Año 1

1º de Abril del 2003

Nº 1

 

EDITORIAL

 
Editorial
Opinión
Narrativa
Perfiles
Ficción
Música
Literatura
Teatro
Cine
Historia
Artes
Columnas
Venezuela

Nueva York

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Calibán, Ícono del 98. A Propósito de un Artículo de Rubén Darío (1)


Rubén no tenía pelos en la lengua


Carlos Jáuregui     Para Lucas

"¡Miranda preferirá siempre a Ariel; Miranda es la gracia del espíritu; y todas las montañas de piedras, de hierros, de oros y de tocinos, no bastarán para que mi alma latina se prostituya a Calibán!," no resiste la lectura de los versos de "Salutación al águila" (1907): "Tráenos los secretos de las labores del Norte, / y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter."

Tres paradojas adicionales pueden ilustrar los límites del discurso calibánico del 98:

1. En el "El triunfo de Calibán" Darío insiste repetida y pródigamente en imágenes de consumición:

comedores de carne cruda. . . Comen, comen. . . la acechanza de la boca del bárbaro. . . el peligro que entrañan esas mandíbulas de boa todavía abiertas tras la tragada de Tejas; la codicia del anglosajón, el apetito yankee. . . ¿Qué diría hoy el cubano [Martí] al ver que su calor de ayuda para la ansiada Perla, el monstruo se la traga con ostra y todo?. . . Mas he ahí que del norte, parten . . . bocas absorbentes. . . a la vista está la gula del Norte, etc.

En "Invasión anglosajona: Centroamérica yanqui" (1902) denunciará de nuevo el apetito de los Estados Unidos justo antes de la intervención en Panamá y temiéndola en Nicaragua:

Un ministro de la República de Nicaragua —el señor Gómez— decía al célebre escritor colombiano Vargas Vila: "Que los americanos nos han de comer, es un hecho. No nos queda más que escoger la salsa con que hemos de ser comidos" (Escritos dispersos 142).

Sin embargo Darío, que tenía frente a sí esta imagen del imperio voraz, no relacionó a Calibán con el concepto o término "caníbal," más acorde con el campo léxico de su caracterización de los Estados Unidos. El anagrama, que suponemos obvio, no lo era tanto para Darío, o no del todo.

2. La resistencia humanista a la consolidación del poder hegemónico norteamericano y al imperialismo no encuentra un ícono en Calibán, como sucederá posteriormente con la avanzada contracolonial en el Caribe (Lamming, Cesaire, Fernández-Retamar). Darío y Rodó no se reconocen en el monstruo colonizado que maldice al usurpador, sino en Ariel (16).

Calibán maldice a Próspero en un gesto de rebeldía maniatado por el poder del invasor; Darío en 1898 se sabe, o se declara, sujeto de un heroísmo de la inutilidad, pero no reconoce en sus palabras el drama calibánico:

Pero hay quienes me digan: "¿No ve usted que son los más fuertes? ¿No sabe usted que por ley fatal hemos de perecer tragados o aplastados por el coloso? ¿No reconoce usted su superioridad?" Sí, ¿cómo no voy a ver el monte que forma el lomo del mamut? Pero ante Darwin y Spencer no voy a poner la cabeza sobre la piedra para que me aplaste el cráneo la gran Bestia. . .; pero no he de sacrificarme por mi propia voluntad bajo sus patas, y si me logra atrapar, al menos mi lengua ha de concluir de dar su maldición última, con el último aliento de vida.

Darío dirige su "panfleto cultural" (17) contra los Estados Unidos, no contra España (18) y, en este sentido, la identificación con Ariel, el sirviente del Próspero, es coherente con el papel instrumental del intelectual defensor de los intereses peninsulares.

3. De la pluma de Martí obtuvo Darío el material de una lectura intensa de los Estados Unidos (el lector de "El triunfo de Calibán" notará cierta intertextualidad, por ejemplo en los juicios severos a Blaine y a Gould), pero su defensa de España en las condiciones de ese momento era un alegato contra Cuba y contra la herencia política del cubano, pese a los golpes de pecho al final del texto (19).

Arturo Andrés Roig, hablando de Martí, Hostos, Darío y Rodó, dice que el discurso del 98 americano no es

expresado en lo que en la Península se llamó "literatura del desastre" o de la "decadencia española", expresión de la frustración histórica, de sentimientos injustificados de desaliento y derrota. ¿Cómo iban a lamentar los caribeños el fin de un imperio? Lo que sí habían de lamentar y lamentamos todavía, fue el reemplazo de aquel por otro (135, 136).

Por lo que respecta a "El triunfo de Calibán" no se puede aceptar la tesis de Roig; ese discurso anti-imperialista prestaba un servicio instrumental a la política exterior española (20) y su simpatía por la causa martiana es apenas sentimental: "Y yo que he sido partidario de Cuba libre, siquiera fuese por acompañar en su sueño a tanto soñador y en su heroísmo a tanto mártir, soy amigo de España en el instante en que la miro agredida por un enemigo brutal." Darío lamenta el surgimiento del nuevo imperio, es cierto, pero no deja de hacer lo mismo por el fin del anterior.

Estos límites de la metáfora —el que no relacione Calibán / Caníbal, que no asocie Calibán / América, y/o que no extienda el "escenario conceptual" de La tempestad a España— pueden tener relación causal con las pobres herramientas del humanismo burgués para entender su tiempo allende su espiritualismo antipragmático, por ejemplo en términos económicos. Lo que se ha indicado respecto de Ariel, es decir, que no se detuvo en "las causas político-económicas del fenómeno imperialista" sino que se quedó en la resistencia axiológica programática (Moraña en Iñigo 660), puede bien hacerse extensivo a "El triunfo de Calibán."

La posición problemática de esta generación tiene su nudo en la pérdida de autoridad de su quehacer letrado y en el correspondiente intento por legitimar la literatura en la medida de su resistencia a los flujos de la modernización (Ramos 10), al tiempo que —para defender a una potencia decadente contra una emergente—, se permitía retozos eurocéntricos (21) como la construcción de un discurso de identidad con fuentes ideológicas en Shakespeare, en los ideólogos del imperialismo francés, o, en el mejor de los casos, en sus espiritistas.

Por ello Groussac, sin rubor, habla de la inmadurez de Cuba para la independencia y Darío trae a su monólogo a una España vetusta y no a la que libró una guerra contra los cubanos y que, de alguna manera, con su insistencia en conservar las colonias, sirvió a Cuba en bandeja a la intervención de los Estados Unidos: "la España que yo defiendo —decía— se llama Hidalguía, Ideal, Nobleza; se llama Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez; se llama el Cid, Loyola, Isabel; se llama la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América." Obviaba la España que hizo de la población civil de la isla un objetivo militar en la campaña de tierra arrasada del general español Valeriano Weyler en 1896.

"El triunfo de Calibán," en conclusión, tiene un valor representativo de los debates de la época y del imaginario del 98, de los alcances y límites del discurso frente a la modernidad, el imperialismo y la identidad continental, e indica el rumbo de la imaginación histórica generacional del fin de siglo. Cuando Rodó escribe su ensayo interpelando en su dedicatoria a "la juventud de América" parece mirar al futuro; en realidad cerraba, bajo el ropaje de propuesta de un deber ser, una época en agonía. Detrás de la grandilocuencia de ese texto, y de la vehemencia enconada del de Darío, estaba la misma frustración e impotencia, la de una generación que hizo un discurso utópico en las puertas de su Apocalipsis.

Página 1, Notas

Lea "El Triunfo del Calibán" de Rubén Darío haciendo clic Aquí.

Dinos tu opinión escribiendo a colaboradores@elnuevocojo.com


Copyright 2003 © El Nuevo Cojo Ilustrado Media Llc. Todos los derechos reservados. Este material no puede ser publicado, transmitido, reescrito o redistribuido sin el consentimiento del autor.

 

Big Brother: Vivito y Coleando

 

Cosas Gratis y Otras Melodías

 

El Caso Galíndez

 

Cuidado Con lo Que Deseas

 


  A Partir de Mayo del 2003

Opina

     
 

© 2003 El Nuevo Cojo Ilustrado Media, Llc.