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Tomates
Daniel
Martín Caballero


Era el momento en que le tocaba el turno al jóven que había esperado
doce largos minutos para que lo despacharan en la tienda de comestibles.
La cola de personas llegó a salir por la misma puerta en un momento
crítico.
Pero ya le tocaba el turno, y se acababa la espera y el pasar calor que
había en plena época veraniega.
-Usted dirá, ¿Qué le pongo?- Preguntó el obeso dependiente.
-Me va a poner un kilo de tomates de aquellos que están más duritos-
Dijo señalando a una de las distintas cestas de tomates que tenían.
La cara del dependiente cambió de sonrisa pobre a seriedad total, y
seguidamente miró a todos los demás clientes que esperaban. El hombre no
tenía cara de mucho aguante, se le veía triste y deprimido pero con un son
de cólera fija en su feo rostro. Después miró al jóven cliente y se
dispuso a hablar.
-Creo que yo soy lo suficientemente capaz para saber qué tomates le
debo dar a usted y cuáles no darle… llevo muchos años de trabajo y me he
criado en las huertas, sé diferenciar el tomate que es natural del que no
lo es con sólo verlo de lejos, y si usted me dice que le de tomates duros…
yo sé de dónde cogerlos y cuáles darle. Pero no me diga que tengo que
coger aquellos de allá sólo porque a usted le apetece.
El jóven intentaba calmar un poco la situación, pero el tendero apenas
le dejaba hablar y cada vez su tono de voz subía aún más.
-¿Qué piensa, que los tomates que usted quiera o no quiera, aquel o el
otro… me los voy a tener que comer yo?? De eso nada. ¿Quiere tomates? ¿Un
kilo? Ahora mismo se los pongo.- Dijo el tendero más irritado.
-¡¡Alto, alto!! ¿Qué es lo que le pasa? No he dicho absolutamente nada
para que se ponga así. Únicamente he pedido un kilo de tomates duros de
aquellos- Dijo el jóven señalando al cesto que él quería.
Pero nada más al tender la mano en dirección al cesto, el tendero se
quedó paralizado y fijó su mirada en la mano del jóven. Después empezó a
sudar y los demás clientes, al ver la reacción optaron, por irse.
Al empezar a retirarse, el tendero cambió la vista hacia la gente, y
ver como se iban de su negocio lo puso aún más furioso.
Pero el jóven se quedó allí en señal de protesta, sabiendo que tenía la
razón ante el orondo frutero, aunque no sirviera de mucho.
-¿Has visto lo que has hecho? Me quieres arruinar el negocio, mi vida,
mi familia- Dijo el tendero bañado en odio.
-Mire, ni siquiera se por qué sigo aquí… sí… sí lo sé. Estoy aquí
porque he venido a hacerle un recado a mi madre. He venido a hacerle la
compra como buen hijo que soy y me siento, y usted se está complicando la
vida de una manera absurda e ilógica -le dijo tranquilamente intentando
hacer razonar al tendero- ¿Qué trabajo le cuesta a usted darme tomates de
aquellos?- y volvió a señalar.
Después del ademán, el tendero volvió a quedarse con la mirada fija en
la mano. Una vez más el jóven señalaba a la cesta que él deseaba. De
repente, el tendero se puso como en cámara lenta, y arrastrando la mirada,
la boca le cambió a una leve y baja sonrisa.
El jóven no entendía nada. Pero aquella sonrisa sin más, lo asustó un
poco.
-Mire, no se preocupe, no se moleste, me voy a otra tienda ¿eh? Adiós.
-Dijo el jóven y dio media vuelta para salir por la puerta.
El tendero no dijo nada y en ese momento entró una mujer rápidamente y
se acercó a la barra del dependiente.
-Verá es que tengo un poco de prisa, se me ha ido el santo al cielo y
encima tengo visita en la casa, me va a poner un kilo de tomates maduritos
de aquellos -dijo la señora señalando a uno de los cestos de tomates.
El jóven estaba saliendo por la puerta, pero al escuchar la petición de
la mujer se detuvo a ver la reacción del tendero.
El tendero, que aún estaba callado desde que terminó de hablar con él,
miró a la señora y observó fijamente su mano. Estaba absorto y no
respondía.
La señora se dio cuenta de su silencio y volvió a hablar.
-Oiga… ¿no me oye? Tengo prisa caballero, ¿me pone el kilo de aquellos
tomates? Y volvió a señalar.
Viendo la mano fija y señaladora de la mujer, volvió en sí mismo y
reaccionó.
-Perdone señora, ahora mismo -Dijo extrañamente el tendero y se dispuso
a buscar los tomates.
El jóven no entendía nada. Lo único que se le ocurrió es que el tendero
era un loco de atar. Así pues, siguió su camino para buscar otra
frutería, alejándose cada vez más de la que acababa de salir.
Al cruzar una calle no muy lejana escuchó un disparo como de escopeta y
tras un breve silencio, otro. No se escuchó nada más.
El jóven se quedó parado por unos segundos, pero en ningún momento miró
hacia atrás ni volvió a la frutería. Él sabía qué había pasado mejor que
cualquier detective o agente de policía, pero simplemente volvió a su casa
y se olvidó de todo el asunto. Ese definitivamente no era un buen día para
comer tomates.
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