en la voz de mi padre me perturba; sus peores pesadillas se han vuelto mucho peores aun. No puedo explicarle por qué aun sabiendo que vivo en un gigante blanco, eso no me lleva a querer irme. Todo lo que puedo decir durante esas interminables conversaciones es “No estoy lista. No todavía.”

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