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Año 2

N° 13

 



 

NARRATIVA

19 de Abril 2003


El Inexplicable Silencio de Redescal Uzcátegui*

Felipe Salvatierra Venezuela

Redescal Uzcátegui


Un nombre difícil de olvidar


“Entre los jóvenes que representan promesa cierta de gloria para la Patria, debemos contar á este pianista compositor, cuyo retrato se complace hoy en publicar El Cojo Ilustrado”. Así reseña la obra musical de Redescal Uzcátegui la célebre revista caraqueña en 1893, a propósito de los conciertos que ofreciera con motivo de su regreso al país después de una larga estadía en Francia. Desde la creación de la República hace casi 200 años, millones de venezolanos han nacido, vivido y muerto. A muchos de ellos los recordamos como protagonistas de la vida nacional. Pero la mayoría fue del polvo al polvo; sin pena ni gloria, aún mereciéndola. Uno de estos personajes, fue el caraqueño Redescal Uzcátegui.


La Oportunidad de Una Vida

Uzcátegui nació el 4 de Agosto de 1871, siendo sus padres, Pedro Uzcátegui y Emilia Suárez, vecinos de la ciudad de Caracas. Su extraño nombre se debió a una mixtificación del mote original que le puso su padre, el más extravagante aun, Redescar.

“Por sola afición principió á tocar el teclado de edad de 11 años”, continuaba la reseña de El Cojo Ilustrado,  y desde muy joven participó en la vida cultural de la capital. Compartiendo su afición con leyendas como José Antonio Calcaño, Pedro Emilio Coll y Pedro César Domínici.

Pero a Uzcátegui le quedaba pequeña Caracas y soñaba con irse a París, la capital musical de ese entonces. La idea no era descabellada. A pesar de la inestabilidad política que Venezuela sufrió después de la separación de la Gran Colombia, los gobiernos venezolanos nunca fueron indiferentes a las artes mientras se pudo. En la memoria que presenta el Ministro de Fomento al Congreso Nacional en 1875, se expresan las intenciones de enviar jóvenes “pensionados por el tesoro público, a seguir en las más renombradas academias de América y Europa, cursos de escultura, pintura, música y otros varios ramos del saber humano.”

En 1888, Redescal publicó su Opus 1, un capricho para piano titulado Primeros acordes, el cual estrena en un concierto que contó con la asistencia del Dr. Juan Pablo Rojas Paúl, recién juramentado como presidente de la República el 5 de julio de ese año. Sabiendo aprovechar el potencial que le brindaba la ocasión, Uzcátegui imprimió una segunda edición del programa y se la dedica oportunamente al Dr. Rojas Paúl, logrando casi inmediatamente sacarle la beca al recién juramentado presidente.

Desde este primer concierto Redescal es objeto de una adoración sin precedentes por parte de la prensa y sus comentarios positivos son de gran influencia en el otorgamiento de la pensión de estudios.

El desaparecido Diario de Avisos del 4 de octubre de 1888, narra las resultas del concierto, sin ahorrar elogios:

El joven R. Uzcátegui se puso al piano y tocó un brillante capricho, producción suya, que dedicó al señor Doctor Juan Pablo Rojas Paúl, y bellamente litografiado fue repartido al concurso. La interpretación de esta obra dejó satisfechos á todos lo que están iniciados en los secretos de la composición y del teclado. El asunto de este capricho es original y está bordado de incidentes y detalles que revelan en su autor talento, gusto y arte. Por eso fue mui [sic] aplaudido y llamado á la escena el joven Uzcátegui.

Primeros acordes era más un ejercicio de estudiante, que una composición madura, pero sin duda cumplió su cometido: sensibilizar a los concurrentes al concierto de la Unión Filarmónica de Caracas  e instar al gobernante de turno a que lo becara para proseguir sus estudios en Europa.

Pese a la idea acerca del atraso general de las artes en Venezuela durante siglo XIX, toda una generación de jóvenes músicos –a la que perteneció Uzcátegui- tuvo la oportunidad de perfeccionar sus estudios musicales en Europa durante el período, ayudados en su mayoría por el estado venezolano. En la memoria del Ministro de Instrucción Pública de 1889 se deja constancia del envío de nuestro personaje a Francia el año anterior, acotando que “son seis los jóvenes que se hallan estudiando en Europa y los Estados Unidos del Norte, pensionados por el Gobierno, por haber sido enviados últimamente Redescal Uzcátegui y Santiago González, destinados a perfeccionarse en la Música y la Escultura, respectivamente.” Para 1890, estando ya Uzcátegui en Francia, se contaban en catorce los individuos que recibían educación a costa del tesoro público en París, Nueva York y Caracas.

Estas pensiones de estudio eran buscadas con gran entusiasmo, pero ayer como hoy, más de una vez hubo informes negativos relativos a los pensionados. Ese año el Director de Instrucción Pública le informa al Congreso Nacional que “de los alumnos enviados al exterior por cuenta del Gobierno para dedicarse a los estudios de las artes a que muestran inclinación, fue necesario retirar la pensión a la mayor parte, por falta de consagración a sus deberes escolares, y sólo se ha conservado aquella a uno en Europa y dos en los Estados Unidos del Norte”. Ese uno en Europa, era Redescal.

Pero a pesar de esto, la prensa de la época solía hacerse eco de las inquietudes existenciales de estos artistas, bien felicitando al gobierno públicamente cuando otorgaba algún auxilio financiero a estos jóvenes, bien exhortando a las autoridades a conceder y mantener estas becas de estudio en el extranjero. Eugenio Méndez y Mendoza columnista de El Cojo Ilustrado, el más entusiasta de su causa, se jactará años más tarde, al regresar el artista de París, de haberle echado una mano en el momento en que más lo necesitaba:

No estábamos errados: palpable y completo resultado viene hoy á justificar nuestro pronóstico de entonces. Redescal Uzcátegui, pensionado desde aquella fecha en París por el gobierno de Venezuela hizo allí sus estudios como discípulo del célebre conservatorio francés, y hecho profesor regresa á Caracas á poner al servicio de su patria su ingenio y su saber. [El Cojo Ilustrado, 15 /1/ 1893]

Al elegir su destino, Redescal no debe haberlo dudado ni por un segundo. Para la época Europa era la capital del mundo civilizado, y no era concebible ser eficiente en el oficio de la música sin haber recibido instrucción en alguna de sus academias. En la selección de París debe haber influido el afrancesamiento de las costumbres que se llevó a cabo durante el Guzmanato, cuya influencia se prolongó por más de diecinueve años.

Una vez en París, Uzcátegui, a diferencia de muchos de sus compatriotas, se dedica ciegamente a sus estudios, preparándose para el examen de admisión en el Conservatorio de París con el insigne pianista Antoine François Marmontel, quien había sido maestro de Guiraud y Bizet. Y su dedicación no tardó en dar frutos. En 1889 durante el examen de admisión, el jurado, no pudiendo dar crédito a sus oídos le repitió el examen creyendo que el latinoamericano hacia uso de algún ardid, para desarrollar tan eficazmente el tema que le fue asignado. El segundo examen, a puertas cerradas, para la sorpresa del jurado, tuvo el mismo resultado.

El tipo de examen y la naturaleza de la prueba que rindió delata que desde el principio, el interés de Uzcátegui por entrar al conservatorio se centró en la composición.

Allí estudio por tres años armonía y composición, y al terminar aplica a la clase de Grande Composition con Théodore Dubois, una verdadera leyenda de la educación musical en su época, autor de célebres tratados de armonía, fuga y contrapunto.

Pero a pesar de sus logros, Uzcátegui debía aún luchar contra algo que muy posiblemente le quitaba el sueño. Tenía que volver a Venezuela a renovar su pensión, cosa que no se asignaba automáticamente, mucho menos desde el exterior. La beca para sus estudios había llegado a su fin y a menos que consiguiera una extensión no podría continuar.

De regreso a Caracas, Redescal trae consigo una extensa biblioteca donde cada libro, en la primera página, está marcado por la rubrica orgullosa de su dueño: Redescal Uzcátegui, Elève au Conservatoire de Musique. En uno de ellos observamos la intensidad y el profundo sentido de la organización y disciplina que observaba. En un horario escrito a mano en la primera página de una partitura, deja constancia de su febril dedicación. Aún cuando muy seguramente se vio afectado por el cruel invierno parisino, no dejó de practicar ni un día, de lunes a sábado entre 5 y 6 horas diarias.

Pero inclusive en las Bellas Artes, la dedicación no es moneda de canje a la hora de pagar las cuentas. En los Archivos Nacionales de París, la nómina del alumnado del Conservatorio entre 1888 y 1893 deja constancia que un Monsieur Redescar Uzcátegui, que tenía por padres a Pierre y a Emilia Suárez, (una nota deja en aclara, quizás por la discrepancia de apellidos entre padres e hijo, el estado civil de la pareja: marrié) había entrado en octubre de 1889 en la clase de armonía del Monsieur Duprato. En la que permaneció hasta junio de 1892. Al final una aclaratoria que debía ser de utilidad al contador de la academia:“Venezolano enviado por el gobierno”.

Los comentarios por oficiales del conservatorio no ahorran alabanzas para el excelente pupilo. Ardiente, inteligente y trabajador son los más comunes, y en Venezuela el ministro venezolano de instrucción pública reporta acerca de su aplicación, conducta y aprovechamiento. Pero este es uno de los últimos informes oficiales que se publican por algún tiempo. Mientras en París, Redescal pone todo su esfuerzo en hacerse merecedor de una extensión de la beca, en Caracas, la revolución legalista contra el gobierno de Raimundo Andueza Palacios encabezada por Joaquín Crespo, impide el normal desenvolvimiento del mismo, y tan temprano como en 1892, de la memoria y cuenta del gobierno empiezan a desaparecer informes sobre los pensionados en el extranjero.

Durante los últimos meses en Francia, Uzcátegui se dedicó a adquirir y coleccionar partituras de todo tipo. Una de ellas, con el sello de tinta de la casa donde fueron compradas a última hora, esta fechada el 9 de noviembre de 1892, el mismo día que realizaría sin saberlo su ultimo concierto en Europa. El programa, premonitoriamente advertía a los asistentes “On est instamment prié de ne pas entrer ni sortir pendant l´exécution des morceaux”.

Las crónicas nos dicen que Uzcátegui, de paso por Nueva York hacia Caracas, ofreció en dicha ciudad tres recitales. En el Diario de Avisos del 5 de enero de 1893 un cronista asegura que “aún resuenan en sus oídos los aplausos obtenidos en la Salle Erard de París y en el Hardman Hall de Nueva York.” Uzcátegui tuvo además la oportunidad de ver en Nueva York al gran pianista Ignacy Jan Paderewski y en la misma página del método de piano de Camille Stamaty donde escribió el horario, anotó cuidadosamente a lápiz la lista de las piezas interpretadas por el eminente pianista polaco.

Vuelta al Hogar

En el concierto ofrecido en Caracas frente a Rojas Paúl, Redescal había dejado una fuerte impresión en la prensa venezolana. Todos los diarios de la época siguen de cerca sus estudios y en una perversa mas no mal intencionada campaña de información despiertan gran expectativa entre el público caraqueño por su progreso. En noviembre de 1892, apenas veinte días después del recital ofrecido por Uzcátegui en París, encontramos repercusiones del mismo en la prensa caraqueña:

Triunfos patrios.- El día 9 de los corrientes dio un brillante concierto en París, en el Salón Erard, nuestro amigo el inteligente joven Redescal Uzcátegui, alumno del Gobierno Nacional en el Conservatorio de aquella ciudad. El estudioso joven ejecutó seis números en el piano, entre ellos una Sonata en mi menor, fruto de su privilegiado ingenio. Por carta que acaba de recibir un amigo en esta ciudad, sabemos que Uzcátegui se propone dar algunos conciertos en Nueva York, y luego regresar á Caracas, donde le esperan satisfechos de tan espléndido éxito su estimable familia y numerosos amigos. [El Noticiero, 29/11/1892]

Y a medida que se acerca el día de la llegada de Redescal se intensifican los avances noticiosos ante el inminente arribo del artista que finalmente llega al país el 3 de enero de 1893. Apenas pisa Caracas no pierde el tiempo, seguro de su objetivo. Se apersona en los más importantes diarios de la capital, quienes le brindan la mejor de las acogidas, sin ahorrar tinta en anécdotas como la del examen de admisión al conservatorio:

El joven pianista Redescal Uzcátegui, hijo de Caracas, que ha hecho sus estudios musicales en el Conservatorio de París, -al que pertenece,- siendo por tres años pupilo de nuestro Gobierno, -acaba de regresar. Debe saberse que, para ser recibido en aquel Instituto, se le dio un tema de composición, que fue tan bien desempeñado cuanto que se dudó fuera obra de él. Esto revela sus especiales talentos. Le saludamos cordialmente. [El Radical, 4 /1/1893]

La Cobertura mediática es intensa, y la Redescalitis se convierte en una fiebre que infecta a la prensa donde no pasa un día sin que se cubra algún aspecto de su vida. El anuncio sobre sus presentaciones en la ciudad son esperados con vehemencia. Así lo comentan las diferentes reseñas aparecidas el 4 de enero en periódicos como El Radical, El Noticiero, El Progreso, El Siglo y El Derecho. El Diario de Avisos del 5 de Enero de 1893 recalca que, después de los aplausos que le obsequiaron europeos y norteamericanos por igual, Uzcátegui degustará con mayor placer los del público local, ya que “de seguro los que obtenga aquí en Caracas valdrán para él más, porque vienen de manos de compatriotas.”

Uzcátegui se convierte en un fenómeno publicitario nunca visto en el país, y él se deja llevar por esto, sabiendo perfectamente que el apoyo de la prensa es crucial para conseguir la renovación de la beca (ya lo había constatado en 1888, antes de irse a París), y por lo tanto no escatima ningún esfuerzo para mantenerla informada de todos sus movimientos, incluyendo su estado de salud: “sabemos que, tan luego como recobre la salud, ahora quebrantada, este nuevo astro del arte nacional brillará en algunos conciertos que se propone efectuar y que se anunciarán oportunamente.” (Méndez y Mendoza, El Cojo Ilustrado)

No por azar dedica su primer concierto a la influyente prensa capitalina, enviando en un mismo día a todos los medios, la fecha de su concierto y el programa a seguir:

1º.- Vuelta al hogar.- Impromptu.- Redescal Uzcátegui.

2º.- Allegro apassionato (obra de concurso).- C. Saint-Saëns.

3º.- Trémolo (Grande estudio de concierto). - Gottschalk.

4º.- Sonata en Mi Menor, (Allegro, andante y final).- Redescal Uzcátegui.

La notas de prensa no se hacen esperar. El Radical, El Noticiero, El Progreso, El Republicano, El Correo de Caracas, responden entre el 20 y el 21 de enero agradeciendo la invitación, publicando reseñas sobre la audición, y ofreciendo sus mejores augurios al debutante que viene de cosechar “triunfos en Europa, en la capital del mundo civilizado.” (El Radical, 20/1/1893).

La audición musical tuvo lugar dos días después, el domingo 22 de enero a las tres de la tarde, en el salón de la Academia Nacional de Bellas Artes y al día siguiente aparecen publicados los primeros comentarios. Sobre el pianismo de Uzcátegui se escriben los más efusivos elogios: “técnica irreprochable”; “perfecto dominio del instrumento y conocimiento pleno de sus secretos”; “magistral interpretación”; “gradación exquisita de fuerza y del estilo delicado”; “gran talento de interpretación”; “vence grandes dificultades de mecanismo”; “seguridad, dominio y limpieza”; “una precisión rápida y segura y una pulsación prepotente”. Además de la inevitable retórica, hay quienes se aventuran inclusive en el análisis de las técnicas de interpretación utilizadas por el novel pianista. Pero lo más importante de todo, es que los diarios empiezan a enviar el mensaje que realmente quería transmitir Redescal:

Con ser tantos los conocimientos adquiridos por Uzcátegui y haber logrado sus facultades tan notable desarrollo, no ha concluido aún su educación artística. Prometen tanto sus aptitudes de compositor que débeselas nutrir y vigorizar para que produzca él obras de aliento que redunden mañana en honra y gloria de la patria...esto sólo podría lograrse con la vuelta de Uzcátegui á Europa por algunos años. Hay que proteger, por orgullo nacional, ingenios como éste, capaces de darle en no lejano día mayor lustre al nombre de la patria. (Méndez y Mendoza, El Cojo Ilustrado, 1/2/1893)

Este concierto del 22 de enero, comenzó con la Vuelta al Hogar, obra compuesta por Uzcátegui sobre el poema Vuelta a la Patria de Juan Antonio Pérez Bonalde. El poeta escribió la obra en 1876, a bordo del barco que lo traía a Venezuela desde el exilio en Nueva York. Es un canto de desterrado -al decir de Elena Vera: “es el poema venezolano que recoge de manera más fiel el sentimiento de amor a nuestro país y a nuestras madres”. El Diccionario Biográfico de Venezuela va más allá: “en tierra venezolana es raro el hombre culto que no sepa de memoria un trozo del intenso poema; hay muchos que podrían recitarlo a coro íntegramente.” Uzcátegui, cuya empatía con los versos era evidente, intenta traducirlos al lenguaje universal, expresando en música sus propios sentimientos al regreso a su tierra natal, después de cuatro largos años de ausencia.

Pérez Bonalde había regresado a Venezuela en 1890 en medio de las más efusivas demostraciones de respeto, admiración y aprecio. Sin embargo, falleció en precarias condiciones dos años más tarde, el 4 de octubre de 1892, apenas tres meses antes del regreso de Uzcátegui a Venezuela. El recuerdo de esta pérdida estaba muy reciente en la mente de los venezolanos, y la Vuelta al hogar de Uzcátegui -estratégicamente colocada para abrir el programa- debía evocar inevitablemente la memoria del gran bardo criollo, despertando la fibra sensible de los oyentes. Pero pese a estas circunstancias, Vuelta al hogar no tuvo el efecto esperado.

Empezó, excesivamente emocionado, tocando una fantasía, obra suya, muy delicada en verdad, pero que por su sencillez no era pieza á propósito para poder apreciar ni el talento del artista como compositor ni su habilidad como ejecutante. [El Siglo, 23/1/1893]

Sin embargo, Méndez y Mendoza describe la obra como delicada, que “traduce en sentida melodía las tiernas emociones del artista al verse de nuevo calentado por los afectos del hogar”. (El Cojo Ilustrado, 1/2/1893) Vuelta al hogar es una pieza descriptiva, una suerte de canción sin palabras, donde compositor y poeta parecen exclamar al unísono al vislumbrar la atmósfera tropical: “¡Luz! ¡Luz al fin!”.

Pero de todas la obras que ejecutó Uzcátegui, fue sin duda su Sonata para piano en mi menor la que causó una profunda impresión entre la concurrencia: “en la Sonata en mi menor quiso el compositor dar muestra así de sus aptitudes como de sus conocimientos en el arte, y lo hizo de cabal manera, alcanzando sinceros encomios de personas inteligentes en este ramo de la música.” (Méndez y Mendoza, 1893)

Después del éxito alcanzado en este primer intento, Uzcátegui organiza de inmediato un segundo concierto dedicado a la distinguida sociedad caraqueña. El mismo tiene lugar el 10 de febrero en el Teatro Municipal de Caracas. Con la premura del caso, los corresponsales exhortan a la audiencia a no perderse por nada del mundo la posibilidad de oír nuevamente al distinguido intérprete en este concierto de gala: “todos los que toquen piano y no asistan esta noche al Teatro Municipal, serán multados por Apolo, mientras no prueben los motivos que han tenido para no asistir. El caso no es para menos” (Diario de Avisos,10/2/1893).

Y los periodistas no exageraban con su advertencia, ya que sería la última vez que Uzcátegui se subiría a un escenario.

Inexplicablemente varias cosas salieron mal en el concierto que nadie debía perderse dedicado a la distinguida sociedad caraqueña. Para empezar Uzcátegui no tocó solo. “Esta noche tendrá lugar el concierto del distinguido pianista Redescal Uzcátegui, a quien prestarán su concurso notables profesores”, informa El Republicano del 10 de febrero de 1893. El Correo de los Estados del mismo día lo menciona como “Concierto vocal é instrumental”, revelando sin querer que más de uno subiría al escenario esa noche.

Las críticas del concierto lo confirmarían al día siguiente.

Entre otros, la velada incluyó la participación de unos esposos Pegou (a quienes en algunas de las reseñas se les nacionaliza graciosamente el apellido por “Pegón”), del pianista y compositor Sebastián Díaz Peña, del señor Ernesto Porras, y de una orquesta dirigida por un tal profesor Régulo Berra.

¿Qué podía estar haciendo tanta gente en escena, en un concierto supuesto para piano solista?

El programa de Uzcátegui lo conformaban una serie de composiciones que incluían cuatro de sus obras: Sonata en mi menor, Vuelta al Hogar, Recuerdos y Air de Ballet número 2. Recuerdos, por cierto, si alguna vez realmente existió, se encuentra perdida a la fecha.

El concierto incluyó además el Allegro apassionato y la Rhapsodie d’Auvergne de Camille Saint-Säens; la Polonesa en La bemol de Frederic Chopin; el Trémolo de Louis Moreau Gottschalk, el Concierto en Sol Menor para piano y orquesta de Félix Mendelssohn acompañado con lo que la prensa denominó una orquesta. Siendo el común de denominador de las bandas de la época, pastiches de músicos que venían de tocar en bandas militares donde predominaban los instrumentos de viento, es difícil imaginarlos con el tino de acompañar al piano de Redescal.

La orquesta eran la señora Pegou, su esposo, Sebastián Díaz Peña, Ernesto Porras y los profesores, dirigidos por Berra. Quienes además de acompañar a Uzcátegui en el concierto de Mendelssohn, amenizaron la velada con algunos entremeses. Como para que no fuera puro piano y ni puro Redescal el asunto, acota genialmente Juan Francisco Sanz, la señora Pegou, sin mucho éxito, dio una demostración de canto:

La señora Pegón, que tan bondadosamente prestara su contingente para esta velada artística, si galantemente tratada por el auditorio, no midió, á tiempo, la magnitud del local en que iba á exibirse [sic] y no lució, quizá por eso, cuanto debía. Su voz, de corta extensión, será muy agradable en un salón donde no tenga precisión de esforzarla, á fin de que las notas altas no resulten desgarradas y sin la sonoridad debida. Tratada como toda una dama pese a sus lecos, la señora se desquitó tocando el piano, instrumento que al parecer dominaba mucho mejor que la voz: “los esposos Pegou, como pianista ella, él como violinista, se hicieron aplaudir mucho, y Sebastián Díaz Peña no desdijo de su fama de pianista notabilísimo.” (El Republicano,11/2/1893)

En el concierto, o habían varios pianos en escena, donde tocaban la señora y Díaz Peña, o tocaron a cuatro manos sobre un solo piano. O tocó cada uno en su momento piezas que no aparecen reflejadas en las notas. Redescal, apasionado de su arte, y con la seriedad que le caracterizaba en cuanto a su vocación como pianista, debió haber hallado en aquello una intromisión imperdonable. Quizás hasta una humillación.

Para empeorar las cosas el piano donde tocó Uzcátegui no pasaba precisamente por sus mejores momentos, aunque en algún tiempo había sido “magnífico”. El concierto fue un desastre y Redescal terminó tocando varios encores para terminar el espectáculo.

Pocas personas asistieron a pesar de la publicidad, e inmediatamente después del mismo, el interés por Redescal casi se desvanece por completo. Ninguna crónica de la época describe en detalle lo que fue el concierto, y prefieren dirigir su atención más a las damas presentes en el teatro. Aunque dejando espacio para criticar sutilmente la actuación de Redescal.

"...no hay duraznos sin puntitos negros. Redescal tiene un defecto que para mí tengo que es capital. No toca de memoria."[Tío Cubita, El Deber]

Liszt fue el primero en ejecutar la música de memoria, costumbre que sólo comenzó a tomarse en cuenta a partir de mediados del siglo XIX. Hacía apenas unos años que Von Bülow había sido censurado por tocar un recital de Beethoven de memoria. Por lo que llama la atención que Tío Cubita haya reparado en un detalle que para la época debió haber sido insignificante.

La práctica de tocar de memoria, que ha sido condición sine qua non para el éxito de un pianista en nuestro siglo, no se había instaurado aún de manera definitiva para cuando Uzcátegui ofreció su recital y hoy ya ha entrado en decadencia gracias a actitudes de grandes intérpretes, quienes consideran que la memoria es sólo un ejercicio de virtuosismo mental, impidiendo a los ejecutantes manejar un repertorio mucho más amplio del que usualmente permiten retener las capacidades neuronales.

No es posible conocer las impresiones de Redescal acerca del concierto. Definitivamente, habiendo tocado en Paris y Nueva York, la pluralidad del programa debe haber chocado con el hábito de abordar programas íntegramente interpretados por un solo artista.

De cualquier forma, el interés en Redescal desapareció, y en su lugar las crónicas gastan más palabras en describir a los asistentes que al espectáculo en específico.

"Componíase el auditorio de los directores de la prensa de Caracas, y de los profesores y aficionados de música de mayor nota de la capital, no faltando en la concurrencia bellas damas, quienes, á su inteligencia en el divino arte reúnen las prendas de hermosura y gentileza." [El Republicano, 23/1/1893]

"Se nos dice que esta noche asistirá mucha mujer guapa al concierto de Redescal. Por nuestra parte, aunque sea arrastrando los piés, no faltaremos á la velada, pues semejante noticia es capaz de resucitar á un muerto." [Diario de Avisos, 10/2/1893]

"Seguramente que no fue ni la regular concurrencia de hombres, ni el auditorio selecto de mujeres bellísimas que había, ni la profusión de bujías de luz eléctrica que alumbraban el teatro." [El Deber, 11/2/1893]

Lo más curioso de todo este revuelo causado por Uzcátegui es que, pese al inmenso despliegue de prensa, la asistencia a sus conciertos no colmó las expectativas. Si bien en la audición musical que ofreció a la prensa tuvo una respuesta satisfactoria (Tío Cubita recalca su columna de El Deber [s/f] que “bien merece el nombre de concierto una Audición musical que presencian doscientas personas”, la respuesta del público general en el concierto del Teatro Municipal no fue ni remotamente lo que se esperaba:

"Gran concierto.- El teatro Municipal parecía anoche el centro de las personas que aman el arte entre nosotros principalmente entre el bello sexo. Redescal Uzcátegui, que ha despertado en Caracas el amortiguado sentimiento artístico, había dado cita á los amateurs; ofreciendo un programa variado y atrayente. !Pero fueron pocos!" [El Radical, 11/2/1893]

El Cojo Ilustrado, por el contrario y ya que había apoyado al artista con entusiasmo desde antes de marcharse a Europa trata de disimular la poca concurrencia:

"Selecta concurrencia llenaba en aquella noche el vasto Coliseo Municipal, ansiosa de conocer al que habría de ser héroe de aquella fiesta, á quien cada cual se imaginaba á su manera con talla y aspecto físicos que correspondiesen á su talla artística." [15/2/1893]

Esto era malas noticias para Redescal y su carrera artística, que aún con toda la ayuda de la prensa, no encontraba oídos en el gobierno. En realidad, no los encontraría nunca.

Recuerdos y Misterios

Se ignora si la actitud del público caraqueño puede haber tenido alguna influencia en el desenlace final del episodio con Uzcátegui. O si fue el concierto a la sociedad caraqueña el que le rompió el corazón y lo alejó del piano al verse tratado sin el respeto ni las formalidades que se debían a la ocasión.

Pero a medida que la súbita fama de Uzcátegui de desvaneció, lo que la prensa había reportado como un hecho, empezaba a revelarse como una imposibilidad. Uzcátegui jamás volvería poner sus pies en Francia. Y con el paso del tiempo detalles acerca de su vida fueron saliendo a flote.

Algunas reseñas empiezan a mencionar como Uzcátegui había tenido que suspender sus estudios en Francia y en este sentido, las crónicas son altamente contradictorias: unas dicen que sí terminó, otras que no había terminado aún, otras que terminó pero que quería seguir estudiando, etc. Y en medio de los avatares de la política y los vaivenes de la economía todos se olvidan del hombre y del asunto. La “Redescalitis” pasa y se va tan rápido como había llegado.

El Cojo Ilustrado difunde informaciones confusas, como que Uzcátegui había obtenido “mención honorífica” durante su examen de admisión, y que luego, durante el curso de sus estudios, un “primer accésit”. Y que al finalizar el tercer año de estudios se le otorga el Deuxiéme Prix, “que es, según dicen, la mayor recompensa á que puede pretender un alumno extranjero del Conservatorio” (El Cojo Ilustrado, 15/2/1893) Pero Accésit significa “segundo premio”, y por lo tanto no sabemos a qué se refiere exactamente el cronista cuando habla contradictoriamente de un “primer” accésit.

Y en medio de todo este flujo de información, lo cierto es que no existe hoy en día documento o título alguno que testifique que Uzcátegui haya obtenido definitivamente éstos ni ningún otro grado académico en Francia o en cualquier otra parte del mundo.

¿Pero como entonces pudo Uzcátegui elevarse a la fama local de esa manera? ¿Habrá mentido en cuanto a sus estudios y calificaciones? Y en todo caso, si así hubiese sido, ¿como se explica su retiro del mundo de la música tan definitivamente?

Algunos especulan que Redescal olvidó un pasaje de la principal obra exigida en el examen de admisión y que aquel accidente afectó de tal manera al artista que se apartó por siempre de la música para dedicarse a otras actividades ajenas a su esclarecida carrera.

El tiempo pasó implacablemente, y la noticia pierde actualidad. De cuando en vez se lee alguna exhortación en la prensa para que salga del voluntario encierro al que se sometía, pero ninguna surgió efecto y Redescal Uzcátegui no volvió a tocar piano ni a componer otra vez en toda su vida.

Después de los sucesos narrados, Uzcátegui comenzó a llevar una vida de ciudadano común y corriente. Se casó con Belén Coll Núñez (hermana de Pedro Emilio Coll), residenciándose en la Plaza López (hoy Plaza España) Tenía en su casa un piano Steinway vertical, que nadie se atrevía a tocar a riesgo de desatar su ira, con un dispositivo especial para endurecer las teclas, y permitir así al intérprete mayor ejercitación en el peso y el sonido. Uzcátegui redujo su actividad a una rutina burocrática: se levantaba, “se ponía el uniforme del maestro Sojo”, (Sojo acostumbraba vestir de traje negro cerrado con chaleco, bastón y sombrero, independientemente del lugar donde se encontrara: en la playa, en la montaña, en un ensayo o en clase), y salía a trabajar a la Dirección General de Correos en la esquina de Carmelitas, tras despedirse pacientemente de todas y cada una de las figuras de santos que abarrotaban su casa. Al mediodía regresaba a bañarse, midiendo con todo cuidado la temperatura del agua. Volvía al trabajo con la edición vespertina de El Heraldo bajo el brazo, y retornaba infaliblemente a las seis de la tarde a su casa, saludando de regreso a todos sus santos.

Según José Antonio Calcaño nadie más, ni siquiera sus familiares más íntimos, ni su esposa, luego que se casó, ni sus hijos, nacidos más tarde, lo oyeron tocar jamás. Muchos años más tarde, tenía en su casa, además del piano donde jamás tocó, un pequeño piano mudo, en el cual hacía ejercicios frecuentemente, para conservar los dedos en forma, y a esto se redujeron todas sus actividades musicales.

Corrieron diferentes rumores acerca del motivo de tan extraña resolución. Se dijo que en el concierto del Municipal algunas personas hicieron ruidos, al buscar su asiento, mientras Redescal tocaba, y se aseguró que él se contrarió tanto con el incidente, que resolvió abandonar la música. Otra versión es la de que en una casa de familia lo invitaron a tocar durante una reunión, y que varias niñas se pusieron a conversar mientras él tocaba. Ninguna de las dos causas justifica un abandono tan absoluto como el de no tocar más, ni siquiera estando sólo en su casa. Otros rumores decían que su novia, algo celosa de la popularidad del pianista, le pidió que no tocara más, pero esta versión fue negada rotundamente por su viuda. También se afirmó que la imposibilidad de conseguir una beca del gobierno, produjo el desencanto de Redescal.

Pero con certeza, nadie conoció nunca la causa verdadera de tan extraña conducta. Redescal Uzcátegui cerró para siempre el capítulo de su vocación musical, y vivió entregado a sus deberes de padre de familia hasta su fallecimiento el 9 de mayo de 1943, a los 72 años de edad.

El Mito

En torno a la decisión de Uzcátegui de abandonar abruptamente y sin explicaciones la música, creció el mito, y con este las especulaciones. Encontramos en la literatura musical venezolana numerosas referencias a este personaje, plagadas de inexactitudes y romanticismos.

Los cronistas se olvidan de todos sus conciertos, y llaman al del 10 de febrero el primero y último. Confunden algunas de sus composiciones y hasta de donde las había escrito enfrascándolas dentro de su quehacer diario, mutándolo en una especie de genio popular. Memorias lo describen estudiando en Nueva York en vez de en Paris.

Y su figura llegó a establecerse de tal manera en la memoria de la ciudad que Rómulo Gallegos lo inmortalizó en su novela Reinaldo Solar, convirtiéndole en el padre del protagonista; Daniel Solar.

"Desde niño se reveló artista, con una marcada vocación por la música, y en ella demostró, precozmente, verdadero talento.

A fin de que adquiriese la conveniente educación, su padre le envió a los Conservatorios de Europa siendo todavía muy joven. Supo aprovecharlo al principio, y a poco su nombre figuraba en el número de los pianistas de mejor reputación. No era un “virtuoso”, ni aspiraba a serlo; pero ejecutaba brillantemente e interpretaba a los grandes maestros con verdadero sentimiento e inspiración. Dominada la ejecución, se aventuró en la composición musical con un ambicioso proyecto, sólo comparable a la soberbia jactancia de Miguel Ángel pidiendo un monte para esculpirlo: musicalizar la historia de la humanidad ... Pero antes de internarse en aquel mundo misterioso, de donde tal vez no saldría más, quiso venir a Venezuela a despedirse de su familia.

Caracas le hizo un fastuoso recibimiento, y su nombre, agobiado de descomunales epítetos, se hizo de moda. Un caballero de lo principal organizó en su casa un festival de arte para que él tocase, y allí se congregó un grupo de lo más selecto de la sociedad caraqueña, deseosa de admirar aquella gloria nacional que Europa había consagrado. Recibiéronlo con agasajos. Daniel se sentó al piano y comenzó a ejecutar una sonata de Beethoven.

Pero, a los primeros compases, observó que unas señoras se distraían conversando entre sí, seguramente sobre motivo frívolos, y entonces, lleno de indignación, se levantó violentamente y abandonó la sala sin despedirse ni dar explicaciones. Desde aquel momento renunció totalmente a la música.

Naturalmente, el incidente creó en torno de él un aura hostil: se le negaron méritos con la misma facilidad con que se habían exagerado los que poseía; se le ridiculizó de todas las maneras posibles. Daniel no hizo caso; su renuncia al arte era tan absoluta que él mismo no se consideraba artista. Se impuso la tarea de borrar de su memoria los recuerdos del pasado. Encerróse en su casa y se entregó a continuas lecturas mísicas y teosóficas. Al cabo de algunos años nadie se acordaba de que él era músico."

Redescal fue radical en su decisión de abandonar la música, pero es difícil aceptar su decisión como producto de un simple capricho o de un orgullo herido. Debió haber algo más.

Diferentes fuentes, usualmente mal o no citadas del todo, tienden a coincidir en la existencia de un problema con la memoria de Redescal. ¿Pudo Redescal haber sufrido de algún tipo de deficiencia degenerativa que le haya hecho perder la memoria a temprana edad? ¿Era por esto que no tocaba de memoria?

De haber sido así, ¿ puede haberse visto esta dolencia exacerbada por la conducta de la audiencia en el concierto en el Municipal? ¿Mintió Redescal antes de regresar a Caracas con respecto a sus calificaciones en Europa? ¿De sus conciertos en Nueva York?

Esto nunca se sabrá y Redescal simplemente pasara a la historia como el ejemplo clásico de la frustración artística alimentada por un país sin paciencia por las artes. Donde hoy es hoy y mañana ya veremos. Donde el arte es un trago amargo que hay que pasar rapidito y sin saborear.

El espectro de Redescal Uzcátegui acompañó a muchos músicos, que veían en él el retrato de la frustración en un medio musical que ofrecía muy poco estímulo para el desenvolvimiento profesional. Cuando Juan Bautista Plaza es becado a estudiar en Roma y debe regresar compulsivamente en 1923 por enfermedad de su padre, escribe una elocuente y conmovedora carta donde plasma sus angustias a este respecto:

"Es que ir a Caracas ...para establecerme allí significa para mí el aniquilamiento de lo poco de artista que ha empezado a nacer en mi persona. ¿Qué quieres que pueda hacer en un ambiente como aquél? Me faltarán mis maestros, me faltará el Augusteo y todos los conciertos que a diario se efectúan aquí; me faltarán mis amigos músicos, que me comprenden a este respecto y me faltará, en fin, toda esa atmósfera de arte, no sólo musical, que por todas partes respiro a plenos pulmones. ¡Ah! ¡si pudieras darte plenamente cuenta de lo que es todo esto para mí después de tres años de vida artística intensísima! No lo digo por vana o estúpida presunción, pero ¿quieres saber lo que pienso con profundo dolor? Que espiritualmente, preveo o presiento que en Caracas voy a vivir como un eremita solitario, algo así como el padre de Redescal cuyo recuerdo lo tengo siempre má presente, por ser ese un caso característico. ¿Con quién podré hablar de música con la seguridad de ser comprendido? ¿A quién haré criticar mis propios trabajos?"

Si al leer esto te sientes identificado con Plaza o Redescal, no te sientas solo, no lo estas. Caracas no ha cambiado mucho en los últimos 100 años. Pero con todo al menos Redescal pasó a la historia como el autor de la única sonata para piano que sobrevive de la Venezuela del siglo XIX.

Si eternidad es sinónimo de algún logro, entonces Redescal esta sonriendo en donde quiera que se encuentre. Satisfecho.

Artículo basado en el ensayo "El Inexplicable Silencio de Redescal Uzcátegui" escrito por Juan Francisco Sanz en la Revista Musical de la Sociedad Venezolana de Musicología, Caracas, Nº 2, Enero-Febrero 2002. Dirigirse a esta publicación para Bibliografía y notas.

 

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