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La Oportunidad de Una Vida
Uzcátegui nació el 4 de Agosto de 1871, siendo sus padres, Pedro
Uzcátegui y Emilia Suárez, vecinos de la ciudad de Caracas. Su extraño
nombre se debió a una mixtificación del mote original que le puso su
padre, el más extravagante aun, Redescar.
“Por sola afición principió á tocar el teclado de edad de 11 años”,
continuaba la reseña de El Cojo Ilustrado, y desde muy joven
participó en la vida cultural de la capital. Compartiendo su afición con
leyendas como José Antonio Calcaño, Pedro Emilio Coll y Pedro César
Domínici.
Pero a Uzcátegui le quedaba pequeña Caracas y soñaba con irse a
París, la capital musical de ese entonces. La idea no era descabellada.
A pesar de la inestabilidad política que Venezuela
sufrió después de
la separación de la Gran Colombia, los gobiernos venezolanos nunca
fueron indiferentes a las artes mientras se pudo. En la memoria
que presenta el Ministro de Fomento al Congreso Nacional en 1875, se
expresan las intenciones de enviar jóvenes “pensionados por el tesoro
público, a seguir en las más renombradas academias de América y Europa,
cursos de escultura, pintura, música y otros varios ramos del saber
humano.”
En 1888, Redescal publicó su Opus 1, un capricho para piano titulado
Primeros acordes, el cual estrena en un concierto que contó con
la asistencia del Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, recién juramentado como presidente
de la República el 5 de julio de ese año. Sabiendo aprovechar
el potencial que le brindaba la
ocasión, Uzcátegui imprimió una segunda edición del
programa y se la dedica
oportunamente al Dr. Rojas Paúl, logrando
casi inmediatamente sacarle la beca al recién
juramentado presidente.
Desde este primer concierto Redescal es objeto de
una adoración sin precedentes por parte de la prensa y sus comentarios
positivos son de gran influencia en el otorgamiento de la pensión de
estudios.
El desaparecido Diario de Avisos del 4 de octubre de
1888, narra las resultas del concierto,
sin ahorrar elogios:
El
joven R. Uzcátegui se puso al piano y tocó un brillante capricho,
producción suya, que dedicó al señor Doctor Juan Pablo Rojas Paúl, y
bellamente litografiado fue repartido al concurso. La interpretación de
esta obra dejó satisfechos á todos lo que están iniciados en los
secretos de la composición y del teclado. El asunto de este capricho es
original y está bordado de incidentes y detalles que revelan en su autor
talento, gusto y arte. Por eso fue mui [sic] aplaudido y llamado á la
escena el joven Uzcátegui.
Primeros acordes era más un ejercicio de estudiante, que una
composición madura, pero sin duda cumplió su cometido: sensibilizar a
los concurrentes al concierto de la Unión Filarmónica de Caracas e
instar al gobernante de turno a que lo becara para proseguir sus
estudios en Europa.
Pese a la idea acerca del atraso general de las artes en Venezuela
durante siglo XIX, toda una generación de jóvenes músicos –a la que
perteneció Uzcátegui- tuvo la oportunidad de perfeccionar sus estudios
musicales en Europa durante el período, ayudados en su mayoría por el
estado venezolano. En la memoria del Ministro de Instrucción Pública de
1889 se deja constancia del envío de nuestro personaje a Francia el año
anterior, acotando que “son seis los jóvenes que se hallan estudiando en
Europa y los Estados Unidos del Norte, pensionados por el Gobierno, por
haber sido enviados últimamente Redescal Uzcátegui y Santiago González,
destinados a perfeccionarse en la Música y la Escultura,
respectivamente.” Para 1890, estando ya Uzcátegui en Francia, se
contaban en catorce los individuos que recibían educación a costa del
tesoro público en París, Nueva York y Caracas.
Estas pensiones de estudio eran buscadas con gran entusiasmo, pero ayer como hoy, más de una vez hubo informes negativos relativos
a los pensionados. Ese año el Director de Instrucción
Pública le informa al Congreso Nacional que “de los alumnos enviados al exterior por
cuenta del Gobierno para dedicarse a los estudios de las artes a que
muestran inclinación, fue necesario retirar la pensión a la mayor parte,
por falta de consagración a sus deberes escolares, y sólo se ha
conservado aquella a uno en Europa y dos en los Estados Unidos del
Norte”. Ese uno en Europa, era Redescal.
Pero a pesar de esto, la prensa de la época solía hacerse eco de las
inquietudes existenciales de estos artistas, bien felicitando al
gobierno públicamente cuando otorgaba algún auxilio financiero a
estos jóvenes, bien exhortando a las autoridades a conceder y mantener
estas becas de estudio en el extranjero. Eugenio Méndez y Mendoza columnista de El Cojo Ilustrado,
el más entusiasta de su causa, se jactará años más tarde, al
regresar el artista de París, de haberle echado una mano en el momento
en que más lo necesitaba:
No
estábamos errados: palpable y completo resultado viene hoy á justificar
nuestro pronóstico de entonces. Redescal Uzcátegui, pensionado desde
aquella fecha en París por el gobierno de Venezuela hizo allí sus
estudios como discípulo del célebre conservatorio francés, y hecho
profesor regresa á Caracas á poner al servicio de su patria su ingenio y
su saber. [El Cojo Ilustrado, 15 /1/ 1893]
Al elegir su destino, Redescal no debe haberlo dudado ni por un segundo.
Para la época Europa era la capital del mundo civilizado, y no era
concebible ser eficiente en el oficio de la música sin haber recibido
instrucción en alguna de sus academias. En la selección de París debe
haber influido el afrancesamiento de las costumbres que se llevó a cabo durante el Guzmanato, cuya influencia se prolongó por más de diecinueve años.
Una vez en París, Uzcátegui, a diferencia de
muchos de sus compatriotas, se dedica ciegamente a sus estudios,
preparándose para el examen de admisión en el Conservatorio de
París con el insigne pianista Antoine François Marmontel,
quien había sido maestro de Guiraud y Bizet.
Y su dedicación no tardó en dar frutos. En 1889 durante el
examen de admisión, el jurado, no pudiendo
dar crédito a sus oídos le repitió el examen creyendo
que el latinoamericano hacia uso de algún ardid, para desarrollar tan eficazmente el
tema que le fue asignado. El segundo examen, a puertas cerradas, para la
sorpresa del jurado, tuvo el mismo resultado.
El tipo de examen y la
naturaleza de la prueba que rindió delata que desde el principio, el
interés de Uzcátegui por entrar al conservatorio se centró en la
composición.
Allí estudio por tres años armonía y composición, y al terminar
aplica a la clase de Grande Composition con Théodore Dubois,
una verdadera leyenda de la educación musical en su época, autor de
célebres tratados de armonía, fuga y contrapunto.
Pero a pesar de sus logros, Uzcátegui debía aún luchar contra algo
que muy posiblemente le quitaba el sueño. Tenía que volver a Venezuela a
renovar su pensión, cosa que no se asignaba automáticamente, mucho menos
desde el exterior.
La beca para sus estudios había llegado a su fin y a menos que
consiguiera una extensión no podría continuar.
De
regreso a Caracas, Redescal trae consigo una extensa biblioteca donde cada libro, en la
primera página, está marcado por la rubrica orgullosa de su dueño:
Redescal Uzcátegui, Elève au Conservatoire de Musique. En uno de ellos observamos la intensidad y
el profundo sentido de la organización
y disciplina que observaba. En un horario escrito a mano en la primera página de una partitura,
deja constancia de su febril dedicación. Aún cuando muy seguramente se
vio afectado
por el cruel invierno parisino, no dejó de practicar ni un día, de lunes a
sábado entre 5 y 6 horas diarias.
Pero inclusive en las Bellas Artes, la dedicación no es moneda de canje a la hora de pagar las
cuentas. En los Archivos Nacionales de París, la nómina del alumnado del
Conservatorio entre 1888 y 1893 deja constancia que un
Monsieur Redescar Uzcátegui,
que tenía por padres a Pierre y a Emilia Suárez, (una nota deja
en aclara, quizás por la discrepancia de apellidos entre padres e hijo, el
estado civil de la pareja: marrié) había entrado en octubre de 1889 en la clase de armonía
del Monsieur Duprato. En la que permaneció hasta junio de 1892. Al final una aclaratoria que
debía ser de utilidad al contador de la academia:“Venezolano enviado por el
gobierno”.
Los comentarios por oficiales del conservatorio no ahorran alabanzas
para el excelente pupilo. Ardiente, inteligente y trabajador son los más
comunes, y en Venezuela el ministro venezolano de instrucción
pública reporta acerca de su aplicación, conducta y aprovechamiento.
Pero este es uno de los últimos informes oficiales que se publican por
algún
tiempo. Mientras en París, Redescal pone todo su esfuerzo en hacerse merecedor de una
extensión de la beca, en Caracas, la revolución legalista contra el gobierno de Raimundo
Andueza Palacios encabezada por Joaquín Crespo, impide el normal desenvolvimiento del mismo,
y tan temprano como en 1892, de la memoria y cuenta del gobierno empiezan
a desaparecer informes sobre los pensionados en el extranjero.
Durante los últimos meses en Francia, Uzcátegui se dedicó a adquirir
y coleccionar partituras de todo tipo. Una de ellas, con el sello de tinta de la casa
donde fueron compradas a última hora, esta fechada el 9 de noviembre de 1892,
el mismo día que realizaría sin saberlo su ultimo concierto en Europa. El programa, premonitoriamente
advertía a los asistentes “On est instamment prié de ne pas entrer ni sortir pendant l´exécution des
morceaux”.
Las crónicas nos dicen que Uzcátegui, de paso por Nueva York hacia
Caracas, ofreció en dicha ciudad tres recitales. En el Diario de Avisos
del 5 de enero de 1893 un cronista asegura que “aún resuenan en sus
oídos los aplausos obtenidos en la Salle Erard de París y en el Hardman
Hall de Nueva York.” Uzcátegui tuvo además la oportunidad de ver en
Nueva York al gran pianista Ignacy Jan Paderewski y en la
misma página del método de piano de Camille Stamaty donde escribió el
horario, anotó cuidadosamente a lápiz la lista de las piezas interpretadas
por el eminente pianista polaco.
Vuelta al Hogar
En el concierto ofrecido en Caracas frente a Rojas Paúl, Redescal
había dejado
una fuerte impresión en la prensa venezolana. Todos los diarios de la
época siguen de cerca
sus estudios y en una perversa mas no mal intencionada campaña de información despiertan
gran expectativa entre el público caraqueño por su progreso. En noviembre de 1892,
apenas veinte días después del recital ofrecido por Uzcátegui en París,
encontramos repercusiones del mismo en la prensa caraqueña:
Triunfos patrios.- El día 9 de los corrientes dio un brillante concierto
en París, en el Salón Erard, nuestro amigo el inteligente joven Redescal
Uzcátegui, alumno del Gobierno Nacional en el Conservatorio de aquella
ciudad. El estudioso joven ejecutó seis números en el piano, entre ellos
una Sonata en mi menor, fruto de su privilegiado ingenio. Por carta que
acaba de recibir un amigo en esta ciudad, sabemos que Uzcátegui se
propone dar algunos conciertos en Nueva York, y luego regresar á Caracas,
donde le esperan satisfechos de tan espléndido éxito su estimable familia y numerosos amigos.
[El Noticiero, 29/11/1892]
Y a medida que se acerca el día de la llegada de
Redescal se intensifican los avances noticiosos ante el inminente arribo
del artista que finalmente llega al país el 3 de enero de
1893. Apenas pisa Caracas no pierde el tiempo,
seguro de su objetivo. Se apersona en los más importantes diarios de la capital, quienes
le brindan la mejor de las acogidas, sin ahorrar tinta en
anécdotas como la del examen de admisión al conservatorio:
El
joven pianista Redescal Uzcátegui, hijo de Caracas, que ha hecho sus
estudios musicales en el Conservatorio de París, -al que pertenece,-
siendo por tres años pupilo de nuestro Gobierno, -acaba de regresar.
Debe saberse que, para ser recibido en aquel
Instituto, se le dio un tema de composición, que fue tan bien
desempeñado cuanto que se dudó fuera obra de él. Esto revela sus
especiales talentos. Le saludamos cordialmente. [El Radical, 4 /1/1893]
La Cobertura mediática es intensa, y la
Redescalitis se convierte en una fiebre que infecta a la prensa
donde no pasa un día sin que se cubra algún aspecto de su vida. El anuncio
sobre sus presentaciones en la ciudad son esperados con vehemencia. Así lo comentan las diferentes reseñas
aparecidas el 4 de enero en periódicos como El Radical, El Noticiero, El
Progreso, El Siglo y El Derecho. El Diario de Avisos
del 5 de Enero de 1893 recalca que, después de
los aplausos que le obsequiaron europeos y norteamericanos por igual,
Uzcátegui degustará con mayor placer los del público local, ya que “de
seguro los que obtenga aquí en Caracas valdrán para él más, porque
vienen de manos de compatriotas.”
Uzcátegui se convierte en un fenómeno
publicitario nunca visto en el país, y él se deja
llevar por esto, sabiendo perfectamente que el apoyo de la prensa
es crucial para conseguir la renovación de la beca (ya lo había constatado en
1888, antes de irse a París), y por lo tanto no escatima ningún esfuerzo
para mantenerla informada de todos sus movimientos, incluyendo su estado
de salud: “sabemos que, tan luego como recobre la salud, ahora
quebrantada, este nuevo astro del arte nacional brillará en algunos
conciertos que se propone efectuar y que se anunciarán oportunamente.”
(Méndez y Mendoza, El Cojo Ilustrado)
No por azar dedica su primer concierto a la influyente prensa
capitalina, enviando en un mismo día a todos los medios, la fecha de su
concierto y el programa a seguir:
1º.- Vuelta al hogar.- Impromptu.- Redescal Uzcátegui.
2º.- Allegro apassionato (obra de concurso).- C. Saint-Saëns.
3º.- Trémolo (Grande estudio de concierto). - Gottschalk.
4º.- Sonata en Mi Menor, (Allegro,
andante y final).- Redescal Uzcátegui.
La notas de prensa no se hacen esperar. El Radical, El Noticiero, El
Progreso, El Republicano, El Correo de Caracas, responden entre el 20 y
el 21 de enero agradeciendo la invitación, publicando reseñas sobre la
audición, y ofreciendo sus mejores augurios al debutante que viene de
cosechar “triunfos en Europa, en la capital del mundo civilizado.” (El
Radical, 20/1/1893).
La audición musical tuvo lugar dos días después, el domingo 22 de
enero a las tres de la tarde, en el salón de la Academia Nacional de
Bellas Artes y al día siguiente aparecen publicados los primeros
comentarios. Sobre el pianismo de Uzcátegui se escriben los más efusivos
elogios: “técnica irreprochable”; “perfecto dominio del instrumento y
conocimiento pleno de sus secretos”; “magistral interpretación”;
“gradación exquisita de fuerza y del estilo delicado”; “gran talento de
interpretación”; “vence grandes dificultades de mecanismo”; “seguridad,
dominio y limpieza”; “una precisión rápida y segura y una pulsación
prepotente”. Además de la inevitable retórica, hay quienes se aventuran
inclusive en el análisis de las técnicas de interpretación utilizadas
por el novel pianista. Pero lo más importante de todo, es que los
diarios empiezan a enviar el mensaje que realmente quería transmitir
Redescal:
Con ser tantos los conocimientos adquiridos por
Uzcátegui y haber logrado sus facultades tan notable desarrollo, no ha
concluido aún su educación artística. Prometen tanto sus aptitudes de
compositor que débeselas nutrir y vigorizar para que produzca él obras
de aliento que redunden mañana en honra y gloria de la patria...esto sólo podría lograrse con la
vuelta de Uzcátegui á Europa por algunos años. Hay que proteger, por orgullo nacional,
ingenios como éste, capaces de darle en no lejano día mayor lustre al nombre de la patria.
(Méndez y Mendoza, El Cojo Ilustrado, 1/2/1893)
Este concierto del 22 de enero, comenzó con la
Vuelta al Hogar, obra compuesta por Uzcátegui sobre el poema Vuelta a la
Patria de Juan Antonio Pérez Bonalde. El
poeta escribió la obra en 1876, a bordo del barco que lo traía a
Venezuela desde el exilio en Nueva York. Es un canto de desterrado -al
decir de Elena Vera: “es el poema venezolano que recoge de manera más
fiel el sentimiento de amor a nuestro país y a nuestras madres”. El
Diccionario Biográfico de Venezuela va más allá: “en tierra venezolana
es raro el hombre culto que no sepa de memoria un trozo del intenso
poema; hay muchos que podrían recitarlo a coro íntegramente.” Uzcátegui,
cuya empatía con los versos era evidente, intenta traducirlos al
lenguaje universal, expresando en música sus propios sentimientos al
regreso a su tierra natal, después de cuatro largos años de ausencia.
Pérez Bonalde había regresado a Venezuela en 1890 en medio de las más efusivas demostraciones de respeto, admiración y aprecio.
Sin embargo, falleció en precarias condiciones dos años más tarde, el 4
de octubre de 1892, apenas tres meses antes del regreso de Uzcátegui a
Venezuela. El recuerdo de esta pérdida estaba muy reciente en la mente
de los venezolanos, y la Vuelta al hogar de Uzcátegui -estratégicamente
colocada para abrir el programa- debía evocar inevitablemente la memoria
del gran bardo criollo, despertando la fibra sensible de los oyentes.
Pero pese a estas circunstancias, Vuelta al hogar no tuvo el efecto esperado.
Empezó, excesivamente emocionado, tocando una
fantasía, obra suya, muy delicada en verdad, pero que por su sencillez
no era pieza á propósito para poder apreciar ni el talento del artista
como compositor ni su habilidad como ejecutante. [El Siglo, 23/1/1893]
Sin embargo, Méndez y Mendoza describe la obra como delicada, que
“traduce en sentida melodía las tiernas emociones del artista al verse
de nuevo calentado por los afectos del hogar”. (El Cojo Ilustrado,
1/2/1893) Vuelta al hogar es una pieza descriptiva, una suerte de
canción sin palabras, donde compositor y poeta parecen exclamar al
unísono al vislumbrar la atmósfera tropical: “¡Luz! ¡Luz al fin!”.
Pero de todas la obras que ejecutó Uzcátegui, fue sin duda su Sonata
para piano en mi menor la que causó una profunda impresión entre la
concurrencia: “en la Sonata en mi menor quiso el compositor dar muestra
así de sus aptitudes como de sus conocimientos en el arte, y lo hizo de
cabal manera, alcanzando sinceros encomios de personas inteligentes en
este ramo de la música.” (Méndez y Mendoza, 1893)
Después del éxito alcanzado en este primer intento, Uzcátegui
organiza de inmediato un segundo concierto dedicado a la distinguida
sociedad caraqueña. El mismo tiene lugar el 10 de febrero en el Teatro
Municipal de Caracas. Con la premura del caso, los corresponsales exhortan
a la audiencia a no perderse por nada del mundo la posibilidad de oír
nuevamente al distinguido intérprete en este concierto de gala:
“todos los que toquen piano y no asistan esta noche al Teatro Municipal,
serán multados por Apolo, mientras no prueben los motivos que han tenido
para no asistir. El caso no es para menos” (Diario de Avisos,10/2/1893).
Y los periodistas no exageraban con su advertencia, ya que sería la
última vez que Uzcátegui se subiría a un escenario.
Inexplicablemente varias cosas salieron mal en el concierto que nadie
debía perderse dedicado a la distinguida sociedad caraqueña. Para
empezar Uzcátegui no tocó solo. “Esta noche tendrá lugar el concierto
del distinguido pianista Redescal Uzcátegui, a quien prestarán su
concurso notables profesores”, informa El Republicano del 10 de febrero
de 1893. El Correo de los Estados del mismo día lo menciona como
“Concierto vocal é instrumental”, revelando sin querer que más de uno
subiría al escenario esa noche.
Las críticas del concierto lo confirmarían al día siguiente.
Entre otros, la velada incluyó la participación de unos esposos
Pegou (a quienes en algunas de las reseñas se les nacionaliza
graciosamente el apellido por “Pegón”), del pianista y compositor
Sebastián Díaz Peña, del señor Ernesto Porras, y de una orquesta
dirigida por un tal profesor Régulo Berra.
¿Qué podía estar haciendo tanta gente en escena, en un concierto
supuesto para piano solista?
El programa de Uzcátegui lo conformaban una serie de
composiciones que incluían cuatro de sus obras: Sonata en mi menor,
Vuelta al Hogar, Recuerdos y Air de Ballet número 2. Recuerdos, por
cierto, si alguna vez realmente existió, se encuentra perdida a la
fecha.
El concierto incluyó además el Allegro apassionato y la Rhapsodie
d’Auvergne de Camille Saint-Säens; la Polonesa en La bemol de
Frederic Chopin; el Trémolo de Louis Moreau Gottschalk, el Concierto
en Sol Menor para piano y orquesta de Félix Mendelssohn acompañado
con lo que la prensa denominó una orquesta. Siendo el común de
denominador de las bandas de la época, pastiches de músicos que
venían de tocar en bandas militares donde predominaban los
instrumentos de viento, es difícil imaginarlos con el tino de
acompañar al piano de Redescal.
La orquesta eran la señora Pegou, su esposo, Sebastián Díaz Peña,
Ernesto Porras y los profesores, dirigidos por Berra. Quienes además
de acompañar a Uzcátegui en el concierto de Mendelssohn, amenizaron
la velada con algunos entremeses. Como para que no fuera puro piano
y ni puro Redescal el asunto, acota genialmente Juan Francisco Sanz,
la señora Pegou, sin mucho éxito, dio una demostración de canto:
La señora Pegón, que tan bondadosamente prestara su contingente
para esta velada artística, si galantemente tratada por el
auditorio, no midió, á tiempo, la magnitud del local en que iba á
exibirse [sic] y no lució, quizá por eso, cuanto debía. Su voz, de
corta extensión, será muy agradable en un salón donde no tenga
precisión de esforzarla, á fin de que las notas altas no resulten
desgarradas y sin la sonoridad debida. Tratada como toda una dama
pese a sus lecos, la señora se desquitó tocando el piano,
instrumento que al parecer dominaba mucho mejor que la voz: “los
esposos Pegou, como pianista ella, él como violinista, se hicieron
aplaudir mucho, y Sebastián Díaz Peña no desdijo de su fama de
pianista notabilísimo.” (El Republicano,11/2/1893)
En el concierto, o habían varios pianos en escena, donde tocaban
la señora y Díaz Peña, o tocaron a cuatro manos sobre un solo piano.
O tocó cada uno en su momento piezas que no aparecen reflejadas en
las notas. Redescal, apasionado de su arte, y con la seriedad que le
caracterizaba en cuanto a su vocación como pianista, debió haber
hallado en aquello una intromisión imperdonable. Quizás hasta una
humillación.
Para empeorar las cosas el piano donde tocó Uzcátegui no pasaba
precisamente por sus mejores momentos, aunque en algún tiempo había
sido “magnífico”. El concierto fue un desastre y Redescal terminó
tocando varios encores para terminar el espectáculo.
Pocas personas asistieron a pesar de la publicidad, e
inmediatamente después del mismo, el interés por Redescal casi se
desvanece por completo. Ninguna crónica de la época describe en
detalle lo que fue el concierto, y prefieren dirigir su atención más
a las damas presentes en el teatro. Aunque dejando espacio para
criticar sutilmente la actuación de Redescal.
"...no hay duraznos sin puntitos negros. Redescal tiene un
defecto que para mí tengo que es capital. No toca de memoria."[Tío
Cubita, El Deber]
Liszt fue el primero en ejecutar la música de memoria, costumbre
que sólo comenzó a tomarse en cuenta a partir de mediados del siglo
XIX. Hacía apenas unos años que Von Bülow había sido censurado por
tocar un recital de Beethoven de memoria. Por lo que llama la
atención que Tío Cubita haya reparado en un detalle que para la
época debió haber sido insignificante.
La práctica de tocar de memoria, que ha sido condición sine qua
non para el éxito de un pianista en nuestro siglo, no se había
instaurado aún de manera definitiva para cuando Uzcátegui ofreció su
recital y hoy ya ha entrado en decadencia gracias a actitudes de
grandes intérpretes, quienes consideran que la memoria es sólo un
ejercicio de virtuosismo mental, impidiendo a los ejecutantes
manejar un repertorio mucho más amplio del que usualmente permiten
retener las capacidades neuronales.
No es posible conocer las impresiones de Redescal acerca del
concierto. Definitivamente, habiendo tocado en Paris y Nueva York,
la pluralidad del programa debe haber chocado con el hábito de
abordar programas íntegramente interpretados por un solo artista.
De cualquier forma, el interés en Redescal desapareció, y en su
lugar las crónicas gastan más palabras en describir a los asistentes
que al espectáculo en específico.
"Componíase el auditorio de los directores de la prensa de
Caracas, y de los profesores y aficionados de música de mayor nota
de la capital, no faltando en la concurrencia bellas damas, quienes,
á su inteligencia en el divino arte reúnen las prendas de hermosura
y gentileza." [El Republicano, 23/1/1893]
"Se nos dice que esta noche asistirá mucha mujer guapa al
concierto de Redescal. Por nuestra parte, aunque sea arrastrando los
piés, no faltaremos á la velada, pues semejante noticia es capaz de
resucitar á un muerto." [Diario de Avisos, 10/2/1893]
"Seguramente que no fue ni la regular concurrencia de hombres, ni
el auditorio selecto de mujeres bellísimas que había, ni la
profusión de bujías de luz eléctrica que alumbraban el teatro." [El
Deber, 11/2/1893]
Lo más curioso de todo este revuelo causado por Uzcátegui es que,
pese al inmenso despliegue de prensa, la asistencia a sus conciertos
no colmó las expectativas. Si bien en la audición musical que
ofreció a la prensa tuvo una respuesta satisfactoria (Tío Cubita
recalca su columna de El Deber [s/f] que “bien merece el nombre de
concierto una Audición musical que presencian doscientas personas”,
la respuesta del público general en el concierto del Teatro
Municipal no fue ni remotamente lo que se esperaba:
"Gran concierto.- El teatro Municipal parecía anoche el centro de
las personas que aman el arte entre nosotros principalmente entre el
bello sexo. Redescal Uzcátegui, que ha despertado en Caracas el
amortiguado sentimiento artístico, había dado cita á los amateurs;
ofreciendo un programa variado y atrayente. !Pero fueron pocos!" [El
Radical, 11/2/1893]
El Cojo Ilustrado, por el contrario y ya que había apoyado al
artista con entusiasmo desde antes de marcharse a Europa trata de
disimular la poca concurrencia:
"Selecta concurrencia llenaba en aquella noche el vasto Coliseo
Municipal, ansiosa de conocer al que habría de ser héroe de aquella
fiesta, á quien cada cual se imaginaba á su manera con talla y
aspecto físicos que correspondiesen á su talla artística."
[15/2/1893]
Esto era malas noticias para Redescal y su carrera artística, que
aún con toda la ayuda de la prensa, no encontraba oídos en el
gobierno. En realidad, no los encontraría nunca.
Recuerdos y Misterios
Se ignora si la actitud del público caraqueño puede haber tenido
alguna influencia en el desenlace final del episodio con Uzcátegui.
O si fue el concierto a la sociedad caraqueña el que le rompió el
corazón y lo alejó del piano al verse tratado sin el respeto ni las
formalidades que se debían a la ocasión.
Pero a medida que la súbita fama de Uzcátegui de desvaneció, lo
que la prensa había reportado como un hecho, empezaba a revelarse
como una imposibilidad. Uzcátegui jamás volvería poner sus pies en
Francia. Y con el paso del tiempo detalles acerca de su vida fueron
saliendo a flote.
Algunas reseñas empiezan a mencionar como Uzcátegui había tenido
que suspender sus estudios en Francia y en este sentido, las
crónicas son altamente contradictorias: unas dicen que sí terminó,
otras que no había terminado aún, otras que terminó pero que quería
seguir estudiando, etc. Y en medio de los avatares de la política y
los vaivenes de la economía todos se olvidan del hombre y del
asunto. La “Redescalitis” pasa y se va tan rápido como había
llegado.
El Cojo Ilustrado difunde informaciones confusas, como que
Uzcátegui había obtenido “mención honorífica” durante su examen de
admisión, y que luego, durante el curso de sus estudios, un “primer
accésit”. Y que al finalizar el tercer año de estudios se le otorga
el Deuxiéme Prix, “que es, según dicen, la mayor recompensa á que
puede pretender un alumno extranjero del Conservatorio” (El Cojo
Ilustrado, 15/2/1893) Pero Accésit significa “segundo premio”, y por
lo tanto no sabemos a qué se refiere exactamente el cronista cuando
habla contradictoriamente de un “primer” accésit.
Y en medio de todo este flujo de información, lo cierto es que no
existe hoy en día documento o título alguno que testifique que
Uzcátegui haya obtenido definitivamente éstos ni ningún otro grado
académico en Francia o en cualquier otra parte del mundo.
¿Pero como entonces pudo Uzcátegui elevarse a la fama local de
esa manera? ¿Habrá mentido en cuanto a sus estudios y
calificaciones? Y en todo caso, si así hubiese sido, ¿como se
explica su retiro del mundo de la música tan definitivamente?
Algunos especulan que Redescal olvidó un pasaje de la principal
obra exigida en el examen de admisión y que aquel accidente afectó
de tal manera al artista que se apartó por siempre de la música para
dedicarse a otras actividades ajenas a su esclarecida carrera.
El tiempo pasó implacablemente, y la noticia pierde actualidad.
De cuando en vez se lee alguna exhortación en la prensa para que
salga del voluntario encierro al que se sometía, pero ninguna surgió
efecto y Redescal Uzcátegui no volvió a tocar piano ni a componer
otra vez en toda su vida.
Después de los sucesos narrados, Uzcátegui comenzó a llevar una
vida de ciudadano común y corriente. Se casó con Belén Coll Núñez
(hermana de Pedro Emilio Coll), residenciándose en la Plaza López
(hoy Plaza España) Tenía en su casa un piano Steinway vertical, que
nadie se atrevía a tocar a riesgo de desatar su ira, con un
dispositivo especial para endurecer las teclas, y permitir así al
intérprete mayor ejercitación en el peso y el sonido. Uzcátegui
redujo su actividad a una rutina burocrática: se levantaba, “se
ponía el uniforme del maestro Sojo”, (Sojo acostumbraba vestir de
traje negro cerrado con chaleco, bastón y sombrero,
independientemente del lugar donde se encontrara: en la playa, en la
montaña, en un ensayo o en clase), y salía a trabajar a la Dirección
General de Correos en la esquina de Carmelitas, tras despedirse
pacientemente de todas y cada una de las figuras de santos que
abarrotaban su casa. Al mediodía regresaba a bañarse, midiendo con
todo cuidado la temperatura del agua. Volvía al trabajo con la
edición vespertina de El Heraldo bajo el brazo, y retornaba
infaliblemente a las seis de la tarde a su casa, saludando de
regreso a todos sus santos.
Según José Antonio Calcaño nadie más, ni siquiera sus familiares
más íntimos, ni su esposa, luego que se casó, ni sus hijos, nacidos
más tarde, lo oyeron tocar jamás. Muchos años más tarde, tenía en su
casa, además del piano donde jamás tocó, un pequeño piano mudo, en
el cual hacía ejercicios frecuentemente, para conservar los dedos en
forma, y a esto se redujeron todas sus actividades musicales.
Corrieron diferentes rumores acerca del motivo de tan extraña
resolución. Se dijo que en el concierto del Municipal algunas
personas hicieron ruidos, al buscar su asiento, mientras Redescal
tocaba, y se aseguró que él se contrarió tanto con el incidente, que
resolvió abandonar la música. Otra versión es la de que en una casa
de familia lo invitaron a tocar durante una reunión, y que varias
niñas se pusieron a conversar mientras él tocaba. Ninguna de las dos
causas justifica un abandono tan absoluto como el de no tocar más,
ni siquiera estando sólo en su casa. Otros rumores decían que su
novia, algo celosa de la popularidad del pianista, le pidió que no
tocara más, pero esta versión fue negada rotundamente por su viuda.
También se afirmó que la imposibilidad de conseguir una beca del
gobierno, produjo el desencanto de Redescal.
Pero con certeza, nadie conoció nunca la causa verdadera de tan
extraña conducta. Redescal Uzcátegui cerró para siempre el capítulo
de su vocación musical, y vivió entregado a sus deberes de padre de
familia hasta su fallecimiento el 9 de mayo de 1943, a los 72 años
de edad.
El Mito
En torno a la decisión de Uzcátegui de abandonar abruptamente y
sin explicaciones la música, creció el mito, y con este las
especulaciones. Encontramos en la literatura musical venezolana
numerosas referencias a este personaje, plagadas de inexactitudes y
romanticismos.
Los cronistas se olvidan de todos sus conciertos, y llaman al del
10 de febrero el primero y último. Confunden algunas de sus
composiciones y hasta de donde las había escrito enfrascándolas
dentro de su quehacer diario, mutándolo en una especie de genio
popular. Memorias lo describen estudiando en Nueva York en vez de en
Paris.
Y su figura llegó a establecerse de tal manera en la memoria de
la ciudad que Rómulo Gallegos lo inmortalizó en su novela Reinaldo
Solar, convirtiéndole en el padre del protagonista; Daniel Solar.
"Desde niño se reveló artista, con una marcada vocación por la
música, y en ella demostró, precozmente, verdadero talento.
A fin de que adquiriese la conveniente educación, su padre le
envió a los Conservatorios de Europa siendo todavía muy joven. Supo
aprovecharlo al principio, y a poco su nombre figuraba en el número
de los pianistas de mejor reputación. No era un “virtuoso”, ni
aspiraba a serlo; pero ejecutaba brillantemente e interpretaba a los
grandes maestros con verdadero sentimiento e inspiración. Dominada
la ejecución, se aventuró en la composición musical con un ambicioso
proyecto, sólo comparable a la soberbia jactancia de Miguel Ángel
pidiendo un monte para esculpirlo: musicalizar la historia de la
humanidad ... Pero antes de internarse en aquel mundo misterioso, de
donde tal vez no saldría más, quiso venir a Venezuela a despedirse
de su familia.
Caracas le hizo un fastuoso recibimiento, y su nombre, agobiado
de descomunales epítetos, se hizo de moda. Un caballero de lo
principal organizó en su casa un festival de arte para que él
tocase, y allí se congregó un grupo de lo más selecto de la sociedad
caraqueña, deseosa de admirar aquella gloria nacional que Europa
había consagrado. Recibiéronlo con agasajos. Daniel se sentó al
piano y comenzó a ejecutar una sonata de Beethoven.
Pero, a los primeros compases, observó que unas señoras se
distraían conversando entre sí, seguramente sobre motivo frívolos, y
entonces, lleno de indignación, se levantó violentamente y abandonó
la sala sin despedirse ni dar explicaciones. Desde aquel momento
renunció totalmente a la música.
Naturalmente, el incidente creó en torno de él un aura hostil: se
le negaron méritos con la misma facilidad con que se habían
exagerado los que poseía; se le ridiculizó de todas las maneras
posibles. Daniel no hizo caso; su renuncia al arte era tan absoluta
que él mismo no se consideraba artista. Se impuso la tarea de borrar
de su memoria los recuerdos del pasado. Encerróse en su casa y se
entregó a continuas lecturas mísicas y teosóficas. Al cabo de
algunos años nadie se acordaba de que él era músico."
Redescal fue radical en su decisión de abandonar la música, pero
es difícil aceptar su decisión como producto de un simple capricho o
de un orgullo herido. Debió haber algo más.
Diferentes fuentes, usualmente mal o no citadas del todo, tienden
a coincidir en la existencia de un problema con la memoria de
Redescal. ¿Pudo Redescal haber sufrido de algún tipo de deficiencia
degenerativa que le haya hecho perder la memoria a temprana edad?
¿Era por esto que no tocaba de memoria?
De haber sido así, ¿ puede haberse visto esta dolencia exacerbada
por la conducta de la audiencia en el concierto en el Municipal?
¿Mintió Redescal antes de regresar a Caracas con respecto a sus
calificaciones en Europa? ¿De sus conciertos en Nueva York?
Esto nunca se sabrá y Redescal simplemente pasara a la historia
como el ejemplo clásico de la frustración artística alimentada por
un país sin paciencia por las artes. Donde hoy es hoy y mañana ya
veremos. Donde el arte es un trago amargo que hay que pasar rapidito
y sin saborear.
El espectro de Redescal Uzcátegui acompañó a muchos músicos, que
veían en él el retrato de la frustración en un medio musical que
ofrecía muy poco estímulo para el desenvolvimiento profesional.
Cuando Juan Bautista Plaza es becado a estudiar en Roma y debe
regresar compulsivamente en 1923 por enfermedad de su padre, escribe
una elocuente y conmovedora carta donde plasma sus angustias a este
respecto:
"Es que ir a Caracas ...para establecerme allí significa para mí
el aniquilamiento de lo poco de artista que ha empezado a nacer en
mi persona. ¿Qué quieres que pueda hacer en un ambiente como aquél?
Me faltarán mis maestros, me faltará el Augusteo y todos los
conciertos que a diario se efectúan aquí; me faltarán mis amigos
músicos, que me comprenden a este respecto y me faltará, en fin,
toda esa atmósfera de arte, no sólo musical, que por todas partes
respiro a plenos pulmones. ¡Ah! ¡si pudieras darte plenamente cuenta
de lo que es todo esto para mí después de tres años de vida
artística intensísima! No lo digo por vana o estúpida presunción,
pero ¿quieres saber lo que pienso con profundo dolor? Que
espiritualmente, preveo o presiento que en Caracas voy a vivir como
un eremita solitario, algo así como el padre de Redescal cuyo
recuerdo lo tengo siempre má presente, por ser ese un caso
característico. ¿Con quién podré hablar de música con la seguridad
de ser comprendido? ¿A quién haré criticar mis propios trabajos?"
Si al leer esto te sientes identificado con Plaza o Redescal, no
te sientas solo, no lo estas. Caracas no ha cambiado mucho en los
últimos 100 años. Pero con todo al menos Redescal pasó a la historia
como el autor de la única sonata para piano que sobrevive de la
Venezuela del siglo XIX.
Si eternidad es sinónimo de algún logro, entonces Redescal esta
sonriendo en donde quiera que se encuentre. Satisfecho.
Artículo basado en el ensayo "El Inexplicable Silencio de
Redescal Uzcátegui" escrito por Juan Francisco Sanz en la Revista
Musical de la Sociedad Venezolana de Musicología, Caracas, Nº 2,
Enero-Febrero 2002. Dirigirse a esta publicación para Bibliografía y
notas.
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