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Me
Caigo y No Me Levanto
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Sin
Palabras
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María Eugenia
Rodríguez

Tengo en mi poder algunas
pesadillas que me gustaría enviar al remitente, o al menos
despojarlas con la mañana. Eventualmente se quedan flotando en algún
lugar de mi cuerpo, me caigo y no me levanto entonces. Pertenezco de
pronto a un sofá, a un estante, a un volante; estoy sobre ruedas, a
salvo de un golpe incierto, una torpeza de lingüística, un cura
vestido de verde, cosas así. Chicanos. “Una ración de tequeños y una
cerveza helada por favor” es lo que pide mi boca, mi garganta, mi
estómago, mis zonas más profundas.
Trato de aplacar una avalancha que no cesa, un chiste, una burla
de las cosas que están ahí afuera, inalcanzablemente cerca,
perceptibles sólo por mis nostalgias. Tengo el poder y lo pierdo,
camino, vuelo, ruedo, brinco, me arrastro por la necesidad de ganar
espacios y tiempos. Abro mi bocota y me escondo detrás de una
palabra, una con cuchillo y tenedor. Soy torpe para consolar al
otro, soy más fuerte con la desgracia ajena. Pienso en nubes y digo
zapato o escondo mis manos en los bolsillos amplios de un pantalón
negro. Me limito a recordar aceras cuando piso otras, y si me amparo
en un abrazo es porque lo he recibido desprevenidamente. Inútil ante
mí misma recorro la mañana tal y la tarde del otro día y todo el
tiempo que se quedó inevitablemente en el olvido.
Fumo, porque lo piden mi boca, mi garganta, mis pulmones. Quiero
alborotar a las vísceras y anestesiar al corazón. Quiero parapetear
el pecho y seguir con la comedia, para llegar encendiendo las luces
y tumbarme en un chinchorro y dormirme sobre una curva por encima
del piso. Ya me hago la idea de que no estoy en este mundo. Sin
embargo, todo esto lo imagino y en cierta forma me consuela. Salgo
de esta cárcel donde me retengo y entro en una queja o en un
suspiro, las únicas caricias de la soledad.
Así ando por los lugares más poblados y sin conocer a nadie.
Cuando alguien aparece me escondo en la otra acera hasta que no me
queda más que volver a tierra. Allí estaba Fulanita de Tal, no me
había gustado su actitud en aquel encuentro. Probablemente fue una
cara inventada por mí, por culpa de la prisa que yo misma inventé en
cuestión de segundos para salir volando.
La vida debió venir con un manual de instructivos. Alguno que
explicara ciertas cosas, así podríamos escucharnos, provocarnos,
seducirnos, fabricar juegos de una infancia perenne y mientras
escribo esto, se pierde la tristeza.
Esta noche, cuando todo haya pasado, soñaré algo que no podré
recordar. Y mi vida será mañana incierta, otro domingo de silencios
y de lluvia, aunque sea martes.
... Marlon Brando “¿Quién será mi ventrículo?”
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