Pero sin ninguna duda, una de las cosas que los niños nunca
aspiran ser es parte del Clero. Yo nunca escuché a nadie decir que
cuando fuera grande quería ser cura o monja. Mucho menos Papa. Pero
esto cambia con el tiempo, cuando se crece la gente puede aspirar a
hacer las cosas más insólitas. Lo cual no es nada nuevo. Estos
sueños, sobre todo el de presidente, han llevado a los países del
mundo a sufrir su buena dosis de golpes de estado, y aquí tenemos
que incluir hasta a El Vaticano.
Porque quizás no haya título más respetado, y aun hoy en día,
poderoso, que el de Papa. Y no es para menos. Con este vienen
incluidos una serie de nombramientos que cuando menos suenan a
exageración: Obispo de la Iglesia, Obispo de Roma, Vicario de
Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Supremo Pontífice
de la Iglesia Universal, Patriarca del Oeste, Primado de Italia,
Arzobispo de la Provincia Romana, Soberano de la ciudad estado de El
Vaticano y Siervo de los Siervos de Dios, entre otros.
Hoy en día la Iglesia Católica puede considerarse una institución
bastante sólida. Pero esto no siempre fue así. Su historia está
marcada por aquellos que, ya de adultos, querían ser algo. Ese algo,
era nada más y nada menos que Papa. Lo cual no es fácil, ni siquiera
legalmente. Ser Papa es algo para lo que se tiene una sola
oportunidad en la vida y esto si muere el Papa mientras esa vida
dura.
Con el actual Papa enfermo y de edad avanzada, no pasará mucho
antes de que veamos una transición, que sucede más o menos de la
siguiente manera: reunidos en secreto en la Capilla Sixtina frente
al Juicio Final de Miguel Ángel, se vota por el Cardenal preferido y
las tarjetas de votación son quemadas: el humo blanco producto de
esto, elevándose desde la chimenea de El Vaticano, le anuncia al
mundo la llegada de un nuevo Papa.
Hasta los años sesenta, al Papa se le coronaba en medio una
ceremonia cuyo esplendor hubiese hecho llorar al mismo Jesucristo y
su belleza barroca antes del Segundo Concilio Vaticano eran la
herencia de casi 2000 años de un protagonismo histórico
impresionante. Pero estos shows, aunque conmovedores, eran
secundarios e irrelevantes a su misión divina en la Tierra: salvar
almas. La mayoría de estas cosas fueron decapitadas en la etapa
post-concilio.
Para los católicos, este no fue el único cambio. En las iglesias,
el cambio más importante tuvo que ver con la Misa, el centro del
rito de la adoración católica. La Misa católica no es un servicio
religioso, una actuación o un acto simbólico. Para los católicos
creyentes, la Misa es literalmente el sacrificio del cuerpo y la
sangre de Jesucristo, el Mesías, el salvador del mundo: quizás lo
más importante en esta vida.
La Misa era una popular forma de rito romano que fue oficializado
en el siglo XVI por Pío V y más tarde en el Concilio de Trent.
Llamado el Rito Tridentino, fue adonde los católicos fueron todos
los domingos por cuatro siglos. Se celebraba en latín, con el cura
viendo a Dios a la cabeza del pueblo, y con el único objetivo de
llevar a cabo el sacrificio mismo. Con un idioma común, se podía
atender misa en cualquier parte del mundo y sentirse como si nunca
se hubiese abandonado casa.
Pero en abril de 1969, Pablo VI autorizó que el Novus Ordo
reemplazara la misa Tridentina como forma universal de la liturgia
católica. El viejo rito nunca fue abolido y la prensa en muchos
casos criticó la nueva misa como nada más que una celebración de lo
que alguna vez fue un acto significativo. El énfasis del acto cambio
del sacrificio a la gente, y la retórica, por supuesto, cambió. El
nuevo lenguaje se volvió ambiguo, burocrático e insatisfactorio. Del
origen sobrenatural de Dios se quisieron dar explicaciones lógicas,
y el cura, quien enfrentaba ahora a la congregación en vez de a Dios
mismo, fue el más golpeado por toda la ola revolucionadora.
Esto resintió a muchos miembros del Clero. La modernización de la
Misa la pasteurizó para uso público, convirtiéndola, según sus
críticos, en algo culturalmente respetable, con características
burguesas innegables: Sin sangre, sin pasión, pero mucho decoro.
Desapareciendo con esto el sentido de pertenencia y lealtad a un
reino y a un Dios invisible.
Así, algunos tradicionalistas católicos decidieron seguir su
propio camino y los sueños de carrera papal volvieron a estar en
boga. Extrañando el triunfalismo de la Iglesia de hacia medio siglo
atrás, se separaron su seno , flirteando con las misas Tridentinas
como el padre Gommer de Pauw y su Movimiento Católico
Tradicionalista o la Sociedad de San Pío X del desaparecido
arzobispo Marcel Lefebvre.
Todos estos movimientos se reunieron bajo la bandera de lo que se
conoce como el "Sedevacantismo" (literalmente, "la sede está
vacante"), que sostiene que la doctrina católica es eternamente
valida e incambiable y que el Papa sólo existe para preservarla como
tal.
Así, si el Papa altera estas enseñanzas, los resultados son
ilegítimos. Por ejemplo, la declaración del Segundo Concilio de El
Vaticano sobre los derechos religiosos, Dignitatus Humanae, afirma
el valor espiritual de otras religiones y llama a sus fieles a la
cooperación interreligiosa. Es obvio que esto contradice encíclicas
de los Papas Gregorio XVI, Pío IX, Leo XIII, Pío XI y Pío XII,
publicadas desde 1832 a 1943, en las que se afirmaba que sólo la
Iglesia Católica posee la totalidad de la verdad y todas las formas
de salvación. Un Papa es infalible en asuntos de fe y moral y para
los tradicionalistas, el principio de la no contradicción significa
que: o algunos de estos Papas estaban equivocados, o el Concilio
estaba equivocado; pero ambos no pueden existir y estar en lo
correcto al mismo tiempo.
Según el "sedevacantismo", Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y
Juan Pablo II, al seguir instrucciones del Concilio son herejes y no
Papas. Algunos han inclusive afirmado que Juan XXIII era un masón y
una herramienta clave en una conspiración Judío-Masónica, y como
tal, inelegible como Papa. Esto los ha llevado desde proclamar la
silla vacante ,a llenarlas ellos mismos. En otros tiempos esto fue
objeto de guerras y revueltas creadas por antipapas. Una vez durante
La Gran Cisma de Occidente (1378-1417), el Papa Gregorio XII y dos
antipapas, Benedicto XIII y Juan XXIII; no el moderno Juan XXIII, se
disputaron el pontificado. El último fue particularmente
controversial: Edward Gibbon, el historiador inglés autor de
El Declive y Caída del Imperio Romano,
escribió que cuando Juan XXIII fue acusado por el Concilio de
Constance en 1417, "Los cargos más escandalosos fueron suprimidos;
el Vicario de Cristo fue acusado sólo de piratería, homicidio,
violación, sodomía e incesto.”
Pero esto era cuando los antipapas valían algo. Hoy en día estos
no tienen ejércitos, ni territorios, y de hecho ni siquiera tienen
algo que pueda llamarse una audiencia. El Vaticano, estoy seguro, no
pierde el sueño gracias a Gregorio XVII del Palmar de Troya en
España; Gregorio XVII de San Jovite, Québec; Michael I de Kansas;
Pedro II de Francia; o Pedro II de Alemania, actuales Papas
reinantes de los Católicos según sus diferentes sectas. Muchos de
ellos Papas tienen sus propios websites.
Clemente Domínguez Gómez del Palmar de Troya, España, dice que la
virgen le reveló que el Papa Pablo VI fue encarcelado en secreto y
reemplazado por un impostor. Como si esto fuera poco, Domínguez dice
que el Papa mismo se le apareció para confirmarle esto. El español
fue ordenado por un obispo vietnamita exiliado el primero de enero
de 1976. Once días más tarde, lo consagró como obispo. Cuando Pablo
VI murió en 1978, Domínguez se autoproclamó Papa Gregorio XVII.
En 1968, el padre John Gregory de la Trinidad, fundador de Los
Apóstoles del Amor Infinito de St. Jovite, Québec, anunció que él
había sido coronado Papa místicamente, también bajo el nombre
Gregorio XVII. Treinta y un años más tarde, fue arrestado bajo
cargos de abuso sexual contra niños desde al menos 1965.
Juan Pablo II -según algunos websites en Internet- tiene más