Año 1

19 de Junio del 2003

Nº 3

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El Príncipe de Trinidad


Perdedor con Corona


Gustavo Morales Venezuela

A unos 1200 kilómetros mar afuera de la costa de Espírito Santo en Brasil, se encuentra la isla de Trinidad. No la Trinidad de Trinidad y Tobago, sino otra, más pequeña, de 14 kilómetros cuadrados. Nadie vive en Trinidad. De hecho, pocos han puesto pies en sus colinas volcánicas. Sin embargo allí existió una vez un reino que fue peleado por ingleses, portugueses y brasileños. Todo fue producto de un sueño.

En 1887, un americano de San Francisco, James Aloysius Harden-Hickey se dedicó a recorrer el mundo tras divorciarse de su esposa. El mundo estaba sufriendo grandes cambios en esa época. Solo Francia, ciudad donde su madre lo había llevado a vivir de pequeño, había visto dos grandes revoluciones, dos reyes y una república y todo en una sola generación. Y ni hablar de América, donde el latido de las revoluciones independentistas podía escucharse hasta debajo del agua.

En el viaje de Aloysius, su barco se detuvo en la pequeña Trinidad.

James había crecido en Europa, donde su madre lo había llevado de niño por considerar que América no era lugar para criar a un hijo. Al llegar a París, decidió que ahí menos todavía y lo envió a estudiar en una academia jesuita en Bélgica. Más tarde se graduaría de abogado en la universidad de Leipzig. Pero a pesar de la distancia, lo que sucedía en Francia en ese momento sería lo que más influiría en su forma de pensar.

En 1852 Francia volvió a ser un imperio de la mano de Napoleón III. El Caos era total, con obras públicas desnudas e incompletas casi en cada esquina y fastuosas ceremonias y cortejos recorriendo las calles de París que le infundían a la ciudad una energía que gritaba imperio y poder.

Harden-Hickey se graduó con honores en la academia militar francesa en 1875, donde se destacó como maestro espadachín. Habiendo heredado una pequeña fortuna, poco después se retiró a una vida más tranquila en París y en 1878 se casó con la condesa de Saint-Pery.

Durante los siguientes años James se dedicó a la literatura con poco éxito, escribiendo más de 11 novelas en 4 años, casi todas copias de obras de maestros como Julio Verne, las cuales generalmente eran antidemocráticas y pro-católicas, lo que le llevó a recibir el impresionante título de Barón del Sacro Imperio Romano. ¡Cosh!

Con la caída de Napoleón III en 1870, la Tercera República tomó sobre la vida social y económica de Francia, sumiéndola en la politiquería y la corrupción. Sin embargo, una de las pocas cosas buenas que trajo consigo fue la libertad de prensa. Conociendo su habilidad con la pluma un grupo de realistas, que buscaban poner a Napoleón de vuelta en el trono, financiaron a James para publicar el periódico Triboulet, que casi inmediatamente se convirtió en un éxito. Y siguiendo el espíritu de Villemessant, fundador de Le Fígaro, quien decía que, "si una historia no causa un duelo o una demanda no es buena" durante el siguiente año el gerente general estaba en prisión, el contador también, la mayoría de los periodistas había estado presos por una u otra razón, se le había multado y Harden-Hickey había sido demandado 42 veces y tenido que batirse a duelo por lo menos 12 veces, ya que según él, sus críticos debían enfrentarle o en la página editorial o en el campo de Bois de Boulogne. En 1887, se acabó el periódico cuando también se terminaron los realistas y el dinero para financiar al periódico.

Después de esto cambio de vida. Cansado de las intrigas parisinas prácticamente renunció al Catolicismo y se entregó al Budismo. Se divorció de su mujer y se embarcó en un viaje por mar alrededor del mundo.

En su pasada por el Atlántico Sur fue cuando su barco se tropezó con la insignificante Trinidad. El barco se detuvo allí y mientras Hickley la caminaba, observando su población de pájaros, tortugas y cangrejos decidió reclamar la isla para sí mismo.

Trinidad fue descubierta en 1501 por el portugués Fernando de Nova, quien le dio el nombre de Asunción. Estevão da Gama le cambió el nombre al año siguiente al pasar por allí y la bautizó Trinidad. El astrónomo ingles Edmund Haley, el mismo del cometa, jurando haber descubierto una nueva isla se la agarró en nombre de Inglaterra. En 1756 los portugueses se dieron cuenta del error y la tomaron militarmente, sólo para que los ingleses volvieran a recuperarla en 1781 para abandonarla casi inmediatamente. Los portugueses regresaron después de esto y trataron de fortificarla y colonizarla con azoreños, pero no duraron mucho. Durante las dos guerras mundiales, Trinidad tuvo guarniciones militares y a partir de 1924 se convirtió en una cárcel política, hasta la caída de la dictadura brasileña a mediados de los 80.

Sin embargo a la llegada de Harden-Hickey lo más grande que había en la isla eran tortugas: los ingleses nunca la habitaron y los portugueses la abandonaron, por lo que Trinidad sólo esperaba que alguien se la agarrara.

Con esa idea en mente regresó a París sólo para enamorarse, casarse y olvidarse por un buen tiempo de todo el asunto. Su suegro, un financista americano, le dio la oportunidad de hacer vida fácil y convertirse en un chulín de primera. Pero la idea volvería en medio del ocio y conseguir financiamiento no le costó mucho a su nueva familia.

A finales de 1893, los periódicos de Nueva York empezaron a publicar artículos acerca del proceso de transformar a Trinidad en un país independiente. Harden-Hickey decía en uno de ellos que la isla era rica en vegetación, mares llenos de peces y guano, que teniendo el precio que tenía a finales del siglo pasado convertiría a su isla en próspero estado en poco tiempo.

Aunque su intención era llamar la atención sobre el asunto, las noticias fueron completamente ignoradas por quien quiera que las leyó.

Pero en Enero de 1894, cuando se proclamó a sí mismo James I, Príncipe de Trinidad, algunos países hasta lo reconocieron como monarca.

El príncipe anunció que Trinidad sería una dictadura militar. Y empezó a trabajar en la infraestructura y economía de la isla. Emitió bonos, estampillas, compró un barco para el correo y el transporte colonos, contrató la construcción de puertos, casas y oficinas, diseñó la bandera, que era un triangulo amarillo sobre un fondo rojo y comisionó a una firma de joyeros el diseño y construcción de la Orden de Trinidad, el más alto honor de la isla que se daría a aquellos que se destacaran en las artes, la literatura y las ciencias. Los mismos joyeros estuvieron encargados de hacerle su corona de Príncipe.

Y como en toda buena dictadura los cargos fueron repartidos a dedo. Viejos amigos se convirtieron inmediatamente en miembros del gabinete del recién nacido Principado. Días más tarde, cualquiera que pasara por el 217 W. de la calle 36 en Nueva York en 1894, vería pegado en una de las puertas del edificio, un papel escrito a mano que leía: Cancillería del Principado de Trinidad.

Pero no sería tan fácil. En 1895 los británicos, en ese entonces poniendo un cable submarino a Brasil, pusieron tropas en la isla y se apoderaron de Trinidad como estación de relevo, usando como excusa el “descubrimiento” de Halley. Los brasileños ni cortos ni perezosos inmediatamente lanzaron una lucha diplomática por la agresión y en medio de la lucha el consulado ingles en Bahía fue apedreado como Dios manda. El Príncipe tampoco se quedó de brazos cruzados.

El Primer Ministro de Trinidad, un amigo francés del príncipe reclamó a la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, enviando copias de los documentos enviados a las potencias sobre la creación del nuevo estado que explicaban como nadie se había opuesto a ello en 1893. En el documento se le pedía a los Estados Unidos que reconociera el Principado y que declarara neutralidad.

Los periódicos de Nueva York inmediatamente lo convirtieron en el objeto de sus burlas.

De acuerdo al historiador William Bryk, el único que se tomó en serio todo esto fue un periodista del The Evening Sun, apellidado Davis; quien llamó a la Cancillería para averiguar a que se refería todo aquello.

En un artículo que escribiría en los días siguientes, describía al Príncipe como cortés y distinguido y lo trató como el jefe de estado que decía ser. Un día una caja le llego por correo: envuelta en terciopelo, en el fondo de la caja halló una medalla de oro. El príncipe le había otorgado la Orden de Trinidad.

Desde entonces todo fue en cada libre para Harden.

Entró en depresión y en un momento de delirio trató de convencer a su suegro para que financiara la invasión de la isla. El viejo por supuesto se negó a tan siquiera considerarlo. Jamás volvieron a hablarse. Su relación con su esposa también sufrió y no pasaría mucho antes que dejaran de verse.

En 1898, Harden-Hickey, el Príncipe de Trinidad, quebrado y sin amigos, burla de todos cuantos conocía se registró en el Hotel Pierson de El Paso, Texas. El 9 de febrero subió a su habitación en la tarde y al día siguiente al mediodía, la muchacha de la limpieza lo encontró muerto en la cama con una botella de morfina vacía en la mesa de noche. En una carta a su familia explicaba su decisión y en una maleta les dejaba de herencia la única posesión que conservaba consigo:  la corona del Principado.

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