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Juan
Rulfo y la Falacia del Editor
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No es lo mismo un
metro de encaje negro que...
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Felipe
Vázquez

Cuando descubro una errata en un
libro, dejo la lectura, pues no sé ya si estoy leyendo la obra de un autor
o las inepcias de un editor”. Publiqué esta frase hace unos años, cuando
andaba en busca del texto absoluto. Absoluto no en un sentido metafísico
sino en términos editoriales. Y las ediciones críticas fueron lo más
cercano a la idea del libro definitivo, como si el autor fuese un dios
cuya palabra es infalible y exacta. Desde esta perspectiva y con
referencia a la tradición gnóstica, me parecía que editar un libro con
erratas era como falsear la creación, aceptar que nuestro universo fue
publicado por un editor inepto.
La edición crítica
adquirió, al amparo de mis obsesiones textuales, el prestigio de una
Biblia; el soporte de un texto sagrado cuya alteración, así fuera piadosa,
podría desencadenar el caos en ese Texto que otros llaman universo.
Uno de los
muchos propósitos de la edición crítica consiste en fijar un texto
literario, con sus variantes anotadas al margen, para poder realizar
interpretaciones fiables. No es lo mismo, por ejemplo, hacer la
interpretación de un poema con erratas y saltos de línea, que hacerla a
partir de un poema tal y como lo dispuso el autor. En el primer caso se
corre el peligro de interpretar las omisiones y equívocos del editor; en
el segundo, en cambio, el crítico puede asomarse al universo lírico del
poeta. En Para nacer he nacido, Pablo Neruda daba un ejemplo de
cómo una simple vocal puede cambiar no sólo el sentido completo del poema
sino arrojar una luz equívoca sobre las preferencias sexuales de un poeta,
pues no es lo mismo escribir “Yo siento un fuego atroz que me devora” que
ver publicado “Yo siento un fuego atrás que me devora”.
Hay erratas
que propician cierto misterio en un poema, hay incluso las que mejoran el
original, pero son casi siempre una plaga que, cuando se advierte en un
texto propio, nos orilla a un despeñadero donde perdemos pie y en cuyas
afiladas lajas dejamos embarrada la dignidad. Esto nos enfrenta al
problema de la falsa obra literaria -que lo es desde el momento en que
dicha obra sufre alteraciones o mutilaciones- y de la falsa lectura. Pero
el temor de interpretar un poema que es un falso poema -digo poema porque,
por más libre que sea y por su misma carga revelatoria e inefable, su
estructura debe tener el rigor de un diamante-, no puede entenderse si no
consideramos que ese texto es una construcción definitiva. Desde esta
óptica, el poema es una suerte de tiro de dados: un golpe de azar que
engendra lo absoluto y que, al mismo tiempo, queda abolido por él. Esta
referencia a Mallarmé no es gratuita: comprender Un coup de dés
plagado de erratas significa entrar en posesión de un falso absoluto. Y
esto conduce a extraviar la tradición lírica.
Además de
la errata debida a la incuria, está la debida a la ignorancia del
corrector. Así, cuando escribí que “el silencio, en un poeta genial, no es
una traición de lesa poesía”, el corrector enmendó: “el silencio,
en un poeta genial, no es una traición de esa poesía”. Este es un
caso modesto. Pero quizás alguien argumente que Pound fue el editor de
The Waste Land y que, en parte por eso, el poema de Eliot logró un
sitio central en la poesía del siglo XX. Primero quiero aclarar -incluso
contra quien sostiene que Pound no comprendió la versión original de
The Waste Land y que la versión editada por él son los tijeretazos de
la grandeza que no pudo ver- que Eliot suscribió las observaciones del
autor de los Cantos, pues sin duda consideraba superior esa
versión, y que, más allá de las enmiendas, él mismo estableció la versión
definitiva del poema. Y segundo, no me refiero a ese tipo de editor, un
hombre cuya sensibilidad y talento le permiten perfeccionar una obra, sino
al que debe publicar un texto con apego a la voluntad de su autor, más
allá de que éste acepte correcciones de diversa índole.
Quizá muy
pocos editores pueden darse el lujo de editar un libro sin erratas, pero
al revisar diversas ediciones críticas (o que pretenden serlo) he
experimentado ese malestar que sentimos cuando alguien abusa de nuestra
confianza y nos traiciona y nos estafa. Leí hace días la edición de Carlos
Blanco Aguinaga de El Llano en llamas, publicada por Cátedra, y
descubrí que está plagada de equívocos. Uno confía en que el editor de un
texto ha establecido la obra y que ésta puede consultarse como si fuera la
Torah: no puede haber una sola errata, de otro modo estaríamos falseando
el mensaje y la cifra del universo, nos sería imposible acertar con el
Nombre de Dios y, en el caso extremo, nos despeñaríamos en ese caos que
otros llaman infierno. Como sugerí más arriba, una edición crítica es el
equivalente profano de un texto absoluto. El editor tiene la misión de
establecer el texto de manera impecable. A partir de la publicación de un
texto definitivo, el crítico confía en que puede realizar exégesis,
especular sobre los límites de su interpretación y contextualizarlo en las
redes horizónticas de producción escritural. Pero ¿qué sucede cuando el
crítico interpreta un texto cuyas erratas lo vuelven ajeno a la voluntad
de su autor? Hace una lectura errónea y, por ende, una crítica falsa. Se
vuelve entonces un candidato involuntario del ridículo.
De la
edición crítica como una estafa
Al revisar
las obras de la Colección Archivos de la UNESCO, me he percatado con
asombro, con desaliento, con vergüenza ajena, que dichas obras abundan en
erratas. Se supone que uno de los propósitos de la Colección Archivos
consiste en establecer la obra de un autor a partir del manuscrito,
mecanuscrito o de las enmiendas hechas por él en ejemplares publicados.
Este objetivo fue planteado debido a que, en muchos casos, las ediciones
han sido deficientes. Al establecer la edición crítica de Paradiso
de Lezama Lima (Colección Archivos, 3), Cintio Vitier habla de 892 erratas
en la edición mexicana (Era, 1968), no obstante que Julio Cortázar y
Carlos Monsiváis estuvieron al cuidado de la edición; aunque 489 proceden
de la edición cubana (Unión, 1966), que fue tomada como base. Sucedió lo
mismo con la poesía póstuma de César Vallejo que, a decir Américo Ferrari
en la introducción de Obra poética (Colección Archivos, 4), cuando
fue publicada apareció con “abundantes erratas, después reproducidas y
aumentadas en sucesivas reimpresiones”; debido a esto, se imponía la
necesidad de establecer con fidelidad esa obra poética, desconstruyendo
las sucesivas intromisiones de quienes la publicaron a partir de la muerte
de Vallejo. Cierto, algunas de las obras de la Colección Archivos no sólo
han puesto en circulación algunas obras difíciles de conseguir sino que
han propuesto una edición definitiva, limpia de errores de transcripción y
acorde, cuando esto ha sido posible, con los originales del autor. Sin
embargo, más allá de las buenas intenciones de los editores de Archivos,
varias de esas ediciones críticas requieren, a su vez, una edición crítica
que muestre cómo hay ediciones críticas que colaboran de manera decisiva
en la falsificación de los textos.
Debido a
que los países firmantes del acuerdo de la Association Archives de la
Littérature Latino-Américaine, des Caraïbes et Africaine du XX Siècle,
editaban cada título por su cuenta con los “fotolitos que la Dirección de
París le hacía llegar” y que había variantes en las diversas impresiones
de una misma obra -hubo una “selección arbitraria de textos”, dicen los
editores, hecho inadmisible por parte de los firmantes del acuerdo, pues
las obras no debían ser alteradas-, decidieron en 1994 centralizar la
producción de Archivos para asegurar “la homogeneidad y la simultaneidad
de la publicación”. Sin embargo, dicha decisión empeoró algunas de las
ediciones del país de origen: la edición mexicana de Toda la obra
de Rulfo, por ejemplo, tiene mucho menos erratas que la segunda edición,
impresa en España. Si la producción centralizada de Archivos logró reducir
costos y evitó publicar variantes de una misma edición crítica, trajo
consigo una deficiente corrección editorial. La Obra completa de
Severo Sarduy (Colección Archivos, 40), quizá una de las mejores en cuanto
a la integración de estudios, tiene también muchas erratas, incluso en los
títulos. Y ha habido casos en que la estructura de cada obra, diseñada
ex profeso para Archivos, no ha sido respetada. Sucedió con Obra
poética de Ramón López Velarde (Colección Archivos, 36) donde José
Luis Martínez, no obstante su dominio del tema, ha sido como el hombre
orquesta de la televisión: productor, director, guionista, actor y
televidente (él solo) de su propio programa. Martínez conoce bien el
laboratorio escritural de López Velarde y las formas en que fue leída su
poesía a lo largo del siglo XX, pero no domina herramientas críticas de
precisión como la crítica genética, la crítica textual, la teoría de la
recepción, e incluso sus conocimientos sobre poesía llegan a parecer
erráticos; minucias éstas que hubieran sido salvadas por enterados de la
materia.
El caso más
patético es la edición crítica de Los siete locos y Los
lanzallamas de Roberto Arlt (Colección Archivos, 44). Mario Goloboff,
el coordinador de la edición, escribe que Arlt fue víctima de una de las
mayores incomprensiones por parte de los editores, pues con el pretexto de
que escribía mal, corrigieron de modo que los textos publicados distaban
mucho de los originales. La obra arltiana sufrió, dice Goloboff, "la más
perversa, la más artera forma de agresión de que puede ser objeto un
escritor: la de la desvirtuación de su mensaje, la de la corrupción de sus
textos". Y Ana María Zubieta, quien estableció y anotó ambas novelas, en
el proceso de fijación textual quiso “destacar el proceso de corrupción de
los textos”. Por desgracia, esta edición continúa la política agresora de
los anteriores editores de Arlt. En una reseña que hice de este libro (Sábado
de Uno Más Uno, julio 14 de 2001), comenté que Zubieta muestra, con
el ejemplo, lo que denuncia, pues en lugar de ofrecer una edición
impecable, ofrece una muestra de horrores editoriales. Y como señalé más
arriba, dije que habría que hacer ahora una edición crítica de esa edición
crítica que no sólo intente restituir el texto original, sino que
testimonie el continuo proceso de falsificación textual de la obra
arltiana, anotando al margen la cantidad de erratas cometidas en la
edición coordinada por Goloboff.
Y para
volver a Rulfo, diré que no estuvo a salvo de esa plaga. La edición
crítica de Toda la obra de Rulfo (Colección Archivos, 14) publicada
en México (1992), abunda en erratas menores: comas, acentos, guiones,
comillas, paréntesis que no se cierran, letras cambiadas. Los números de
página del índice en la parte que corresponde a los cuentos de El Llano
en llamas son inexactos. En las cornisas de la liminar dice “José Luis
Pacheco” en vez de “José Emilio Pacheco”. En el glosario de Pedro
Páramo hay una línea de más, extraviada en una acepción a la que no
corresponde. En el final de Pedro Páramo, Sergio López Mena -quien
estableció y anotó el texto- no consigna la variante del original del
Centro Mexicano de Escritores, no obstante que había sido registrada desde
1980 por Juan Manuel Galaviz en “De Los murmullos a Pedro Páramo”
(Texto Crítico, núms. 16-17, Jalapa), también mencionada en enero
de 1991 por Alejandro Toledo en “Pedro Páramo se llamó
originalmente Los desiertos de la tierra” (Proceso, núm.
740, México), variante que en 2001 causó revuelo en los medios, pues se
habló de los dos finales de Pedro Páramo. Señalo esta distracción
porque López Mena olvidó anotar no sólo esa variante célebre sino otras
que sería prolijo enumerar. En la cronología se consigna que Rulfo nació
en 1918, cuando Federico Munguía Cárdenas había establecido desde 1987 que
había nacido en 1917 (véase Antecedentes y datos biográficos de Juan
Rulfo, donde el autor reproduce la copia del acta de nacimiento y la
fe de bautismo); además se consigna que murió el 8 y no, como debe ser, el
7 de enero de 1986. En la bibliografía, establecida por Aurora Ocampo,
El sonido en Rulfo (UNAM, 1990) de Julio Estrada es atribuido a
Eduardo Estrada. En el apartado de la filmografía, la ficha de El
imperio de la fortuna está cortada: le faltan seis de los nueve
créditos. Y un hecho reprobable: en el último apartado se lee “VIII.
Filmografía de Juan Rulfo. Establecida por Sergio López Mena”; sin
embargo, cuando pasamos a la página siguiente, vemos una nota a pie de
página que afirma que ese inventario se debe a Jorge Ayala Blanco, “quien
lo incluyó en El gallo de oro y otros textos para cine”, asimismo
añade que procede de la reimpresión de 1990. Y en efecto, si cotejamos el
inventario que aparece en El gallo de oro (Ediciones Era, 1980) con
“la filmografía establecida por Sergio López Mena”, veremos que este
último sólo copió la investigación de Ayala Blanco, y con una agravante:
no agregó un solo dato y la última ficha, correspondiente a El imperio
de la fortuna, está inconclusa. ¿Por qué Claude Fell, el coordinador
de esta edición, dejó que se cometiera este robo que desacredita, en
cierta medida, el trabajo reunido en torno de Toda la obra? Esta
forma de plagio, que consiste en apropiarse una investigación y ponerle un
título, es una de las plagas del mundo académico, basta echar una ojeada a
las bibliografías sumarias, que son copias literales de otras
bibliografías, o a las antologías, que son una redundancia de otras
antologías.
Los
equívocos de Toda la obra son tan evidentes que José Carlos
González Boixo, en una reseña aparecida en la Revista Iberoamericana
(núms. 164-165, Pittsburgh), escribió que “no deja de sorprender que en
una obra de estas dimensiones no se aprecien las erratas”. Observación que
Samuel Gordon señala también en su correspondiente reseña aparecida en la
Revista de Crítica Literaria Latinoamericana (núm. 38, Lima).
En la
segunda edición de Toda la obra (Madrid, 1996) hay más de veinte
textos añadidos, tanto de Rulfo como de sus críticos y entrevistadores. La
“Nota filológica preliminar” de Sergio López Mena es muy diferente de la
que apareció en la edición primera. Además se actualizan datos, se añade
información a las notas filológicas y a la bibliografía, y se agrega un
apartado de entrevistas. Pero las erratas, no obstante que hubo tres
personas al cuidado de la edición, se mantienen intactas: los números de
página del índice correspondiente a El Llano en llamas continúan
siendo incorrectos, José Emilio Pacheco se llama todavía José Luis Pacheco
en las cornisas de la liminar, Julio Estrada sigue sin ser el autor de
El sonido en Rulfo, la ficha de El imperio de la fortuna
continúa inconclusa, y el final de Pedro Páramo continúa sin
consignar la variante del Centro Mexicano de Escritores. Podemos decir que
de la primera edición a la segunda, lo único idéntico son las erratas.
Pero la edición española se enriquece con otras distracciones. Algunos de
los textos agregados, tanto de Rulfo como de los críticos, no aparecen
consignados en la bibliografía; y en esta misma, la mayoría de las
entrevistas con Rulfo no aparecen consignadas en el apartado
correspondiente sino que se reparten en los apartados de ensayos de Rulfo
y en las referencias; además, el punto 1.3 del índice bibliográfico indica
“Ensayos, prosa y prólogos”, pero cuando vamos al apartado, dice
“Entrevistas y prólogos”. En la cronología, se anota que Rulfo nació en
Acapulco y no, como debe ser, en Apulco. (Este error es viejo y apareció
por vez primera en la edición de El Llano en llamas y Pedro
Páramo publicados en forma conjunta por Planeta. Sin embargo, si nos
ceñimos a la citada investigación de Munguía Cárdenas, diremos que Rulfo
nació en Sayula y no, según diversas fuentes, en San Gabriel ni en Apulco
y menos en Acapulco.) Y algo que parecía un ejemplo de eticidad académica
pero que es una falsa esperanza: en el índice general aparece la entrada
“Filmografía de Juan Rulfo, establecida por Jorge Ayala Blanco.
Actualización de datos: Sergio López Mena”, pero si vamos al apartado
respectivo descubriremos que en esa página se consigna: “VIII. Filmografía
de Juan Rulfo. Establecida por Sergio López Mena”, la nota a pie de página
que ya conocemos se mantiene también idéntica y si revisamos el inventario
de Ayala Blanco veremos que la “actualización de datos” de López Mena es
una agravante más al plagio, pues esta filmografía es idéntica a la que
apareció en la edición de 1992. López Mena sigue siendo un ejemplo de
integridad moral, no obstante que en esta segunda edición le tocó la
“grata tarea” de agregar textos de Rulfo y de algunos críticos (incluido
él mismo).
En la
edición de Archivos hallé mínimas erratas en los textos de Rulfo, pues la
mayor parte está en el contexto crítico de esa obra; pero la edición de
Cátedra de El Llano en llamas, citada párrafos arriba, es casi otro
El Llano en llamas debido a la abundancia de erratas que desvirtúan
el sentido original. Además de que el trabajo de anotación es muy pobre y
a veces inútil para un lector no mexicano, estas erratas inician con el
título, pues Llano es el nombre propio de una zona del sur de Jalisco (El
Llano Grande) y debe estar con mayúscula inicial; sin embargo en Cátedra
aparece en minúsculas. En el cuento que da título al libro, por ejemplo,
hallé 17 erratas en una somera lectura, una por página en promedio; un
cotejo minucioso revelará sin duda más desatinos editoriales. Para mostrar
el proceso de corrupción textual en la edición de la prestigiosa Cátedra,
citaré seis de los 17 cuentos. Primero citaré la segunda edición del Fondo
de Cultura Económica (FCE), que Carlos Blanco Aguinaga tomó como base, y
luego la decimotercera edición de Cátedra. Daré sólo algunos ejemplos, las
cursivas son mías.
El cuento
“El Llano en llamas”. En FCE: “Casi tapaban el agujero de las troneras con
su bulto”, en Cátedra: “Casi tapaban el agujero de las troneras con su
bulbo”. En FCE: “Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como
si hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines”, en Cátedra:
“Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído
sobre un enjambre de chapulmes”. En FCE: “el administrador se murió
luego luego. Estaba chaparrito y hobachón”, en Cátedra: “el administrador
se murió luego. Estaba chaparrito y bobachón”. En FCE:
“Sentíamos aquellos ojos bien abiertos de él, que no dormían y que estaban
acostumbrados a ver de noche y a conocernos en lo oscuro”, en Cátedra:
“Sentíamos aquellos ojos bien abiertos de él, que no dormían y que estaban
acostumbrados a ver de noche y conocemos en lo oscuro”. En FCE:
“Hubiéramos ido de buena gana a decirle a alguien que ya no éramos gente
de pleito y que nos dejaran estar en paz”, en Cátedra: “Hubiéramos ido de
buena gana a decirle a alguien que ya no éramos gente de pleito que
nos dejaran estar en paz”.
El cuento
“¡Diles que no me maten!”. En FCE: “entonces fue cuando se puso a romper
la cerca y a arrear la bola de animales flacos”, en Cátedra: “entonces fue
cuando se puso a romper la cerca de arrear la bola de animales
flacos”. En FCE: “No les veía la cara; sólo veía los bultos que se
repegaban o se separaban de él”, en Cátedra: “No les veía la cara; sólo
veía los bultos que se renegaban o se separaban de él”. En FCE: “Se
les figurará que te ha comido el coyote”, en Cátedra: “Se les augurará
que te ha comido el coyote”.
El cuento “Luvina”.
En FCE: “el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando
el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo
sobre una piedra de afilar”, en Cátedra: “el chicalote pronto se marchita.
Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espumosas,
haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar”.
(Sólo un mal editor logra algo tan surrealista como que una planta de
ramas espumosas haga un ruido de cuchillo sobre una piedra de
afilar.) En FCE: “Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las
casas, casi arrastrados por el viento”, en Cátedra: “Los mirará pasar como
sombras, renegados al muro de las casas, casi arrastrados por el
viento”.
El cuento
“Paso del norte”. En FCE: “Sólo las lagartijas buscan la misma covacha
hasta cuando mueren”, en Cátedra: “Sólo las lagartijas buscan la misina
covacha hasta cuando mueren”. En FCE: “hijo: en el nidal nuevo, hay que
dejar un güevo”, en Cátedra: “hijo: en el nidal nuevo, hay que dejar un
güeyo”. En FCE: “Si vete [sic], a Ciudá Juárez. Yo te paso [a
Estados Unidos] por doscientos pesos”, en Cátedra: “Sí vete, a Ciudá
Juárez. Yo te paso doscientos pesos”. En FCE el traficante propone al
personaje que, a cambio de doscientos pesos, lo pasará a Estados Unidos
sin la necesidad de un pasaporte. En Cátedra, el traficante da al
personaje doscientos pesos para que vaya a Ciudad Juárez.
El cuento
“Acuérdate”. En FCE: “Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas
en una mandolina”, en Cátedra: “Nachito se vivía tocando canciones todas
refinadas en una mandolina”. En FCE: “Dicen que él mismo se amarró
la soga en el pescuezo”, en Cátedra: “Dicen que él misino se amarró
la soga en el pescuezo”.
El cuento
“Anacleto Morones”. En FCE: “Te repegabas tanto que casi te sentía metida
en mis huesos”, en Cátedra: “Te renegabas tanto que casi te sentía
metida en mis huesos”. En FCE: “Y ni por eso te acomides a hablar bien de
él”, en Cátedra: “Y si por eso te acomides a hablar bien de él”.
Hay erratas
(acentos, comas, guiones, comillas) cuyo sentido no es difícil
reestablecer, pero hay muchas que no sólo desvirtúan el texto, sino que
hacen que el texto se contradiga. El lector desprevenido pensará que Rulfo
es un contemporáneo -aún no descubierto- de la estética del absurdo, y que
hay palabras tan específicas de su región y de su idiolecto que ni
siquiera se hallan en los diccionarios de mexicanismos. Esto, en el mejor
caso. Un lector impaciente dirá de tajo que Rulfo es un idiota; no sabrá
que el idiota ha sido otro. Y si tomamos en cuenta que cito la
decimotercera edición,1 ¿cuántos lectores no han leído
El Llano en llamas sino una caricatura de El Llano en llamas?
Si pecamos
de paranoia, diremos que se trata de una conjura contra la obra rulfiana;
conjura que viene de lejos. Daré un ejemplo referido por González Boixo en
su edición crítica de Pedro Páramo (Cátedra, 1983). Al registrar
las variantes a partir de las que anotará la novela, decide excluir como
variante textual la edición de Pedro Páramo y El Llano en llamas,
publicada por Planeta, pues “Hay que anotar que la edición de Planeta, en
su colección Biblioteca Universal (Barcelona, 1969) contiene numerosas
erratas, pero también variantes cuyo origen no me ha sido posible
identificar”. Y ya que hablamos del trabajo de González Boixo, debemos
aclarar que fue víctima de una de las famosas mentiras de Rulfo. Al
entrevistarlo para resolver algunos aspectos de la novela, éste le
responde que la segunda edición de Pedro Páramo (FCE, Colección
Tezontle, 1980) no fue “revisada por el autor”, según rezaba en la faja
del libro, sino que simplemente se realizó a partir del original
que estaba en el Centro Mexicano de Escritores (CME), ya que la primera
edición y todas sus reimpresiones se basaban en un borrador que
entregó provisionalmente al FCE. Esta broma impidió que González Boixo
cotejara el original del CME y decidió que su edición de Cátedra, a pedido
también del propio Rulfo, se basara en “la segunda reimpresión (1983) de
la segunda edición de la novela (1981), aparecida en la Colección Popular”
del FCE. Pero como ya comenté, la variante del CME tiene significativas
diferencias no sólo respecto de la edición de 1980 sino de la primera
edición (1955) y de la de 1964. Y aún: la edición de 1980 sí fue revisada
por el autor, como lo hace constar Felipe Garrido, gerente editorial en
ese entonces del FCE (declaración tomada de Un tiempo suspendido:
cronología sobre la vida y la obra de Juan Rulfo de Roberto
García Bonilla, libro de próxima publicación). Este equívoco editorial se
mantuvo a lo largo de quince ediciones; por fortuna, en 2002 apareció la
decimosexta edición de Pedro Páramo en Cátedra, donde González
Boixo reconoce que fue engañado por Rulfo y escribe que “hoy es fácil
comprobar que, en lo fundamental, las palabras de Rulfo no se ajustaban a
la realidad”, y en un gesto de impotencia se pregunta: “¿Cómo interpretar
las palabras de Rulfo?” Más allá de que Boixo se resista a reconocer que
Rulfo le tomó el pelo, esta nueva edición ofrece un texto fiable, limpio
de la engorrosa anotación de variantes al margen, y se enriquece con
cuatro apéndices de crítica textual y filológica que no sólo permiten
asomarnos al laboratorio escritural de uno de los escritores más extraños
de la literatura mexicana sino que -a partir de los trabajos de Galaviz,
López Mena y el suyo propio- nos da un seguimiento del complejo proceso
editorial que ha provocado no pocos malentendidos. Por cierto, no estaría
mal recopilar las mentiras de Rulfo, así muchos críticos dejarían de
pelearse por haber tomado como verdad absoluta una broma.
No sólo
Rulfo es víctima de la negligencia de sus editores (en este párrafo quiero
suponer que sólo se trata de negligencia); Ezra Pound, por ejemplo, no se
salva. En el primer poema de los Cantares completos (Joaquín Mortiz,
1975), José Vázquez Amaral tradujo: “Y cavad vertical el remo que blandía
entre mis compañeros”; en la edición de Javier Coy (Cátedra, 2002) el
mismo verso aparece transcrito así: “Y caval vertical el remo que blandía
entre mis compañeros”, verso que no sólo agrega una errata sino una
cacofonía.
La
Conjura de los Editores
El mercado
editorial está poblado de falsas obras literarias, pero quizá no siempre
debido a la ineptitud sino a la negligencia nacida de la codicia y el
lucro de muchos editores. Si llevamos este hecho a sus últimas
consecuencias diremos que el lector hace una lectura falsa, no debido a
sus limitaciones para comprender con hondura el hecho literario sino
porque ha leído una escritura falseada. Luego, si es crítico o escritor,
hará una interpretación falsa y -además de engañar a sus lectores porque
la literatura y la crítica establecen una red muy compleja y no siempre
evidente de vasos intertextuales- falseará su propia tradición; misma que
lo será nuevamente porque que esa literatura y esa crítica aportarán su
dotación de erratas que, a su vez, etcétera. Una errata en un libro
capital prefigura una tradición falsa. ¿Cuándo se cometió la primera
errata? ¿Desde cuándo, sin darnos cuenta, hemos estado inmersos en el
consumo y la producción de falsa literatura? ¿A quien le interesa que
sigamos siendo agentes y cómplices involuntarios del primer falsario?
Nota:
[1] Ya
escrito este ensayo, ha llegado a mis manos la decimocuarta edición de
El Llano en llamas (Cátedra, 2003) y me he percatado de que por fin se
le ha hecho justicia editorial a Juan Rulfo, pues no aparecen ya los
equívocos citados párrafos arriba, pero el trabajo de anotación sigue
siendo muy superficial.
Dinos tu opinión escribiendo a
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