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El sol paseándose de un lado a otro mientras nosotros perseguíamos
la sombra de las palmeras, la arena inevitable, omnipotente y
omnipresente y los infaltables niños que deciden correr cerca del
sitio que escogiste para extenderte a leer, mientras cuentas los
minutos para salir corriendo a casa y su agua dulce.
Sin embargo, en esta ocasión entretuve las horas en adivinanzas
de sexos, edades y números de personas que llegarían en los
sucesivos peñeros, inclusive haciendo cálculos de exactitudes
insuperables con solo muestrear dos o tres carabelas. Así fue como
de pronto, en uno de esos pequeños maderos flotantes cargados de
rostros impersonales que se transfiguraban en estadísticas, apareció
una dama que hizo sobresaltar mis datos, cubriendo de tonos azules
las hojitas de apuntes que me acompañaban.
Era una chica esbelta, de figura delgada y cabello oscuro, el
prototipo de mis mejores tiempos, con un reflejo de días europeos y
noches caribeñas y una mirada...bueno, realmente tenía lentes
oscuros así que tuve que conformarme con imaginar sus ojos.
No pude quitar mi mirada de sus pasos hasta lograr ubicarla en la
inmensidad de la playa que ahora se hacía gigante, y decidí sin más,
pasear por la bonita costa, entretejiendo niños que gritaban
dulcemente mientras danzaban como peces de un lado a otro.
Al llegar al frente de su espacio, después de haber destruido
descuidadamente con mis pasos al menos tres castillos de arena y
frustrado igual número de ingenieros, nuestras miradas se cruzaron
por momento, y entonces llegó a mí esa sensación que bien conozco y
sin pensarlo dos veces, baje la cabeza mientras me escabullía en el
fútbol de los amigos.
A pesar de mi timidez advertí como tenuemente saltaron algunas
miradas desde atrás de sus cristales y chocaron –no se si por azar o
por el movimiento constante de los jugadores- contra mí. Entonces
pensé que era el momento de acabar con el juego. Este pensamiento se
vio concretado una vez que por estar distraído y tratando de
ubicarla en playa, los contrarios aprovecharon el idilio y
alcanzaron nuestra meta en múltiples ocasiones.
Una vez celebrada la derrota, asistí a su encuentro pero me frenó
el encontrarla distraída y entregada a la lectura, así como tres
tías, dos señores, dos comadres, el perrito y cuatro niños, sin
contar los primos de igual corte europeo, que reposaban a su lado,
entonces, con otro gol en contra me refugié en la sombra que por ser
mediodía, era fácil de alcanzar debajo de cualquier cosa.
No dio tregua a la lectura, que solo interrumpía por breves
instantes para compartir con la familia, pero sin salir del periplo
que se tejía entre Italia y España mientras yo seguía al otro lado
del mar, en una Suramérica reseca por lo pequeño y vertical de mi
palmera, sentado y maquinando algún ataque de contra-colonización
temprana. Pero todo fue inútil, y ya empezaba a dar por cerrado el
capítulo.
Quise volver a los cálculos, pero era inútil. Había comprendido
lo aburrido de contar personas bajándose de barcos, y fue cuando
decidí a meterme al agua y darme un baño de agua fría. O por lo
menos en la orillita, hasta donde me llegue al pecho, debido a mis
precarias dotes como nadador.
Entonces ella, decidida, se paró y comenzó una marcha firme en mi
dirección, ayudada por mis desaliñadas brújulas que cambiaron
prontamente el rumbo hacia sus azules ropas pequeñas y excitantes
alusivas. Pero cuando ya estaba lo suficientemente cerca como para
dar el siguiente paso –el cual yo ignoraba por completo, pero estaba
seguro que algo se me ocurriría-, escuché una voz que la llamaba y
recordándole que había olvidado los lentes.
Sin pensarlo salió del agua, mientras yo, desorientado y sin
rumbo aproveché el grito de un amigo para demostrarle lo agradable
de jugar al fútbol con ellos en el agua. Ella, volvió al mar con los
extraños lentes en la mano, acercándose un poco, y antes de
llevarlos a su cara, clavó una mirada desnuda en mi rostro, que
debió parecer petrificado ante sus ojos, para luego, sumergirse con
igual facilidad en el líquido salado y azul y en mi mente .
Permaneció sumergida largo rato y yo, acostumbrado a mis cortas
inmersiones de exploración rápida, con objetivos claros y concretos,
de las que llaman chapuzones, hasta comencé a preocuparme por su
vida, cuando de pronto un balonazo me recordó lo del partido de
fútbol y el agua salpicándome en la cara me ubicó en la celebración
del cumpleaños. Acechante, pensé en acercarme, pero no tardé en
comprender sus habilidades como nadadora y tras quince intentos
fallidos para mantenerme en flote aunque sea un minuto, me recordé
las clases de nado con el profesor Visbal, quien me devolvía el
dinero al terminar las vacaciones que invertía en aprender a nadar
para poder ir a la playa.
Como una sirena se sumergía durante ratos interminables y
aparecía en algún punto cada vez más distante, mientras yo
permanecía clavado en la orillita, medio mojado y medio seco,
tocando balones mientras trataba de ubicarla entre pelotazos y
patadas.
Así de pronto, ya derrotado, porque perdíamos tres a cero el
partido, por fin se decidió a salir un poquito del agua, y con esa
persuasión típica de quien está pendiente de algo que quiere que
pase, pude advertir en sus frágiles movimientos una tenue invitación
burlesca a acercarme.
Pude notar en su mirada las ganas incólumes de pedirme que me
adhiriera a su baile húmedo y salado, y entonces empecé con disimulo
triunfal a dejarme hacer los goles -habiendo estudiado mis desempeño
futbolístico, ya solo me exigían portear- mientras captaba sus
miradas punzantes.
Sin darme cuenta, las hormonas me inundaron la cabeza y asumí la
actitud típica del macho venezolano, y engalanando mi juego, comenzó
una demostración de mis habilidades en la cancha, empecé a hacer una
serie de paradas inimaginables –inclusive para mí-, y pude detener
cuanto tiro se acercaba amenazante a la puerta. Pero también sin
darme cuenta, hice casi interminable el partido, permitiendo que mi
equipo empatara mientras yo perdía la oportunidad de conocerla.
Quizás ya cansada de esperar –o tal vez por no entender el juego-,
salió del mar, tomó su cámara y comenzó una cacería de las sacras
imágenes que habitan rígidas las piedras de la playa, cuando entre
celebraciones de goles me fui caminando hacia ella decidido y seguro.
No podía esperar un momento más.
Casi no cabía en mí cuando ya muy cerca de su sombra una sonrisa
dulce y armoniosa recibió mis saludos. Esa mirada profunda y serena
que otrora me invitaba, ahora enjuiciaba mis palabras y el sano
temblor de la duda llenó mis frases tartamudeadas que preguntaban
sobre el libro que leía.
Así supe que derramaba sus horas en ensayos de amor de un autor
suizo cuyo nombre me vino a la cabeza como otro balonazo, sembrando
un gol imparable que se diluyó entre sonrisas y frases entrecortadas.
Una vez más nada se me ocurriría.
Como de costumbre me confundí en preguntar cosas del autor y
otras tonterías del momento, pero por su acento pude ubicar sus
horas de niña en la España mediterránea. Sin embargo, en el mismo
acento pude desdibujar su nacionalidad venezolana y su gusto por el
autor suizo. Pero una vez que salí del trago inicial y empezaba a
tomar control de la situación, escuche una voz áspera y tajante que
atravesaba la arena mientras anunciaba lo tarde que era, pregonando
improperios hacia mí por la demora, preguntando con tono de
respuesta ya obtenida “Negro, ¿tu estás listo? Hace rato que llegó
el peñero... ¡vámonos pues...!
Allí entendí que ese sería el regalo de cumpleaños de mi amigo.
Quizás su ultimo antojo de este enero. Adiviné en sus finos labios
la llegada de una sonrisa quijotesca y burlona, y mientras se
encogía de hombros sus cejas se elevaron avisando la hora y el apuro
de mi amigo. Espantando de mi mente las preguntas y los suspiros, el
neo-tartamudeo refloreció y apenas pude decirle que era hora de irme.
Sin querer dar un toque dramático a nuestro encuentro de dos minutos
le suspire un nos vemos, sin poderle decir que nunca dije nada
porque me parecía impropio usar un tal autor suizo de cuyo nombre no
quiero acordarme y a quien evidentemente no conozco, como excusa
para decirle que me había impregnado de ella. |