Año 1

19 de Abril del 2003

Nº 1

 

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Cuidado con lo que deseas...

Cae la primera torre desde West Broadway


9-11-2001


Gustavo Morales Venezuela

No recuerdo la razón pero es posible que haya estudiado hasta tarde en la noche o simplemente haya estado perdiendo el tiempo surfeando en la Internet. Pero la noche del 10 de septiembre del 2001, me fui a la cama tarde y de igual manera me levanté al día siguiente. El teléfono repicaba como desde ultratumba, y en crescendo fue sacándome de un letargo que maldije mil veces al ver el despertador y darme cuenta que al igual que el día anterior, estaba tarde para el trabajo.

Tomé el teléfono simulando estar despierto y del otro lado me contestó James, mi compañero de trabajo desde hacía casi un año. También estaba en su casa.

Trabajar en el mercado de valores no es fácil. Y el puesto que James y yo ocupábamos no era la excepción. A las seis de la mañana, sin excepción, so pena de despido, alguien debía estar en su puesto, listo para empezar la rutina del día: aprobar y publicar las opiniones de los analistas de la firma antes de que abriera la bolsa a las 9 de mañana.

Después de graduarme de bachillerato yo había pasado tres años en la Escuela de Oficiales de la Guardia Nacional. Y maldije cada uno de estos al tener que levantarme a las cinco de la mañana. Diez y pico años más tarde ahí estaba yo, trabajando en Wall Street, con un horario de 6 a 3. Levantándome a las cuatro de la mañana y tomando el tren a las 5 para estar en la oficina apenas a tiempo a las 6.

Que los dos estuviésemos en casa a las 5:30 de la mañana significaba al menos una semana de problemas con nuestro gerente, por sólo mencionar uno de los escalones de la larga escalera de superiores que conforman la burocracia de la compañía. O quizás el despido mismo, dependiendo de lo que hoy fuera a pasar en el mercado.

James y yo nos gritamos por teléfono un rato, echándonos la culpa el uno al otro cuando ambos teníamos la misma responsabilidad en lo que pasaba y colgamos sin llegar a ningún acuerdo. Yo vivía a una hora de la oficina -fuera de hora pico- y agarrar el tren a esa hora significaba llegar al menos después de las siete. En taxi, a las ocho. Desde el Upper East Side, a James le tomaría sólo 10 ó 15 minutos.

Desde que había comenzado la universidad en agosto había tenido problemas para llegar a tiempo al trabajo. Acostarme a la medianoche y levantarme a las cuatro me estaba cobrando un peaje que pagaba todas las mañanas con las quejas de los traders que no escatimaban llamadas para hacerme la vida imposible. Clamando por sangre cuando no tenían la información que querían, en el momento que la querían, que siempre es lo más temprano posible.

El 11 de septiembre, sentado en mi cama, poniéndome los zapatos, sabía muy bien que mis 9 vidas habían llegado a su fin. No porque alguien así lo quisiera, sino más bien, porque ya estaba harto de defenderlas. Pensando esto me tomé mi tiempo. Me di una ducha. Desayuné y caminé al tren sin apuro. A las 7:45 de la mañana entraba en la oficina decidido a poner mi renuncia al primer reclamo. El sólo pensarlo, me daba un alivio que me provocaba no entrar al edificio. Simplemente no ir más al trabajo.

Pero no era tan sencillo. Tenía que entrar al trabajo. Y desde que entré el ambiente me hizo saber que lo que venía era política como siempre.

Reconociendo mis pasos, James se levantó de su asiento y ví su cabeza aparecer por encima de la pared los cubículos. Su cara no dejaba lugar a dudas de que estábamos en problemas. Caminando hacia mí me empezó a contar de cómo le habían gritado y colgado el teléfono más de diez veces desde las 6 y media, y que ya habían dejado mensajes a media gerencia acerca de mi ausencia.

Yo me senté en mi puesto, prendí la computadora y lo escuché sin verlo. El teléfono repico de inmediato. Agárralo porque no pienso hablar con esta loca, le dije. Tras cinco rings James agarró el teléfono. Alguien quería el mundo y más. Había mil documentos que aprobar y se necesitaban todos para ya. Apagué mi computadora, recogí mis cosas y caminé hacia el ascensor.

A pesar de la preocupación, no había dejado de notar que el día afuera era perfecto. A las siete y media de la mañana el cielo estaba tan azul que se veían las estrellas y la luna en cuarto menguante, por ultima vez, parecía un regalo de los dioses. Después me preocuparía de qué coño iba a vivir, recogí mi maletín y le dije a James que me iba a fumar un cigarrillo. Oyéndolo gritar, caminé al ascensor, salí del edificio y me senté en el parque que está en frente a fumar y ver la gente entrar y salir por última vez.

A mí me gustaba mucho mi trabajo, pero definitivamente no era el mejor del mundo. Yo no conocía el stress hasta que recibí mi primera llamada, a los 5 minutos del primer día. Un analista con un ego de 10.000.000 de dólares. Y escuchar gritos a diario acerca de cómo yo debía hacer mi trabajo o de cómo no, y acerca de mi madre y toda mi familia cada vez que algo no salía como alguien quería. Como dije, mi trabajo me gustaba. Pero el 11 de septiembre del 2001, no me gustaba tanto como para volver a pelear por él. Me fumé un segundo cigarro, me despedí en silencio del lugar donde había fumado todos los días durante un año y medio y subí a despedirme de todos.

Con toda la tensión, el día me parecía agitado en especial. Al llegar a mi piso fui al baño, me lavé la cara por un buen rato, y me vi la cara en el espejo. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde iba a trabajar? ¿Cómo iba a pagar la renta? ¿Por cuánto tiempo iba a estar sin trabajo? Mis ojos no me dieron ninguna respuesta alentadora, y decidí ignorarlos. ¿Qué importa? ¿Quién podía aguantar tener que sentarse frente a un panel de gerentes en conferencia telefónica para que les explicara por qué demonios había llegado tarde? ¿Cómo demonios podía excusarme por eso? Qué tanto podía elaborar sobre el hecho de que simplemente me había quedado dormido. Definitivamente no iba a pasar por eso. Me parecía inútil y además no quería hacerlo. Si alguien con más poder me quería fuera de allí, le iba a dar el placer de ganar por ausencia.

Primero iría donde mi gerente, decidí. Caminé hacia mi cubículo y desde ahí vi a James en el teléfono. Dando excusas. Fuck it! me repetí. Volteé hacia la oficina de mi gerente y entonces, como en tantas oportunidades en el pasado deseé que el mundo llegara a su fin en ese mismo momento. Que todos lo trenes de Nueva York chocaran en ese segundo para tener una excusa de por qué había pasado lo que había pasado. Por Dios, deseé que se muriera algún trader o todo su grupo de un inexplicable ataque cardíaco en masa. No iba a pasar, pero lo deseé con toda mi alma. Caminé hacia la oficina de mi jefe pensando tanto en una excusa que no venía, que decidí no pensar más. Decidí decir lo primero que me viniera a la cabeza apenas lo viera. Pero a dos pasos de la puerta de su oficina no hicieron falta más excusas. Mi deseo se había cumplido.

El sonido fue lejano, pero lo suficientemente fuerte como para que una decena de cabezas se levantaran sobre los cubículos. De hecho no había sido un sonido, sino una vibración. Una explosión en el subsuelo. Me detuve. El sonido se alejaba rápidamente como un tren, pensé. Pero no era la descripción más adecuada, me quedé viendo en el vacío pensando en él. No un tren. Un tren es muy lento. Pero no di con la descripción correcta.

Con la vista perdida murmure, un tren. Al final del pasillo, las paredes de vidrio dejaban ver la bahía del Hudson y las Torres Gemelas, y de un lado mi respuesta, no un tren, un avión. Y con toda la velocidad que no podía explicar, y más rápido de lo que se puede captar, se enterró frente a mis ojos en la torre Norte del World Trade Center. El edificio se sacudió levemente y decenas de oh my Gods, invadieron el aire que respirábamos mientras la gente se pegaba de las ventanas del edificio.

Pase de largo la oficina de mi jefe cuando él salía y caminamos juntos olvidando momentáneamente lo que estaba pasando.

El silencio era inquebrantable, ni una palabra o suspiro, sólo 20 o 30 personas pegada de las ventanas, viendo el más terrible accidente que alguna vez veríamos en nuestras vidas. Entonces el primer chiste. En Español. Guao, comentó alguien, John John ahora sí que la puso de verdad verdad. Nadie se rió. Varias personas salieron del grupo y empezaron a recoger sus cosas para irse a casa. Y lo hicieron sin decirle a nadie.

Afuera, una nube negra y roja se elevaba de la torre Norte. Lentamente. Al desaparecer, un agujero de caricatura, en forma de avión quedaba estampado en el edificio. Era un círculo perfecto con dos líneas a los lados, humeando poco en realidad en medio de lo que parecía una lluvia de confeti cayendo del cielo. Vi por un par de minutos sin pensar. Y sobre los parlantes del edificio se anunció que mantuviéramos la calma, que sólo era un accidente. ¿Qué más podía ser? Caminé a mi cubículo. La cabeza de James sobresalía sobre todos los cubículos.

Camino al mío, pasé por una hilera de ellos con tazas de café humeantes y teléfonos repicando que nadie iba a atender en mucho tiempo, entre esos el mío. Marqué el numero de James y le dije que iba a comprar una cámara y que regresaba en 20 minutos.

Antes de bajar llamé a mi novia a Venezuela y le conté. Me dijo que seguro no era nada. Eso mismo pensaba yo. Colgamos casi sin despedirnos. Cuando la tragedia de la Guaira ella me había llamado y yo le había dicho lo mismo.

Al llegar al ascensor iba solo. Todo el mundo estaba en las ventanas, pensé. Y salí del edificio sin ninguna compañía. Afuera una decena de personas veía el accidente desde la calle, que terminaba justamente en el accidente con el agujero humeante. Los carros estaban detenidos y sus conductores, con un pie afuera, veían hacia arriba, no sabiendo qué hacer. Yo caminé entre ellos y me dirigí a una foto tienda que quedaba en la esquina. 10 personas ya estaban en línea comprando cámaras desechables. Un chino que estaba tres personas antes que yo, con un overol sucio preguntaba en un inglés terrible a todos los de cola que cómo usaba la cámara. Nadie le respondió. Yo le expliqué con no más de veinte palabras y se retiró sonriente caminando hacia atrás y haciendo reverencias con la cabeza a la manera asiática. Pedí mi cámara. 14 dólares. Usualmente costaban 7. Pero no me importó ni reclame. Sólo le di una mirada de disgusto al cajero que este ignoró por completo.

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