Así que ahí llegamos, al lugar donde la alcaldía de París, al no
saber qué diablos hacer con el dinero, había decidido convertir el
borde del Sena en un pantanal horrible, todo por la bicoca de 2
millones de Euros. Me explico: el boulevardcito que bordea el Sena,
específicamente el tramo desde el museo del Louvre hasta la Bastilla,
había sido víctima de una transformación espantosa. Cada dos metros
se habían importado unas palmeras raquíticas de dos metros de alto,
convenientemente enterradas en unos materos blancos rectangulares ya
que el boulevard es de cemento. Por otro lado, en la acera donde
normalmente existe un caminito de grama para que la gente se siente
y lea o haga sebo según el caso, se habían vertido unas cuantas
toneladas de arena de quién sabe dónde para dar ambiente de playa a
la cuestión. Recuerdo haber visto en televisión una exégesis
complicadísima sobre cómo habían traído la supuesta “arena”: ésta
fue seleccionada siguiendo “rigurosos métodos de control” (imagen en
la pantalla de la televisión de un científico franchute examinando
los granos de arena con lupa) para garantizar la calidad más elevada
del producto, el cual fue importado de África en unos inmensos
containers. La explicación continuaba afirmando que se había
“estimulado la economía francesa”, creando empleos para la gente que
trabajó en el proyecto, recibiendo semerendos contratos de tres
meses remunerados al salario mínimo para esparcir el arenal encima
de la grama y regar una que otra palmera.
Supongo que fue en ese momento cuando sentí otra de mis tantas
traiciones publicitarias. Saben a qué me refiero, esa situación
cuando ves la cuña en televisión y te vas emocionado al comprar el
producto sólo para constatar resignadamente, “me jodieron otra vez”.
Si usted fue de aquellos que se comió completo el cuento de los
Ladas y demás carros rusos “infalibles” a final de los ochenta,
sabrá seguramente de lo que estoy hablando, y recordará el momento
Kodak “me jodieron” cuando terminó rematando el pote con ruedas en
una chivera. Pero no olvidemos que la “Matruska” era cuatro por
cuatro. Tremendo embarque, y no sé por qué me vino eso a la cabeza
ahora, entre la pasta de arena ésa, los toldos multicolores con el
cartelito “Alcaldía de París” y más allá un kiosco dedicado a
mezclar música tecno.
Pero, ¿qué podíamos hacer? Ante un escenario tan patético no nos
quedó otra que instalarnos, a ver si la cosa iba mejor. Luego nos
dimos cuenta de cómo era la movida: sobre el boulevard estaban los
amantes de South Beach, francesitos y francesitas patinando
con lentes oscuros y walkman, generalmente en bikini o sin franela
según el caso, agarrando un bronceado mediocre con el sol gris y
encapotado de Francia, de esos bronceados amarillos que te dan aires
de enfermo de difteria o algo por el estilo. En la ‘arena’, mezcla
de aserrín con piedritas, estaban las familias y los franceses que
venían de trabajar, enfluxados y tal, chupando vino. Bañarse, ni
hablar: enfrente lo que había era el Sena, riachuelo turbio e
infecto.
Así que allí nos instalamos, en la proto-playa, con una de esas
sensaciones de despiértenme-algo-está-mal, ya que no sólo teníamos
que calarnos el espectáculo ese, sino que nuestra comida no se
componía de ron y tostitos como es habitual, sino de vino, queso y
pollo, todo un exabrupto para un playero venezolano. Yo estaba
confiado de que seguro llegamos en mal momento, que en cualquier
instante el DJ reaccionaría y metería el set de tecno-cumbia o
merengue ripiao en el peor de los casos, y que ya iba a aparecer la
gente con sus ollas de sancocho y el empanadero y todo… pero nada de
eso pasó. Más bien tuvimos que soportar las quejas de una vieja
francesa un poco más allá quien empezó a reprender al hijo de los
panas venezolanos, preguntándole que por qué diablos jugaba con la
arena, que iba a ‘ensuciar’ todo, que no estaba bien. Francamente,
esto fue un poco el colmo dado el panorama de las cosas y decidimos
partir, no sin antes disculparnos con la señora y explicarle que
éramos colombianos, ya que uno puede pasar raya, pero desprestigiar
al país no.
¿Y Marsella?
Vista la situación y echados de la playa por ordinarios,
decidimos irnos a una verdadera playa en Marsella, la segunda ciudad
más importante de Francia. Ahora sí estábamos resueltos: nada de
arena falsa ni toldo de colores ni viejas quejándose de todo. Esto
era verdadera playa, pura y dura, y estábamos preparados para el
reto: toalla, short y protector solar. Y fuimos. Y bueno. ¿Qué puedo
decir? En todo caso, la “experiencia” vivida en Marsella fue una
catástrofe. No creo que podría contarla sin morir de pena. Cuando
intento hacer lo que los psicólogos conocen como ‘asociación libre’,
ese juego donde te dicen una palabra y tú dices lo primero que te
viene a la mente, bueno, cuando me dicen “la playa en Marsella” mi
trauma es tan grande que llueven imágenes en mi cabeza: Cantinflas
bailando vals, Margaret Tatcher anunciando que va a invadir las
Malvinas, Sid Barret pasado de LSD mordiendo al público en un
concierto de Floyd. No sé cuántas pesadillas más. Prefiero entonces,
para que ustedes no pasen por las mismas, darles unos
recomendaciones Marsellesas:
Si alguna vez van a Marsella, tengan en cuenta varias cosas.
Primero, si van como yo, con unos shorts-bermuda amarillo o naranja,
creyendo que van a ser la revelación de la playa, están pelando.
Aquí eso no está a la moda; lo que manda son las tanguitas
asoma-pelo à la Schwarzeneeger. Es más, les comento que yo era de
los que pensaba que uno en la playa no se puede aburrir. Bueno,
cuando vas a Marsella y te encuentras sentado en arena de piedrita,
con un mar enfrente a más o menos 10 grados y nadie poniendo música
sino todo lo contrario, la gente susurra para no “hacer ruido” (¿?),
tus impresiones cambian. Es una especie de playa Zen: todos los
franchutes sentados en flor de loto viendo el horizonte, no se
escucha ni un estornudo... Hasta que llegan los venezolanos,
gritando, “¡na’guará de fastidio! ¡Pásame el roncito allí! ¿Qué? ¿No
hay hielo?”, ahí es cuando los franceses se voltean para ver a un
tipo en bermudas rojas, por debajo de la rodilla, preguntando dónde
diablos es que venden cerveza, o hielo, o algo de comer. Horrible
realidad: no se puede beber, no venden hielo y lo único que se toma
es café. Bueno, puedes comer crêpes, eso sí. Fue un choque cultural,
digamos, aparte de que la playa es “topless”; ajá, pero no se crean,
“topless” no significa que va a estar la Miss Francia en pleno
bronceo toráxico, sino que van todas las señoras mayores, solteronas
ellas, a hacer un concurso de arrugas... guácala. Perdimos los
pasapalos, ya que se nos cortó el apetito.
Digamos entonces, que si de playas se trata, dos millones de
Euros o todos los kilómetros de Costa Azul no sustituirán nunca lo
que es “estar” en una playa venezolana. Y eso es algo que no se
puede menospreciar.
Vicente Ulive-Schnell
vulive@noos.fr /
http://ulive.free.fr/blog
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