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Una noche en las orillas de la selva tropical de
Guam, dos hombres, Jesús Dueñas y Manuel de Gracia, agachados y
tan callados como era posible esperaban sorprender un animal cuando
algo fuera de lo común les llamó la atención.
A la señal de De Gracia, Dueñas había apuntado su rifle hacia
unos arbustos que se movían en silencio a unos veinte metros,
esperando a que apareciera lo que el creía sería un jabalí.
Pero en vez de esto, de entre los arbustos salió lo que la
principio creyeron era un niño, y poco después se dieron cuenta era
un hombre pequeño y raquítico que caminaba de puntillas hacia el
cercano río Talofofo. ¡Un japonés! susurro Dueñas sorprendido y sin
pensarlo dos veces se levantó y le grito al hombre que se detuviera.
El extraño se detuvo inmediatamente, cayó de rodillas y enseguida
se puso a rezar. Pero todo era un truco. Cuando Dueñas estuvo a un
paso de él, el hombre saltó hacia el rifle pero las pocas energías
que tenía no fueron suficientes para hacerse con el arma. Sin
problemas, los dos cazadores lo sometieron y le amarraron las manos
en la espalda.
El hombre vestía pantalones cortos y una camisa que parecía hecha
de hojas secas. A pesar que era poco más que un trapo, no dejaron de
notar que estaba bien cosida. El pelo y la barba estaban afeitados
al rape y como calzado vestía unas cocuizas hechas de paja seca.
Tanto la familia de Dueñas como la de De Gracia habían sido
victimas de la brutalidad japonesa durante la permanencia en la
isla, pero aun así decidieron llevar el hombre a casa, donde lo
desamarraron y le dieron de comer.
Parados junto a él lo vieron devorar plato tras plato de comida
con una desesperación que jamás habían presenciado y cuando estuvo
lleno empezó a hablar como si no lo hubiese hecho en años. El idioma
no lo entendían, pero cuando salió afuera y se paró de espaldas
contra la pared se dieron cuanta de que se había defendido
inútilmente de lo que creía era su destino. El hombre estaba seguro
de que iba a ser fusilado.
Dueñas y De Gracia se llevaron las manos a la cabeza. ¿Era
posible? Fueron de nuevo a la cocina y vieron al calendario pegado a
la pared. Ya era casi la medianoche del 24 de enero de 1972. Si el
hombre que estaba afuera esperando a ser fusilado era un soldado
japonés, ¡éste había estado en la selva por casi treinta años!
Tras intentar explicarle lo que sucedía, Dueñas y De Gracia lo
montaron en un jeep y lo llevaron al hospital de Talofofo, de donde
fue enviado al cuartel de policía, y de allí al Hospital General de
Guam, donde los periódicos no tardaron mucho en enterarse de que un
hombre de 56 años, ex-sargento del ejército imperial japonés, había
estado oculto en las selvas de Guam por veintiocho años para evitar
ser capturado. Su nombre: Shoichi Yokoi.
Cuando los norteamericanos tomaron la isla en 1944 la orden dada
a los soldados japoneses fue luchar hasta morir porque todos los
prisioneros serían fusilados. Yokoi creía en sus superiores
ciegamente, al igual que la mayoría de los nipones, que no se
entregaron hasta que más de veintidós mil de ellos habían muerto en
batalla.
Cuando todo parecía perdido, muchos se internaron en la selva,
pero gradualmente fueron capturados o se entregaron tras días de
penurias. Pero Yokoi y dos compañeros decidieron que era preferible
morir a sufrir la desgracia de ser capturados vivos. Para el momento
de su captura, el último compañero de Yokoi había muerto hacia ocho
años de una indigestión.
Durante los veintiocho años que pasó en la selva, Shichi había
construido varias guaridas. La última era una cueva debajo de un
campo de bambúes. Debajo de ellos, había descubierto, la tierra era
más sólida, y como estaba cerca del río se las había ingeniado para
construir una letrina cuyo contenido era arrastrado automáticamente
río abajo.
Pero la verdadera proeza, según el mismo, había sido conseguir
comida. La selva está llena de ella, pero Yokoi encontró que no era
tan fácil agarrársela como él pensaba. Su dieta consistió más que
todo de mangos, semillas, cangrejos de río, camarones, caracoles,
ratas, anguilas, palomas, y jabalíes.
Sin sal que usar como preservativo o condimento su gusto tuvo que
adaptarse al sabor simple de lo natural. Construyó trampas para
capturar camarones y anguilas en el río y utilizaba coco gratinado
como carnada. Una vez capturados los pelaba y comía a la parrilla.
Había construido una trampa para cazar ratones basada en las que
se usaban en Japón cuando era joven. Tras años de comer el animal
confesaría que esta era su carne favorita y que sentía especial
predilección por el hígado del animal. Sin embargo, también confesó,
que no tenía mucho de que elegir. Que a veces pasaban días antes que
capturara algo y cuando lo hacia no había lugar para gustos. Tenia
que comerse lo que fuera.
Gracia a esto a veces se enfermaba, y sin medicinas o alguien a
quien acudir pasaba semanas mal del estomago. Esto era un verdadero
peligro, y se presume que sus dos compañeros murieron de males
relacionados con la comida. Por esto aprendió a cocinar bien y tener
cuidado de lo que comía. El agua, aunque la asumía pura, nunca la
tomaba antes de hervirla.
A pesar de todo esto, y aunque a primera vista Yokoi lucía como
si tuviera al menos diez años más de lo que tenía, los médicos que
le examinaron lo consiguieron en perfectas condiciones físicas y
mentales. Pero lo que verdaderamente impresionó a los periodistas
fue su vestimenta.
Al principio se pensó que sus ropas estaban hechas de la piel de
algún animal. Sin embargo, como costurero que era, Yokoi se las
había ingeniado para crear su propia materia prima. Su ropa era
increíble, sus camisas tenían botones y bolsillos y los pantalones
tenían trabillas para una correa. El estilo era el de un perfecto
uniforme de campana japonés. Para crearlas Yokoi había aplanado la
corteza de árboles hasta convertirlas en fibras. Para coserlas
aplanó y afiló restos de artillería hasta convertirlas en agujas,
que utilizaba para coser un hilo hecho de las fibras de la concha
del coco.
Los trajes, aunque primitivos fueron efectivos. Durante su
estadía en la selva apenas construyo tres, el último de los cuales
se conserva en el Museo de Guam.
Mientras estaba en hospital Yokoi manifestó su preocupación por
su posición. En su mente solo podía verse como un prisionero de
guerra y no se imaginaba que destino le esperaba si era enviado a
Japón.
La lealtad japonesa es legendaria, pero nunca ha estado exenta de
un poco de ayuda oficial. Yokoi era un buen ejemplo de ella. Había
pasado una vida en la selva para seguir las órdenes del emperador.
Pero al igual que los famosos kamikazes, el negarse a cumplirlas
significaba la muerte. Los kamikazes, famosos por estrellarse contra
sus objetivos cuando se les acababan las municiones no tenían otra
salida. De acuerdo a partes de guerra, los aviadores que se atrevían
a volver con vida a los portaviones o aeropuertos eran obligados a
cometer harakiri.
Shoichi había leído que la guerra había terminado en los años
cincuenta, en unos panfletos lanzados por el gobierno
norteamericano. Pero siempre pensó que era una trampa para
capturarlo, y en realidad no creyó lo que todo el mundo le decía
hasta que el cónsul general de Japón en Guam, James Shintaku fue al
hospital y le informó oficialmente de la rendición de Japón en 1945.
La colonia japonesa mientras tanto, envió delegaciones a su
habitación que lo saludaban con un fervoroso Gokuo Sama (Gracias por
su servicio), a lo que él respondía con un simple, de nada.
Seis días después de su captura lo visitó su medio hermano, Osamu,
y un primo Jotaro Sakai quienes le dijeron que su madre había
adoptado al primero cuando le dijeron que el había muerto en Las
Marianas el 30 de septiembre de 1944. Tras intercambiar algunas
frases Yokoi pregunto por su prometida, pero las familias habían
perdido contacto hacia mucho y no sabia si tan siquiera aun estaba
con vida.
Mientras se recuperaba, Shoichi empezó a recibir cientos de
cartas. Algunas con dinero y para cuando salio de hospital el total
llegaba a cien mil yenes. Con todo este dinero, le comento a un
periodista, me sobra para mantenerme el resto de mi vida. El
periodista se negó a romperle el corazón, pero lo que era una
pequeña fortuna cuando vivía en Japón, eran apenas $324 dólares al
cambio de 1972.
Yokoi había dejado la civilización a la edad de 28 años, y al
salir del hospital fue inmediatamente sorprendido por un mundo que
era completamente distinto al que había abandonado. Había televisión
a color, hombres en la luna y americanos viviendo en Tokio
tranquilamente. Japón no tenía ejército.
Asombrado vio como pudo volar de Guam a Tokio sin escalas en
apenas tres horas, a donde llego el 2 de febrero de 1972. Allí le
esperaba una turba de cinco mil admiradores que se le saludaban con
el ahora familiar Gokuo Sama y Banzai Shoichi, larga vida Shoichi.
Yokoi, desde una silla de ruedas los saludaba con la mano aguantando
las lágrimas.
Shoichi Yokoi se trasformó inmediatamente en una figura de
primera línea y en un personalidad de televisión, donde aparecía
esporádicamente comentando sobre técnicas de supervivencia. En 1973
escribió un libro sobre su experiencia en Guam y en 1974 se lanzo
sin éxito para un puesto en el parlamento japonés.
El mismo año que volvió a Japón, contrajo matrimonio con Mihoko
Yokoi, con quien vivió en Nagoya hasta la edad de 82 años, a la que
murió el 23 de Septiembre de 1997.
Pero Yokoi no sería el último soldado japonés en aparecer. En
1974, un oficial de la inteligencia japonesa llamado Hiroo Onoda fue
enviado a espiar las tropas norteamericanas de Filipinas en 1944.
Pero a medida que las fuerzas americanas crecieron fue obligado a
retirarse hacia la selva donde permaneció por 30 años.
Onoda no fue tan pacifico ni benigno como Yokoi. Capaz de
mantener su armamento en buen funcionamiento Onoda atacaba y se
proveía de los campesinos filipinos. La orden que le habían dado era
la de desestabilizar la armada norteamericana a cualquier precio y
sin importar cuantos años tomara. Nunca nadie se tomó algo mas
apecho.
Onoda estaba al mando de cuatro hombres que estuvieron con el
hasta septiembre de 1949, cuando el primero de ellos decidió
entregarse a los norteamericanos. Con el japonés como guía se envió
una comisión a buscar a Onoda pero este se rehusó a salir a pesar
que fotos y cartas de sus familiares fueron lanzadas desde aviones
sobre la selva.
Onoda estaba seguro de que este era un truco de los
norteamericanos a quienes creía desesperados por un inminente ataque
japonés. Por lo que en mayo de 1954, cuando Onoda observo una
columna del ejército filipino este ordenó atacarla, y en el combate
perdería a otro de sus hombres. Como represalia, Onoda aumento sus
ataques a campesinos quemando sembradíos y haciendas tras cargar con
lo que necesitaba.
Alarmado por la situación, el gobierno de la isla trajo a un
hermano de Onoda para que hablara por altoparlantes desde la selva.
Pero Onoda, quien vio el show desde lejos, siguió creyendo que era
un truco y más tarde confesaría que creía que los norteamericanos se
habían conseguido un doble. En una radio que habían robado
escuchaban noticias de lo que sucedía en el mundo pero se negaban a
creerlo, especialmente el que Japón se había industrializado y ahora
era una potencia mundial. Aunque si esto era del todo verdad, había
lugar a que continuasen la resistencia ya que muy pronto estarían
recibiendo refuerzos.
El 19 de octubre de 1972, en un ataque a una hacienda, el
ejército logró llegar allí antes que Onoda pudiese escapar y en el
enfrentamiento mataron a su último compañero.
A pesar de la soledad Onoda permaneció reacio a las solicitudes
de rendición hasta que un hecho fortuito le convenció de que
posiblemente lo que decía el enemigo era verdad.
El 20 de febrero de 1974 Hiroo Onoda caminaba por la selva cuando
se consiguió con la carpa de un estudiante japonés llamado Norio
Suzuki que estaba dándole la vuelta al mundo. Su meta era, le había
dicho a sus compañeros de universidad, conseguir al teniente Onoda,
un panda y el abominable hombre de las nieves.
Suzuki y Onoda hablaron por horas y al final del día el primero
le había convencido de que la guerra había terminado. Sin embargo,
para entregarse tenia una petición.
Como oficial del imperio japonés no podía rendirse sino se lo
ordenaba su superior inmediato que era un tal Mayor Taniguchi.
Con esta petición Suzuki salio de la selva y se entrevisto con el
gobierno filipino para arreglar la entrega de Onoda, y el 9 de marzo
de 1974 éste le leyó la orden de rendición firmada por el emperador
y le ordenó que entregara su espada. Onoda así lo hizo y se entregó
finalmente a las autoridades filipinas.
En el hospital Onoda, al igual que Shoichi Yokoi, fue encontrado
en excelentes condiciones físicas, y para sorpresa de los
odontólogos, no tenia una sola caries. Legalmente, sin embargo,
Onoda no estaba tan en buena forma. Durante su estadía en la isla el
japonés había matado a unos treinta filipinos y herido a más de
cien, pero a petición de gobierno japonés y para evitar un
enfrentamiento diplomático Ferdinand Marcos, entonces presidente de
ese país, le otorgó un indulto que le permitió viajar a Japón.
A diferencia de Shoichi, a Onoda no le hicieron ninguna gracia
los cambios en Japón. Aunque demostró satisfacción con el nuevo
poderío económico, consideraba que estar castrado militarmente era
vergonzoso. Y a pesar de haber sido recibido como héroe, casi
inmediatamente se fue a vivir a Brasil, donde compro una hacienda y
desaprecio de la vida publica. Solo en los años noventa volvería al
Japón donde montó un campamento vacacional para niños.
Quizás embargado por un sentimiento de culpa, Onoda volvió a las
Filipinas en 1996, donde en una reunión con la entonces gobernadora
de Lubang Josephine Ramírez Sato, dieron un discurso donde hablaron
del simbolismo del encuentro que significaba que las últimas heridas
de la segunda mundial por fin habían sanado.
O al menos para ella. Onoda, que en su visita donó unos 10.000
dólares para becas de estudio a niños de la región, fue rodeado por
protestantes cuando visitó el monumento de la amistad
filipino-japonesa en Mindoro Occidental.
Medio siglo después de la guerra, sentimientos encontrados
afloraban en cada rostro que pedía compensación por sus familiares
muertos o heridos durante la ocupación japonesa. La protesta fue
especialmente ruidosa en el lado de los familiares de los filipinos
a los que Onoda había matado personalmente.
"El mató a mi hermano," gritó una Cristina Evangelista, "lo que
quiero es que Onoda pague por eso."
Al parecer algunas heridas son más difíciles de borrar que otras
en este último surreal capítulo del drama que fue la gran guerra de
mediados del siglo veinte.
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