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Los
Hijos de Castro
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Cartel en
calle de La Habana
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Deirdra Funcheon

Han pasado 50 años desde que
Fidel Castro se graduó de abogado en la universidad de La Habana, su
alma mater, donde ahora todo el mundo parece estar mamando gallo. En
vez de estudiar, los estudiantes de las diversas cátedras compiten
en water polo, fútbol, racquetball, atletismo, natación y karate.
Los juegos anuales del Caribe, un acontecimiento atlético de tres
semanas, está en marcha. Aunque las clases no han sido canceladas
oficialmente, uno de los estudiantes me asegura que nadie asiste.
Llegué al campus universitario apenas horas después de
desembarcar de mi vuelo desde Montreal, motivada por una curiosidad
post-Elián, de saber cómo vive la gente joven en la isla de Castro.
Apretujada en las gradas de cemento azul de la piscina al aire
libre, un muchacho de 23 años, piel cobriza y ojos claros se me
presenta como Alejandro. Está pidiendo prestados zapatos de goma
para poder competir en una carrera, en la que muchos estudiantes
corren descalzos.
Alejandro estudia inglés y alemán, a pesar de tener poca
esperanza de alguna vez visitar Inglaterra o Alemania. Vive con su
padre, su madre, su tío y sus cuatro hermanos en un suburbio de la
Habana llamado La Lisa. Vivieron en Rusia por algunos años, cuando
su padre, un militar, fue enviado como agregado. Su padre ahora está
retirado y su mamá da clases particulares a estudiantes, una
práctica que es ilegal pero común.
Alejandro me dice que los estudiantes pagan 30 pesos al mes por
ir a la universidad (el equivalente a $1.50), y me muestra su
tarjeta de racionamiento que le da derecho a cinco comidas en la
cafetería universitaria cada semana. Su familia recibe una tarjeta
aparte para ir al supermercado. Alejandro es muy bien parecido, pero
su cuerpo, incluso su cara, es huesuda, angular, demacrada.
"Estoy de acuerdo con el racionamiento," me dice. "Están
intentando dar lo mismo a cada persona, pero no siempre cada uno
recibe lo mismo. Es imposible, pero es bueno que estén tratando
solucionar el problema."
Ale vacía su morral y me muestra su carnet de estudiante, un
cassette de Metallica y un cuaderno. Me pregunta si me gusta Cher.
¿Sabías que su nombre completo es Cherilyn LaPierre y que nació el
20 de mayo de 1945? Consiguió esta información, me dice, en La
Enciclopedia de Nuevos Grupos. Ni siquiera pienso en discutirlo.
"No sé si sabes acerca de Elián González," continúa, como si
fuera posible no ver las docenas de carteles en la ciudad con la
cara del niño tras las rejas. "No necesitamos luchar para ganar.
Ganamos siempre con nuestras ideas."
¿Entonces, a ti te gusta Cuba?, le pregunto. ¿No has considerado
irte flotando dentro de una tripa hasta La Florida?
"Bueno," contesta cuidadosamente, "muchos se van a América porque
ven todas las cosas que pueden tener allí. Piensan que si se van,
sus vidas serán mejores. Pero no hay garantía de ello." Aún así
entiende por qué se van. "Uno tiene que hacer lo que tiene que
hacer. "Si yo tuviera una buena oportunidad en otro país, tomaría
ventaja de eso. No tiene nada que ver con política.”
"Si yo viviera en otro país," continúa, "no podría estar cerca de
la playa. Cuando viví en Rusia, vivía cerca de un río. Me volvía
loco por echar una nadada, pero cuando vi que el agua no era como
nuestras playas, y que había rusos tomando el sol y nadando en ropa
interior, deseé regresarme a Cuba."
Hacer amigos en Cuba es como ser adoptado. Cuando Alejandro se va
a su carrera, soy transferida al cuidado de sus amigos. David, un
muchacho larguirucho con una voz profunda, es el atleta estrella de
la escuela; Omar, un fanático greñudo de Bob Dylan, "tocaba" la
guitarra pero se le rompieron las cuerdas y no puede conseguir
reemplazos y Dayron; que estudió en Belice y está haciendo
post-grado. Todos hablan inglés y tienen la esperanza de ser
asignados –los trabajos en Cuba son asignados, no se tiene que
aplicar a ellos- como traductores una vez que se gradúen.
También me presentan a "un VIP," el presidente de la Liga de la
Juventud Comunista. Es un hombre negro buen mozo con una sonrisa
enorme y la presencia de un líder. Usa una camiseta por dentro del
pantalón con la palabra "Beijing" y la foto de un panda. Los
muchachos me cuentan que la mayoría de los estudiantes pertenecen a
la juventud comunista. No se castiga a los estudiantes que critican
al gobierno -me dicen- pero la "gente los mira diferente". "Los
miembros de la liga intentan demostrarles que nuestro gobierno está
en lo correcto".
Pero suficiente de política; hay una fiesta a la una en uno de
los sitios preferidos de los estudiantes de la universidad.
"Nos llaman los rumberos de la escuela" dice Dayron.
¿"Oh sí?" pregunto con una mueca. ¿"Y qué se necesita para hacer
una fiesta en Cuba? ¿Alcohol?"
"Sí, alcohol y baile."
¿"Drogas?"
"¡No! No tenemos ese problema aquí."
"¿Comida?"
"No. Sólo ron. Y bailar."
"¿La universidad proporciona el ron?"
"Por supuesto. Suenas sorprendida."
"Bueno, en los Estados Unidos, no nos animan exactamente a
emborracharnos en la escuela."
"Bueno amiga mía," él se ríe, "este es un país libre."
•
Caminamos algunas cuadras hasta la Federación de Estudiantes
Universitarios, que resulta ser un establecimiento sumamente
exclusivo. Me toma un rato convencer a los tipos de seguridad en la
puerta, pero los muchachos me anuncian como embajadora de la paz,
título que orgullosamente admito. Una amplia escalera conduce a la
puerta de una casa de tres pisos, donde carteles de colores
brillantes al estilo Warhol de Fidel Castro y el Che Guevara adornan
las paredes al aire libre.
La fiesta, sin embargo, es en el patio, al aire libre, en donde
un DJ se levanta en una cabina sobre la pista de baile de cemento
rodeada por mesas y sillas de metal. El ron se dispensa desde dos
tinas gigantescas y se vende por centavos a los estudiantes que han
traído sus propias botellas vacías. Dayron estaba en lo cierto, no
hay ningún alimento. Ahora son las 7 p.m., el sol se ha puesto, y la
gente no ha comido desde el mediodía, pero nadie ve nada inusual en
esto.
El lugar está lleno de mujeres y hombres jóvenes en camino a ser
biólogos, psicólogos y abogados. La gente me grita "¡A mí me gusta
el inglés!" y me invitan a quedarme en sus casas. Bailo con varios
hombres, traicionando la rigidez de mis caderas americanas, y me
aventuro hasta la cabina del DJ. Los dos DJ’s felizmente me dejan
examinar su colección, que no consiste de discos de acetato, ni de
CDs, sino de cassettes. Y ni siquiera cassettes, sino copias de
cassettes. Segundas y terceras generaciones de cassettes regrabados.
Los audífonos del DJ están quebrados por la mitad.
•
La noche siguiente, me invitan a una fiesta en un pueblo cercano
a La Habana llamado Alamar. Mientras más me alejo de la capital, la
destruida arquitectura típica es substituida por gigantescos
complejos de apartamentos que serían derribados en los Estados
Unidos. Se ven los ladrillos; y los postes del teléfono y los
alambres eléctricos se lían y encadenan peligrosamente. Las calles
se extienden vacías y obscuras.
Los interiores, sin embargo, son otra cosa. El apartamento que
estoy visitando tiene el piso embaldosado, muebles de mimbre y
cuadros enmarcados de Picasso en la pared. David toca discos
compactos prestados en un equipo de sonido que trajo para la
ocasión. Comemos y bebemos galletas con mantequilla de ajo,
chicharrones de cerdo, vino casero y botellas de ron. Por primera
vez en mi vida juego dominó, y mi compañero, un tipo flaco que es el
doble de Jerry Seinfeld, no se molesta por perder 100 a 0. Repite
una y otra vez algunas de las pocas palabras que sabe en inglés: "We
are the winners!"
Sin ningún tipo de sustancias con que alterar la mente, pero con
gran imaginación, jugamos juegos que me recuerdan el bachillerato.
En uno de ellos, cada persona escribe un elogio o una pregunta
anónima a otro de los jugadores. Por ejemplo, "¿por qué estas tan
serio esta noche?" o "Eres un gran jugador de voleibol." El jugador
lee la nota, escribe una respuesta, y tacha su nombre y después se
pone la nota en una pila que se leerá en voz alta. Le escribí a
Alejandro, "Eres muy inteligente."Cuando una de las muchachas lee
las notas, oigo su respuesta: "Obviamente, me subestimas."
Luego jugamos otro en el cual los muchachos, como grupo, eligen
una pregunta para las muchachas. Mientras están eligiendo, las
muchachas deciden cuál de nosotras contestará la verdad; el resto de
nosotras mentirá. La pregunta de los muchachos es, "¿Dónde te gusta
más hacer el amor?" y "¿Qué parte del cuerpo te gusta más que te
besen?" Nosotras respondemos por turnos y los muchachos adivinan
quién dijo la verdad.
El sexo es una de las pocas formas de entretenimiento asequibles
en la isla, pero es difícil encontrar un lugar aislado en el cual
tenerlo. Se pueden alquilar cuartos en Cuba por hora, pero alguien
me dice que una de las formas más populares de hacer el amor es la
que llaman "amor vertical”. También me dice que los condones son el
método preferido de control de la natalidad, pero no mencionan que
la tasa de aborto de Cuba es la más alta del hemisferio.
Los abortos han sido legales desde los años 40 y se realizan
gratis en los hospitales. Como en los Estados Unidos, la gente
pospone casarse hasta que están casi en los treinta, y la tasa de
divorcio es alta. "Noventa y nueve por ciento," alguien me bromea.
(En realidad la tasa es 3.7 divorcios por 1000 personas, casi igual
que el índice de 4.3 en los Estados Unidos según estadísticas de las
Naciones Unidas.)
Cuando suena una canción de los Backstreet Boys, cinco muchachos
se alinean y revientan repentinamente en movimientos que harían
llorar a la banda americana. Alrededor de las 4 de la mañana,
intento llamar un taxi de un teléfono público. No tengo nada más
pequeño que un dólar, que, de poder usarlo, compraría cien llamadas.
Pero no puedo, así que Alejandro paga. Aun así no tenemos éxito con
el sistema de teléfonos; y tengo que quedarme a dormir.
Doce de nosotros nos vamos al apartamento de David. Entramos a su
cuarto, tratando de no molestar a su familia dormida. El cuarto es
pequeño, frío e iluminado por bombillos fluorescentes; afiches de
Alicia Silverstone y estrellas de la NBA están pegados en la pared.
Siete personas se apilan en la cama; Alejandro y yo nos acostamos en
el piso. Jugueteamos hasta que un gallo en el patio comienza a
cantar.
A la salida del sol ya hay una cola larga para tomar el autobús.
Un funcionario entrega boletos a la gente en el orden en que
llegaron. Logramos tomar el siguiente autobús y Dayron paga mi
pasaje, aunque, con el dólar que tengo en la mano, pagaría cientos
de ellos. La caballerosidad aún vive en Cuba.
•
La ciudad de Santa Clara, donde ocurrió una de las batallas que
definiría la Revolución, es famosa por su estatua gigante del Che
Guevara. Batista huyó tan pronto como los rebeldes tomaron Santa
Clara, y un espíritu de energía y optimismo se pasea por sus calles.
En cada cuadra, la gente está jugando: béisbol, rayuela, dominó.
Parejas en motocicleta nos pasan cerca, llevando panes bajo el
brazo; un hombre carga una televisión en una carretilla. La gente
enciende fogatas y cocina guisados en el medio de la calle, y cuando
paso cerca de un muchacho de 26 años llamado Ernesto (en honor a
Ernesto "Che" Guevara) me da un ramo de flores. Me adoptan otra vez.
Ernesto quisiera tener un restaurante. Y no es ninguna sorpresa.
Él y su amigo Tony me conducen a un paladar, un tipo de restaurante
incógnito funcionado en la casa de alguien. Nos colamos furtivamente
por una escalera en espiral estrecha a un cuarto minúsculo con las
ventanas cubiertas y dos mesas pequeñas. Yo ordeno, pero ellos
insisten que no quieren nada. Les pido cervezas de todos modos, y le
digo al dueño que traiga platos adicionales. Una vez que llega la
comida - pollo, camarones, arroz, habas, ensalada y plátanos – los
dos se relajan, pero sólo un poco. La cuenta llega a casi $30. Acabo
de gastar en nuestra cena la suma que le tomaría tres meses ganarse
a un cubano.
Tony es un técnico en música para las bandas que tocan en Santa
Clara. "¿Te gusta Metallica?" me pregunta. "¿Gun’s N’ Roses? ¿Whitesnake?
¿Nirvana? Santa Clara es la capital del rock." Cuando nos vamos a un
bar, él hace lo qué él piensa es un favor, y pide estas bandas a la
cabina de DJ una y otra vez.
En la noche, de regreso a mi hotel, me detiene un grupo de
muchachos en un Cadillac púrpura preservado desde los años 50. Tales
carros son comunes en Cuba, pero es extraño ver a una persona joven
manejar uno de ellos. Diez muchachas están apretujadas en el asiento
de atrás; el dueño del carro y sus dos amigos, obviamente, lucen
orgullosos de esto.
Las muchachas, me entero, estudian farmacología en la universidad
de Santa Clara, y dos de los muchachos van al bachillerato. El dueño
del carro no terminó la universidad, y cuando le pregunto si planea
hacerlo, todos ríen nerviosamente. Es como si le hubiera pedido a
Bill Gates que fuera de regreso Harvard el par de créditos que le
faltan para terminar su carrera. ¡Él tiene carro! ¡Ya no necesita
hacerlo! Uno de los muchachos dice que él conoce a un tipo que se
fue a Miami y se compró dos carros en seis meses. Esto produce una
ola de "oohs" en las muchachas, que me miran para confirmar que esto
es posible. Cosas como estas son leyenda.
Me preguntan si tengo carro en los Estados Unidos y contesto sí.
Doce pares de ojos críticos, curiosos, se fijan en mí, y me siento
un poco culpable. Intentando desviar la atención, pregunto a los
muchachos cabritos que hacen además de ir a la escuela.
"Paseamos" dice la muchacha más habladora, la líder.
¿Sólo pasear?
"Y ver qué conseguimos para comer."
•
No toda la gente joven en La Habana tiene la fortuna de ser
estudiante de la universidad. Para conseguir entrar en la
Universidad de La Habana, los estudiantes deben pasar una serie de
rigurosas pruebas de admisión. Una vez adentro, los estudiantes
deben pasar más pruebas para ser admitidos a la carrera que
prefieren. ¿Qué sobre los que no entran? Le pregunto a Dayron. Él se
encoge los hombros. "Hacen otra cosa."
Para algunos, otra cosa significa ser Jinetero. El término que
literalmente se aplica a los jockeys, se refiere sobre todo a las
prostitutas, pero también se utiliza para describir a los jóvenes
capitalistas en busca de turistas a quienes exprimirles unos
dólares. Los Jineteros vienen en versiones masculinas y femeninas, y
en La Habana ellos se pasean por los alrededores del Coppelia, que
es el lugar para ver y ser visto.
Una noche en el Coppelia, se me acerca una muchacha de 25 años
llamada Alicia y una amiga más joven que, al parecer, estaba en
entrenamiento. Impaciente por complacerme, Alicia me pregunta si
deseo ir a una fiesta, o a una película, o a un club. Al final me
lleva a un bar llamado La Red. Allí me dice que ella y su amiga son
profesoras de salsa, lo cual más tarde aprendo, es una popular, y
vagamente definida profesión en Cuba.
Este club está cerca de varios hoteles, un canal de televisión
pasa videos de música americanos con influencia latina de artistas
como Christina Aguilera, Jennifer López, Elvis Crespo. Los
"profesores del salsa" me dan una improvisada clase en la pista de
baile ante los ojos envidiosos de los presentes. Todos juntos están
aprendiendo cómo manejar esta economía.
Alicia pide una ronda de tragos. Cuán generosa, pienso. Es sólo
más tarde, cuando estamos listas para irnos que me doy cuenta de lo
que sucede al recibir la cuenta por los tragos y me cobran $8 por
entrar. Alicia consulta con el portero. Aparentemente se acaba de
ganar una semana de paga. Cuando regresa le digo que estoy cansada y
lista para irme a la cama. ¿Seguro? Me pregunta. ¿No hay nada más
que pueda hacer por mí? ¿Alcohol? ¿Drogas? ¿Marihuana?
•
En Cuba no se ve bien a las personas que no le dan la cola a
otras en las autopistas. Si tienes carro y aunque sea un pequeño
espacio dentro de él, se espera que tomes pasajeros. De hecho,
trabajadores del gobierno en bragas amarillas colocados a lo largo
de las carreteras, detienen a los conductores y organizan el
proceso.
Unos treinta kilómetros afuera de la ciudad de Trinidad, detengo
mi Peugeot turquesa alquilado para darle la cola a Iván, un profesor
de natación de 26 años. Iván trabaja dos mañanas a la semana en una
escuela primaria varias ciudades lejos de su casa. Debido al
problemático sistema de transporte, sale de su casa a las 5 de la
mañana para poder llegar a su trabajo a las 8:30. ¿Pero qué haces
los otros cinco días?
Él se ríe. "Las muchachas piensan que soy loco porque todo lo que
lo hago es pescar." Alrededor 8 de la mañana, me dice, se ata una
red al tobillo, toma su arpón y nada cinco kilómetros mar adentro.
Solo. Y no sale del agua hasta que ha cogido al menos 70 pescados o
llega la noche. Es ilegal agarrar las langostas; están reservadas
para la exportación. En tierra firme vende los pescados a cinco
pesos cada uno a casas particulares -hogares que funcionan como bed
and breakfast para turistas, y que cobran alrededor de $15 por
noche.
A Iván se llama a si mismo "Indio" debido a su piel rojiza, pero
el color de la piel no es problema en estos lares. El cincuenta y
uno por ciento de la población cubana es mulata, y gente de todas
las razas trabaja y socializa junta y la discriminación es apenas
perceptible al visitante americano. Racismo, me dicen, es un
problema de menor importancia y es más sensible en las provincias.
Iván vive con su abuela, su mamá y su padrastro. Quisiera
mudarse, pero dice que no es posible. Existe tal escasez de vivienda
que muchos recién casados no consiguen un lugar propio; y ni hablar
que le concedan uno a un hombre soltero. Iván quisiera vivir en los
Estados Unidos, pero sólo por un tiempo. "Podría abrir un
restaurante cubano por unos meses y hacer bastante dinero para
devolverme y vivir como un rey."
Más adelante, caminamos por la ciudad. Los bares están llenos de
canadienses, italianos y franceses. Le pido a Iván que me lleve a
uno donde vayan los locales, pero realmente no hay uno. Una cueva
gigante en una ladera la han convertido en un nightclub. Iván ha ido
sólo un par de veces, cuando ha vendido muchos pescados y puede
permitirse pagar los $7 que cobran de entrada. La ciudad, al
parecer, no pertenece a los cubanos. Pertenece a los turistas.
En el club, un joven en pantalones negros, camiseta camuflada
pegada al cuerpo y lentes de sol baila ostentosamente. Iván lo
señala y dice: "Gay." Hace una cara de repugnancia y dice que hay
muchos homosexuales en Cuba. "¡Son un problema!”
•
Dos días más tarde, despierto a punta de golpes en la puerta. No
son las 7 a.m. Un oficial de la inmigración en uniforme del ejército
me ordena ir a su oficina para resolver un asunto con su jefe.
Todavía medio dormida, lo sigo a un complejo de edificios de
concreto en una calle sucia, donde me llevan a una pequeña oficina y
soy interrogada por dos soldados.
Son severos pero comprensivos. Sólo están haciendo su trabajo,
cerciorándose de que todas las noticias sean publicadas por el único
periódico nacional, el oficialista Granma. Me piden que les confirme
lo que han oído hablar en él de los Estados Unidos, y mis respuestas
los atontan. Sí, la universidad cuesta $24.000 por año. Sí, los
niños se caen a tiros en la escuela. Y sí, debemos pagar para ver al
doctor. "¡Dios Mío!"mascullan.
El soldado de más rango me da una charla sobre las diferencias
entre una visa de periodista y una visa turística. "Mucha gente no
entiende Cuba," me dice. "Vienen aquí por algunos días, y cuando
llegan a su país escriben cosas negativas. "Con esta visa,"
continúa, sosteniéndola frente a mí, "usted puede ir las cascadas,
ir a la playa y tomar fotos bonitas. Deje de hacer preguntas".
•
Hay un refrán cubano que reza, " Si tú tienes amigos, tienes un
central "- si tienes amigos, tienes una fábrica. Cualquier cosa
puede ser producida.
Necesito un lugar donde permanecer mis ultimos dos días en La
Habana, y pasando esto de uno a otro doy con el hogar de la familia
de Elisa, una mujer que cruza el límite superior de la Generación X.
Cuatro generaciones del clan de la familia de Elisa viven en la
casa; y se las arreglan para reordenarla para hacer un espacio para
mí, alimentarme y darme una rara moneda de tres pesos con la imagen
del Che Guevara. No me dejan ver la televisión cada vez alguien en
ella descarga contra la diabólica mafia de Miami (lo cual es
frecuente), y me dicen que yo soy "familia."
La hospitalidad es asombrosa, pero la casa se está desmoronando.
Las paredes y los techos están llenos de agujeros, cucarachas corren
a través de la sala y el cuarto de baño es asqueroso. Ropa interior
grisácea cuelga de los ganchos al lado de la ducha. La poceta
funciona sólo de vez en cuando, y el material para limpiarse (que no
necesariamente es papel toilet) debe botarse en un pipote de basura
porque el pozo séptico no tiene capacidad suficiente para eso. En la
ducha, uno debe estar parado en una tina de plástico colorida dentro
de la bañera, o bien los centenares de moscas miniatura que viven en
y alrededor del drenaje salen en enjambre en una nube negra.
Tratando de aligerar mi carga para el viaje de vuelta al hogar,
filtro cuanto encuentro en mi maleta. Elisa acepta todo lo que le
ofrezco, incluyendo una camisa, champú, jabón, crema para las
espinillas y un desodorante medio usado. Se contenta especialmente
con los rollos de película y las baterías, y cuando me dice algo
sobre mis zapatos, también se los doy. Su mamá pierde el juicio
cuando le doy una pintura de uñas.
A mí me daba la impresión que Elisa es de alguna forma una mujer
de poder, por lo que no me sorprende cuando me entero que trabaja en
oficinas gubernamentales de alto nivel, y en un punto trabajó con
Raúl, el hermano de Fidel Castro. Muchos estudiosos de Cuba
especulan que Raúl tomará el lugar de Fidel cuando se muera, pero
Elisa me ve de lado cuando traigo esto a colación y menea el dedo
índice.
"No, no, no," me dice. Raúl no tiene personalidad, ninguna
habilidad para la dirección, la gente no gusta de él. "Pero no
pienses por un segundo que Fidel no ha pensado en esto," me dice.
Elisa golpea ligeramente su dedo índice en la sien y dice, "Él sabe.
Él ha estado entrenando gente... No puedo decirte los nombres, pero
son buena gente." Me cabecea y me guiña un ojo. "No te preocupes,
buena gente."
¿Cuba entonces se convertirá en una democracia? le pregunto.
¿Habrá capitalismo? Medio cierra los ojos y piensa. "Poco posible,"
me dice uniendo su índice y pulgar. "muy, muy poco chance."
Al día siguiente paseamos con Lili, una amiga de Elisa. Todavía
no he entendido la ética de trabajo del cubano. Todo el mundo o
vende algo o vaga lentamente a través de las calles o espera una
cola a alguna parte. Un camión de basura pasa al mediodía; tres
hombres se turnan la recogida mientras que otros en la cabina beben
de una botella de ron. Gente cuelga perezosa de las ventanas de las
fábricas de habanos, mirando a los transeúntes. Nos detenemos varias
veces a visitar amigos de Elisa que descansan en las salas de sus
casas.
Elisa dice que ella está entre trabajos. Lili es profesora de Jai-Alai,
y dice que trabaja de lunes a sábado, pero es viernes al mediodía y
allí está paseando con nosotras por La Habana en mi carro alquilado
("El carro alquilado de Fidel, " me corrigen), escuchando cassettes
de Elvis Crespo y yendo a tomar cerveza en la casa de Ernest
Hemingway. "Está bien" me dicen, riendo.
Esa noche, me uno a los estudiantes de la universidad detrás de
la piscina para celebrar el fin de los juegos del Caribe. Cerca de
1500 personas, incluyendo el DJ con sus cassettes de mezclas, rodean
la tarima improvisada al lado de la piscina, debajo de una colina
cubierta de matas de plátanos. Un muchacho llamado Miguel ("¡Como
Michael Jordan!" declara. "I like Mike!"), que, en una camisa
hawaiana y kakis se parece a LL Cool J modelando para el catálogo de
J Crew, me ofrece un poco de ron.
"I love English" dice el muchacho de 27 años, por encima de la
música. "Sólo que nunca podría vivir en América. América es
demasiado rápida. Aquí es el paraíso." Con su brazo cruza de lado a
lado el cielo de noche. "Yo amo a mi país, amo a mi gobierno y amo
demasiado a mi familia."
Todo el mundo se sacude, los DJs, montados en unas sillas
levantan sus puños en el aire y algunas personas se caen en la
piscina. Estoy intentando bailar salsa con el entrenador de fútbol
cuando la música se detiene, se oyen unos gritos y el centro de la
pista escupe 1500 cuerpos hacia los lados. Ha comenzado una pelea.
Joel, un conocido mío, me agarra y me conduce a través de la
muchedumbre histérica mientras que afuera la gente hace cola en la
puerta. Pero la fiesta se ha terminado. La tristeza nos envuelve.
"Esto realmente me molesta," dice Joel, en inglés. Un muchacho
pasa cerca de nosotros, sin camisa, goteando sangre de un lado de su
cara. Nuestro grupo de amigos lo ve, decepcionados.
"Esto nunca sucede," me dicen con urgencia, como si debieran
convencerme de esto.
"Está bien," les digo. "Peleas hay en todas partes."
"Usualmente no pasan en Cuba, y nunca en la universidad," dice
Joel.
Un policía militar ha venido a investigar y nos vamos. ¡Mientras
que caminamos a través del campo oscuro del fútbol, una mujer grande
y fuerte en un camisón blanco largo, con pelo gris y anteojos, corre
a través del campo gritando, "Miguel!" Mi amigo Michael Jordan corre
hasta ella, la besa en la cabeza y camina con su brazo alrededor de
ella, -es su mamá-.
•
Cuando ya pensaba que iba a irme de Cuba sin conocer a alguien
que quisiera desertar, Joel me dice que él quiere irse a Miami.
Seriamente. El próximo año. "Aquí hay muchos problemas. Es difícil
conseguir jabón. Te dan una casa, pero la casa se está cayendo. Te
dan comida, pero la comida que se supone es para un mes es realmente
sólo para siete días. Tengo hermanos pequeños, y mis padres, y
quiero ir a los estados Unidos para enviarles dinero."
¿El gobierno no te prohíbe irte?
"¡No! Si uno desea irse, bien. Adiós. Buen Viaje."
El problema está en conseguir la visa-"Por cada visa dada, 20
personas aplican," dice Joel – "y entonces está el problema de
llegar a los Estados Unidos." Joel conoce a una muchacha que ganó la
lotería de visas; y ha acordado casarse con él para que pueda ir.
"Tengo un amigo que se fue a Miami en un bote," me dijo. "me dijo
que tenía tanto miedo, de estar en el mar por varios días en la
noche negra. Me dijo que si él hubiera sabido cómo iba a ser, nunca
se habría ido. Pero yo debo irme ahora. Soy joven y soy como un
buey. Siempre luchando."
Para financiar su viaje, Joel tiene vendió una computadora
portátil en el mercado negro. Con los $50 que obtuvo, se compró un
grabador de CD’s que piensa utilizar en la computadora de un amigo.
El plan es descargar música de la Internet, hacer CD’s y venderlos
en el mercado negro. Dado el hecho de que pocos cubanos han enviado
un e-mail, y ni hablar de haber bajado algo de la Internet, el plan
de Joel es impresionante.
Su inocencia sobre lo que son los Estados Unidos pronto se pone
en evidencia. "Creo que el gobierno de los Estados Unidos le da a
cada cubano que llega el dinero para vivir por un año." me dice.
Le recomiendo que piense en un plan B. Su trabajo ideal, me dice,
sería en una tienda de computadoras. Y agrega que puede arregla
hardware, y que sabe Microsoft Access y Microsoft Excel. De pronto
se me ocurre, que con estas habilidades, y dado que él es bilingüe,
Joel es posiblemente más empleable que yo.
•
La siguiente noche, mi última en Cuba, invito a toda la gente que
he conocido en La Habana a un picnic en un parque desde el que se ve
la bahía, casi debajo de la estatua de Jesús Cristo. Compro en una
tienda de comestibles moderna que sólo los cubanos ricos y los
turistas pueden permitirse. El tinte de pelo y la crema dental se
exhiben en un vitrinas de cristal cerradas con llave, y un guardia
de seguridad patrulla los pasillos. En la charcutería compro 45
rebanadas de jamón por 20 dólares americanos. El ron me cuesta tres
dólares la botella.
Siete amigos vienen al picnic, donde les enseño el concepto del
submarino de dos metros e intento describir un McDonalds.
"¿Quieres decir que no tienes ni que salir del carro?" me
pregunta Alejandro. Me enseñan algo de argot español. "Nadar en
pelota" me explican, es nadar desnudo, cosa que ninguno de ellos ha
hecho, y me dan una camiseta de "Salvemos a Elián" que consiguieron
a un mitin. Al final terminamos cantando "Hotel California" y
algunas canciones de Bon Jovi.
Les digo que deseo enviar un paquete cuando esté en los Estados
Unidos, pero me advierten que puede ser confiscado si lo envío a
través del correo. Prometo escribirles a sus direcciones de e-mail
de la universidad, pero sabemos que no son fiables. Me dicen que me
apresure en volver, y me siento halagada; pero cuando sugiero que
vengan a visitarme, puedo leer en sus caras que es como si hubiera
hecho una chiste cruel.
Deirdra Funcheon es una escritora y fotógrafa estadounidense
cuyo trabajo ha aparecido en el New York Press y The National
Geographic.
Dinos tu opinión escribiendo a
colaboradores@elnuevocojo.com
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