Casi tres años después, la onda expansiva de aquellos impactos sigue
haciendo retemblar nuestro mundo y, de una forma u otra, sigue
cobrándose víctimas materiales o morales en Guantánamo, en Madrid,
en Tel Aviv, en Palestina, en Bagdad... pero el epicentro fue Nueva
York. Y ni Paul Auster, ni Bret Easton Ellis, ni Jay McInerney, ni
Tom Wolfe, ni Norman Mailer, ni Oriana Falacci ni ningún otro de los
centenares o quizá miles de escritores que viven en Nueva York o
alrededores ha utilizado aún ese poderoso material humano y
dramático.
... cuando los
edificios desaparecen, sólo los libros pueden recordarlos. Por eso
Hemingway escribía sobre París antes de morir. Porque sabía que los
libros aguantan más que los edificios.
Hasta el momento sólo tengo constancia de la publicación casi
simultánea de dos libros de dos escritores madrileños, Antonio Muñoz
Molina y Ray Loriga, que aquel 11 de septiembre, cada uno por su
lado, estaban por casualidad y por separado residiendo en Nueva York
-y, lo que son las cosas, ambos volvían a residir en Madrid cuando
el atentado del 11 de marzo- y de sus respectivas experiencias
neoyorquinas surgieron sus respectivas obras Ventanas de Nueva York
(Seix Barral, Barcelona, 2003) y El hombre que inventó Manhattan (El
Aleph, Madrid, 2003). En ambas se encuentra alguna referencia
esquinada a la caída de las Torres Gemelas, pero éste dista mucho de
ser uno de los temas principales de ninguna de las dos.
Sí lo es de Windows On The World (Éditions Grasset & Fasquelle,
París, 2003; traducción española de Encarna Castejón, Editorial
Anagrama, Barcelona, 2004), novela con título inglés, escrita en
francés, que responde a la afirmación que ella misma expresa en el
minuto 8.32:
Desde el 11 de
septiembre de 2001 la realidad no sólo supera a la ficción, sino que
la destruye. No se puede escribir sobre ese tema, pero tampoco se
puede escribir sobre otra cosa. Y no hay nada más que nos concierna.
Su autor es Frédéric Beigbeder, a quien mucha gente, entre ellos
un servidor de usted, considera la más interesante revelación dentro
el reciente panorama literario europeo. Pero si usted me está
leyendo en el continente americano, quizá aún no haya tenido noticia
de él, pues ese océano que nos separa a veces parece muy estrecho y,
a veces, demasiado ancho. Así que antes de seguir permítame que se
lo presente:
Este francés residente en París, culto y refinado, alto y
larguirucho, de rostro adornado por una superlativa nariz, de
singular talento literario pero trabajo mercenario, de inigualable
habilidad para la esgrima verbal... no, no es Cyrano de Bergerac. Ya
se lo he dicho antes, se llama Frédéric Beigbeder. Su trabajo
mercenario no es (era) ser mosquetero del rey, sino escritor de
eslóganes para una importante compañía publicitaria. Aunque tanta
diferencia no hay. Al fin y al cabo, la publicidad es la reina del
sistema económico capitalista, ¿O no?
Beigbeder nació en 1965 en Neully-sur Seine, residencia
privilegiada de cierta burguesía parisina culta e ilustrada que
prefiere no mezclarse mucho con la chusma residente en el casco
urbano. Allí creció siendo, según su propia definición, un
burguesito esnob.
Nací con el culo orlado de cucharillas de plata. Me gustaría
poder contarles una infancia dolorosa de artista maldito. Envidio a
Cosette: nunca he vivido nada patético. Es patético ser tan poco
patético.
Su vocación literaria se despertó a edad temprana, y con 19 años
publicó Mémoires d'un jeune homme dérangé, obra autobiográfica donde
se relatan la vida (nocturna y desenfrenada) y los amoríos (también
nocturnos y desenfrenados) del joven Marc Marronier, alter ego literario del autor. Las siguientes aventuras de Marronier,
convertido en cronista de sociedad asiduo de las drogas de diseño y
los night clubs de medio mundo, aparecen relatadas en Vacances dans
le coma, Nouvelles sous ecstasy y L'Amour dure trois ans (El amor
dura tres años, en su traducción al español), breve novela que
contiene las mejores y más tristemente divertidas reflexiones sobre
el amor, o el desamor, que un servidor haya leído nunca.
Pero su gran consagración internacional se produjo en el año
2000, con la publicación de 99 Francs (luego retitulada 13,99
Euros), donde abandona a su alter ego Marc Marronier para enfundarse
la piel de otro llamado Octave Parango, joven creativo publicitario
que, harto de su trabajo de manipulador de mentes y de una vida sin
más aliciente que el derroche y la cocaína, decide escribir un libro
revelando el siniestro trasfondo del negocio de la publicidad, para
así conseguir que le despidan de la poderosa agencia en la que
trabaja. 99 Francs se convirtió rápidamente en un best-seller en
Francia, y luego en Alemania, Italia y España, y motivó que
Beigbeder fuera despedido fulminantemente de la agencia Young &
Rubicam, donde trabajaba desde hacía 10 años.
Después, tras escribir los guiones de dos comic-books sobre la
vida hueca de los multimillonarios aburridos de vacaciones perpetuas
en Europa (Rester Normal a Saint-Tropez y Rester Normal T.2) y un ensayo sobre literatura llamado
Dernier inventaire avant liquidation
(Último inventario antes de liquidación, en su traducción al español),
que es como una alternativa mucho más ligera y mucho menos pedante
al A Western Canon de Harold Bloom, publica la que es sin duda su
obra más madura y la excusa que ha aprovechado un servidor para
escribir este artículo: Windows On The World.
Escribo este libro porque estoy harto del antinorteamericanismo
hexagonal (...) Puesto que se ha declarado la guerra entre Francia y
Estados Unidos, hay que elegir el bando con cuidado para que luego
no te rapen la cabeza.
Se ha comparado a Beigbeder con Bret Easton Ellis, a quien
recuerda a primera vista y a primera lectura por el tono y el tema,
y por las superficiales similitudes entre algunos pasajes de 13’99
Euros y American Psycho, aunque el descenso a los infiernos rituales
de las drogas, el sexo y la violencia que protagoniza Octave Parango
es bastante diferente del que protagoniza Patrick Bateman: contiene
mucha más ironía y mucho menos tremendismo.
Pero, a segunda vista y segunda lectura, diría que se le nota más
influencia de Charles Bukowski: esa prosa económica y directa, ese
recurso continuo a la experiencia autobiográfica de forma sencilla y
sincera, sin falsos pudores ni excesos exhibicionistas. Beigbeder es
como un Bukowski esnob y á la parisien, y Marc Marronier es como un
Hank Chinaski más joven y más aficionado al champagne y el éxtasis
que al vino barato y el whisky peleón.
Mi generación odia Mayo del 68 porque toda generación tiene que
eliminar la precedente. Mi generación seguirá estando traumatizada
por el duelo del comunismo, el topmodelismo y la cocaína. La
generación siguiente, la que nació en la década de los ochenta, la
que eliminará a la mía, tenía 20 años el 11 de septiembre de 2001. A
sus ojos yo soy la encarnación de la superficialidad jet-set, de la
contradicción elitista, de la putrefacción mediática y de la
vacuidad altiva. Me pregunto cómo sobrevivirá esta generación al
World Trade Center: ¿podrá crecer sobre los escombros humeantes de
la comodidad material? ¿Qué va a construir donde estuvo el Centro de
Comercio Mundial? ¿De qué estarán hechos sus sueños, aparte de acero
fundido y tripas calcinadas?
Beigbeder posee una envidiable habilidad, probablemente
perfeccionada por su experiencia como perpetrador de eslóganes
publicitarios, para resumir descripción y sensación en una frase
breve, redonda y brillante: una frase de Beigbeder vale por un
párrafo entero de muchos otros escritores (al contrario que el tan
prolijo Bret Easton Ellis). Sus otras virtudes literarias son una
aparente ligereza, bajo cuya superficie estallan cargas de
profundidad continuamente, y una ironía que oscila entre lo jocoso y
lo cruel y que esconde no poca reflexión ética, tristeza y hasta
amargura. Esas virtudes son en sus manos escalpelos y bisturís con
los que hace rigurosos análisis anatómicos: el de su generación, el
joven pijerío hedonista y huérfano de valores que floreció en los
años 80, presente en el ciclo de Marc Marronier; el de ese océano
llamado negocio de la publicidad y poblado por gordos tiburones
borrachos de cocaína y éxito fácil, presente en 13,99 Euros; el de esta desgraciada era que se está forjando desde aquel 11 de
septiembre que hace en Windows On The World. En esta ocasión, sin
embargo, utiliza poco el bisturí de la cruel ironía, salvo para
lacerarse a sí mismo de vez en cuando: el tema no es como para
reírse, no aún. Las cenizas de las víctimas están demasiado
calientes.
Ya conocen el final: todo el mundo muere.
Así empieza el libro, a las 8.30 horas, y acaba a las 10.29 horas.
Un minuto, un capítulo; una hora y cuarenta y cinco minutos, ciento
cinco capítulos para asistir a la caída de un mundo que no volverá a
ser igual. En esa hora y cuarenta y cinco minutos se alternan la
narración de la tragedia vivida por los clientes del Windows On The
World, el café-restaurante situado en el último piso de la Torre
Norte, la primera en ser alcanzada (a las 8.30) y la última en
derrumbarse (a las 10.28), con las reflexiones y las confesiones
autobiográficas del propio Beigbeder, un escritor que pretende
escribir una novela sobre las víctimas que murieron ese día y en ese
restaurante. Éstos son los dos pilares del libro, las dos torres
gemelas de palabras que el autor construye sobre los escombros de
las torres gemelas de hormigón y acero.
Dentro de un momento, en el Windows On The World, una gruesa
portorriqueña va a empezar a gritar. Un ejecutivo con traje y
corbata abrirá la boca de par en par. “Oh my God.” Dos compañeros de
oficina se quedarán mudos de estupefacción. Un pelirrojo soltará un
“Holy shit!”. La camarera seguirá sirviendo té hasta que la taza
rebose. Hay segundos que duran más que otros. Como si uno acabara de
apretar el botón de “pausa” en el lector de DVD. Toda esta gente se
conocerá por fin. Dentro de un momento todos serán jinetes del
Apocalipsis...
La narración de lo que pasó en el Windows On The World durante
esa hora y tres cuartos es una reconstrucción ficcional,
protagonizada por un personaje de ficción, el agente de seguros
Carthew Yorston. El escritor Beigbeder, personaje real, se introduce
en su propio libro desde otra perspectiva aérea, tomándose un café
en Le Ciel de Paris, un local situado en el piso 56 de la Torre
Montparnasse, el edificio más alto de la ciudad, una ciudad de
edificios bajos donde no abundan los rascacielos. Me hubiera gustado
haber leído el libro en un café situado en lo alto de otro
rascacielos, (hubiese sido un ejercicio de poética simetría) pero no
pude porque en Barcelona hay aún menos rascacielos que en París, una
estricta normativa municipal los prohíbe por razones estéticas. Sólo
hay tres, de 34 pisos el más alto, y ninguno tiene restaurante en
las alturas. No es que importe: un buen libro se puede leer en
cualquier sitio. Y éste es un buen libro.
Entre estos dos escenarios el autor establece un constante
diálogo de ida y vuelta entre la realidad y la ficción, entre París
y Nueva York, entre Europa y Norteamérica, entre la narrativa y el
ensayo, entre la tragedia humana y la reflexión intelectual. Éste es
uno de esos libros que tanto se pueden leer empezando por la primera
página y acabando por la última como abriéndolo por cualquier página
al azar. De hecho, todas las citas que aparecen intercaladas en este
texto son de Windows On The World: es un libro muy citable (he
dejado mi favorita para el final). Pero vale la pena leerlo entero.
Porque también es un libro bello. Y un libro recomendable. Y un
libro que aguantará más que los edificios.
Ese odio que inspira Norteamérica es amor. Alguien que te odia
tanto, alguien que quiere que lo aborrezcas tanto, es alguien que
quiere llamar tu atención. O sea, alguien que te ama
inconscientemente. Bin Laden no lo sabe, pero adora a Norteamérica y
desea que ésta le quiera. No haría tantos esfuerzos si no quisiera
que Norteamérica le hiciera caso.
Como decimos por aquí: hay amores que matan. Literalmente. |