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Mañana el Otoño y Pasado el Verano
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Y ayer un Invierno
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María Eugenia Rodríguez

Y era un almuerzo chiquito:
margaritas, fruta madura, granola, durazno pero la demencia asechaba
detrás de mis sombras. Un ser pequeño y triste de pronto se
convierte en bala, flecha, pólvora y la calesita se repite, las
riñas de la infancia se superponen, se exceden. Se acabó así no más
la dulzura de la tarde, el amor en las hamacas y el desorden de los
besos. Todo se vuelve distante, todo ahora es naufragio, terror en
las esquinas, guardaespaldas, amigos insospechados, desencantos
prematuros.
Al día siguiente es
resaca, documentos, pertenencias, saldos, consultas, teléfonos y no
estás tú y no estoy yo y no está nadie conocido. Un barquito en
medio del Atlántico, debajo de la tempestad, aferrándose a la
superficie como pueda, remando de lado para no escuchar a las
sirenas que esperan en los escollos de la muerte.
Al tercer día todo es
más claro o más oscuro y me invade la inmensa curiosidad de saber
cómo carajo se vuelve uno invisible para atravesar las puertas del
tiempo y quedarme tendida para siempre en un día feliz, en las aguas
mansas, en la hierba todavía húmeda, en un brindis con jugo de
naranjas. Cosas así, las que justifican a Dios, al enorme que
palpita en el polvillo de la luz y la nitidez de tu imagen todavía
en mis ojos. Te repito, para quedarme en tus manos, en tu boca.
Soplo la tristeza como el polvo que cubre la portada de un libro muy
viejo y me queda luego el sabor tibio del café con leche y la silla
movida de la última irrealidad de tu visita; las ganas de
atragantarme de barriguita llena ¡carajo! de corazón contento, de
creer que el tiempo pasa más rápido.
Entonces concluye mi
cabeza: si pudiera vivir mi vida, no otra vez, sino ésta que tengo,
para decirle ¡basta! a las
pendejadas que nos han enseñado, a inventar otros
mandamientos, otra historia de la humanidad y liberar a los presos
de corazón, permitir el ridículo, eliminar las fortunas y hacer del
planeta un inmenso parque de diversiones.
Me lo digo, me lo repito como un loro, las palabras siembran, se
riegan solas, se reproducen por su cuenta, se adhieren a la
hipófisis, se esconden en nuestros mapas, hacen fiesta en las noches
mientras soñamos y en la mañana esos duendecillos nos vacilan, solo
se dejan ver en otros estados, en otros planetas, en un reino donde
sí somos los soberanos, capaces de lograr las cosas más insólitas
dejando a un lado este aburrimiento de calles, asfalto, semáforos,
ascensores, teléfonos, cartas electrónicas, documentos de propiedad
y declaración de impuestos. Me voy pero vuelvo pronto para empezar
otra vez esa rueda de tres días en la vida, el ciclo imaginario de
mis trampas, de mis majestuosas vueltas alrededor del mundo que es
del tamaño de una metra.
María Eugenia Rodríguez es un escritora venezolana y
colaboradora a muerte de El Nuevo Cojo Ilustrado.
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colaboradores@elnuevocojo.com
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