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Ángela Kerbel

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Que molleja de sol primo |
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Aldo Storey es un pintor que
pinta el recuerdo. Expresa en el canvas el proceso de la impresión
atrapada en su mente de una ciudad ya ida, una ciudad que se pierde
de vista gradualmente debido a todo lo nuevo que va imperando en sus
rincones, alienando sus espacios y dejando atrás el romanticismo de
las ciudades del ayer. El Artista conserva en su memoria una ciudad
alegre, bulliciosa, ajena al dolor, a la tragedia humana. Nos la
muestra desenvolviéndose a espaldas de lo que llamamos progreso y
ofrece la posibilidad a sus habitantes de compartir una vida llena
de alegría y esperanza.
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El color saturado sirve para irradiar
esta calidez . Sobrecarga el cielo de azul, ofreciendo así una
atmósfera translúcida, la cual contiene el radiante sol marabino,
lleno de la algarabía de la escena al ser penetrado por los
papagayos que vuelan libres en el firmamento y que con su luz hace
que el color se purifique, que la luz recorra libremente todos los
rincones de su pintura.
Aldo Storey transmite la exaltación y
espontaneidad del niño en su arte. Pinta sin prejuicios, sin
tradición, sin reglas ni doctrinas. Su trabajo artístico no pasa
desapercibido porque su presencia es impactante. La armonía del
color está siempre presente en su paisaje civilizado, evocando al
Maracaibo de las viviendas de los techos rojos ya casi
inexistente. Storey pinta casas y edificios de una manera plana,
sin volumen, presentando las características de un rompecabezas.
Utiliza formas de color sólido llenando los espacios,
delimitándolo e impidiendo que traspase la barrera de la impresión
cromática vecina, reafirmando así la realidad física
bidimensional de la superficie pictórica.

Utiliza líneas rectas como
infraestructura para sustentar estas edificaciones y en el
conjunto de color y de construcción de las formas, surge la
ilusión de formas tridimensionales.
Storey comparte con el espectador la
visión de la ciudad que lo vio nacer, la ciudad del sol ardiente,
de la gente espontánea. La hermosa ciudad de Maracaibo con sus
atardeceres cargados de color, la cual lleva muy arraigada en su
pensamiento. Deja ver en ella la reminiscencia de un pasado
transcurrido en hermandad, en tranquilidad, compartiendo la ciudad
de aquel entonces, compartida alegremente por todos los que allí
vivían.
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