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Ambrosino había sido consultado
por un galerista estadounidense, acerca de un Matisse que le estaban
vendiendo y cuya procedencia había sido descrita como de una
colección venezolana. Para su sorpresa, el Matisse en cuestión era
el perteneciente a la colección del Museo de Arte Contemporáneo de
Caracas Sofía Imber .
Como si esto no fuera suficientemente alarmante, el galerista le
mencionó que "el museo" también estaba vendiendo un Picasso.
El e-mail de Ambrosino inició una investigación que hoy llevan a
cabo la INTERPOL, el FBI y las autoridades venezolanas para
establecer el destino de la pieza, que como las investigaciones
preliminares revela, le ha dado la vuelta al mundo en busca del
mejor postor.
El 21 de diciembre de 2001 Wanda de Guebriant fue citada por unos
galeristas para que autentificara la obra. De Guebriant,
siendo por 28 años la curadora oficial de los herederos de Henri
Matisse y de su extensa obra, la reconoció de inmediato. Era el óleo
original. La pieza había sido salvajemente abrochada y engrapada
sobre un bastidor que no era el original sobre el cual había
trabajado Matisse.
Guebriant les dijo a los galeristas que hasta donde sabía el
propietario legal de la obra era el MACCSI. Ante lo cual los mismos
produjeron un documento, fechado el 20 de noviembre del 2000,
firmado por Sofía Imber y en el cual autorizaba su venta.
Desde octubre del año anterior, Wanda había recibido numerosas
llamadas relacionadas con la misma obra, y en todos los casos había
recomendado desconocer cualquier oferta, ya que la suponía sana y
salva en el MACCSI y en consecuencia la ofrecida no podía sino ser
una falsificación. Pero no lo era, y los ofertantes se habían
arriesgado a consultarla para que la certificara y así poder
venderla.
Dos posibilidades inmediatamente vinieron a su mente. La primera,
que el MACCSI había adquirido una copia en vez del original en 1981;
y la segunda que el museo había sido víctima de un robo. Para
aclarar esto decidió llamar a Sofía Imber y ponerla al tanto del
curioso acontecimiento.
Pero esto no lo hizo inmediatamente.
De acuerdo a declaraciones dadas al diario caraqueño "El Mundo"
el 26 de Diciembre del 2002, Guebriant se tomó su tiempo
argumentando que la denuncia tendría efectos manipulables en el
contexto político que vivía Venezuela en ese momento, y no se
comunicó con Sofía Imber hasta el 24 de enero del 2002.
Sofía Imber, aún directora del museo en ese entonces, se las
vería negras en los meses siguientes. El 12 de febrero tomarían
posesión de sus nuevos cargos la nueva directiva del museo, y uno de
los requisitos para efectuar la misma consistía de un inventario
completo del patrimonio de la institución.
Guebriant había tenido razón al concluir que la diseminación de
semejante información podría tener efectos negativos en la
investigación, dada la polarización que sufría el país para el
momento, y quizás influenciada por este juicio, Sofía Imber no
mencionó la información provista por la curadora francesa al hacer
entrega del museo.
Sin embargo, el silencio no hizo que la transición de una
directiva a otra fuese más fácil.
El 29 de mayo del 2001, antes de saberse de la pérdida del
Matisse, un auditor externo presentó el informe final sobre la
auditoría. El escrito de 24 páginas, reafirmaba lo que ya había
sugerido un informe preliminar, hecho sobre una muestra de 40 obras
tomadas al azar de la colección permanente del museo. Este concluyó
entre otras cosas: la inexistencia de un auxiliar contable que
detallara las obras de arte, que muchas carecían de un expediente o
que estos estaban incompletos “faltando documentos tales como
facturas de compra, contratos de comodato, actas de donación,
fotografías de las obras y certificados de autenticidad”.
Al día siguiente de la entrega del informe, la directiva del
MACCSI, se dirigió al
Contralor General de la República, Clodosvaldo
Russián, informándole de lo acontecido y solicitando la impugnación
del acta de entrega.
Entre los documentos enviados al Contralor se hallaba un informe
de la firma de contadores públicos Miliani, Palmero & Asociados, que
la administración anterior había contratado para que practicara una
auditoría el 31 de diciembre del 2000. El informe tristemente había
llegado a las mismas conclusiones, enumerando que “1. No existe una
política para la toma física del inventario de obras de arte. 2.
Existen obras de arte donadas al Museo y no registradas en la
contabilidad. 3. No existe registro contable de obras de arte
recibidas por el Museo en comodato. 4. Existen obras de arte cuyos
expedientes carecen de documentos de propiedad y autenticidad. 5.
Existen obras de arte que carecen de expedientes. 6. Existen obras
de arte donadas al Museo sin el respectivo documento que compruebe
la donación...”.
Debido a los hallazgos, la nueva administración ordenó una
inspección completa del inventario del museo, lo cual no hizo sino
empeorar las cosas.
El informe final de los auditores externos describe el estado
general del museo como “instalaciones inadecuadas”, con obras
depositadas en diversos lugares del mismo, sin ningún orden en
particular, “pues no se han establecido normas para clasificarlas,
agruparlas o almacenarlas, que requerían las obras atendiendo a los
requerimientos de seguridad y conservación que de acuerdo con su
naturaleza y valor presentan”.
Además de esto, se contaron 4.380 obras de arte, cuando la
administración anterior había hecho entrega de 4.015. Y faltaban 14
que estaban documentadas en los archivos, pero que no se encontraron
en ningún área del museo. Entre las obras en esta situación se
encontraban Sketchbook 1980-A y Sketchbook 1980-B, de
Henry Moore; Relaciones amarillo y plata, Dos grandes
barras y Escritura de Jesús Soto y Broom de
Jasper
Johns.
Buscando profundizar en la situación de la institución, la
Contraloría General de la República instaló una comisión para
auditar la fundación, el fondo editorial y las tiendas del
MACCSI y
despidió a los empleados encargados del registro y resguardo de la
colección. Al mismo tiempo informaron a la aseguradora
MAPFRE-Seguros La Seguridad quien más tarde dejo sin efecto el
reclamo, por cuanto la falta del grupo de obras era atribuible a: "negligencia
manifiesta de la persona o personas a cargo de la custodia del
interés asegurado", basándose en los hallazgos de las auditorías
recientemente finalizadas.
Pero a pesar de todos los problemas que presentaba el museo, no
fue hasta que Ambrosino mando su e-mail de reclamo, cuando la
directiva se enteró de la posibilidad de que el
Matisse guardado en
la bóveda podía no ser el original.
Al día siguiente que el e-mail de Ambrosino revelara la
desaparición del Matisse, Sofía Imber visitó el museo y en compañía
de la directiva expresó sin dar mayores explicaciones, su
preocupación por la pieza que guardaba la sala diez del museo.
Al llegar esta información a la prensa venezolana, el museo
desmintió la sospecha explicando que para vender el patrimonio de la
nación se requería de la aprobación del presidente de la república
en consejo de ministros. Pero tras enviarle una foto de la pieza por
e-mail a Guebriant, esta no dudó lo peor ni por un segundo.
La falsificación, era de tan mal acabado que detalles como la
pared detrás de la figura principal, en vez de tener ocho rayas
verticales como en el original, solo tenía siete. El primero de
diciembre tras un examen exhaustivo de la obra, se confirmó
oficialmente el plagio y en los siguientes días se haría la denuncia
a las agencias de seguridad internacionales como la
INTERPOL y el
FBI.
Las primeras investigaciones empezaron con una persecución en
caliente de la obra y el 9 de diciembre de 2002, informes de
inteligencia franceses y españoles revelaron que la obra podía estar
en camino a esos países desde Miami Beach, donde los aeropuertos
fueron alertados para evitar la fuga. El informe especificó la
existencia de un comprador como el posible poseedor.
La información de que la obra estaba en Miami fue corroborada en
interrogatorios al FBI por un galerista local, quien específicamente
mencionó a Fortress Art Storage, un popular depósito de obras de
arte, como el lugar donde se ocultaba la obra. Al inspeccionar el
lugar confirmaron que la pieza estuvo allí consignada por una firma
comercial, propiedad de venezolanos que en dos oportunidades en
noviembre del 2002 habían dado permiso para mostrar la obra a
posibles compradores.
Sin embargo, el FBI no encontró la obra en sus instalaciones,
pero consiguió identificar a una mujer, cuyo nombre no han revelado,
como la que retiró la obra a principios de diciembre. Pero antes de
poder hacer algo, la sospechosa escapó en compañía de su esposo con destino a
Europa, el 18 de diciembre del
2002.
Mientras esto sucedía, en Venezuela empezaba a considerarse la
hipótesis de que la obra tenía al menos tres años fuera del museo.
En 1997 la obra había viajado a
España en préstamo para una
exposición, y ahora se creía había sido cambiada por la
falsificación durante el viaje.
Sin embargo, a pesar de que las investigaciones están siendo
conducidas en extrema confidencialidad por las agencias encargadas,
se ha revelado que la fotografía enviada a Guebriant para su estudio,
fue impresa del negativo que proveyó la Galería que vendió la obra
originalmente al museo, lo que significaría que la misma no fue
cambiada en el viaje a España, sino que simplemente fue comprada por
error.
Dentro de lo posible, es tranquilizador imaginar alguna de estas
posibilidades como la causa real de la desaparición del
Matisse.
Cualquier otra giraría en torno a la complicidad interna. La única
manera de cambiar la pieza dentro del museo sin que nadie se
enterara, tomando en cuenta que los culpables necesitarían tiempo
para hacerlo ya que, según las declaraciones de
Guebriant, la misma
fue despegada del bastidor original, que es donde ahora reposa la
falsificación.
En cualquier caso, la obra aún no sido hallada y muy posiblemente
jamás vuelva a ser admirada por los venezolanos. Si es que alguna
vez en realidad lo fue. |