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Un rumor a veces susurrado por
los pasillos de las facultades de Bellas Artes es que el
expresionismo abstracto fue un invento propagandístico de la C.I.A.,
que buscaba algo que oponer al realismo socialista promovido por
la U.R.S.S. Y qué mejor oposición que su contrario: abstracción al
límite contra realismo a ultranza, arte por el arte contra arte
utilitario, lectura abierta contra lectura cerrada. Este rumor es
sin duda ingenioso, pero huele demasiado a la típica, tópica y
paranoica teoría de la conspiración habitual en los años de la
Guerra Fría. Y, por cierto: ¿Se han fijado en lo mucho que se
parece en sus postulados el realismo socialista a las pinturas de
Norman Rockwell? envíalo
Más plausible es la teoría que sugiere que el expresionismo
abstracto, y otras vanguardias más o menos efímeras, se vieron
beneficiadas por un cambio de tendencia en los gustos de la élite
económica que forma el público consumidor de arte -al fin y al
cabo, ¿quién si no se puede permitir gastar unos miles de dólares
en una estampa para adornar una pared? con lo baratos que van los
pósters del Playboy-.
La élite, ya un poco harta de los desplantes anticapitalistas
de sus mascotas, mudaron su interés hacia un tipo de arte lo más
desideologizado y desconectado de la fea y sucia realidad cotidiana
posible. Diz que esta actitud empezó con el coleccionista y magnate
Nelson Rockefeller, tras pillar un monumental cabreo al ver que
Diego Rivera había incluido escenas de la lucha de clases ¡¡y un
retrato de Lenín!! en el mural que le había encargado para el hall
del Rockefeller Center de Nueva York. La blasfemia que suponía ver
la efigie del padre de la revolución bolchevique profanando aquel
templo del capitalismo fue demasiado para el
coleccionista/capitalista, que despidió a Rivera y ordenó derribar el mural a
inmisericordes golpes de piqueta, y a partir de entonces diz que se
dedicó a fomentar un tipo de arte que significara cuanto menos
mejor: preferiblemente no figurativo, preferiblemente
autorreferencial, no ya un arte que proponga un discurso sobre su
sociedad y su época sino un arte que tan sólo discursee sobre sí
mismo. Nada de financiar con sus dólares a izquierdistas de salón
para que pintaran apariciones de Lenín sobre pianos (Dalí),
revueltas campesinas (Siqueiros) o bombardeos fascistas (Picasso).
En esta coyuntura, el arte abstracto parecía la opción idónea. Así
lo sugiere la película de Tim Robbins Cradle Will Rock.
Como dejó escrito Dalí en Los Cornudos del Viejo Arte Moderno: “el
arte nunca es peligroso- a menos que cuente la verdad”.
Sea lo antedicho verdad o leyenda -y ante la disyuntiva, publica
la leyenda, dijo John Ford - sí es cierto que el mercado para las
artes plásticas depende de los gustos de la élite coleccionista,
una élite reducida y que suele circunscribirse dentro de la élite
económica (los cuadros son caros, ya quedó dicho), un mundo donde
críticos de jerga confusa ejercen de sumos sacerdotes y donde el
artista se ve confinado
al papel de bufón de la corte, o peor aún, al papel de mascota
exótica.
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El artista
Damien Hirst con su obra "Dead Head"
(la cabeza de un muerto de verdad verdad) |
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Las galerías suelen estar regentadas por las ilustres esposas o
ex esposas de tipos de esos que se han enriquecido como gerentes en
empresas de ropa deportiva fabricada por niños esclavos en la India,
o dickensianas explotaciones siderúrgicas o productos cárnicos
hinchados de clembuterol, o ustedes ya captan la idea, y que dedican
unos pocos millones para que la costilla se entretenga con el
mecenazgo a las bellas artes, pobrecita ella todo el día
aburriéndose sin saber qué hacer en aquella casa tan grande y tan
llena de criados. Y suelen ser sus maridos,
convenientemente rebozados de Armani o de Hugo Boss, los que
mantienen el negocio del mercado del arte a golpe de talonario y
yo tengo este cachivache tan artístico y tú no lo vas a poder
tener porque me he adelantado.
La película retrata a Peggy Guggenheim como una engreída y
chillona hortera con calcetines blancos, siempre tan entretenida
ella con sus caniches y sus artistas. Y para complacer a sus
compradores, obsesionados con tener aquello que no tenga el
vecino, se ha implantado en el mundo del arte la obligación de ser
original a toda costa, algo que recuerda al lema circense del más
difícil todavía.
La técnica, la habilidad, la sensibilidad son, en el fondo, lo de
menos. Hay que ser original a cualquier precio”. Y así tenemos
artistas que enlatan sus propias heces, cuadros pintados con
excrementos de elefante, cadáveres cortados en lonchas, laminados
y plastificados, happenings donde se degüellan gatos
o el artista se baña en sangre de cerdo. Siguiendo un lema
circense, no es de extrañar que los artistas se hayan convertido
en payasos.
En la película, Harris personifica a un Jackson Pollock
obsesionado por la fama, mucho más interesado en superar a Picasso
y a Miró, sus referentes, que en expresarse en su propia obra a su
propia manera, una obra con cierto interés pero que no era
lo suficientemente original, lo suficientemente rompedora como
para acceder al olimpo de los coinasseurs. De hecho, la
fama de Pollock -y así se ve en la película- nace no tanto de su
talento estrictamente pictórico como de inventarse una nueva
técnica de pintar: el dripping, que no es ni más ni menos
que dejar gotear la pintura del pincel o del cubo al lienzo,
componiendo así enormes sinfonías de salpicaduras-“una indigesta
bullabesa”, como las calificaría Salvador Dalí, martillo de
abstractos-.
Andy Warhol satirizaría esta técnica en una de sus obras: una
plancha metálica con un tratamiento químico en la que sus amigos y
colaboradores de la Factory se orinaban, oxidándola, pintando así
con el pene al estilo dripping de Pollock. Ese invento
fue el que le encumbró a las páginas del Vogue. Pero Pollock no
había aprendido bien la lección del ser original ante todo, y se
empeñó en seguir pintando cuadros al dripping, con el
resultado previsible: lo que era original en las primeras pinturas
pronto dejó de serlo, y los gurús del arte se cansaron de Pollock
y le abandonaron para buscar otras moderneces. “Pintor, no te
empeñes en ser moderno. Es la única cosa que, por desgracia, hagas
lo que hagas, no podrás dejar de ser”. De nuevo Dalí.
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Um, Orina. ¿Como
no se me ocurrió antes? |
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A causa de esta estresante carrera de ratas en pos de la
originalidad en que parece estar empeñado, el arte moderno hace
tiempo que se ha estrellado en el fondo del callejón sin salida
del todo vale. De hecho, la pintura entendida como un lienzo
recubierto de pigmentos o la escultura entendida como el
moldeado o esculpido de una forma tridimensional en materia sólida
han dejado de ser las actividades usuales del artista plástico. Se
consideran agotadas. En su lugar reina el Happening y la
Performance como medio de expresión preferente del artista
verdaderamente moderno. Me contaron de un estudiante de arte que
ofreció, como trabajo de curso, su propia habitación desordenada.
Y consiguió nota alta. Y recuerdo cómo, hace un año, ganó
uno de los más prestigiosos premios de arte en Londres una
habitación cuyas luces, mediante un temporizador, se encendían y
apagaban a intervalos.
Entrevistado el genial creador de tan original obra de arte,
desveló el significado de la misma con estas palabras: “significa
una habitación cuyas luces a veces están encendidas y a veces
apagadas”. No se le puede negar sinceridad al muchacho, de quien por
cierto no he vuelto a oír hablar, lo que no es extraño: la
modernidad, en el arte, es un Saturno que devora a sus hijos a gran
velocidad, como devoró a Pollock. Que ni era tan genial como
pretendía la modernidad cuando lo encumbró ni tan desprovisto de
interés como lo pretendía cuando lo dejó de lado.
Otros Websites
sobre Jackson Pollock
Galería de Arte Nacional,
Washington D.C., E.E.U.U.
http://www.nga.gov/feature/pollock/pollockhome.html
Jackson Pollock en el
Guggenheim
http://www.guggenheimcollection.org/site/artist_works_129_0.html
Jackson Pollock en el Artchive
http://www.artchive.com/artchive/ftptoc/pollock_ext.html
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