|
Observe mi uña, mire al techo y volví a este mundo sólo después de
mirar el reloj: ahora Ñuñez hablaba de la estructura, de la
organización y el gran principio, grandes cosas que siempre se debe
saber al comenzar a escribir pero que yo siempre pensé que eran
usadas mayormente por ingenieros civiles.
Y fue entonces cuando se nos hizo saber -y al mismo tiempo
recordé- que empezaríamos el curso leyendo "La hoja dorada". Yo
personalmente lo odio, el cuento quiero decir, es una de esas
mierdas pretenciosas que te advierten sobre lo triste y patético que
fue el escritor.
Sin ánimo de entrar en detalles diré que "La hoja
dorada" trata de un hombre que va a un remoto pueblo a salvar a una comunidad de las arbitrariedades del
alcalde, imagen nada original del pequeño dictador. La hija del
alcalde es, se entiende, una buena muchacha y ayuda al ingeniero
Martínez a llevarle al pueblo la maravilla que los redime de todos los males: Internet.
Cuando el ingeniero Martínez hace una
página web que explica las maravillas turísticas de La Cuchara -que
no es sino el rimbombante nombre del pueblo- comienza una avalancha
de turismo personificado en la persona de la Alemana y el Japonés, buenos símbolos del progreso
y la menopausia. Pero no es sino hasta que la Muchacha se desnuda y
expone las maravillas de La Cuchara al mundo, y todo se vuelve un
prostíbulo barato, cuando este relato se explica como una metáfora
del progreso y la riqueza rápida: una hoja dorada.
La edición de "La
hoja..." que se usa en el curso es una de las llamadas groseras, con papel curiosamente
dorado y un análisis crítico aún más largo y tedioso que el texto.
Una de esas ediciones que no están hechas para leer sino para
mostrarla a las visitas, de esas que vienen a tu casa a ver tu larga
cuenta de posesiones. Una de esas que sacas de una caja que bien
podría ser de whisky. Claro que ninguno de los asistentes al curso
de Introducción a la Narrativa podíamos comprar una así, nosotros
tendríamos que conformarnos, o alegrarnos, diría yo a posteriori,
con la edición fotocopiada.
De esas que nunca mostrarás a nadie que
se digne asistir a la buhardilla donde vives a menos que sea para convencerlo de la
existencia de papel toilette. El proceso anti alquímico que de
convertir el oro a la fotocopia. Una hoja dorada fotocopiada.
Ñúñez es un tipo más bien joven. Una celebridad después de ganar
el concurso de cuentos anual de un prestigioso diario nacional. Las
bases del concurso exigían el anonimato y el pseudónimo, a fin de
garantizar una imagen de neutralidad y seriedad profesional. Los
jueces no juzgarían el nombre sino la calidad y la forma la trama y
la narrativa de un cúmulo de degenerados autonombrados escritores.
Lo usual era el envío de mil obras y en el plazo de 3 meses un
ganador engalanaría la edición aniversaria.
Esta es la clase de palabras que el fulano diario usa:
"engalanar", como si el periodicucho de tercera fuera un traje de
gala y el cuento en cuestión fuera una corbata de Luc Per o algo
así. Lo que nunca impresionó a nadie era que siempre los tres mismos
fulanos ganaban. Los tres mismo fulanos que se masturbaban juntos
con sus cuentos en donde no pasaba nada, los cinco mismo peleles que
eran consecutivamente escritor, presidente de la cultura, asesor del
periódico y experto en lo que quieras. Los siete mismos fulanos que
se turnaban para editar una selección de sus mejores cuentos en la
editorial del estado. Los nueve fulanos que tenían doce programas de
radio distintos en donde hablaban de ellos mismos y su obsesiones.
Obsesiones que solían tratar en primer lugar de cuándo sería editada
la famosa edición de los mejores relatos de todos ellos juntos y por
separado, y en segundo lugar del premio nacional, que sería
entregado a todos y cada uno de ellos y que marcaría el principio
del éxito definitivo, ya que el premio nacional incorporaba a una
considerable suma mensual o renta, renta que les permitiría comprar esa casa en Miami y sentarse a desmenuzar minuciosamente
el libro de cuentos por el que tanto pretendieron sufrir.
Y nada de esto podía pasar si no ganabas el concurso anual. Pero
Ñúñez no había estado en Colorado en vano, no. Ñúñez no era capaz de
escribir una frase bien redactada sin su procesador de palabras, y
que conste que uso la palabra "procesador" como en "proceso de
digestión". Ñúñez se limitó a contar las palabras de sus
predecesores. Pero ya hablaré de esto en su debido tiempo.
Núñez habla de papel del escritor en la sociedad, habla del
lenguaje como la puerta al mundo, habla de las eñes de su apellido y
del futuro luminoso que le espera. Núñez no usa corbata cuando dicta
sus clases para dar una imagen ligeramente despreocupada. Justo la
apropiada para salir en las fotos. La de joven promesa de la
literatura nacional. Uno que de tanto en tanto dice chistes. "La hoja dorada nos enseña que la
civilización siempre vence sobre lo salvaje, pero antes debe haber
un cambio alquímico, un fluido que es cambiado por la fuerza de la
naturaleza y la conveniente concentración intelectual. Un cambio que
es necesario que pase por la existencia del caudillo, del líder
bestial para dar paso al líder ilustrado."
Y entonces Ñúñez nos habla de su estadía en Alemania. Yo siento
un poco de temor al tener que repetir sus palabras, sus malos juegos
de palabras y recordar que todos ríen al compás de su historia, lo
que me hace pensar que el humor es una forma de incomprensión. Yo
miro mi reloj otra vez y me pregunto si Ñúñez podrá terminar esta
vez su patético chiste. La risa nerviosa de unos estudiantes es
interrumpida por la estampida feroz de una explosión y un poco de
humo.
Técnica barata que conseguimos en la red, como todo en estos
días y uno de los nuestros dice al suelo como si lo leyera en algún
lado y un aburrido curso de Introducción a la Narrativa se convierte
en una emocionante escena de acción, humo y uno que otro grito de
algún estudiante mal preparado para la vida. El comando urbano
estudiantil declara esta clase como suprimida y confiere a su
profesor la condición de criminal de la literatura, digo yo un poco
de memoria y un poco asustado y uno de los nuestros esposa a Ñúñez,
quién no puede limpiarse la cara apropiadamente del polvo blanco. Y
es que la bomba de harina que hace pum es la merma.
Y nos lo llevamos cerro arriba después de quitarle los celulares
a todos y poner una caja de zapatos en el centro de la mesa desde
donde hace unos instantes el pelele de Ñúñez eructaba su historia de
la bicicleta y la salchicha. El más grande de los nuestros explica a
los presentes que esta caja es una bomba y además mortal. Y que es
sensible a los gritos. Y que si uno de ellos grita por ayuda la
bomba los volverá mierda. Pero como estamos en tiempos medio humanos
y no queremos volverlos mierda así como así, la bomba suena 25
segundos antes de explotar. Y como si la bomba lo escuchara hace un
desagradable sonido de sirena en apuros. El de los nuestros -que es
el que tiene máscara de malo- hace un gesto que obliga al silencio
inmediato y todos asisten atónitos al silencio repentino. Nos vamos
tranquilamente por el pasillo y dejamos la bolsa de lona con los celulares en cualquier lado. Yo disfruto la edición
especial de "La hoja dorada" en mi mano, ejemplar que usaré para
usarla y amenazar a Ñúñez, y darle miedo.
Un lector desprevenido y un poco malvado pensará que he
contrariado las normas elementales de las narrativa, y que sueno
como uno de esos narradores omniscientes, ya que aparentemente he
tenido una intuición sobre lo que le pasaría a Ñúñez en el preciso momento en que contaría su chiste. Se supone que de
esta clase de casualidades e intuiciones es que está hecha la
literatura.
Hombres que pasan con su auto en el preciso instante en que la
heroína se baja de su caballo y esas cosas. Sincronía. Aquí no hay
nada eso, yo soy un repitiente y aparentemente seguiré siéndolo. Yo
soy de los que ve el mismo curso una y otra vez sin cesar y al final
me sé todos los chistes de cada uno de esos cursos. Yo quizás me reí
con el chiste de Ñúñez en su primer momento y quizás lo admiré como
uno de esos escritores que marcarán pauta y salen en los programas
de televisión llamado "La mañana con Ana" o "La tarde que arde".
Yo
quizás pensé que a pesar de todo nuestro país sí podía producir una
literatura medianamente decente. Una hecha de escritores y no de
articulistas de prensa o de locutores de radio. En este momento no
sé lo que va a pasar con Ñúñez, quizás lo liberemos o quizás no, no
lo sé. En cualquier caso el lector malvado tendrá que aceptar mi
versión sobre la repiticencia. El mundo cíclico de Nietzche, el
eterno retorno al primer día de clase. Al momento en que todo está por ser re-descubierto. Hasta que viene
el primer chiste.
Hay algo terriblemente triste en los chistes
cuando se escuchan por segunda y tercera vez, son como esos payasos
borrachos en los que ya nadie se ríe. Y en particular, en la miseria
de los chistes los llamados "de clase" son simplemente el no va más
de la tristeza. Esos chistes que se suponen que son referentes a
cierta rama del conocimiento humano. Y si tales cuentos son el
pecado los estudiantes que se ríen son el pecador. No me malinterpreten, no tengo nada
en contra de los chistes en sí mismos, creo que un educador debe
intentar traer tanta motivación como sea posible, de acuerdo, pero
cuando descubres que el chiste es repetido una y otra vez con un
cierto tópico, como un mecanismos de relojería, entonces estamos
jodidos. Eso es la perversión del humor, su corrupción y su
violación.
Cuando nos metimos en la camioneta alguien hizo notar que aún no
nos perseguían, que todo estaba demasiado tranquilo y que Ñúñez no
se quejaba, atontado como estaba por la harina y la incertidumbre y
la certidumbre de su suerte. Casi se diría que la aceptaba con un
poco de optimismo, sé que ya adivinaba los titulares de mañana, a
sus tres jalabolas radiales llorando, pidiendo el regreso de la
joven promesa de las letras. Las cuñas repitiéndose
interminablemente que nos mostraban los archiconocidos momentos de Ñúñez: en su postgrado, ganando el
primer premio de literatura para jóvenes, ganando el cuento de la
semana en la revista XYZ, escribiendo una columna para la revista
Jovenalina. Y finalmente ganando el concurso de cuentos del
diario de circulación nacional con su cuento "Grafitos".
Estos pensamientos de segundo orden y la posibilidad de leer de
manera tan fácil lo que pensaba Ñúñez me me hicieron entrar en
súbita cólera y decidí pegarle al profanador de letras con una
ración de su propia hoja dorada. La razón por la que no lo hice no
tiene tanto que ver con mis buenos propósitos sino con la
certidumbre que entonces de maltrato en maltrato podríamos matarlo y
las lacritas a las que convencí sobre la necesidad patriótica de
resolver de una vez por todas el asunto Ñúñez, ya se estaban
emocionando. Recuerdo cómo los recluté; en que fiestas yo me
convertía en un pedagogo de malandros, en un señor de las tinieblas,
en un Hades de la montaña, eventualmente fue quedando claro para los bichitos con los que me
reunía la posibilidad de dar un poco de paz a nuestros espíritus. Y
en forma de joda menor hablábamos sobre cómo haríamos todo el
trabajo, si en su oficina o en su casa, para finalmente darnos por
vencidos a sabiendas que no sabíamos dónde vivía y no queríamos
tener que encontrar a sus colegas. Nos decidimos por la fácil y
hasta barata alternativa de hacerlo en su clase, y con un poco de
suerte, en el medio del chiste de la bicicleta y la salchicha.
"Grafito" es un cuento que se podría llamar "universitario" por
ocurrir en una universidad. Nada especial ocurre, un profesor es
seducido por una estudiante, gran cosa. Nos describen a una de esas
mujeres con fuego en las venas -o cualquiera de esas metáforas pélvicas, elijan- que se empecina en echarse por el
centro a un tímido profesor, especie de reencarnación
latinoamericana de Woody Allen.
El profesor duda entre la
responsabilidad socrática y sus deseos carnales, y una cadena
trivial de conversaciones es seguida por una realmente mala noche de
sexo borracho, y adivinen qué. La muchacha se convierte en una
estudiante modelo, totalmente curada en su estupidez por una
penetración intelectual. El problema es que el profesor es un poco Allen, pero no tan Woody, y si vamos al caso, una ciudad equis
latinoamericana no es New York, así que posteriores intentos de la
estudiante por seguir la relación son torpemente torpedeados por el
Adonis del pergamino que finalmente la deja hecha un asquito de
tristeza y despecho. Y en su pea brasilera la muchacha escribe todo
un poema completo, pasado de copas en la pared de atrás del edificio
llamado M. en la universidad. Un edificio lleno de papeles y
personas aburridas y una escalera que no va a ninguna parte, donde
ella escribe un poema con todos sus pelos y todas sus letras. Un
poema escrito en lápiz en una pared blanca.
Yo no sé en qué mente enferma cabe la idea que Grafito es un buen
cuento, lleno como está de aburrimiento y lugares comunes. Pero el
poema es muy bueno. No lo digo porque yo sea un gran experto en
poesía, a la que no me siento muy afín, lo mío es el cuento, como decía este poema fue dedicado en primer
lugar a mí. Pero ya hablaré de esto en su momento, tiempo hay de
sobra.
El Editor con voz de vendedor de Ariel:
Lee la emocionante continuación de este
emocionante drama -
Introducción a la Lavativa: Segunda Parte - en la edición de Febrero.
|