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Cuando Era Infeliz e Indocumentado Pt. 2
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Old Glory
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Gustavo Morales

Una de las cosas que yo solía
hacer con más frecuencia en Venezuela era viajar. Por haber vivido
en diferentes estados durante mi juventud tenía familia y amigos
regados por todo el país y esto me facilitaba las cosas ya que donde
quiera que iba, tenía cama donde dormir y mesa donde comer. No
recuerdo haber llamado ni una sola vez por adelantado para decir que
iba a la casa de tal o cual tía o cuanta gente iba conmigo.
Usualmente éramos un grupo de tres o cuatro muchachos, malas
conductas, y mi familia nunca se quejó de este hecho.
Gustavo se apareció aquí ayer a las dos de la mañana con 4 amigos
y van a pasar un mes en la casa. Era natural. Éramos familia y este
tipo de cosas eran de esperarse, yo las asumía garantizadas, mi
familia jamás dijo una palabra. Para ellos era una aventura.
Ellos conocían a todos mis amigos y mis amigos conocían a mi
familia y de esa forma me gustaban las cosas. En cuanto a familia
jamás podré quejarme porque a parte de estas cosas había muchas
otras que los hacían los mejores que uno podía tener.
Familia en los cumpleaños, familia en las graduaciones, en las
navidades, los carnavales, y hasta cuando uno no quería la familia
estaba allí, parada en el medio haciéndonos llorar o reír en una
relación de la que no había escapatoria y de la cual tampoco quería
escapar. Una relación hecha para durar eternamente.
Cuando uno se convierte en emigrante súbitamente todo ese colchón
desaparece. No más tíos donde llegar, o tías con carteras profundas
para complacer al sobrino o abuelas con más paciencia que una
sombra. Uno esta solo. El libro de teléfonos lleno de números en
otro país. Inútiles.
En las noches a veces me caminaba Nueva York hasta entrada la
madrugada, con las manos en los bolsillos y fumando cigarritos, y la
sensación era siempre la misma. En el fondo de cañones de concreto,
entre gentes sin nombre y tiendas incomprables me daba cuenta de que
era absolutamente nada. Podía tirarme al tren ese día y nadie
suspiraría por eso. Me enjuagarían de los rieles con una manguera y
llenarían un reporte. Un tipo se tiró anoche al tren. John Doe. Un
extraño, male, hispanic, 6 feet tall, 160 pounds, scar on top right
back shoulder...
Una vez lo pensé. Estaba harto. Caminas por la calle y ves gente
saliendo de los teatros en Broadway. De a seis, riendo de
satisfacción o de lo pésima que fue la obra. O a través de las
ventanas de los restaurantes. Gente comiendo, hablando, riendo,
abrazándose y uno se siente con ganas de caminar al puente más
cercano, trepar al tope y lanzarse al vacío. Morir.
Con mi mala suerte, muy seguramente me rescatarían y me pondrían
una multa por intento de suicidio. Una vez lo había intentado, pero
eso es otra historia. No hubo multas esa vez, y por lo que ven
fracasé en el intento.
El día antes de mudarme caminaba por la quinta avenida.
Prácticamente maldecía cuanto veía. Iba al parque donde en los
peores momentos corría hasta el Big Lawn y me echaba a dormir hasta
la tarde. Siempre soñaba que comía, lo cual no era raro dado que en
ese tiempo lo hacía sólo de vez en cuando. En la calle 55 me agarró
el semáforo en rojo justo en la acera. Era un día espectacular,
cielo azul sin una nube y al bajar la vista del otro lado de la
calle había un vagabundo con una bandada de perros agarrado con una
correa. Las aceras estaban repletas de gente de lado y lado, casi
todos de traje, era casi mediodía y la gente había salido a
almorzar, por lo que la imagen del tipo con el perro me llamó la
atención de inmediato.
Era un tipo alto, flaco, con el cabello largo liso y dorado, pero
sucio, hasta los hombros. La barba le cubría el rostro y los dientes
se le veían entre los mechones de pelo como pedazos de carbón. Me
veía a la cara sin parpadear. Y cuando el semáforo cambio a Walk,
inmediatamente se desvió hacia mí, rodeándome con los perros en
medio de la calle y deteniendo mi paso.
Con todo lo que pasaba tenía muy poca paciencia en ese entonces.
Moví un perro hacia un lado jalándolo por la correa y trate de pasar
pero me enrede. Vi hacia el semáforo y la luz parpadeaba, iba a
cambiar. Me puse paranoico. Excuse me, le dije de mala gana
mirándole a la cara. El hombre había sido buen mozo alguna vez y no
pasaba los 30 años. -¿Tienes algo de dinero?, me respondió. No es
para mí, es para los perros.
Continué tratando de zafarme de los animales que estaban sentados
en el pavimento con la lengua afuera y en completa calma. -Por lo
menos un dólar, es para comida, insistió el tipo. Lo siento, le dije
de peor modo y me salté sobre las correas de la ya desierta calle.
Por que no te consigues un trabajo idiota, le grité y me alejé de él
con paso apresurado. Sentí sus ojos clavándose en mi espalda junto a
un escándalo de cornetas que me hicieron voltear para verlo donde
mismo lo había dejado. El semáforo había cambiado de nuevo y la
gente empezaba a ahogarlo. Por sobre las cabezas me veía con cara de
que iba a empezar a llorar. Está loco, pensé. El muy bastardo. Como
era posible que fuera un homeless. Yo no tenía trabajo por que no
tenía papeles, si terminaba pidiendo plata en las calles tenía
excusa, pero él. ¿Que pasa contigo? Me grito levantando una mano,
los ojos fuera de sus orbitas, el pelo cubriéndole el rostro...Yo
soy Jesús. Me volteé y empecé a correr hacia Parque Central y no me
detuve hasta que el corazón me suplico por un banco.
A pesar de que obviamente iba a tener problemas para pagar el
cuarto el hindú dejó que me quedara. Yo le prometí volver al final
de esa semana, le di la mano y me monte en el tren de vuelta lo más
contento que había estado en siglos. Soñando con trabajar duro,
pagar la renta, adornar mi cuarto, poner afiches en las paredes y
todo eso sin una sola persona que me viera a menos que yo quisiera.
Entonces llevaba un año y medio en los Estados Unidos y no recordaba
la última vez en que había estado solo en una habitación.
Esa semana fue terrible. No hice mucho dinero y mi cheque no
pasaría de 50 dólares. Pero como nos pagaban con dos semanas de
retraso no me preocupe mucho. Me fui a casa temprano el viernes y me
puse a recoger mis cosas.
En el apartamento yo vivía con mi jefe, Mark. Alguien que me
había salvado la vida más de las veces que yo lo había aceptado.
Mark me quería muchísimo y había hecho todo lo posible por
mantenerme motivado durante los peores momentos, regalándome dinero,
invitándome a comer, al cine, etc. Su novia Sandra, quien era
colombiana creo que influía en esto diciéndole que tal vez yo
merecía la ayuda. Pero Mark era quien al final me la daba cuando yo
la aceptaba.
Lo conocí cuando empecé a trabajar en Miami. Llevaba tres meses
en la ciudad y me había gastado cuanto dinero había traído de
Venezuela. Había repartido volantes, llevado comida a domicilio y
pintado casas para asegurarme un techo. Y a finales de enero estaba
viviendo en casa de Hans un señor que me había ofrecido ayuda tras
recibir una trapera de un amigo de la familia que decidió, tras
meses de preparación, que no era conveniente que me quedara en su
casa el día que llegue a ella.
Había ido a montones de entrevistas, todas para ser mesonero,
pero nunca me llamaron de ningún lugar. Una vez me llamaron de una
oficina de bienes raíces en Miami y me dijeron que fuese a una
segunda entrevista. El sitio se llamaba Gould Properties y quedaba
en South Beach.
Yo no me había traído mucha ropa de Venezuela. Al salir del país
llevaba una maleta con un par de jeans, todas mis camisas, unas 6,
ropa interior, algunos libros y mis papeles de la universidad. Hans
me llevó a un K-Mart la noche anterior y me compró unos pantalones
de vestir de pana. Al otro día me presente a la entrevista con
ellos. El dueño era un tipo joven, judío y súper energético. Me
senté en su oficina y hablamos de esto y aquello. Y de último me
preguntó si me gustaba trabajar. Ansioso, mentí. Le dije que sí. Que
trabajar era mi gran pasión. El tipo se rió y me dijo que no podía
trabajar con él por deshonesto. Que él odiaba trabajar y todo el
mundo era igual. Que como él todos trabajaban para procurarse lo que
tenían pero que de tener otra opción, no lo harían. Me despachó y me
dijo que me llamaría. Nunca supe de él otra vez.
Entonces vi un aviso en el periódico. Buscaban gente para ayudar
en un depósito. Con ganas de superarse y aprovechar una oportunidad
y ascender rápidamente. El titulo en negritas decía 50 dólares la
hora. Inmediatamente supe de que se trataba, pero aun así llamé.
En Caracas había montones de estos avisos. Siempre las reuniones
eran entre tal y tal fecha y en el salón de reunión de algún hotel.
Al final era alguien queriendo vender algo a comisión. Yo había ido
a varias y siempre salía tan rápido como había entrado, pero sin la
misma ilusión.
Pero ahora mi situación era desesperada. En ese momento repartía
volantes en Hialeah. Un peruano amigo de Hans había abierto una
tienda de descuento dentro de un galpón y buscaba publicitar el
sitio así que por 5 dólares la hora me caminaba los alrededores
dándole un volante a cada persona que veía o dejando uno en cada
parabrisa que se me atravesaba. Eran 1500 volantes así que no era
fácil. El hecho de que la ropa en el galpón era de lo peor y cara
ayudaba muchísimo menos.
El día se hace largo cuando uno camina repartiendo volantes y es
increíble la cantidad de gente que te dice no gracias. Ya entonces
no tenía dinero y me llevaba un sándwich de la casa para comer
durante el día. Me paraba a mediodía en alguna acera, lo comía y
seguía caminando casi enseguida.
Un día descubrí una tienda de carros con unos 300 de ellos en un
estacionamiento. Ya había pensado que la mejor forma de hacer lo que
hacía era tirar los volantes en algún drenaje irme a un Mcdonalds a
hacer crucigramas todo el día y volver en la tarde a cobrar mi día
entero. Pero quería ser honesto y no pude hacerlo. Por lo que los
carros en venta se convirtieron en la trampa que utilicé para darle
vuelta al asunto.
Esa era mi primera parada todos los días. Entraba y como quien no
quiere le ponía un volante a cada carro debajo del limpiaparabrisas.
De ahí me iba a pasear por el resto del día y me devolvía en la
tarde a buscar mis 40 dólares. Hice esto por tres semanas y el
peruano jamás tuvo un solo cliente en la tienda por lo que un día me
dijo que no volviera. Hans, quien me llevaba y me traía, me había
comprado el periódico y ahí vi el anuncio que mencione antes.
Llame por teléfono y una muchacha me dio una cita para el día
siguiente, pero no fui. Me quedé en la casa y no hice nada. Seguí
buscando en el periódico por trabajo pero todos especificaban que
querían gente con papeles, legales. Siempre seguía leyendo y siempre
llegaba al mismo clasificado. 50 dólares la hora.
En esa época había empezado a considerar el devolverme. Pero
muchas razones me lo evitaban. Yo siempre había querido venir a los
EE.UU., y en Caracas no me había estando yendo particularmente bien.
Así que en realidad no tenía unas memorias agradables que me
hiciesen volver. De hecho solo estaba igual. No tenía dinero, ni
carro, ni nada. La única diferencia era mi familia. Mi mamá, mis
hermanos, mis amigos. ¿Pero era correcto seguir contando con ellos
para siempre? Siempre había tenido la teoría de que los problemas de
la Latinoamérica eran culpa de las mamás y la fortaleza familiar.
Las familias no dejan que los países se desarrollen por que no
permiten al hombre o a la mujer tomar los riesgos, a veces de
muerte, que traen consigo los adelantos que eventualmente sacan un
país adelante. Si esto era cierto, jamás iba a tener ni casa, así
que decidí quedarme y que fuera lo que dios quisiera. Mientras
tanto, les seguía contando de lo bien que me iba y de como muy
pronto estaría tan estable como cualquier americano. Mi pobre madre
no se creía una palabra. Yo tampoco.
El dichoso galpón quedaba en North Miami Beach, no muy lejos del
Aventura Mall. Como esperaba trabajo duro cargando cajas o algo por
el estilo me fui en jeans y franelilla. Pero el sitio no era un
galpón sino una oficina. Hans me llevó temprano por lo que fui el
primero en llegar al sitio. Antes que me atendieran llegarían otras
30 personas, vestidas de corbata. La secretaria era una mujer
espectacular y la oficina no estaba mal. Me sentí incomodo, como si
hubiese perdido algo por falta de precaución.
En el fondo se oían unos gritos que no eran normales, y de unas
cornetas salía música a un volumen más alto del que esperarías en
una oficina. Los gritos parecían los cánticos que se hacen en el
ejército. Deseé el trabajo. Llené una forma que me dieron con mis
datos y en el sitio donde decía número de seguridad social, escribí
los primeros 9 números que me vinieron a la cabeza.
La entrevista duró 5 minutos. A eso de las nueve y media una
muchacha salida de Cosmopolitan me llamó por mi nombre. Su nombre
era Julie Edmunds. Adentro un caballero estaba sentado detrás de un
escritorio. No recuerdo su nombre pero el que habló fue él. Tenía
unos 50 años y estaba bien gastado, con grandes bolsas debajo de los
ojos y arrugas en toda la cara. La corbata no sólo estaba mal
anudada sino que fuera de lugar. Enseguida me empezó a hacer
preguntas. Si yo era feliz, si había alcanzado lo que quería, ¿que
era lo que yo más quería en esta vida? No respondí nada, todo era
demasiado rápido. Lo que sea que es, me dijo, lo puedes conseguir
aquí. Te vamos a dar la oportunidad de que cumplas tus sueños y más
pero para hacerlo debes cumplir con ciertos requisitos. ¿Te gusta
trabajar? Me preguntó. Lo pensé. Mentí de nuevo. Si, le dije.
Trabajar es mi pasión. Bien, me respondió. Por que para tener todo
lo que tú quieras aquí, sólo hace falta eso. Ser un gran trabajador.
Me sonreí.
¿Cuando puedes comenzar?, me preguntó. Le dije que en ese
momento. Se levantó me dio la mano, y me dijo que iba a revisar
todas las aplicaciones de ese día. Que mucha gente quería trabajar
para él y que la revisión sería exhaustiva. En caso de ser elegido
me llamarían a casa. ¿Tienes alguna pregunta?
Durante toda la conversación, Julie había estado sentada a mi
lado viendo fijamente como si fuese una psiquiatra, haciendo notas
en una libretita. Yo pensé que no volvía así que le pregunté que
quien era ella. Julie me respondió por sí misma. Yo soy la dueña de
la empresa.
Al salir me encendí un cigarro y me fumé la mitad de un solo
jalón. Afuera había una línea larguísima de gente buscando trabajo.
Casi todos eran muchachos negros vestidos improvisadamente de
corbata. Muchos de ellos en zapatos de goma. Pensaba en esto cuando
Hans tocó la corneta. Me había esperado afuera todo el tiempo. En el
piso al lado del carro seis colillas eran prueba de su nerviosismo.
¿Que pasó? me preguntó. ¿Te lo dieron? Yo creo que si, le dije y me
monté en el carro. De lo contento me llevó a comer en un restaurante
argentino en Collins y la 163 donde le pagaban parte de la
publicidad que les hacía en un periódico con comida. Comí pasticho,
una ensalada césar y un helado de chocolate y fresa. Lloraba por
dentro de pensar que ese trabajo no era para mí y de que muy pronto
debía hacer algo drástico antes que Hans se cansara de mí.
Hans era un tipo excelente. Uno de esos ángeles que Dios te pone
en el camino para darte la mano cuando llega ese momento en que
decide dejar de apretar para cumplir con el dicho. Era peruano y se
había asilado en los Estados Unidos durante el gobierno de Fujimori
aludiendo ser perseguido por periodista. Lo había visto por primera
vez en el restaurante de Humberto. El amigo de mi familia que me
había echado de su casa. Humberto me trataba muy mal. El tío tenía
muchos problemas y siempre estaba detrás de mí diciéndome cosas como
que cuando me iba, que qué iba a hacer y cuanto tiempo más iba estar
en su casa. Usualmente delante de otras personas. Entre ellas Hans.
Humberto hablaba mal de Hans todo el tiempo. Hans le vendía la
publicidad del restaurante a un periódico peruano llamado Golazo que
editaban en Fort Lauderdale. Y Humberto le pagaba mitad en comida y
mitad en dinero. Como Hans era muy conocido en la comunidad peruana
de Miami y Humberto pensaba que le podía reportar clientes, lo
trataba bien de frente, pero por la espalda lo
crucificaba.
Yo siempre lo veía comiendo y lo saludaba al verlo. Un día lo
saludé y se me acercó. Me preguntó acerca de como me iba, que qué
hacia, etc., y ya me costaba mucho decir que bien sin que me
temblaran los ojos de las ganas de llorar. Mira chico, me dijo
viendo al piso, yo he visto como Humberto te trata. Lo hace malísimo
y a mi no gusta ver estas cosas. Te ves como un muchacho decente y
te puedo echar una mano.
-Yo vivo solo y si te quieres ir de su casa sólo dime y yo te
busco. Nadie se me merece que lo traten así. Se me aguaron los ojos.
-Y no te sientas mal por eso. Tranquilo que cuando me lo digas vemos como hacemos
y consigues un trabajo y todo lo demás. Le di la mano y le dije que
lo pensaría.
Entonces yo usaba un carro de Humberto. Era un Toyota Corolla de
los setentas tipo sedan con asientos de piel de cebra y huecos en
suelo por donde una vez se me cayeron unos vivieres cuando venía del
supermercado. Menos mal que no me vio ningún policía. Yo hablaba con
mi novia casi todos los días. Me había hecho con una pequeña fuente
de ingreso pero segura vendiendo corbatas en Venezuela. Las compraba
en tiendas de descuento y las vendía a pilotos venezolanos por el
triple o cuádruple. Las corbatas eran de marca, Tommy Hilfigger,
Oscar de la Renta, Hugo Boss y me salían en unos 5 o 6 dólares y las
vendía en 30 o 40. En Venezuela ellos las vendían a 100 y se iban
como pan caliente por que en las tiendas costaban al menos 200. Con
este dinero compraba cigarrillos, echaba gasolina y demás. También
ahorraba un poquito para cuando lo necesitara, que fue cuando mi
novia me dijo que quería venir a visitarme.
Melina y yo nos habíamos separado a regañadientes. Y me torturaba
a diario la imagen de ella en el aeropuerto llorando y preguntándome
que por que le hacía esto. Era la primera que nos veíamos por lo que
agarré todos mis ahorros, unos 400 dólares y me puse a buscar un
hotel. Su mamá trabajaba en Avensa y le había conseguido el pasaje
gratis por lo que no tenía que gastar en eso.
Justo antes del viaje, las cosas empeoraron con Humberto. Lo
primero que quería era su carro de vuelta. Lo había usado apenas
unas tres semanas desde que su esposa me dijo que lo usara para
buscar trabajo. Ellos tenían uno cada uno y este estaba usualmente
parado frente a la casa sin uso. Melina llegaba en un par de días,
por lo que me dije, fuck him, fui a buscar a Melina al aeropuerto y
me desaparecí por el fin de semana que pasó en la ciudad. Después le
entregaría su pote y vería que haría.
Cuando Melina salió del terminal se me derritieron las piernas.
No había pasado mucho, pero me estaba volviendo loco por verla. Yo
estaba flaco y bronceado. El hambre se me podía ver en la cara pero
disimulé bien. Igual, ella lo notó. En una gasolinera me pare a
echar gasolina y del otro lado de la bomba un Mercedes Benz del año
hacia lo mismo. Fui a tomar dinero del cenicero y entonces note que
se había puesto a llorar. Le pregunté que qué pasaba, y me dijo que
nada, que todo estaba bien.
- Es solo que...mira a este carro y estos asientos. Tenía toda la
razón. Eran como salidos de una película. Mientras lloraba sostenía
los piecitos de un lado para que no se le fuesen por el hueco debajo
de la alfombra.
Termine de echar gasolina y nos fuimos a un hotel que había
conseguido en Pompano Beach. Era el sitio más barato y limpio que
había conseguido. Estaba en la orilla del mar y cerca de Collins, de
donde podíamos movernos rápido a cualquier parte sin muchos
problemas. Por primera dejaba de preocuparme. Estaba cansado y todos
esos días dormí como un enfermo, aunque a veces nos acostábamos
temprano. Pasábamos todo el día caminando. Yendo a los sitios que yo
había anotado en un cuadernito como baratos, especialmente un cine
de 2.50 que había en Sunrise y donde nos coleábamos de película en
película hasta que nos cansábamos de hacerlo. Con cada hora que
pasaba quería más y más hacer mi maleta y devolverme, pero ¿para
que? Melina era la única razón fuerte para hacerlo, pero ella era
también la única razón fuerte para quedarme. Hacer una vida aquí no
sería fácil pero si lo lograba sería positivo para ambos.
El ultimo día, de regreso al aeropuerto ella lloró todo el
camino. Nos paramos en un mall a comprar algo de última hora para su
mamá e íbamos tarde. Al llegar el avión se había ido. Por primera
vez en su historia Avensa había salido antes de tiempo. Melina se
histerizó. Comenzó a gritarme y todas sus opiniones empezaron a
salir a flote. Tenia razón en todas y me herían como si me
estuvieran atravesando el estomago con una cabilla.
En medio de la discusión yo también descargue mis frustraciones y
pronto empezamos a discutir y sin querer aceleré el carro. En la
entrada a la I-95 pase a 130 millas por hora al lado de dos
patrullas de la policía del condado y casi inmediatamente me
rodearon dos carros de policía.
Lo que me faltaba, me dije. Melina empezó a llorar histérica. El
policía me pidió todos los papeles que eran posibles mientras veía
con asombro los asientos del carro. Melina siguió llorando. Con cada
cálmate que decía, ella lloraba más fuerte y al final el policía me
hizo bajarme del carro.
La única razón por la que te voy a dejar ir es por que tu esposa
esta llorando, me dijo. Pero este carro es una amenaza pública. La
próxima vez no seremos tan suaves contigo. Desarmado, le dije
gracias mil veces y corrí al carro.
Buscamos un hotel por lo que parecieron horas. Necesitábamos uno
barato. Ya no tenía sino un repele de plata, y al final tuvimos que
rendirnos y pagar uno al lado del aeropuerto con su tarjeta de
crédito, que gracias Dios, pasó sin problemas.
Melina se iría al día siguiente y dejándome destruido. Confundido
acerca de mi presente y mi futuro. Cuando había tomado el avión en
la Guaira para venir a Miami mi meta era eventualmente mudarme a
Manhattan. Siempre había soñado con vivir allí.
Desde niño soñaba que volaba de noche sobre Nueva York. Pasaba al
lado de la estatua de la libertad y me impulsaba con los pies en su
busto, haciéndome volar a toda velocidad entre los rascacielos de
Manhattan. Siempre me despertaba desilusionado de estar donde
estaba, que ahora era en los Estados Unidos, quizás más lejos que
nunca de pisar el estado de Nueva York.
Próximo Capítulo:
Cuando Era Infeliz e
Indocumentado Pt. 3
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