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La Otra
Como Ella
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Un
día de esos
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María Eugenia Rodríguez

No sé cómo comenzó este desaguisado
pero puedo jurar por Dios Santísimo que me levanté de muy buen ánimo. Sin
darme cuenta estaba en la oficina arreglando unos papeles y haciendo
algunas llamadas telefónicas, cuando en medio de mi letargo sentí la mano
espesa de alguien y la voz chimba de locutor de radio, con tono de galán
de conuco diciendo -HOOOLA. Con el susto me levanté de un salto y le di un
golpe seco y automático en la boca del estómago. Luego de las disculpas
salí prácticamente corriendo de ese lugar.
Haciéndome la Pancha comencé a caminar por el pasillo de mi oficina,
sin percatarme de que no tenía absolutamente nada que hacer afuera.
Entonces decidí salir a la calle para paliarme un poco y comprar unas
galletas.
Cuando crucé la puerta, una enorme manifestación de ancianos hacía una
marcha desde Miraflores hasta el Capitolio. Me arrastraron casi una cuadra
hasta que pude saltar de la multitud. En un kiosko cercano vi a una mujer
casi sentada en el piso, gorda y retaca como Buda. Le pedí una galleta y
me dio una cosa sin forma geométrica, de color pupú y en un envoltorio
arrugado. Nunca me vio a los ojos pero yo todavía conservaba la dignidad
intacta y le pregunté si eran buenas.
La gorda no abrió la boca, sino para bostezar. Respiré profundamente y
le di dos billetes de cincuenta. -¿Tiene más sencillo?– me preguntó la muy
bestia. -No, no tengo puyas, le respondí.
Cuando regresé al ascensor había una cola descollante de ochenta
personas y esperé mientras sentía que a mis treinta años las várices
comenzaban a aparecer. Cuando entré a la oficina abrí el paquete de
galletas y me conseguí con una suerte de chicle, hormigas extrañas y creo
que hasta un gusano estaba en pleno lunch. No me decidí -ni siquiera en
ese instante- a matar a la gorda del kiosko, sino que le dejé el paquete a
Guillermina en su escritorio. Porque debo decir que a la Guillermina no la
paso.
Llamé a Roque por teléfono y me atendió una voz de mujer, medio cansada
y medio risueña como la voz que tienen las putas. Me presenté de inmediato
y le pedí que le diera a Roque el auricular.
Él me dijo que, -¡caramba! estaba en una reunión súper importante y
¡qué vaina mi amor! No vamos a poder vernos esta noche-. Todavía me
quedaba la voz para mandarlo a la mierda y decirle todo lo que se merecía
por todo lo que me había amargado estos últimos años. Lancé el teléfono de
una forma que no creo que tenga acomodo ese pobre aparato. Todavía
guardaba la esperanza de que me llamara durante los próximos cinco minutos
y debo confesar que todavía la guardo, pero a estas alturas debe andar
perdido en la cama de un hotel.
En la oficina surgieron algunas complicaciones que no recuerdo porque
en las horas siguientes estuve un poco caída de la mata. Pero sí me parece
haberle dicho a Clara que me tenía bien podrida con sus monólogos sobre
sus hijos y Lady Di. También creo haberle dicho a un carajo que llamó para
pedir qué sé yo qué pendejadas que sí cómo no. Y después vino la caminata
de quince cuadras para llegar a mi vehículo con todos los monos
susurrando: mamita, ricura, cosita rica, etc.
Me emborracho entonces, y sola, porque nadie está a mano. Pedí una
cerveza en el bar de la esquina. Los mesoneros me ignoraron por completo
durante la siguiente hora hasta que me paré encima de la mesa donde estaba
y dije todas las porquerías que me vinieron a la cabeza.
Llegó por segunda vez el mesonero y le dije que se fuera a la reputa
madre que lo parió y me fui descaradamente sin pagar la súper cuenta de
una sola cerveza. Sin contar con el hecho de que en la mesa que estaba
detrás, había un mocoso que brincaba con un carrito y cada vez que podía
me metía un codazo en el ojo. “No mi vida –le decía la mamá–, no le pegues
a la señora”.
La historia es que Roque nunca apareció y caminando hacia mi casa, vi
una librería que tenía en exhibición una obra de teatro que se llamaba
“Prohibido suicidarse en primavera”. Lancé el paraguas, porque además
estaba lloviendo a cántaros, y rompí el vidrio de la tienda. Llegó la
policía y ahora me tengo que calar a estos delincuentes uniformados por la
historia de las declaraciones. A mí que no me venga ningún intenso con el
cuento de la paz y el poder de la mente, porque lo que tengo más a mano
-que es una calibre 32- se la apunto directo al cráneo y la exploto, como
dicen los landros que tengo al lado y que están detenidos por
averiguaciones.
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