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Los
Ochoa Bolívar
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Escudo
Primitivo de los Bolibar
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Gustavo Morales

El apellido Bolívar,
actualmente usado con orgullo por millones de personas alrededor del
mundo nació en las sinuosas tierras del norte de España. Hoy en día
solo el nombre cabalga al hombre vivo, la sangre, que se destiló por
siglos hasta parir un hombre de excepción, se ha perdido en el
tiempo, destilada de nuevo aunque esta vez para evaporarse y
desaparecer. La obra de sus poseedores originales, sin embargo, será
un legado más difícil de borrar las historia humana.
Hoy, en el caserío Errementarikua queda poco de las tierras de
donde salieron los antepasados de quien en el futuro llamarían El
Libertador. La modernización hace difícil reconocer los parajes
descritos por historiadores como la cuna de su ingenio.
Cercano al valle de Ondárroa, en lo que hoy es la Puebla de
Bolívar de Vizcaya, esta la anteiglesia de Cenarruza. Esta fue
fundada por los Bolívar en el siglo X, y frente a ella, en
construcción típica castellana, separada por una plaza, se encuentra
la casa conocida como "Bolibar-Jauregui", donde descendientes de la
familia original vivió hasta mediados del siglo XIX. En este lugar
se encuentra el
Museo de Simón Bolívar.
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Los Bolívar
vascos
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En Vizcaya, los Bolívar primitivos eran una familia influyente.
Miguel Ochoa de la Rementería y Bolibar-Jáuregui, padre del primer
Bolívar que pisó tierras americanas dejó prueba de ello con el
último apéndice de su apellido, Jáuregui, cuyo significado es
"demasiado señor". Tenían unos molinos de cebada cuya piedra
blandían en su escudo de armas, revelando su origen campesino y el
Jáuregui se lo habían ganado como recolectores de impuestos de la
corona. Pero el trabajo de la tierra era su insignia. Bolibar es la
mezcla de Bolu, que en éusquero significa molino; e Ibar
que significa orilla, y que libremente podría traducirse como molino
de agua.
La estabilidad familiar, sin embargo, no era
garantía de paz con la corona española, que en pleno proceso de
construcción imperial, exigía más de lo que los vascos estaban
dispuestos a entregar.
Este sentimiento no era exclusivo. El expansionismo español en
Europa imponía estrictos controles que no eran bien vistos por
muchos de sus habitantes. En el caso de los Bolívar, la conquista de
sus territorios por parte de la corona les hizo abandonar sus
tierras a mediados del siglo XIII. Algunos pocos se quedarían, otros
se extenderían por las vascongadas. Y uno en particular, probaría su
suerte en esas nuevas tierras que prometían tanto en los rumores de
entonces. América.
Esta rencilla no sería olvidada fácilmente, pero
contradictoriamente, los Bolívar reconquistarían la posición social
de la que habían gozado en Vizcaya, y con el tiempo la
sobrepasarían, sirviendo en la administración pública.
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Primeros
americanos
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Aquel primer Bolívar en respirar el aire del caribe fue Simón
Ochoa de Bolibar, quien cambiaría su nombre desechando el Ochoa por
el patronímico que servía para reconocer su origen. La época le
añadiría más tarde la muletilla "el viejo" para diferenciarlo se su
descendiente del mismo nombre, "el mozo". Juntos, padre e hijo se
residenciarían en Venezuela en 1589. El motivo del viaje fue el
traslado del viejo por orden de la corona para ocupar el cargo de
Secretario de Residencia del Gobernador y Capitán General de la
Provincia de Venezuela. Ya en Caracas, el apellido cambiaría a su
forma moderna, desechando la b por la v,
transformándose en Bolívar.
Una de las funciones de este cargo era la de informar al rey de
las aspiraciones de los habitantes del territorio de Venezuela. En
1590 viajó en una misión como Contador General de la Real Hacienda
de Caracas, y al regresar en 1593 trajo consigo la aprobación a
diversas solicitudes, incluyendo una que marcaría a la actual
capital para siempre: la autorización para la creación de un escudo
de armas y el título de Muy Noble Leal Ciudad para Santiago de León
de Caracas.
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Escudo de
armas de Caracas
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Como muchos de los primeros inmigrantes a
tierras americanas, los Bolívar eran buscadores de fortuna, que
cruzarían el Atlántico para algo más que escapar del paternalismo
real. Y en una época en que las ordenes de la corona podían tardar
meses en hacerse saber, los primeros americanos supieron aprovechar
el vacío temporal de poder para fomentar su independencia del estado
español cada vez que podían. La corona estaba conciente de esta
maquinación y le seguía la corriente, mientras no se tocaran sus
intereses en las colonias. Pero tal conducta nunca pasó
desapercibida y el pase de factura llegó para los Bolívar en 1737.
Ese año, Juan de Bolívar y Martínez Villegas, abuelo del
libertador e hijo de Luis de Bolívar Rebolledo, hijo a su vez de
Simón de Bolívar "el mozo", se enteró gracias a sus apoderados en
Madrid de la oportunidad que podría al fin darle oficialidad a la
casta que en cuatro generaciones había construido una cuantiosa
fortuna.
En esa época, el imperio español ya comenzaba a dar señales de
decrepitud. Años de políticas de explotación improductiva había
propiciado un crecimiento burocrático desproporcionado, y una de las
formas que la corona consiguió para subsidiar
sus gastos fue la venta y otorgamiento de beneficios nobiliarios.
Uno de ellos, el título de Marqués de San Luis fue donado por
Felipe V a un convento en 1737, y fue puesto en venta por 22.000
doblones de oro. Juan de Bolívar ordenó su compra de inmediato.
Pero la adquisición no estaba destinada a prosperar. Los Bolívar
como muchos otros inmigrantes se habían mezclado con América en más
de una forma, y poseer un título nobiliario requería más que una
abultada fortuna. Al ser examinados para comprobar su pureza de
sangre, basada en el compromiso religioso y el reconocimiento lineal
de la casta hacia el pasado español, las autoridades detectaron a un
miembro de la familia incompatible con un título. Su nombre: Josefa
Marín de Narváez.
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Tatarabuelos de Bolívar
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De haber sido capaz don Juan de Bolívar de comprar del título la
historia de los Bolívar hubiese sido completamente distinta. Sus
vidas se hubiesen apegado a las tradiciones de la nobleza peninsular
que al final hubiesen amaestrado el carácter rebelde del apellido.
Pero la corona evitó la transacción negando el título y por
consiguiente, escribiendo sin querer la historia de su futura
destrucción.
De acuerdo al historiador Uribe White; todo es producto de un
error, ya que el bisabuelo de Simón Bolívar y su hijo tenían el
mismo nombre. Y el hijo se había casado con una mujer negra en su
lecho de muerte.
Sin embargo muchos autores coinciden en que la historia es
fidedigna. Josefa Marín de Narváez, bisabuela paterna del libertador
era hija natural, lo cual en la época colonial sugería casi siempre
mezcla de sangre. Es muy poco probable que Josefa hubiese tenido
piel negra, esto hubiera sido inconcebible en la sociedad colonial
de entonces, pero la duda sobre el origen de su madre fue suficiente
para crear suspicacias que persiguieron a los Bolívar durante toda
su existencia como casta.
El padre de Josefa, Francisco Marín de Narváez, un granadino
dueño de las minas de Aroa y Cocorote en el actual estado Yaracuy,
no mencionó nada de esta hija hasta su muerte en 1673, cuando
confiesa en su testamento que tenía una hija natural "llamada
Josefa, a la cual hube en una doncella principal, cuyo nombre cayo
(sic) por decencia."
Josefa había sido bautizada como blanca, muy seguramente con la
ayuda de un párroco con necesidad de algún favor del padre, y
conseguiría entrar en sociedad gracias a la herencia que éste le
dejó el al morir. Cuando apenas tenía siete años, Pedro Jaspe de
Montenegro, alguacil de la inquisición y alcalde de Caracas, un
hombre ambicioso y deshonesto, haciendo uso de un tecnicismo legal
se las arregló para hacerse con la guardia legal de la niña, y su
fortuna, y apenas cumplió los trece años la entregó en
matrimonio a su sobrino, el bisabuelo de Simón Bolívar, Pedro Ponte.
Este asunto, conocido como el nudo de Marín, según el
historiador Augusto Mijares fue usado años más tarde por los
detractores de Simón Bolívar para retratarlo como producto del
resentimiento social que llevaba sobre los hombros por ser zambo.
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Bisabuelos
de Bolívar
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Tras este episodio, los Bolívar siguieron su camino, y a finales
del siglo XVIII la sangre que había corrido por sus venas desde
Vizcaya hasta Caracas gozaba de una posición privilegiada.
En esta ciudad pobre y sencilla comparada con grandes capitales
como Lima o México, verdaderos centros principales de la
explotación española en América, Juan Vicente Bolívar, habiendo
tenido la suerte de haber heredado una considerable fortuna se
pasaba sus días preocupándose sólo por los inconvenientes que la
administración que esta podía causarle y sus compromisos sociales.
Su retrato, el único que se conserva de todos los antepasados de
Simón Bolívar, muestra a un hombre distinguido con señales del
carácter afable y tranquilo que le distinguió como Procurador
General de Caracas, Teniente de Gobernador y Administrador de la
Real Hacienda en Caracas.
Quizás esta buena vida fue la que no le hizo pensar en hacer una
familia él mismo hasta que cumplió 46 años, cuando se unió en
matrimonio a María de la Concepción Palacios y Blanco, de apenas 15
en 1773. Según Indalecio Liévano Aguirre, "no sería exacto
considerar a don Juan Vicente como la mejor representación del genio
ambicioso y rebelde de su casta. En la historia de la familia él se
nos presenta como un remanso en la imperiosa corriente de la
estirpe, como el descanso de una raza que se prepara a producir un
ser humano excepcional."
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Juan
Vicente de Bolívar y Ponte
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Y no puede estar más en lo cierto. La mayor influencia de Juan
Vicente en la vida del futuro Libertador sería su paternidad, la
cual ocurrió el 24 de Julio de 1783, cuando nació el último de sus
cuatro hijos a quien bautizó Simón José Antonio de la santísima
Trinidad.
Ni Juan Vicente ni Concepción se presentan en la historia como
padres excepcionales y desde niño entregan al joven Simón a manos
extrañas para su crianza, lo cual se reflejaría en el futuro cuando
los nombres de sus padres serían frecuentemente ignorados en sus
memorias.
La madre de Bolívar según Jorge Ricardo Vejarano, "era fina y
delicada...(y) como todos los Palacios tenía una marcada debilidad
por el lujo, la vida regalada y opulenta, (y) una religiosidad sin
fanatismo." Pero Vicente Lecuna resiente de esta afirmación diciendo
que "era una madre cariñosa que nunca se separó de sus hijos, como
han pretendido tradicionistas equivocados."
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Este cuadro
fue publicado como el de Doña María Concepción por El Cojo
Ilustrado en 1914. En realidad no existe record de su imagen
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Como sea, Doña Concepción no era una mujer
fácil, posiblemente por la carga de un matrimonio que como era la
usanza de la época, muy seguramente le había sido impuesto. Sus
frustraciones de mujer joven sumado a un cuerpo enfermizo la
alejaron de sus hijos y la situación solo empeoraría en 1786, cuando
nace muerta su ultima hija, María del Carmen, y muere Juan Vicente,
dejándola a cargo de los negocios familiares por seis años antes de
morir ella misma en 1792.
Oportunistas tratarían de hacerse con la
fortuna familiar, pero la viuda supo defenderla a pesar de su
aparente incapacidad. Su salud, sin embargo, era otra cosa. María
Concepción, afligida de un esputo sangriento que muy posiblemente
haya sido tuberculosis, definitivamente se separó de sus hijos ese
mismo año, tal vez para evitar el contagio, entregándolos a la
custodia de un tutor.
A su muerte a los 34 años en 1792, María Concepción dejó como
única huella de su pasaje por la tierra a sus cuatro hijos: María
Antonia, hermana mayor y confidente de excepción del libertador que
moriría el 7 de octubre de 1842. Juana Nepomucena, quien moriría el
7 de Marzo de 1847. Juan Vicente, quien perdería la vida a finales
de julio de 1811 en un naufragio en las Bermudas y Simón José
Antonio, que entraría ese mismo año en la vida pública del
continente.
Este último, única razón de que ahora se escriban estas palabras,
cerró el ciclo que comenzó en Vizcaya, y que pareciera haber
existido con el único fin de que su vida tuviera las condiciones
ideales para su obra. En la tragedia que fue su vida, cada centavo
ahorrado por sus antepasados y cada muerte familiar sería necesaria
para que Simón Bolívar tuviera la independencia y la fortuna
suficiente para enfrascarse en la campaña independentista de Sur
América.
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