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Soy de la opinión que la calidad de los filmes es indirectamente
proporcional a la cantidad de críticas positivas publicadas antes de
su estreno, así que sentado en la butaca, mientras veía los
trailers con un cuaderno en una mano y un kilo cotufas en la
otra, sin mucha compasión, empecé a escribir el esquema de mi
crítica que sin más ni más se llamaría, Por favor, alguien que
mate a Quentin. En la parte de arriba de la página escribí “C”,
la media de los ratings que había leído hasta entonces.
Hacerse juicios sobre algo antes de conocerlo, es un defecto al
que lentamente nos han tratado de acostumbrar los publicistas de hoy
en día. Si un comercial es bueno, el producto que trata de vender
también lo debe ser. Un ejemplo está en la respuesta que
recientemente me dio una amiga cuando le recomendé un producto que
ella no conocía: “Pero si es tan bueno ¿por qué no sale en la
televisión?” Pobrecita.
Es difícil hacerse una opinión independiente y racional bajo
estas circunstancias. Sin embargo no me costó mucho hacerlo una vez
que la cinta empezó a rodar. Kill Bill es una pieza
interesante dentro de la escasa y aún joven filmografía del
californiano. No es perfecta, pero es sin duda de una calidad
superior a casi todos los filmes nominados al Oscar el año pasado.
Quentin Tarantino lleva seis años sin hacer una película (con
excepción de un par de créditos como productor que deben ser
ignorados por completo), y según la crítica la razón de esto es una
aridez creativa, muy posiblemente permanente, que lo ha guiado hacia
la falta de originalidad de su última película. Pero los críticos
pierden la perspectiva al confundir su falta de productividad con
agotamiento creativo. Kill Bill simplemente no fue
estrenada antes porque Tarantino tardó estos seis años en escribir
el guión. Y no parece una película original, porque... bueno, no lo
es.
Kill Bill sigue las aventuras de Uma Thurman en
el papel de “La novia”. Una ex-asesina a sueldo que el día de su
matrimonio ve como todos los invitados a la fiesta, novio incluido,
son asesinados por el equipo para el que ella solía trabajar,
DIVAS (Deadly Viper Assassination Squad). Todo esto bajo las
órdenes de su ex-jefe, Bill (David Carradine).
The Bride sobrevive al ataque y tras despertar de un coma,
se dedica a llevar a cabo su venganza haciendo referencia a todos
los géneros asiáticos de artes marciales, Sergio Leone, El Avispón
Verde y Kung Fu, puestos en línea sutilmente sobre la historia de La
Mariée Etait en Noir de François Truffaut.
Con todas estas influencias, la película es un serio pastiche de
ideas entrelazadas con las tarantinescas referencias a la
cultura pop estadounidense. Pero lo que hace que Kill Bill
funcione, es el hecho de que, realmente, es una película de
karate y en este género la originalidad no es precisamente el plato
fuerte. Aquí es donde lo críticos pierden el rumbo.
Estos que critican a Quentin Tarantino por su falta de
originalidad son los mismos que ensalzan a Reservoir Dogs,
su primera película, como una obra maestra, cuando la misma es
prácticamente un refrito de la tristemente celebre Lungfu
Fungwan , del director Ringo Lam. La escena final donde
todo el mundo se apunta con una pistola los unos a los otros, es el
préstamo más obvio por parte de Tarantino.
Las películas de cine negro hechas en Hong Kong, y por inferencia
su mayor influencia, el cine de karate, es uno donde la originalidad
no es algo que se busca, ni se espera. Quien ha visto una, las ha
visto todas. La originalidad en estos filmes viene de la capacidad
de los directores y actores de imprimir diferencias en el estilo, la
acción, la coreografía y el dramatismo. Esos pequeños detalles que
convierten la historia estándar de venganza y honor irrespetado en
un objeto de culto.
En corto; Kill Bill es una simple película de
karate, y como tal no merece ser criticada con el punto de vista
equivocado. Quentin Tarantino ya ha dicho que en realidad el hizo
Kill Bill para él mismo. Que hizo la película que
hubiese sido su favorita cuando era un niño. Lo cual, para los que
no tengan idea de quién es Mr. Tarantino, significa artes
marciales, la violencia del cine de Hong Kong y las películas de
acción taiwanesas de las últimas dos décadas. Y más en corto
todavía, esto significa: sangre, tripas, peleas y todo tipo de
acción que pueda ser coreografiada con la intención de impresionar
visualmente sin necesidad de muchas palabras, que es por cierto,
donde Kill Bill se queda corta. Aunque no estoy
seguro todavía de si esto es positivo o negativo.
A nivel visual, Kill Bill es visceralmente
provocativa, llegando a utilizar hasta la manga (popular
forma de dibujo animado de origen japonés) como recurso para contar
la historia de O-Ren Ishi (Lucy Liu). Según The Guardian de
Londres, Kill Bill es como Crouching Tiger, Hidden Dragon
hecha por Scorsese en su etapa cocainómana. Y The
Guardian no exagera ni un gramo. En una escena Uma Thurman se
pelea con una espada samurai con 76 otros en un nightclub de
Tokio. Brazos, piernas, pies, ojos y montones de salsa de tomate
vuelan por todas partes en una escena que Tarantino -a propósito-
transforma a blanco y negro para no hacerla tan sangrienta. Pero
aunque violenta y aparentemente vacía, Kill Bill no
lo es más que la mayoría de las películas estrenadas en los últimos
diez años.
Sin embargo, es a nivel guionístico donde Tarantino pierde
lucidez y sin toda la base pirotécnica del filme, Kill Bill
luce extremadamente débil y superficial.
Los críticos han ridiculizado hasta el cansancio su
característico dialogo sin sentido en medio de las situaciones más
inverosímiles y usualmente violentas. Samuel Jackson y John Travolta
en camino a una matanza hablando de McDonald’s y su Royale
with Cheese, fue una de las escenas más célebres del cine de los
noventas. Diálogos como este hicieron la diferencia entre
Pulp Fiction y la generación de copiones del estilo de
Tarantino, que convirtieron su estilo, en un lugar común.
Pero de haber hecho un filme con sus ideas de los años noventa,
Tarantino hubiera enfrentado un público muy diferente al de
entonces. En los noventas la película más violenta que mi generación
había visto era Rambo, que ni es violenta ni es una
verdadera película, pero me entienden la idea.
El público de hoy está acostumbrado a ver cerebros rodando por el
piso, y con el renacimiento de la televisión real, a ver
cualquier clase de barbaridades en sus hogares que los ha
desensibilizado de lo que alguna vez fue impresionante y cool
en Pulp Fiction.
Escapando de esto, Tarantino ha recortado el dialogo de una
manera poco común. Kill Bill, que apenas se mueve
sobre pocas conversaciones aisladas, tiene poco más dialogo que un
episodio de El Correcaminos. Pero esto sólo deja
insatisfecho a aquellos que pretendían ir al cine a disfrutar de
brillantez de las observaciones de Tarantino. O como leí en alguna
parte, convirtió su película en una experiencia similar a comerse
una hamburguesa sin carne.
Esto es totalmente cierto, pero no por eso descalifica a
Tarantino para experimentar en la dirección que mejor le parezca.
Cientos de películas pueden alquilarse hoy en día donde a pesar de
todo el diálogo, el mismo es simplemente vacuo e inútil, y la acción
no llega nunca a suplantarlo, cosa que Kill Bill
logra efectivamente.
Y este no es el único problema de la producción. El reparto de
Lucy Liu como la jefe de la mafia nipona es completamente jalado por
los pelos (por no hablar del nivel interpretativo de la
chino-americana.) Sin embargo la actriz es prácticamente una
manga viva, lo que sirve de soporte a la experimentación con el
género para contar su historia.
Miramax, o Harvey Weinstein para ser más exactos, le
pidió a Tarantino que cortara la película en casi una hora para que
cupiese en un solo filme a lo cual Tarantino se negó y por eso
Kill Bill será lanzada en dos partes. La próxima
saldrá en seis meses. Y aunque se ha criticado esta movida como
mercantilista, la misma tiene sentido desde el punto de vista
autoral. Aunque si bien es cierto que a Kill Bill Vol. 1
se le podría fácilmente transformar en una pieza más magra,
no veo el punto en que sea la productora la que decida este tipo de
detalles, y de hecho, en realidad no veo el problema con que la
misma fuese exhibida en su forma original de tres horas.
En cualquier caso. Tarantino y toda su escuela parecen haber
llegado a un punto álgido del género, donde por fin se respeta las
intenciones de entretener honestamente sin complicaciones ni
aspiraciones filosóficas… excepto por sus intenciones
reivindicativas de piezas que son menos que respetadas en el mundo
del cine de autor.
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