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"Yo no sé si me inicié en el arte o si me iniciaron, no pude decir:
quiero ser. Yo era un aspirante a la universidad, cuando vino una
revolución en Cuba. Fue en la época de
Machado (años 30) y yo tocaba el piano, sabía música,
tenía nociones de lo que era hacer música popular, que es la que
siempre he hecho. Pero entonces hubo que comer y me dediqué a tocar
el piano en un cine, acompañando a una cantante..."
Ignacio Jacinto Villa,
singular fenómeno artístico que pasaría a la historia de la música
cubana e internacional como Bola de Nieve,
hablaba así en una entrevista concedida pocos días antes de su
muerte, en 1971. Y continuaba: "...nunca tuve el plan de iniciarme
para vivir del arte. En eso tuve la suerte de conocer a una de
nuestras más relevantes figuras del teatro en aquella época. Se
llamaba Rita Montaner..."
Y, según contaba Ignacio, a Rita Montaner le hizo gracia verlo
rapado y tan negro, y en público lo llamó Bola de Nieve. A la gente
presente le gustó el apodo y fue suficiente para perpetuarlo.
"Fui acompañante de Rita porque no había otro que lo hiciera en
ese momento, sin ninguna idea de que fuera a ser solista ni mucho
menos. Todo esto sin que nadie me conociera, sin saber si era bueno,
malo, regular...si era artista o no. Era el pianista de Rita
Montaner única y exclusivamente. Y fuimos a
México y en México seguí siendo su
pianista y ahí el mote de Bola de Nieve se popularizó".
Seguía narrando el Bola que Rita, en determinado momento, por
cuestiones de clima, comodidad y cansancio, regresó a Cuba y quedó
él en México acompañando a otros cantantes en una revista teatral.
Así (otros dicen que ocurrió un día en que la artista estaba
indispuesta) una noche lo empujaron al escenario y le dijeron: "¿por
qué no haces para el público eso que haces para jugar y
divertirnos?. Aturdido, nervioso, sin saber qué hacer, cantó Vito
Manué, tú no sabe inglé, de Grenet
y Nicolás Guillén. El resultado fue la ovación cerrada de más de
cuatro mil personas que llenaban el
Politeama de México. El Bola afirmaba que México era su
segunda patria, porque esa noche nació por segunda vez. Tenía
entonces 22 años. Corría 1933 y aunque era popular en tierra azteca,
nadie le conocía en Cuba.
Ese paso lo daría tras encontrarse con
Ernesto Lecuona (autor de Siboney, Andalucía, Malagueña y
otras), quien gustó mucho de las actuaciones de Bola y le habló de
traerlo a la isla. "Llegué a Cuba y debuté, y me tocó la suerte de
que no me tiraran hollejos de naranja y piedras, ni nada, me
aguantaron. Yo seguí abusando de la gente y hasta hoy estoy
trabajando en eso", contaba humildemente el carismático artista en
1971.
Bola de Fango en
Guanabacoa
Ignacio Jacinto Villa nació en la ultramarina villa habanera de
Guanabacoa, cuna de Rita
Montaner y del propio Lecuona, el 11 de septiembre de 1911. La
madre, dicen las crónicas, era negra de budeque, es decir, mujer
fértil y florida, que dio a luz trece hijos. Criada por congos y
carabalíes, tenía en sí la gracia de la tradición oral, el ánimo de
bailadora empedernida en jolgorios hasta el amanecer, lo mismo en
fiestas de vecindad que en improvisados toques de rumba con palos y
latas. Talentosa lo mismo para la mejor rumba de cajón que para un
toque de Yemayá. En ese ambiente
de danzas ancestrales, de babalaos y fiestas del bembé fue creciendo
el futuro Bola de Nieve.
Su tía abuela lo matriculó en la academia municipal. Se llamaba
Mamaquina y decía que tenía que ser artista, según su adivinación.
Gracias a ella inició primeros estudios en una escuelita particular
y a los 12 años comenzó clases de solfeo y teoría musical. Primero
pensaron en la flauta, que resultaba de fácil entrada en cualquier
conjunto y resolvía necesidades, luego en la mandolina, pero el
piano decidió su destino.
Por aquellas irregularidades de la historia, en la cual se
mezclan siempre leyendas, cuentos populares y las pesquisas de
críticos y musicógrafos, hay una contradicción en cuanto al
surgimiento del apodo de Bola de Nieve. Para muchos, lo creó Rita
Montaner en una noche de actuación en el hotel habanero Sevilla en
el año 30 o 31, ocasión en que la acompañó al piano en El Manisero y
Siboney. Para otros, fue idea de
un médico del barrio. Estos últimos cuentan que a Ignacio le
mortificaba el apodo ya en la época en que aún no era famoso y
esperaba en el portal de un teatro de la vecindad para canjear su
arte por un peso cuando faltaba el pianista de la función, o cuando
acompañaba filmes silentes en el cercano cine Carral. Los chicos del
barrio, en burla, le gritaban "Bola de Fango" y "Bola de Trapo". Eso
sí, no hay dudas de que fue gracias a Rita que se hizo famoso aquel
incisivo mote. Cuentan que, llegados ambos a México, la gran
cantante hizo que pusieran en el cartel de presentación: "Rita
Montaner y Bola de Nieve".
Bola Recorre el
Mundo
Vestido de impecable etiqueta, elegante, Bola de Nieve expresó el
espíritu de la música popular cubana. En pianos de cola, en
fastuosas salas de concierto, siempre salían de sus manos sobre el
teclado, y de su voz, los aires del cajón sonado en las calles de su
Guanabacoa natal.
El Bola no creó, sino que fue él mismo, un estilo único, tal vez
irrepetible. Llevaba en sí esencias ancestrales que fundió en una
expresión singular. Su voz, su manera de tocar el piano, sus gestos
teatrales y su forma de interpretar las creaciones propias o de
autores nacionales y extranjeros le dieron un sello atractivo y
original que llevó por todo el planeta. Por todas partes anduvo más
de una vez, y siempre le pedían que regresara.
Y en cuántos lugares estuvo, paseó sus simpatías y su arte. Fue a
Buenos Aires, donde, de la mano
de Lecuona compartió en 1936 con Esther Borja; Santiago de Chile,
Montreal, Lima; Bogotá; Caracas (en
Maracaibo se abrazo con Libertad Lamarque) y Río de
Janeiro (donde gana el acento brasileño en las sambas de Ary Barroso
o en los cantos marineros de Dourival Caymi).
En Estados Unidos, deja su huella y una constelación de aplausos
en el Hall de la Fama, el Carnegie Hall
de New York (donde lo llamaron nueve veces a escenario y el New York
Times lo comparó con luminarias como Nat
King Cole y Maurice Chevalier).
En Europa, el Bola recorre París, Cannes, Niza, Florencia,
Copenhague, Milán..."Un día tenía un hambre de tres varas y media y
hacía cualquier cosa...canté en italiano, bromeando. Me contrataron
para Eurovisión y me cansé de
volar entre Milán y Roma". Moscú, Leningrado, Praga, Sofía,
Bucarest, Beijing, Pyongyang también lo oyeron cantar.
Pero, a pesar de toda su fama y sus éxitos en tantas latitudes,
siempre regresaba a Cuba y como todos los grandes hombres cubanos
sentenciaba: "me siento eminentemente latinoamericano, tan
latinoamericano que no tengo nacionalidad cuando de continente se
trata". Su felicidad máxima fue, como dijo él mismo, haberse
entendido con su pueblo.
Yo Soy la
Canción
Cantó vestido de frac, a risa suelta. Cantaba a su antojo,
moldeaba la canción entre las ventanas de su diálogo, sus
inflexiones y su voz ronca (de "vendedor de duraznos y ciruelas",
como solía decir), y siempre dejaba una nota irónica y humana. Cantó
sin voz, arrancando aplausos, en idiomas de cuatro continentes. Con
su desmesurada sonrisa, rompió el empaque de la gala teatral. Impuso
una expresión que envolvía hiriente sátira, inocente bonhomía. La
amabilidad del gesto y la sonrisa, la elegancia impecable, la media
voz y las melódicas armonizaciones sobre la tosca figura, el timbre
áspero y la vitalidad agreste de los ritmos criollos fascinaron a
todos aquellos quienes apreciaron su arte.
Poseedor de los misterios de la técnica musical, gozó además de
una cristalina personalidad y una mezcla encantadora de alta cultura
y sencillez de pueblo. No creía en la improvisación y decía que no
había trabajado en teatro por hobby ni por récord, sino por aquello
de que había que comer y hay que trabajar. "Yo no me creo
compositor, ni me respeto como tal, de las cosas que así me
salieron, cancioncitas de esas baratas que yo hago, algunas han
gustado. Yo creo que la palabra compositor es demasiado seria y
respetable. Yo he hecho cancioncitas"...Así era de humilde. Lo
cierto es que Edith Piaf se
sorprendía porque nadie podía interpretar como él su canción La vie
en Rose, y Andrés Segovia afirmaba que escucharlo era como asistir
al nacimiento de la palabra y la música. Sobre sus composiciones
también llovieron los elogios, pero son composiciones que sólo él
podía y podría cantar, en una extraña y subyugante simbiosis.
El asma y la diabetes lo acechaban. En enero de 1969 se le
detecta una cardiopatía arterioesclerósica. En 1970, sufre un
infarto cardíaco. Aún así, tenía humor para declarar: "los
trastornos que me está ocasionando la diabetes no me incapacitan
para continuar martirizando al piano y a mi público".
En los ensayos de Álbum de Cuba, programa televisivo que dio a
los cubanos la última ocasión de apreciar su "voz de persona" y su
inigualable carácter, Bola se mostró especialmente chispeante. El
día anterior, sábado 11 de septiembre, había cumplido 60 años.
"Aunque Josephine Baker trate de
simplificar las cosas diciendo que son nada más que tres veces 20,
no es cosa de tirar a broma", dijo. Había concluido algunos ensayos
y confesó que se había sentido mal del corazón en México, que quería
echar sus huesos en Cuba, aunque prefería no hablar de eso.
Al propio tiempo estaba entusiasmado con un homenaje que le
preparaban en Perú Chabuca Granda
y otros amigos y admiradores. Su última entrevista en la isla, antes
de viajar a Los Andes, la concedió a Radio Habana Cuba.
Partió entonces a México, escala hacia Lima, y allí murió a las 5
de la madrugada del 2 de octubre de 1971. Fallecía, curiosamente, en
la misma ciudad en que había nacido para el mundo del arte como Bola
de Nieve. Según un periodista mexicano, al llegar al Distrito
Federal "traía su sonrisa de siempre y nadie podía percatarse de que
no vería el sábado mexicano, ni actuaría el domingo en Lima, ni
jamás miraría a su Cuba, ni cantaría a su Habana"...El día antes de
su muerte, Bola recorrió la capital mexicana, realizó visitas a
artistas y admiradores...Se veía alegre, bromeaba, contaba
anécdotas...Habló de sus planes futuros y de las actuaciones que le
esperaban en Perú. A las 10 de la noche decidió retirarse, diciendo:
"mañana quiero levantarme bien temprano, pues me espera un día de
mucha actividad".
Desaparecía físicamente el hombre sin voz que se había adueñado
de escenarios y de públicos en los más famosos y en los más
recónditos lugares. El hombre que era en sí una espectacular y
efectiva síntesis de personalidad, voz y piano. Aquel al que su
magia, que le nacía natural desde adentro, había hecho para siempre
inigualable, imprescindible. El hombre que, en un momento de
confesiones, diría, "todo es bueno en la vida cuando uno cree o se
engaña creyendo que está haciendo arte", y, en otro momento, "yo no
tengo fanáticos, devotos es lo que tengo yo. ¿Por qué?...porque yo
soy la canción; yo no canto canciones ni las interpreto. Yo soy". Y
mucha razón que llevaba el Señor Bola de Nieve.
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canciones en el índice alfabético bajo la letra B. O haciendo click
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