Ciudad de Dios es el nombre de una solución
habitacional en Río de Janeiro. Construida en el progresivo Brasil
de mediados de siglo, entre sueños rotos y mala planificación
gubernamental se convirtió lentamente en un violentó micro mundo
donde el tráfico de drogas, la prostitución, la pobreza y la ley del
más fuerte es el único pasado, presente y futuro de sus habitantes.
Y la película de Fernando Meirelles es una representación literal
de lo que allí sucede. Y cuando digo literal lo hago en varios
niveles.
Basada en la popular novela de Paulo Lins, la película se mueve
entre el presente y el pasado del narrador y protagonista, Rocket
(Alexandre Rodrigues) desde su niñez hasta su post-adolescencia,
cuando Ciudad de Dios explota en una guerra sin
cuartel de un año de duración entre traficantes de droga.
La historia que nos cuenta Rocket es acerca de cómo la guerra
vino a ser, comenzando por la historia de tres ladroncillos, y la
posterior ascensión de Li'l Dice (Douglas Silva y Leandro Firmino da
Hora, dependiendo del momento de la película), un detestable niño
homicida, que crece hasta convertirse en el rey del barrio.
Mientras la historia se desenvuelve, Meirelles logra envolvernos
con la desesperanza que sienten sus protagonistas, utilizando varios
recursos. Los dos más impresionantes la fotografía ocre que sirve de
metáfora a la aridez de las vidas que presenciamos y la segunda en
una impresionante toma que se repite varias veces en la película con
una cámara fija, mostrando el mismo cuarto en diferentes momentos.
Meirelles sabe manejar el sensacionalismo inherente a la historia
y a pesar de que la película ha sido llamada la respuesta brasileña
a Amores Perros, Ciudad de Dios es
mucho mas magra y creíble, presentando sub-historias con la
facilidad del que ha vivido allí, lo cual no es de extrañarse si
tomamos en cuenta que el elenco en su mayoría está formado por niños
y adultos provenientes de las peores y más violentas favelas
brasileñas. Según Meirelles los crudos detalles de la vida en los
bloques fueron producto de la participación de ellos.
Además, el manejo del tiempo de Ciudad de Dios
es mucho más efectivo y juega con nuestros sentimientos y opiniones
de una manera que al salir de la proyección no sabemos cómo
contestar a las interrogantes que se nos presentan.
Meirelles nos obliga a juzgar y más tarde nos hace arrepentirnos
de ello. En la película, por ejemplo presenta un crimen inexplicable
y completamente censurable, que es explicado más tarde en
retrospectiva mostrando el motivo del mismo.
Pero explicar los motivos al final no los hace menos condenables
-o en el mejor de los casos- excusables. Ciudad de Dios
es una película hiper-violenta donde las consecuencias se presentan
más que las explicaciones y en una escena donde niños de no más de
10 años torturan a otro disparándole a los pies, nos confunden y
aterran a la vez por las posibles soluciones que nos vienen a la
cabeza.
Al ver Ciudad de Dios uno recuerda la publicidad
de la película de Martin Scorsese Gangs of New York.
"América nació en las calles". Pero a diferencia de Scorsese,
Mirailles, que sin ninguna duda ha sido influenciado por el
estadounidense, no cae en la trampa del sensacionalismo.
Ciudad de Dios es una película amarillista. Sus
historias son las que leemos todos los días en las páginas rojas de
Latinoamérica; crudas y a veces hasta increíbles, que no necesitan
nada más para ser chocantes. Conocerlas, viendo Ciudad de
Dios, provoca una reflexión sobre lo que viven en muchos
casos nuestros vecinos. Y a diferencia del Scorsese que vimos en
Gangs, no pretende profundidades que no vienen al
caso y que en realidad lo que hacen es oscurecer el trasfondo real
de la historia. Si Scorsese hubiese hecho Gangs of New York
en los años setenta, hubiera sido Ciudad de Dios.
Mireilles ha hecho una película que como las del Scorsese de
antaño; apelan a toda la humanidad. Lo que se vive aquí es global.
En Ciudad de Dios casi todos sus habitantes son
negros. Pero lo que sucede allí muy bien puede estar pasando en el
Bronx, en Caricuao o en Rosario.
Vecindarios de América donde se puede observar claramente que
aunque las civilizaciones puedan avanzar, esto no implica que sean
menos bárbaras.
Mireilles con esta película ha hecho una obra maestra del cine
latinoamericano, que deja por el suelo a la mayoría de las películas
-sobre el mismo tema- de los últimos veinte años, incluyendo
Gangs of New York; dejando claro que el exhibicionismo y la
violencia audiovisual no tienen ningún sentido sin una intención y
trasfondo que las justifique.
Pero a pesar de toda su extraordinaria puesta en escena
(estéticamente City of God es impresionante),
Mirailles cae en algunos errores quizás producto de su inmadurez
como cineasta. Pretender contar la historia del crimen en Brasil
como producto de la pobreza a través de la vida de un joven negro,
es tan idealista y torpe como la creencia de Scorsese de que podía
contar la historia de Nueva York limitándose a las ambiciones de la
raza blanca. Además, los sentimientos encontrados de Rocket -una
vez feliz miembro de la clase media- recordando sus días en el
barrio como emocionantes (y quizás hasta extrañándolos como algo más
que la pesadilla infernal que fue), Mireilles traiciona el trasfondo
crítico de la historia. Pero quizás es que aun después de ver la
película nos negamos a creer la realidades de estos sub-mundos al
borde de lo que llamamos civilización.