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En el próximo número del Nuevo Cojo Ilustrado
publicaremos una entrevista con el autor, pero desde ya puedes
conocer más acerca de él leyendo sus artículos en la sección de
Venezuela o en su página web personal en la siguiente dirección:
http://mapage.noos.fr/krisis/indice.htm
Y para ahorrarte el trabajo de escribirnos
preguntando donde puedes comprar el libro; el mismo esta disponible
en los siguientes locales:
Librería Lectura (C.C.C.Chacaito); Librería Suma (Sabana
Grande); Monteavila Editores (Teatro Teresa Carreño) y, por supuesto,
en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela.
Anécdotas de
la decadencia caraqueña
(extracto-Segunda Parte, cap.1)
Fucking despertador. Los caraqueños siempre hablamos con
palabras cool norteamericanas. No sé qué hora es (debí haber
metido un ‘fucking’ en el medio, para que fuera ‘qué fucking
hora es’). Es de mañana, de eso no cabe la menor duda. Detesto las
mañanas. No lo digo igual que todo lo demás, como puedo decir
‘detesto el hígado encebollado’, lo digo en serio. Detesto
las mañanas. Me imagino que tendré que pararme, a fin de cuentas,
eso es lo que uno hace en las mañanas, ¿no? Debería estudiar de
noche, o buscarme un trabajo nocturno o algo. La cosa es que
igualmente no me dejarían dormir. Hubo una época muy bonita de mi
existencia donde lo que hacía era dormir todo el día. De noche,
cuando la gente estaba encerrada en sus casas, cuando todo era paz y
tranquilidad, yo vagaba y pensaba y vivía. Todo era tan perfecto,
tan calmado... nadie gritaba, nadie corría por las calles mirando su
reloj y pensando que llegaría tarde a la oficina. Pero claro, están
las convenciones sociales, y éstas me obligaron a afrontar las
mañanas despierto. Lo que pasó es que mi madre no veía el asunto de
la misma manera en que yo lo hacía, y un día me despertó a escobazos.
En serio. Me azotó y me llamó holgazán o algo por el estilo, que su
casa no era un hotel y todas esas estupideces que ya conocerán
porque, a fin de cuentas, a todos nos ha pasado alguna vez.
Quisiera ser vampiro. Muchas veces he pensado en eso. En lo
divertido que debe ser. Nadie te pregunta nada, sólo corren y huyen
de ti. Nunca he entendido por qué los tipos en la película siempre
rechazan la oferta del vampiro cuando éste les dice que se unan a
ellos. Yo no lo pensaría dos veces. Apuesto que si fuera vampiro
nadie me estaría levantando a las seis de la madrugada. Y no tendría
que escuchar este maldito despertador. Este fucking
despertador.
Debería bañarme. ¿Ayer lo hice? A quién le importa. Tal vez
si omitía el baño pudiese dormir unos cuantos minutos más. Veinte,
al menos. Además, nadie se daría cuenta. Digo, de todos modos todo
el mundo me detesta. Voy caminando y nadie me ve ni me mira a la
cara. Es como si no existieras. Y eso es bueno. Créanme que lo es.
Lo malo es que cuando no me baño, todo el mundo se me queda viendo
como si no me hubiese bañado. Supongo que apesto o algo. A mí no me
importa, la cosa son las miradas. Es extraño. Si, en cambio, me
visto como cualquier imbécil, entonces no me ven. Cada quien anda en
su mundillo, en su esfera, encerrado en su coraza de decadencia, sin
darse cuenta de los demás, hasta que aparece un apestoso que no se
bañó. La última vez que salí sin bañarme me querían llevar preso. No
sabía que hubiera una ley que prohibiera salir sin bañarse. Estaba
contrabandeada allí en la cosa esta de los ‘vagos y maleantes’. Como
si los maleantes no se bañaran. Como si los hampones esos que se
robaron todos los fondos de un banco no se hubiesen bañado en
champán en algún hotel de Las Vegas.
El despertador seguía sonando. Bueno, la verdad es que no
suena, sino que es uno de estos modelos de despertador que sintoniza
la radio a la hora que quieras que te despierte. Es lo único que
logra levantarme. Los despertadores normales, los que suenan
‘bip-bip’ o qué sé yo, no me pueden levantar. Son muy básicos. Me
despabilan, pero no logran hacerme despegar de la cama. En cambio
éstos, con su radio sintonizada en la peor emisora juvenil, me
levantan de un solo golpe. Me despiertan con un solo objetivo:
apagar el maldito aparato. ¿Será que soy masoquista? La verdad es
que estas emisoras juveniles me sacan de mis sueños donde más o
menos algo de tranquilidad puedo conseguir, y me recuerdan lo
horripilante de la existencia. De la existencia en Caracas.
¿Cuál será el problema de estos locutores? Creo que tienen
una especie de complejo de superioridad. Todos se imaginan como los
grandes baluartes de la sociedad. Verdaderamente, en nuestra Caracas
decadente, hay un resurgimiento de la radio-locución como carrera a
tomar. Yo diría que la radio-locución (disfrazada de Comunicación
Social) y las carreras empresariales son las que más se cotizan. Por
lo menos los que estudian las carreras empresariales demuestran algo
de conocimiento. Digo, repiten libros de manera estúpida y sin
pensar seriamente qué es lo que están diciendo, pero al menos
demuestran que algo leyeron. Que no hayan pensado sobre eso es otra
cosa (he llegado a creer que mientras menos pienses más cabida
tienes en las empresas). En fin, se forman como obreros de clase
media. El problema con esto es que de verdad se creen unos
realizados en la vida y no se dan cuenta de que lo que son es una
simple pieza (muy pequeña) en un engranaje muy grande que no tiene
el más mínimo interés ni aprecio por sus individualidades. El carro
no se preocupa por las tuercas, por así decirlo. El carro sólo se
preocupa por andar. Resultado: una capa de gente medio-estúpida,
repite libros, que se cree mejor que los demás simplemente porque le
toca usar flux todos los días. Resultado dos: escuchan pura música
basura de ‘adulto contemporáneo’, etiqueta usada para denominar a
los que no tienen tiempo para escuchar música y por tanto compran
cualquier porquería industrializada de balada, R&B o pop que los
‘relaje’ de lo estresante de la oficina.
Paradójicamente, del otro lado de la ecuación están los
radio-locutores, que son los que envenenan a estos pobres
empresariólogos con el pasticho de acordes prefabricados y letras de
‘mi amor, te quiero’ o ‘tus ojos son piedras preciosas y tu piel
huele a rosas’ o algo por el estilo. Parece ser el reino de los más
mediocres: los radio-locutores, pardon, ‘comunicadores
sociales’ controlan el medio musical sobre los empresariados, cuando
los empresariados ostentan al menos algo de conocimiento en algún
área (repito, por más que sea escupirte los libros que ya leyeron)
mientras los radio-locutores profesan el mal gusto y la imbecilidad
como carta de presentación.
¿Qué les enseñan en las escuelas de ‘Comunicación Social’?
No comunican nada más allá de su estupidez, y no saben nada acerca
de lo social, cuestión que interpretan como ‘yo en mi grupito
caminando por el Sambil’. Es increíble. Algunos incluso pretenden
hacer una crítica política o algo, y ni siquiera saben el nombre del
Presidente del Congreso. Pero los peores son los que hacen el
programa en pareja, o sea, de a dos imbéciles. Éstos se deleitan en
chistes personales que el radio-escucha no entiende: ‘mirale la cara
al entrevistado, tiene una arruga aquí’ a lo que el brillante
sidekick se desternilla de la risa y comenta algo de la arruga
que hasta ahora ni se han molestado en describir. Francamente estoy
cansado de que los radio-locutores no lean periódico. Eso es lo
‘social’: colocar a alguien totalmente desinformado del acontecer
nacional para mostrarte lo desorientado que está cuando comenta
política, economía o incluso deportes. Porque eso sí, estos tipos
tienen que ser unos expertos en todo, no pueden limitarse a un solo
aspecto de ‘lo social’. Si se muere Tito Puente, ellos tienen que
comentarlo haciendo alusión a su historia personal como si hubiesen
sido fanáticos de Tito toda la vida. Si Galarraga pega el hit dos
mil, tienen que explicar lo brillante de la hazaña. Y si los Estados
Unidos invade Kosovo también tienen que decir algo al respecto. Todo
esto sin la más remota idea de cómo utilizar el lenguaje, omitir los
‘fuéranos’ o los ‘habían muchos’ en aras de difundir algo digno de
aprenderse.
-¡Ja, ja, ja! ¡A pararrrrse! –Gritaba el maldito por la radio. Qué
insoportable. Pero bueno, era la única forma de pararme en realidad.
Llegué al punto en el cual estás consciente de que estás despierto,
pero aún no te puedes mover. Sentí que mi cara reposaba sobre un
charquito de baba en la almohada, pero no podía hacer nada para
cambiar esto. Finalmente logré mover mi cara unos centímetros para
despegarme de la saliva. Disfruté por unos momentos el hilo de
saliva que unía mi labio a la almohada. Mientras me entretenía en
esto pude separarme de la realidad que me amenazaba a través del
locutor. Pero luego el energúmeno ése, no contento con gritar por el
parlante que me levantara, decidió rematar su labor con un disco de
Heavy Metal. Era Metallica, o una porquería de esas. Odio el Heavy
Metal.
En dos segundos estaba en pie y estirándome para alcanzar
el despertador y poner fin a la tortura. Listo. Me senté al borde de
la cama viendo hacia el piso y debatiendo el sentido de ponerme en
marcha o no. Ni modo, lo que tenía que hacer era ir al baño para
alistarme, después todo se desenvolvería solo. Estaba a punto de ir
al baño, lo juro, a punto de levantarme para hacerlo, cuando escuché
que el viejo entraba antes que yo. Esto iba a ser un problema.
Cuando vives en una casa con baño compartido, es un verdadero
problema el ponerte de acuerdo respecto a los horarios de uso.
Caminé hasta el baño y me encontré con la puerta cerrada. Toqué
varias veces.
-¿Qué?
-Oye, necesito el baño. Tengo que bañarme.
-Pues te esperas unos minutos. ¡Justo cuando acabo de entrar! ¡Qué
precisión!
-Bueno. Pero dale rápido de todos modos.
Regresé a mi cuarto, simplemente a esperar. No había más
nada que hacer: no me gustaba bajar a desayunar sin haberme lavado
los dientes y no me podía vestir tampoco. Me acosté otra vez, pero
ahora sobre las sábanas para no dormirme. Decidí oír un disquito
suave para poder despertarme. Puse algo de Pink Floyd y me acosté a
ver el techo. A veces, en situaciones como éstas, me pongo a pensar
qué pasaría si el techo se cae sobre mí cuando estoy durmiendo o
algo. Pienso cuáles serían las probabilidades de quedar con vida
luego de algo así. El techo marrón, Pink Floyd de fondo... morirse
en ese momento no sería ni mala idea. ¿Qué era lo que tenía que
hacer hoy? Ah, sí, ir a la Universidad, sentarme allí unas horas a
hacer algo que llaman ‘aprender’ y luego volver a la casa. Escuché
la puerta del baño abriéndose. Me levanté y fui al baño. Dejé el
aparato de sonido andando, no me gustaba cortar las canciones por la
mitad. Además, así el ambiente se llenaría de Pink Floyd.
-¿Qué carajo haces? –Me preguntó el viejo.
-¿Hmm? –Yo todavía estaba medio dormido.
-¿Tú te crees Rockefeller, acaso? –No entendía absolutamente nada de
lo que me decía el viejo. Estas generaciones pasadas son muy
difíciles de comprender. No dije nada.
-Claro, como el musiú no paga la luz, entonces, ¡viva! ¡Dejemos todo
encendido todo el tiempo!
-No te entiendo. Discúlpame, pero tengo que bañarme que voy tarde.
-¡Coño! Lo que digo es que apagues el aparato de sonido. ¿No te
diste cuenta que lo dejaste encendido? Pon más atención, vale, que
esto no es una mansión –no tenía sentido explicarle que sí me había
dado cuenta pero que quería dejarlo encendido a pesar de que nadie
lo escuchara. Que si un árbol se cae en la mitad de un bosque sí
hace ruido a pesar de que nadie lo escuche. Que acomodaba el cuarto.
Preferí no decir nada al respecto:
-Bueno, apágalo tú.
-Está bien, pero sólo por el gasto. Sabes que no debería, que
debería devolverte a que lo apagues tú, pero voy a hacerlo porque
soy un buen padre...
-Sí, sí, lo que sea –dije, y tranqué la puerta del baño tras de mí.
Me habrá llevado unos veinte minutos el bañarme. Cuando
estoy retrasado me baño y cepillo los dientes a la vez. O sea, me
llevo el cepillo y me lavo los dientes en la ducha. Así ahorro
tiempo. Lo que me confundía bastante era que mi vieja había llenado
el baño de productos y cremas de diferente índole, que nunca entendí
buen para que servían. Me costaba imaginar que pudiesen existir
tantas pomadas y cosas para la piel y el pelo: que si cremas
humectantes, rejuvenecedoras, de suavidad, etc. También compraba
jabones y cremas extrañísimas, cualquier que saliera en la
televisión, ella la compraba. Lo peor era que mi vieja no era tan
fea, no era como que necesitara embellecerse o desenfearse. Yo
siempre me limito a lo tradicional, jabón y champú si hace falta.
Nada de baños de crema ni enjuagues ni qué sé yo.
Salí del baño luego de ponerme los lentes de contacto (¿se
acuerdan que les dije que los usaba?). Me vestí rápidamente, eso
nunca me lleva tiempo pues siempre me visto más o menos igual. No me
gusta perder tiempo pensando qué es lo que se ve mejor, como si de
verdad importaran las apariencias. Soy muy poco caraqueño en ese
respecto. Al caraqueño le encanta vestirse como si fuera a una
fiesta todos los días. Perfume, cabello engominado, cadenas y
anillos, ropa a la moda, ese tipo de estupideces. Nunca distinguirás
al tipo los días de fiesta cuando se arregla de los días normales,
pues el tipo siempre va a estar arreglado. ¿Por qué habría alguien
de arreglarse para ir a la Universidad? Yo siempre me visto con
franela o camisa cómoda, cualquier pantalón y zapatos de goma. A fin
de cuentas, me la paso tirado en los pasillos de la Facultad,
cualquier cosa que use se va a ensuciar de todos modos. Mi
vestimenta cambia en función de la temperatura: si hace mucho frío
llevo una chaqueta, sino no. Eso es todo lo que tengo que pensar.
Bajé a la cocina a ver qué desayunaba. Ya era un poco tarde.
Vi el reloj y daba las seis y media. Tenía clase a las siete, pero
si salía a un cuarto-para podía llegar. Por eso es que odio los
relojes, porque te hacen planear y programar lo que vas a hacer. No
te dejan hacer las cosas porque quieres, o porque te entretienen, te
obligan a dejar de hacer lo que haces para, valga la redundancia,
hacer las ‘obligaciones’. Me preparé un café, que era lo único que
desayunaba, y me senté en el sofá a leer periódico. No sé si era que
los domingos no ocurría nada en el país, pero el periódico de los
lunes no pasaba de ser un pasquín de cuatro folios. Además, ponían a
los peores escritores de opinión los lunes, como para que nadie los
leyera. El único que servía era este tipo Garmendia. Lo mejor era
leer las cartas, porque son cortas y el escritor no se cree gran
cosa sino que sabe que es un simple escritor de cartas de veinte
líneas. Leí las cartas y me di cuenta de que yo debería escribir
alguna en el futuro. Probablemente no me publicarían de todos modos.
Leí poco, pues de verdad había poco que leer en el
periódico del lunes. Di una pasada por deportes, farándula –a ver
cual de las hijas Cisneros seguía soltera todavía-, cine, ‘cultura’
(no me hagan reír) y política. Sucesos es la parte más divertida,
incluso más que las comiquitas. Lo cómico era que había una especie
de ‘guerra contra el hampa’ en Caracas, y uno de los factores que
‘medían’ este fenómeno era la cantidad de muertos por fin de semana.
El fin de semana pasado había habido sesenta y dos muertos, cifra
nada alarmante, era normal. Luego, este fin de semana sólo hubo
veinte muertes. Por lo tanto, todos los cuerpos policiales se
regocijaban en como ‘habían logrado controlar el crimen’, sin darse
cuenta de que era un número totalmente aleatorio y sin base. Es que
nuestra Caracas es como un pequeño teatro. Todos debemos jugar
nuestro papel.
En nuestra ciudad había cobrado fuerza la teoría de las
estadísticas. Según los nuevos Nostradamus sociales, la estadística
predecía fielmente todo lo que acontecía en la sociedad, desde la
alimentación de la familia hasta la intención de emigrar por parte
de la clase media. Quisiera ver qué iba a decir el comisario éste
que defendía su reducción del crimen cuando el fin de semana que
viene las cifras llegasen a cien o doscientos muertos en un solo fin
de semana. Claro, ahora todos podían aludir a la ‘teoría del caos’
que era como la salida elegante cuando los pronósticos fallaban. El
clima variaba erráticamente por ‘teoría del caos’, las encuestas
electorales no predecían nada por ‘teoría del caos’ y los muertos
ascenderían seguramente, por la misma teoría. Me imagino que eso era
lo que les enseñaban en las escuelas de Comunicación Social: “cuando
erren sus pronósticos, aludan a la teorías del Cao (sic)”.
Uno creería que el ser humano es un organismo pensante, que
tiene la capacidad de aprender con el tiempo. El biólogo que afirmó
esto obviamente no conocía al caraqueño. Era el único ente vivo que
podía tropezarse infinitas veces con la misma piedra/palo/pared sin
aprender absolutamente nada. Hace un año, las compañías
encuestadoras anunciaban un fraudulento ‘empate técnico’ en las
elecciones decembrinas, sólo para producir el vapuleo electoral más
risible en la historia de Venezuela. Se ve que eran de la idea de
que manipulando las encuestas cambiaría la forma de actuar de las
personas. Tal lógica se parece a la psicología inversa que aplica el
conejo Bugs Bunny: ‘tu no te vas a tirar por ese
barranco’. Luego del rotundo fracaso de esta estrategia infantil –e
ingenua-, seguían pensando que los números eran la salida a los
problemas. Nuestros famosos ‘comunicadores sociales’ –ahora no
solamente los de la radio- comunicaban la realidad a la sociedad en
términos borrascosos y confusos como ‘índice de deterioro’,
‘conformismo político’ y otros inventos que servían para legitimar
la ‘teoría’ sociológica de estos brillantes comentaristas de que
‘habrá golpe de estado/no habrá golpe de estado’ o quién sabe
cuántas cosas más. Y ahora este mediocre quería convencerme de que
había controlado mágicamente el crímen simplemente porque se publicó
un número menor al de la semana pasada. Supongo que ése es uno de
nuestros mayores problemas: mientras la gente siga pensando que
somos todos una manga de imbéciles, nunca podrá exigirse nada. Pero
bueno, la única dificultad con esta aproximación no es que la gente
siga pensando que somos unos imbéciles, sino que de verdad lo somos.
Por alguna extraña razón, no somos lo suficientemente imbéciles como
para elegir por la lógica de Hipódromo de votar por el que vaya de
primero en las encuestas, como si fuera una carrera a caballo
ganador.
Ya me había tomado el café, y la columna de sucesos no
estuvo tan buena esta vez. Puros asesinatos de pandilla. Me paré del
sofá pues ahora si era hora de irme. Dejé la taza en la cocina y
salí con mi pequeño bolso que sólo contenía un cuaderno para anotar
–cuestión que no había hecho desde hacía semanas, los profesores
sólo me repetían el libro- y un libro que quería leer si me daba
oportunidad entre clases.
Tuve que calentar el carro unos minutos. Mi dedo índice se
estiro para encender el reproductor, y se detuvo a medio camino. ¿Qué
disco había dejado puesto? No podía sorprenderme musicalmente, eso
era un sacrilegio. Recordé que era un disco de jazz ochentoso, y de
verdad no me provocaba escuchar eso ahora. En esta mañana necesitaba
algo estruendoso, que me despabilara de una vez. Ni modo que
escuchase las emisoras juveniles, venía huyendo de eso hace una hora.
Mejor era colocar el radio en AM, donde las emisoras populares
tendrían una descarga salsera que funcionaría. Eso hice. Luego de
mover el dial un poco, conseguí una pieza de la orquesta Fania con
Rubén Blades cantando. Perfecto. Luego de escuchar el tema y
cerciorarme de que el radio-locutor no destruyera lo que había
construido con una pieza malísima, pude salir de la casa, oyendo
otra salsita y sobre la hora a las seis y cuarenta y cinco. Lo
interesante de Caracas es que es una ciudad totalmente impredecible
(y esto no se debe a la teoría del Caos): puedes salir de tu casa
una hora antes y llegar a tu destino en cinco minutos, así como
también puedes salir una hora antes y llegar una hora y media
después. Había señales claras, si llovía, por ejemplo, era bueno
considerar el quedarte en tu casa y no salir en primer lugar. Pero a
veces se interponían otros factores sólo atribuibles al destino,
como que se volteó un camión en la mitad de la vía, había una marcha
de barrenderos o caucheros que decidieron trancar toda la vía para
exigir reivindicaciones sociales, se dañó un semáforo y eso afectaba
tres cuadras a la redonda, o un sinfín de cosas más que sería ocioso
nombrar. Este día en particular el Dios del tráfico estaba conmigo,
y no sólo me permitió salvarme de todos los contratiempos posibles,
sino que sincronizó los semáforos para que yo pudiera pasar en verde
y no hacer cola en ninguno. Incluso en la vuelta ilegal que tengo
que dar no me puso trabas. Hay una parte en la que debo girar a la
izquierda para bajar hacia la Universidad, pero ese cruce no está
permitido y siempre genera trancas y desesperos que se transforman
en la voz irritada de una corneta que te azota desde atrás. Hoy
crucé suavemente y sin oposición, bueno, sí me gané un insulto por
allí de parte de un conductor que todavía creía en las señales de
tránsito, pero nada más allá de eso. Podemos decir entonces, que
hasta ahora había sido un día medianamente decente. Cualquier día en
el que no pienso demasiado en matarme es bueno. Y llevaba más o
menos hora y media. Un récord. Pero claro, tampoco soy optimista.
Acepto mi destino con resignación. |