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Mi Papá
El Narcotraficante
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Ni tabaco
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Lucas Joerger

La gente siempre me ponía caras
cuando les contaba lo que mi padre hacía para ganarse la vida. -Es
traficante de drogas -les decía- maneja el tráfico de marihuana en el West
Village-. Esto era una gran cosa para mí a los catorce años; era como
tener un papá que fuera una celebridad o un astronauta. Pero hablaba de
ello tan seguro de mí mismo que la gente no lo captaba a la primera.
Cuando se daban cuenta de que no estaba bromeando las preguntas empezaban
a volar.
Dolorosamente, pero con gran fervor, recapitulaba el día a finales del
verano cuando la policía estatal allanó nuestra propiedad en las afueras
de Nueva York. Si me sentía con ganas, les decía de como había
helicópteros involucrados en la acción y de como se habían llevado preso a
mi papá, quemando cientos de kilos de retoños de superkind indica
durante la redada. De como yo había sido el primero en ver a los policías
mientras paseaba con mi ATV en el bosque alrededor de la casa y de como
les dije que los sembradíos eran solo de tomates. Yo brillaba entre los
ooohs y ahhs que mis amigos soltaban a medida que me acercaba al clímax de
la historia. El hecho que, como consecuencia de mi íntimo conocimiento del
tráfico, alguien había puesto un contrato en mi cabeza y mi mamá se había
visto obligada a huir, escondiéndonos en el hotel Fontainebleau Hilton de
Miami, hasta que las cosas se enfriaron un pelo.
Nunca se me olvidaba mencionar como mi mejor amigo estaba de vacaciones
en mi casa y lo vio todo, y como le había tenido que decir que estaba
"enfermo: y que tenia que regresarse a Nueva York inmediatamente. Como nos
sentamos en completo silencio en el carro de alguien, en completo estado
de shock y confusión todo el camino hasta la ciudad. De como mi amigo
había sido tan maduro y tan pana a los 12 años como para callarse la boca
con respecto a todo y nunca decirle nada a nadie en la escuela, aunque sus
papas le prohibieron seguir saliendo conmigo. Como mi papá me dijo que el
no estaba en la cárcel, y me llamaba todo el tiempo diciéndome que estaba
pescando con unos amigos en Massachussets. De como yo escuchaba las rejas
de las celdas cerrándose en el fondo de sus llamadas collect, pero igual
le creía. Como alguien me había dado un recorte del periódico detallando
el allanamiento a mi casa y el tiempo que duraría la condena, pero como el
apellido había sido escrito con un error me había convencido de que era
otra persona. Como yo había sido expuesto a todos los grandes ligas del
trafico de drogas de mi papá, conociéndolos por nombre, y de como yo pude
haber sido fácilmente "eliminado". Como nunca dije ni una palabra sobre
todo el asunto por dos años.
Los negocios de mi viejo con substancias ilícitas databan de los anos
setentas, cuando él y mi mamá se estaban separando después de que un
incendio había destruido nuestro apartamento en el Village. Un coño de su
madre iraní en el negocio de los bienes raíces había quemado el edificio
al lado del nuestro para cobrar el dinero del seguro, y la fabrica de
nueve pisos cayó encima de nuestro brownstrone de cuatro. Nosotros
vivíamos en un apartamento dulcísimo en la planta baja; y mis papas solían
decirme como el edificio no había sido apachurrado, sino empujado bajo
tierra. Yo siempre me imaginaba nuestro hogar intacto, enterrado cuatro
pisos bajo tierra, con todos mis juguetes y todas sus antigüedades
esperando a que algún arqueólogo las desenterrara como si fuera la tumba
de Tutankamon. Pero lo único que pudimos salvar antes que la casa se
viniera abajo fue mi topo de peluche y algunas pantallas de lámparas de
Tiffany.
Al principio de los setenta mis viejos entretenían toda clase de
celebridades y artistas que acostumbraban echarse en el recibo de la casa
metiéndose drogas y tocando la extensa colección de 45s y LP's de mi papá.
Yoko estaba enamorada de él, sentado en sus rodillas Paul Simon me cantó "Mrs.
Robinson" (según el cuento familiar a mitad de la canción me pare y me
fui) y Frank Serpico era el que cuidaba el negocio de mis padres de
policías corruptos y de ladrones.
El West Village era diferente en ese entonces. Aun recuerdo la primera
venta de vegetales coreana en la esquina de Hudson y la calle 11. Mi
escuela estaba al frente del edificio donde vivíamos, y había una
sensación de comunidad entre los gays viejos del alrededor y los hippies
treintañeros con hijos. No había turistas, y podías comprar una fábrica
entera en el río por menos de un millón de dólares. Yo siempre he tendido
a romantizar este momento en la historia, y tengo que ver películas como
Gimme Shelter para regresarme a la realidad de que no todo era margaritas
y ladrillos en el vecindario.
El fuego destruyó la unión de mis padres. Nunca se casaron, pero habían
vivido desde mediados de los años sesenta, partiéndose el culo para
mantenernos. Pero eso había sido demasiado para ellos, y para 1980 mi papá
estaba dándole demasiado duro ala cocaína y mi mamá tenia que manejar el
negocio sin su apoyo. Tuvieron una separación horrible que duro dos años o
más, tiempo durante el cual me calmaba saber que estaban separados.
Ahora mi papá necesitaba ganarse la vida. Él tenia montones de amigos
en el negocio de las drogas, así que fue fácil para el empezar el suyo. El
siempre decía, "No te metas lo que vendas," y como nunca había sido un
gran fumador de marihuana, fue natural que me se me metiera en el negocio
del monte y hashish. El monte lo ponía paranoico decía, mientras ligaba el
vino de mi mamá con tranquilizante para elefantes y jalando gruesas líneas
de coca colombiana.
El primer deal que hizo, que yo recuerde, fue alrededor de 1980, cuando
un cargamento de hashish vino en submarino desde Turquía hasta la bahía de
Nueva York. Allí fue cargado en una gandola de 18 ruedas y llevado hasta
nuestra casa, donde fue apretujada en una de las alas. Llamamos a esa área
el "Ala de Pollo" porque un pollo vivía ahí cuando la estaban
construyendo. Los cargadores apretujaron tanto hashish en el cuarto que
uno no podía pasar de la puerta. Literalmente era un cuarto lleno de
hashish. El hashish estaba empacado en sacos de yute blanco con el sello
de la bandera turca en ellos. Este ni siquiera era buen hashish, y
nuestros amigos lo dejaron sin fumar y congelado por años.
El trato era que mi viejo recibía $250,000 por aguantar el cargamento
por dos semanas, entonces era montado otra vez en un camión y
redistribuido a pequeños traficantes alrededor del país. Un tipo con una
Uzi y otro par de quemados vivían en nuestra propiedad para cuidar el
cargamento. El tipo se quedaba despierto esas dos semanas para asegurarse
que nosotros y las drogas estuviesen a salvo.
Durante este período mi mamá aun no pintaba nada. A los diez yo estaba
tipo tranquilo en las afueras de la ciudad, recibiendo regalos de mi papá
como motos de tres ruedas y escopetas calibre .22. Mi trabajo era manejar
mi moto por el bosque alrededor de la propiedad y decirle si había alguien
husmeando en las cercanías. Yo no fumaba marihuana, pero había visto a
todo el mundo haciéndolo, por lo que esto me parecía bastante normal,
aunque tal vez un poco tenso y paranoico.
Ese trato salió a pedir de boca, y el hashish salió para que se lo
fumaran en los del medio oeste y los canadienses, y el tipo con la Uzi se
metió un desayuno gigantesco y todos fuimos pagados.
Mis amigos venían de la ciudad y todos nos poníamos a trabajar en la
moto de tres ruedas y a jugar sardinas. Ese es un juego del escondite
donde una persona se escondía y quien quiera que lo consiguiera se
escondía con él. Era un juego excelente para agarrarles el culo y las
tetas a las niñas. Una vez estábamos jugando y yo decidí esconderme en el
pequeño espacio que había debajo de las escaleras. Mientras gateaba dentro
del lugar sentí un olor muy fuerte y lo que parecían almohadas gigantes.
Uno por uno mis amigos me encontraron y nos fuimos apretujando dentro del
pequeño espacio. Cuando el juego por fin terminó salimos gateando e
inspeccionamos una de las pacas. Era una grande y pesada llena con retoños
de marihuana.
Eso fue alrededor de cuando llegaron las matas de semillero. Era
temprano en el verano de 1982 y habían legado en un camión en pequeños
materos individuales de musgo, cada uno con un solo brote de cannabis
sativa.
Hay varias etapas importantes en crecimiento de la marihuana:
germinación, vegetación, florecimiento y la cosecha. La etapa de
germinación dura cerca de dos días, la de vegetación cuatro a seis
semanas, la fluoración cerca de ocho semanas.
Fue en la séptima semana de la floración cuando los policías se
aparecieron. Antes de eso mi papá había construido un intrincado sistema
hidropónico al aire libre con una manguerita que alimentaba cada planta
con dosis masivas de fertilizantes y agua. El sistema era controlado por
reloj. Todos nos tomábamos nuestro café mañanero con jugo y nos íbamos a
atenderla cosecha. Las plantas estaban limpiamente organizadas en filas en
el fondo de tres terrenos de 4 acres cada uno que estaban rodeados por
árboles. El cultivo abrazaba la línea de los árboles, para que no pudiesen
ser vistos desde el aire, pero sin nosotros saberlo los policías estaban
usando fotografía infrarroja para localizar a los sembradores de hierba
desde el cielo. El monte salía mas frió que los árboles, y de ésta manera
se diferenciaban de la flora legal. Así fue como la descubrieron.
Hoy en día, la mayoría de los sembradores ponen sus platas separadas
para evitar que una masa de bajas temperaturas no aparezca en el
infrarrojo. La nuestra había sido una operación con dos bolas, que
requería que cada planta estuviera cerca de la otra sobre apenas unas
pocas cientos de yardas. Stevie Wonder hubiera visto la masa desde el
aire. O al menos la hubiera olido.
Las plantas florecieron en agosto, cuando las cosas estaban empezando a
ponerse calientes. Los tipos del trato nunca venían a chequear en su
inversión, pero mi papa estaba seguro que estarían ahí para recogerla
cuando la cosecha estuviese madura. El chequeaba constantemente en los
ahora arbustos de 3 metros cubiertos de los brotes pegajosos con pelos
rojos y blancos. Mi pobre viejo era tan solo un rayo en una gigantesca
rueda de tráfico de drogas que incluía al que hacia el negocio inicial, el
sembrado, la cosecha, y la distribución, que iban del rango de kilos hasta
las bolsitas de níquel. La suya fue apenas una pequeña operación de
sembrado en un mucho más grande conglomerado agricultor. Excepto por el
hecho que el gobierno nunca lo subsidiara si tiene una mala cosecha, el
era más o menos como un granjero en Idaho. La diferencia es una bolsa por
una bolsa de papas 59 centavos la libra, comparado con 5.000 por la cosita
Buena que mi papa esta haciendo crecer. (Los precios son ajustados ala
inflación).
Estos gigantescos arbustos, sobrealimentados, bañados en sol, cayéndose
de lado de su propio peso en THC, estaban finalmente maduros para ser
recogidos. Yo fui por una vuelta en el bosque con mi amigo atrás en la
moto de tres ruedas, con sus brazos alrededor de mi cintura, para buscar
salamandras y moho para hacer pequeños y crueles terrariums. Mientras
avanzábamos en uno de las partes más pintorescas de la propiedad, con
brillantes helecho y centenarios árboles, nos cruzamos con un vecino y
otro hombre vestido de civil. Saludamos al vecino, y me agarro con las
defensas en el suelo cuando me pregunto si nosotros sembrábamos algo en
granja de nosotros.
"Tomates," le dije sin pestañar, justo como me habían enseñado a decir,
"nosotros sembramos tomates."
Me aleje en la moto con la sensación enfermiza de que lo que acaba de
ocurrir era mucho más grave de lo que parecía. Maneje a toda velocidad
hasta la casa y al llegar a ella corrí adentro a decirle a mi papa. No
recuerdo que hizo el en ese momento, pero creo que escondió algo de dinero
en una caja fuerte y camino hasta afuera.
Ahí estaba el hombre que nos habíamos encontrado en el bosque. El tipo
no grito, ni saco la pistola o nos esposó. Mi papa solo dijo hola en tono
jovial, probablemente por que yo estaba ahí. Entonces el viejo se dio la
vuelta y entro a la casa lentamente con el tipo a sus espaldas. No hubo
sirenas, carros sin marcar o policía del estado, solo dos tipos en orillas
diferentes del río de la ley incapaces de hacer nada sino lo que ya estaba
preordenado en el sistema legal del estado.
Yo me imagino que un arresto de este tipo estaría en las páginas de
todos los periódicos hoy en día, y con la pasión de la lucha contra las
drogas, el policía que hizo el arresto se lanzaría como fiscal y más tarde
como alcalde. Pero esto fue hace veinte años y las cosas eran diferentes.
Mi papa llamó los vecinos que eran amigos de él. Yo hice el papel de
“enfermo” por que no encontró otra forma de explicar la salida inesperada,
le dije adiós a mi papa y me monte en el carro del vecino. Cuatro meses
mas tarde se apareció en navidad, recién salidito de la cárcel y
pidiéndonos que le perdonáramos. Mi mama nunca lo hizo, y esta arrecha con
el hasta el día de hoy por poner a su hijo en peligro. A mi solo me tomo
20 minutos de estar de vuelta en sus brazos, expectante de la próxima
aventura que me haría vivir.
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